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| Tito Livio Agüero Vidal - Egresado de la facultad de derecho y licenciado en Sociología en la especialidad de política (Pontificia Universidad Católica del Perú), egresado de la Maestría de Ciencia Política (UPIGV-ICD), Miembro del Taller de Estudios Políticos ¨Antenor Orrego¨, Catedrático de la Escuela de Ciencia Política (Universidad Nacional Federico Villarreal). |
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Hace aproximadamente unos 73 años un joven crítico literario peruano, a la sazón desterrado en Chile por razones de su militancia política, inauguraba el flamante Instituto de Cultura Latinaomericano en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Su disertación trató sobre la literatura peruana y antes de entrar de lleno al tema presentó al auditorio lo que muy bien podría llamarse su marco teórico conceptual. Así señaló los contenidos precisos que tendrían una serie de categorías teóricas. Y es justo en ese momento que precisó que debía distinguirse claramente entre literatura del Perú y literatura peruana (1).
De la misma manera se puede distinguir perfectamente en el campo de la filosofía entre filosofía de Latinoamérica y filosofía latinoamericana. La primera es la que postula que la filosofía surgió en el siglo VII y VI AC en Grecia y que antes de esa fecha lo que existió fue simple y llanamente mitos, leyendas, narraciones de carácter y/o naturaleza religiosa. Para decirlo en otras palabras, la filosofía emerge recién con las meditaciones de personajes como Anaximandro y Parménides. Los argumentos para sostener esta tesis, en la mayoría de los casos, nos remiten siempre a diversos autores europeos y norteamericanos (G. S. Kirk, F. M. Conford, J. Burnet, P. M. Schuhl, O. Gigon, J. P. Vernant, H. G. Gadamer, M. Heidegger, J. Ortega y Gasset y F. Nietzsche). Junto con ella esta la idea de que lo que hoy conocemos como filosofía es un discurso racional y sistemático que tiene una ubicación espacio temporal muy precisa: Europa Occidental y en menor medida los Estados Unidos. Por consiguiente, las primeras sociedades, anteriores a la griega, como la hindú, mesopotámica, china, japonesa, egipcia, precolombina para citar sólo a algunas, así como las reflexiones intelectuales relativamente más recientes que se han elaborado en Africa, Asia y América Latina no serían filosofía ya sea porque no coinciden con la idea dominante que se tiene de filosofía o porque sencillamente carece de sentido hablar de producciones filosóficas en y de sociedades y/o continentes periféricos. Por consiguiente, la filosofía no nace en América Latina sino viene de Europa, para ser más preciso se iniciaría con la llamada disputa de Valladolid, es decir la polémica que enfrentó Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas, a propósito de la esencia del hombre y la relación que pudiera tener ésta con los indígenas del continente americano.
Sin embargo, desde hace años existe ya una crítica muy sólida y fundamentada contra este paradigma filosófico. El primero que lo sustentó fue Paul Radin en 1927. El investigó en El hombre primitivo como filósofo la visión del supuesto hombre “primitivo”: lo que pensaba sobre la libertad, el bien y el mal, el ideal humano, el destino, el sentido de la vida. Asimismo lo que denominaba aspectos superiores del pensamiento primitivo: el análisis de la realidad y el mundo exterior, la naturaleza del yo y de la personalidad humana, la especulación pura, la sistematización de las ideas, la naturaleza de Dios, las tendencias monoteístas y las actitudes escépticas y críticas. Más tarde, en 1945, Placide Temples hará lo mismo en su La philosophie bantoue. Es interesante señalar el caso de Japón donde son innumerables los esfuerzos que se han hecho especialmente después de la Revolución Meiji para tratar de presentar el confucianismo y el budismo como filosofías. Ultimamente han aparecido dos figuras notables: Samir Amin y Edward Said. Amin sostuvo que la emergencia del sistema capitalista va de la mano con una ideología eurocéntrica (El eurocentrismo: crítica de una ideología) y más recientemente Said que cuestiona las estrategias epistémicas y discursivas del poder colonial y preconiza la necesidad de un cambio de paradigma desde los discursos de otredad (Orientalism).
