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Gerardo Santa Ana en el local del Comando Nacional de la JAP que estaba ubicado a la derecha del frontis de la Casa del Pueblo en Alfonso Ugarte, donde hoy estan los monumentos. Este ambiente tenia dos oficinas, un sotano y una gran sala de reuniones. |
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(*) “Lalito” es Gerardo Santa-Ana Zambrano, quien llegó a ocupar la Secretaría de Organización del Comando Nacional de la JAP. Vive en La Victoria, en la misma tienda donde vio nacer sus primeras aventuras. Esta es una historia basada en hechos reales y todos sus personajes aún están vivos. Son la última generación de jóvenes que estuvieron al lado de Víctor Raúl Haya de la Torre. Están en todo el Perú, quizás como padres o abuelos de nuevas generaciones. Son los que cuando mueran, quieren viajar al otro mundo con sus alforjas llenas de ese aprismo romántico. Víctor Raúl Haya de la Torre hubiera querido que transmitiéramos lo que vivimos y aprendimos en las calles, en los sindicatos, en las comunidades campesinas. Le hubiera agradado que este sea el primer ejemplo y lección para la juventud que ingresa al APRA, quienes aún sin saber su significado intuyen que este movimiento encierra un valor moral que nos distingue de los demás, por encima incluso de la misma definición de la política. El haber nacido en La Victoria y haber estado al lado de ellos, me obliga a rendir este pequeño tributo a ese humilde aprismo victoriano, un distrito que sin lugar a dudas representa la síntesis de la peruanidad y de la esperanza. |
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Esa tarde se había decido el futuro de Lalito, el único hijo varón que había logrado enfrentarse a Don Gerardo, su padre. La abuela tejía en un sillón viejo de la sala y escuchaba defenderse al niño que cuidó todos sus años de vida. Las quejas, ha solo dos meses de terminar su quinto año de educación secundaria, se habían hecho demasiado frecuentes y se le acusaba de rebeldía, junto con un grupo de sus amigos.
El padre Don Gerardo gritaba impotente, movía las manos y hasta más de un “carajo” dijo para que su hijo no ponga en peligro el final de sus estudios por su extraña conducta. Pero hubo pausas en que el viejo se quedaba lívido y al borde quizás de un infarto. Pareciera que en esos instantes Don Gerardo volvía al pasado y recordaba su lejana rebeldía y su juventud.
Recordaba el entonces niño Don Gerardo cuando su madre guardaba una foto de Víctor Raúl Haya de la Torre, candidato a la Presidencia del Perú en 1931 y como discutía con su padre que había conseguido un trabajo en la compañía ferroviaria de Lima y solo podía simpatizar con el partido del General Sánchez Cerro o perdía el trabajo. Recordó el gran esfuerzo de sus padres para que ingresara al prestigioso Colegio Nacional Guadalupe en la década de los ´40 y como en ese centro educativo se conspiraba contra la dictadura, como llegaban las lecturas clandestinas llamadas “Pan Caliente” y las cartas de Víctor Raúl Haya de la Torre con mensajes a la juventud. Recordó las noches en que salía a pintar APRA en las calles de esa Lima antigua, escondiéndose de las balas del tirano. Vio el rostro de su joven madre, quien le había inculcado esa rebeldía y el amor por una causa.
Recordó como pasó a la clandestinidad tan joven al buscar refugio en Cajamarca, porque lo quería matar, por joven y por rebelde. Pudo descubrir en esos pueblos que estaba en el camino correcto porque vivió el aprismo provinciano y vio como eran enterrados los apristas asesinados. Junto al cadáver, al lado del dolor familiar, de las velas encendidas y el sahumerio de rigor, estaba un cuadro con la foto de Víctor Raúl Haya de la Torre. Luego vendría la prisión.
Después de haber vivido todo ello, el mismo día que nació su primer hijo varón Lalito, Don Genaro había prohibido terminantemente que en su casa se hable de política. Guardó en el cofre del olvido su aprismo, para nunca más saber nada de él. Se dedicó a poner una bodeguita y le fue bien. Su hijo y la tienda era su mundo.
Una mañana del año 1976 apareció en el periódico mural del Colegio Nacional Pedro A. Labarthe, la foto del “Che” Guevara. La ira del conocido auxiliar “mono seco” no se hizo esperar. Arrancó y rompió el símbolo frente a todo el colegio y por micrófono amenazó que no se detendría hasta descubrir a los autores para que sean expulsados. La afrenta fue respondida a la semana siguiente. El domingo en la noche un grupo de alumnos colocó una bandera roja con un círculo dorado o amarillo, que al centro llevaba dibujado desde México hasta la Patagonia. Habían ingresado en la noche y lo colocaron en el mástil principal donde todos los lunes se izaba la bandera blanquiroja y se cantaba el Himno Nacional. Para impedir que sea bajada, embarraron de grasa los cordeles y la base del mástil.
