La suerte de Ingrid Betancourt seguía sin aclararse al momento de escribir esta nota. Para hablar sobre ella y su cautiverio de seis años, ubicamos en Bogotá a un hombre que se convirtió en su amigo y confidente en la espesura de la selva colombiana, el ex senador Luis Eladio Pérez, liberado en febrero último por las FARC.
LUCHA POR SU VIDA. Ingrid Betancourt, prisionera en un campamento de las FARC. La imagen fue tomada de un video incautado a la guerrilla fechado el 23 de octubre del año pasado.
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Qué irónico. Ingrid Betancourt ha (sobre)vivido secuestrada por larguísimos seis años, y justamente por eso se ha convertido en un símbolo de la libertad en el mundo entero. Todos hablan de ella, y son muy pocos, sin embargo, quienes pueden ofrecer un testimonio fidedigno del auténtico calvario que el destino le ha obligado a enfrentar.
DOMINGO ubicó esta semana, en Bogotá, Colombia, al ex senador Luis Eladio Pérez, liberado por las FARC el pasado 27 de febrero tras un cautiverio de seis años, y amigo cercano de la ex candidata presidencial. "Estuvimos pendientes siempre uno del otro", dice desde el otro lado de la línea telefónica. Responde con amabilidad, aunque advierte que no tiene mucho tiempo para conversar porque "va de salida". Se trata de uno de los principales activistas por la liberación de los rehenes de la guerrilla. Su agenda está consagrada a ello.
La relación entre ambos se forjó en el sueño por volver con los suyos, con desesperado y fracasado intento de fuga incluido. En junio del año pasado los enviaron a diferentes campamentos. Volvieron a verse los rostros en febrero último. El encuentro, fugaz, solamente duró unos minutos. A continuación, sus declaraciones ofrecidas a esta revista, apenas se confirmó el envío de una misión médica por parte del gobierno francés para atender, de urgencia, a Betancourt.
TESTIGO. Luis Eladio Pérez compartió cuatro años de cautiverio con Ingrid Betancourt. Según dice, la última vez que la pudo ver en persona la notó mucho más demacrada y deprimida.
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–¿Cuándo fue la última vez que vio a Ingrid Betancourt?
–El 4 de febrero de este año. La vi por cinco minutos.
–¿En dónde fue?
–Lamentablemente, no puedo decirle dónde. Yo estaba con un grupo: tres norteamericanos y dos oficiales del ejército colombiano. Ella estaba acompañada por otras cinco personas.
–¿Y cómo la encontró?
–Yo no sé si recuerda la ‘prueba de vida’, esa foto que se difundió para demostrar que seguía viva.
–Claro. Se le veía muy delgada, demacrada.
–Bueno, cuando escuché por la radio el impacto que había tenido esa ‘prueba de vida’ imaginé que se encontraba muy mal. Sin embargo, no exagero cuando digo que en persona se le ve mucho peor que en la foto.
–¿Por qué mucho peor?
–Porque la última vez que nos encontramos la vi muchísimo más demacrada, más delgada, más acabada.
–¿Pudo conversar con ella?
–Sí, aunque solamente por algunos minutos. Me contó que le estaban suministrando vitaminas, calcio. Me dio mensajes para su familia y me entregó un cinturón tejido por ella misma para que se lo diera a su hija, Melanie. Fue un encuentro corto, en realidad. Me dijo que gozara de mi libertad. Luego nos separaron y no la volví a ver más.
–Usted y ella convivieron en cautiverio por mucho tiempo.
–Cuatro años.
–Se hicieron muy amigos, imagino.
–Entablamos una relación de compañeros. Nos ayudábamos mutuamente y estuvimos siempre pendientes uno del otro. Efectivamente, formé con ella una muy linda amistad.
–Y en esa convivencia, usted ha sido testigo de su progresivo deterioro físico.
–Naturalmente, sus dificultades con la salud se han ido acrecentando con el tiempo. Antes del secuestro, sufrió hepatitis y durante el encierro los problemas al hígado se hicieron recurrentes. Lamentablemente, no ha tenido la medicación adecuada ni suficiente, ni la alimentación que una situación como la suya ameritaba.
–¿Qué comían allá?
–Arroz, frijoles y arvejas. Eso es todo. De vez en cuando hay pescado y cada tres o cuatro meses un pedazo de carne.
–Se ha dicho que sufre de malaria y de leishmaniasis. ¿Usted cree eso?
