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EL EJEMPLO DE NICANOR MUJICA
No tuve –por razones generacionales- la oportunidad de conocer al jefe y fundador del aprismo, pero fue altamente gratificante estar al lado de Nicanor Mujica y de Miguel López Cano (ambos fueron miembros del Senado de la República entre 1980 y 1985), recibiendo innumerables y valiosas orientaciones -expresivas de su grandeza interior- que han fortalecido mis convicciones democráticas. Ese trato sencillo, afectuoso y cotidiano, me enseñó a quererlos, respetarlos y admirarlos.
Por: Wilfredo Pérez Ruiz (*)
Wilfredo Pérez Ruiz :Docente, conservacionista, consultor en temas ambientales y ex presidente del Patronato del Parque de Las Leyendas - Felipe Benavides Barreda

Hace algunas semanas se apartó de nosotros el querido e histórico líder del Partido Aprista Peruano, Nicanor Mujica Álvarez Calderón (conocido como “el civilista” en sus años de clandestinidad). De sólida formación cristiana y enaltecedora honorabilidad personal, recibió el respeto y la credibilidad de amplios sectores. Fue ejemplo permanente de consecuencia, coherencia y dignidad. Así lo evidencia no solamente su paso por la política, sino su actividad empresarial y personal.

Eterno enamorado de Huarochirí, provincia que representó como legislador en 1945 y con la que estaba unido por vínculos familiares. Su padre Elías Mujica Carassa, fue diputado por esa jurisdicción. Nunca dejó de preocuparse por sus amigos huarochiranos a quienes acogía en su casa con sencillez y cariño, incluso mucho después de concluidos sus mandatos parlamentarios.

Abierto a la negociación,  la tolerancia y el entendimiento como herramienta democrática  y civilizada, creyó siempre en la posibilidad que nuestro país se reencuentre y que los peruanos nos identifiquemos con un proyecto nacional. Supo recoger el mensaje del maestro Manuel Gonzales Prada.

La política es el arte y la ciencia de vincularse con los asuntos del Estado, atender las expectativas del pueblo e identificarse plenamente con las demandas sociales de los desvalidos. Así lo entendieron compatriotas como Nico Mujica, quien a lo largo de su trayectoria no vaciló en estar en la primera línea para luchar y defender principios, y ni en la última fila cuando había que recibir honores, cargos gubernamentales o disputar una curul parlamentaria.

Es admirable la conducta de ese viejo contingente de peruanos que creyeron en la justicia social y lucharon con fervor religioso, sin aguardar nada a cambio. Pareciera que sus vidas fueron aventuras quijotescas, no secundadas por quienes han hecho del servicio al país una sórdida e inmoral forma de subsistencia. Lamentablemente, evocamos a los integrantes de su promoción con nostalgia cívica.

Cuando analizamos los padecimientos de políticos del reconocimiento y prestigio ciudadano de Armando Villanueva del Campo, Miguel López Cano, Manuel Seoane Corrales, entre muchos otros, no podemos evitar exhibir respeto por su conducta principista. Nico perteneció a un grupo cualitativo y diferente, moralmente imitable, intelectualmente de avanzada y, fundamentalmente, con una incuestionable vocación para servir al Perú. Indudablemente, nos han dejado a los jóvenes una tarea que debemos continuar, hacer política con decencia.

Su biografía nos recuerda que debemos transformar las organizaciones políticas en instancias participativas que atiendan las reivindicaciones populares, espacios para servir a la sociedad, tribunas permeables capaces de escuchar los reclamos del pueblo e instituciones transparentes, honestas y representativas de la nueva composición social del país. Esa fue la inspiración de su lucha. Una lucha llena de adversidades, soledades e incomprensiones.

No tuve –por razones generacionales- la oportunidad de conocer al jefe y fundador del aprismo, pero fue altamente gratificante estar al lado de Nicanor Mujica y de Miguel López Cano (ambos fueron miembros del Senado de la República entre 1980 y 1985), recibiendo innumerables y valiosas orientaciones -expresivas de su grandeza interior- que han fortalecido mis convicciones democráticas. Ese trato sencillo, afectuoso y cotidiano, me enseñó a quererlos, respetarlos y admirarlos.

Su partida nos reafirma la impostergable urgencia de reconciliar el quehacer público con la ética, como una cultura interiorizada en quienes anhelamos asistir al pueblo. Esa será la más oportuna ofrenda que podamos brindar a tan singular peruano. Descansa en paz, Nicanor nuestro que estas en la gloria.

(*) Secretaria de Medio Ambiente del Comité Distrital de San Borja e integrante de la Comisión Nacional de Ecología del Partido Aprista Peruano.
wperezruiz@hotmail.com

 

 

 

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