En la mañana del lunes fueron llegando los alumnos sin que ninguna de las autoridades pudiera lograr que algún empleado baje esa rara bandera roja. Al frustrarse la ceremonia y ante el desconcierto general, un alumno tomó la palabra en medio del tumulto, haciendo una apología de los miles de muertos en la Revolución Soviética, llamando a que los proletarios deberían de unirse para el socialismo mundial. De pronto un alumno llamado Manuel Arévalo lo interrumpió, quien empezó hablando de los 6,000 soldados anónimos del aprismo fusilados en las ruinas de Chan Chan al norte de Lima solo por el delito de ser apristas y que son ellos nuestro ejemplo y los que merecen nuestro homenaje. “Mono seco había llamado a la policía y se dio inicio a una batalla campal cuando ingresaron los uniformados. Los alumnos rodearon el mástil para que no se baje la esa bandera desconocida. Trece menores fueron llevados a la Comisaría y luego expulsados del colegio. El auxiliar “mono seco”, terminó en el hospital con la cabeza rota por el golpe de un palo que nadie pudo advertir de donde vino.
Así fue como Don Gerardo se enteró de la expulsión de su hijo. Tuvo que recurrir a su amigo, un coronel del ejército, para que no lo retiren del colegio cuando solo le faltaban dos meses para terminar sus estudios. Cuando Don Gerardo tuvo que acompañar a su hijo al colegio, fue reprendido por el Director y el “repugnante mono seco” – así lo llamaba Lalito – además de firmar cinco cartas en el que declaraba asumir toda la responsabilidad civil si se volvía a repetir incidentes similares.
Don Lalo salió avergonzado del colegio y al llegar a su casa se dirigió donde su madre y le preguntó ¿Seguramente tú le has hablado de política al niño? Ella lo miró fríamente y guardó silencio. Pero no pudo evitar recordar su juventud y rebeldía aprista, las peleas con su esposo en el año 1931 y como tenía que esperar que su esposo saliera a trabajar para poner en la bodeguita la foto que escondía de Víctor Raúl Haya de la Torre, un joven desconocido de 35 años que postulaba a la Presidencia de la República. Esa rutina era todos los días. Solo lo retiraba cuando retornaba su esposo tranviario del trabajo.
Don Gerardo se preparaba para enfrentar a su hijo cuando en eso llegó Lalito del colegio. Fue una discusión tensa entre el padre que no aceptaba un hijo político y donde Lalito terminó reconociendo que no era cualquier político, tampoco comunista “Soy aprista”. Lo dijo soberbio y orgulloso. El padre no supo que contestar ante eso y solo pudo decir ¿Y tu qué mierda sabes de aprismo?
Lalito descubrió que su padre tenía razón. No sabía nada de aprismo. Quizás algunas frases y la bandera Indoamericana, sus cantos y su amigo Manuel Arévalo a quien la policía política le había matado a su tío. No le salía una sola frase de la boca, entonces su mirada buscó refugio en su abuelita. Ella no lo miró, siguió tejiendo sentada en un sillón viejo con la mirada triste y los ojos rojos.
Lalito había sido herido de muerte ante el argumento contundente de su padre. Las lágrimas se le caían mientras arrastraba los pies caminando hasta su dormitorio. Se reclinó en la cama y enterró su rostro sobre la almohada para que nadie lo vea llorar. No supo cuanto tiempo durmió.
A partir de entonces, sin saber quien era el ni que era el aprismo, se vio en sueños al lado de sus amigos Pascual Arango, Maritza Cuentas, Jesús García, Hugo Cuentas, José Andrade, Santiago Vinces, Oscar Aguinaga, Rogelio Varillas, Víctor López Orihuela, Jorge Revelo, César Carrillo, el “Chato” Ballarta, los hermanos Antonio y Fernando Chuy, Luis Alberto Villagómez, Jesús Lavado y Benjamín Fernández.
En sus sueños se dirigió a la Embajada de los Estados Unidos de Norteamérica en la avenida Arequipa y pintó en sus paredes el C-1 con letras rojas; soñó estar en la juramentación de Víctor Raúl Haya de la Torre como Presidente de la Asamblea Constituyente en 1978 y soñó que tomaba la Universidad Inca Garcilazo de la Vega para liquidar a la organización estudiantil comunista ese mismo año. Se vio con Javier Valle-Riestra en el primer mitin aprista en Lima que dio inicio a la campaña de Armando Villanueva en 1980, nada menos que en el “rojo-rojo” Cerro San Cosme y donde las balas subversivas ya se veían; y, finalmente, vio al joven Alan García Pérez llegar al poder por segunda vez. En ese momento despertó.
Había tenido los sueños más hermosos hasta el momento que despertó. A su lado estaba su abuela con más canas y algo cansada. Ella lo abrazó y le dijo “tus amigos del partido te esperan afuera”. Allí estaban todos ellos con una bandera Indoamericana algo deteriorada entre sus manos. Era la misma que ensartaron en el mástil del colegio Pedro A Labarthe en 1976.
- ¿Que hacemos? -dijo la compañera María Cecilia Honores
- Empecemos otra vez – contesto “Lalito” – y hagamos de la esperanza nuestro amante. |