–Es posible, pues la leishmaniasis es producida por la picadura de un zancudo. Yo, en este momento, estoy en tratamiento por lo mismo. Me apareció leishmaniasis en una pierna. Claro, suena extraño que alguien sufra de esa enfermedad aquí en la ciudad, pero allá, en la selva, desgraciadamente es muy común, lo mismo que el paludismo y la malaria.
–¿Por qué cree que las FARC se han resistido a liberar a Betancourt?
–Eso no lo sé, pero sí puedo asegurarle que si a Ingrid le pasa algo en cautiverio, si muere en cautiverio, significaría el final de las FARC. No le quepa la menor duda de eso. Ahora, me parece que las FARC están analizando el tema políticamente y ojalá que con las propuestas puestas sobre el tapete pueda lograrse la liberación, no solamente de ella, sino de todos los demás.
– Claro, hay muchísimos más secuestrados, pero es Betancourt como el símbolo de todos ellos.
–Sí, claro. Lo que ocurre es que su caso tiene una exposición mediática muy fuerte, sobre todo en Europa, pero no debemos olvidarnos del resto. Es cierto, sin embargo, lo que usted señala: Ingrid, al haberse convertido en un símbolo es, al mismo tiempo, la gallina de los huevos de oro para la guerrilla.
–¿Y usted cree que sea posible su liberación?
–Yo creo que sí. Estoy casi seguro de que va a ser así. No me atrevo a hablar de plazos, pero al menos veo voluntad política del presidente Álvaro Uribe y de todos los demás actores. Confío en que se podrá avanzar rápidamente hacia la busqueda de una solución.
CONTRA EL RELOJ
TESTIGO. Luis Eladio Pérez compartió cuatro años de cautiverio con Ingrid Betancourt. Según dice, la última vez que la pudo ver en persona la notó mucho más demacrada y deprimida.
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La iniciativa del gobierno francés (acompañado por los de España y Suiza) de enviar una misión médica para atender de emergencia a Ingrid Betancourt significó un nuevo soplo de esperanza para su familia y amigos. Todos ellos tomaron esta semana los medios de comunicación e imploraron por su pronta libertad.
Acaso el testimonio más dramático haya sido el de su hijo, Lorenzo Delloye, quien en una conferencia de prensa ofrecida en París aseguró que su madre urgía de una transfusión sanguínea para salvar la vida. Y le dejó un mensaje directo a Manuel Marulanda, el jefe de las FARC: "Elija entre pasar a la historia como un ser humano que no se olvida de respetar la dignidad humana o como un criminal de guerra que deja morir a rehenes civiles inocentes".
Preparativos. La llegada de la misión médica francesa movilizó a las tropas del ejército colombiano para ofrecerles toda la ayuda posible. La imagen corresponde a San José del Guaviare.
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Lo que se ha comentado con insistencia, aunque hasta el cierre del presente número no existían confirmaciones al respecto, era que Betancourt atravesaba un cuadro muy delicado de salud, con hepatitis B y leishmaniasis (enfermedad que se transmite con la picadura de mosquitos y que produce úlceras cutáneas). También se habló de malaria. En todo caso, los cables de agencias y medios colombianos sí coincidían en algo: la rehén de las FARC se hallaba en abierto peligro de muerte y el tiempo corría en contra. Según el defensor del Pueblo colombiano, Vólmar Pérez, quienes han podido ver a Betancourt la han comparado, por su deteriorado aspecto, con niños de Somalia. De ahí el apuro francés por enviar una misión que salve su vida.
El jueves en la tarde, no obstante, un cable de Reuters daba cuenta de que las FARC consideraban inadmisible la liberación unilateral de la ex candidata. "Solo como consecuencia de un canje de prisioneros saldrán libres quienes están cautivos en nuestros campamentos", señaló Rodrigo Granda, dirigente guerrillero.
Y, mientras tanto, la luz de Betancourt parece irse apagando, día tras día. "Está muy mal, muy triste, como sin ganas de vivir. Se le ve muy pálida, muy delgada, porque al parecer no quiere comer", declaró a medios colombianos un residente del departamento de Guaviare, quien aseguró haberla visto en El Retorno, una zona rural a 450 kilómetros al sureste de Bogotá. ¿Cuánto tiempo más podrá resistir en esas condiciones? La desesperada lucha contra la muerte –la agonía, al fin y al cabo– es también una lucha por la vida. Ojalá no la pierda.
Especial de La República - Por Enrique Patriau |