Mientras que la filosofía latinoamericana, contrariamente a la filosofía de Latinoamérica, sostiene que la filosofía no surge en Europa sino en nuestro propio continente y no se inicia como equivocadamente se pudiera pensar con la estética del uruguayo José Enrique Rodó, las tesis de la raza cósmica del mexicano José Vasconcelos o de pueblo continente del peruano Antenor Orrego Espinoza, sino en las sociedades precolombinas más avanzadas. Mencionemos rápidamente los dos casos más representativos, el de México y Perú. En 1956 Miguel León Portilla publica La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes, libro que sintetiza y ordena lo que muchos estudiosos ya habían sostenído: entre ellos algunos alemanes, el francés Jacques Soustelle, los mexicanos Alfonso Caso y María Garibay. Aquí habría que agregar que Portillo, quien poseía una excelente formación filológica, en la tercera edición de 1966 da forma final a su tesis acerca de la existencia de un discurso filosófico en los antiguos nahuas. En el caso peruano, los que han sustentado afirmaciones parecidas son Henrique Urbano y Antonio Peña. Urbano afirma que la modernidad cabe perfectamente en las estructuras quechuas, aymaras o chiriguanas porque en esencia es una actitud mental y todas las expresiones lingüísticas están capacitadas para expresarlas. Es más, sostiene la existencia de una razón andina que se apoyaría en una circunstancia con innegables contenidos simbólicos: la del encuentro entre dos concepciones de la historia y la sociedad completamente distintas. Nos recuerda que frente al discurso dogmático y sectario del europeo del siglo XVI, los hombres andinos desplegaron una estrategia socio-política de apertura. Ella consistía en el uso y costumbre pre-hispánico de aceptación o asunción de símbolos provenientes de lenguajes religiosos extraños (2).
Peña, por su lado, en múltiples trabajos ha sostenido la tesis de la existencia de un racionalidad andina radicalmente distinta de la racionalidad occidental (3) Lo primero que hace es definir la categoría teórica razón, dice que su naturaleza es ambigua, y que no debe entenderse como una coherencia de medios respecto a fines propios de la racionalidad occidental sino como “....un orden dinámico, un proceso de pensamiento que se desarrolla en condiciones sociales, históricas, geográficas determinadas y motivado por fines de valor”. Seguidamente distingue entre racionalidad que es un proceso y cosmovisión que es la visión de la totalidad. Al igual que Urbano sostiene la tesis de la existencia de una razón andina que puede obtener resultados óptimos en el dominio del entorno natural (conciencia ecológica, instrumentos de labranza, variedad de cultivos, aprovechamiento eficiente de los suelos andinos, reciprocidad, solidaridad, etc.) prescindiendo de la “lógica científica”, afirmándose en “creencias, afectos, mitos y dentro de rituales de producción”.
Hoy, 73 años después de que este joven crítico literario hiciera esta importante distinción en el campo de la literatura, la filosofía de Latinoamérica, como siempre, sigue con la mirada puesta en Europa y Estados Unidos y se limita sólo a estudiar, difundir y repetir sin atreverse a ir más allá los discursos filosóficos desarrollados por los filósofos de estas sociedades. Mientras que la filosofía latinoamericana, que como hemos visto, tiene una larga tradición, pues se iniciaría ya en las sociedades precolombinas y continuaría con los Rodó, Vasconcelos, Ramos, Caso, Reyes, Zea, Orrego y Salazar Bondy. Hasta llegar a los filósofos latinoamericanos contemporáneos como Günter Rodolfo Kusch, Mario Carlos Coaña, Amelia Podetti, Oswaldo Ardiles, Arturo Andrés Roig, José Severino Croatto, Manuel Ignacio Campos, Horacio Cerruti Guldberg, etc, y en las dos corrientes existentes: la filosofía inculturada del padre Juan Carlos Scannone pero sobre todo en la filosofía de la liberación, liderada por Enrique Dussel. Como se podrá apreciar los filósofos que dan vida a este movimiento filosófico no hacen otra cosa que seguir ortodoxamente al pie de la letra la vieja enseñanza que alguna vez impartiera el gran Immanuel Kant y que rezaba sencillamente así: “atrévete a pensar, sirvete de tu propio entendimiento”. Los latinoamericanos latinoamericanistas se los agradecemos profundamente.
(1). “...antes se impone un distingo fundamental: literatura peruana no es exactamente lo mismo que literatura del Perú...La primera de estas clasificaciones, literatura peruana, se refiere a la expresión literaria típicamente, esencialmente peruana, saturada de ingredientes peruanos, con mayor concavidad nativa –sin recurrir al nativismo sistemático-, más consonante y acordada con la emoción, la psicología, el panorama y el anhelo de la nacionalidad. Ser literato del Perú, puede no pasar de una mera casualidad geográfica. Ser literato peruano implica, además, una identificación con el medio ambiente. Una consustanciación con el paisaje y el hombre. No se trata ya de un simple hecho topográfico, sino de una interpretación cabal, por encima de la costumbre...en los adentros de la idiosincrasia nacional (SANCHEZ, Luis Alberto. Panorama de la literatura del Perú. Desde sus orígenes hasta nuestros días. Tercera edición. Lima: Milla Batres, 1974, pp. 13-14).
(2). URBANO, Henrique (1990). “Modernidad en los Andes: un tema y un debate”. En: Modernidad en los Andes. Cusco: Centro de Estudios Regionales Andinos “Bartolomé de las Casas”, pp. IX-XXXVII.
(3). “Tecnología y sociedad en el mundo antiguo y medieval” (1984), “El tiempo en la antigüedad y en la época moderna” y “Notas características de la tecnología occidental” (1985),“Racionalidad occidental y racionalidad andina” (1988) y “Racionalidad occidental y racionalidad andina, una comparación”
(1992). |