Ponencia presentada al II Encuentro Nacional Aprista
“77 Años de la Revolución del Pueblo 7 de julio de 1932”, Trujillo, 11 y 12 de julio de 2009

El Partido Aprista Peruano es el partido de los trabajadores de
ciudad y campo, de las clases medias pobres y de nuestra gran raza
indígena, olvidada y esclavizada. Su enorme fuerza radica justamente
en que los trabajadores ven en el aprismo su partido único.2
Haya de la Torre, 1932
Tras la división con la corriente procomunista a fines de 1928, el aprismo quedó fuertemente debilitado, Mariátegui aseguró en 1929 que el APRA, que «no pasó nunca de ser un plan, un proyecto, una idea [...] con membretes más o menos pomposos» era «un tópico superado»3. Eudocio Ravines vaticinó algo similar: «[Víctor Raúl...] no puede insistir en mantener [...] algo artificial y que ha encontrado un repudio casi unánime [...]. La disolución del APRA es un hecho definitivo»4.
Los hechos dieron otra respuesta en muy breve tiempo. El aprismo se desarrolló y la corriente comunista, tras un corto período de alianza con el socialismo moderado de Luciano Castillo -más revolucionario que el aprismo según Mariátegui- se enfrascó en su previsible vocación de secta. De grupo intelectualizado y sin perfil político, la corriente de Amauta tomó la forma de un disciplinado pero estéril núcleo agitador comunista tras la súbita muerte de su fundador en abril de 1930.
En 1929, el aprismo había perdido un buen número de «cuadros» políticos, pero mantenía importantes «bases» y cierta influencia propagandística5. Lo que se había debilitado era la «alta jefatura», ese equipo tan trabajosamente formado para conducir la organización de «secciones». Aun así, Haya tuvo que soportar el baldón que significaba la propaganda comunista, cuyos voceros se ufanaban de haber destruido al APRA. Sin embargo, el vacío fue cubierto con tanta o mayor capacidad por destacados «sobrevivientes» de la vieja guardia de los días de la Universidad Popular y jóvenes valores.
La esforzada pléyade de «reorganizadores» del APRA incluye varios nombres célebres: Luis Heysen, Luis E. Enríquez, Manuel Seoane, Carlos Manuel Cox, Rómulo Meneses, Magda Portal, los hermanos Reynaldo y Oscar Bolaños -conocidos literariamente como Serafín Delmar y Julián Petrovick- entre los peruanos; y, Alfredo Palacios, Enrique de la Hoza, Froilán Turcios, Alberto Masferrer y Joaquín García Monge entre los líderes latinoamericanos organizados en el aprismo o simpatizantes de él.
Entre 1929 y 1930 dos preocupaciones de primer orden copaban la actividad política de Haya: la primera, reanudar lazos con simpatizantes residentes en el Perú conducentes a la forja de una «sección peruana»; la segunda, adecuar los planteamientos apristas a una sucesión de nuevos acontecimientos intelectuales y políticos. Lo primero era de urgente necesidad. Haya no tenía en lo inmediato el número suficiente de «cuadros» partidarios capaces de demandar amnistía política y elecciones libres. En el APRA «reorganizada» seguían predominando los exiliados. Lo segundo era el resultado imperioso del fracaso local e internacional de comunismo -del cual era aún tributario el aprismo- constatándose además el fascismo como una corriente de impacto mundial. La derrota de las insurrecciones comunistas en Asia y Europa, así como la difusión mundial de las «purgas» estalinianas en el PC soviético, incluyendo la atroz represión a los campesinos «kulak», hundió en el descrédito a esta corriente. Otro hecho influyente en Haya era el abandono por los EE UU de la política del big stick y la caída sucesiva de los dictadores latinoamericanos. Además de su toma de contacto con nuevos planteamientos filosóficos y científicos: Einstein en cuanto a las ciencias, Eddington sobre la posibilidad de una concepción científica relativista de la historia, la nueva filosofía jurídica constitucional defendida por la socialdemocracia en Europa, etc.6 Todas estas influencias determinarán una nueva etapa ideológica para el aprismo a partir de 1931.
1. Nuevas realidades, nuevos conceptos
El artículo ¿Todo relativo? escrito por Haya en diciembre de 1929, testimonia la profunda impresión que las ideas y la personalidad de Einstein dejaron en él. Sin poder aún dar una respuesta, Haya se interroga: «¿Ha de traer el relativismo nuevas formas al pensamiento humano? ¿Fuera de la pauta euclidiana y tridimensional hallará el hombre nuevas expresiones y nuevas concepciones?»7. Y avizora: «Cada paso hacia la elucidación del nuevo concepto cuatridimensional del universo, es etapa ganada hacia una nueva filosofía»8. Haya percibe que frente a esta nueva teoría del espacio el hegelianismo y el marxismo quedaban fuertemente limitados. El concepto «tridimensional» -longitud, latitud y profundidad- del espacio, que conduce a una apreciación rígida, de causas y efectos siempre previsibles, quedaba superado por la noción del «espacio‑tiempo», la «cuarta dimensión» según la cual «en lugar de un modelo de los hechos espacio‑temporales, [era posible realizar] distribuciones de probabilidad de posibles mediciones como funciones del tiempo»9.
Relacionado este concepto a las ciencias políticas, quedaba desterrada cualquier idea «inercial» sobre las relaciones entre espacio y tiempo en la historia. Así como en el campo de la física, según Einstein, las leyes de la mecánica clásica -incluyendo sus nociones más complejas como el principio de inercia y el principio de la constancia de la velocidad de la luz- «son válidas sólo cuando un sistema inercial está tomado como base de la descripción espacio‑temporal»10, en el campo de la historia y en cualquier otro campo de conocimiento -psicología, por ejemplo- ciertas premisas sólo podrían dar los mismos resultados en un «marco inercial» similar. Ahora bien, siendo el espacio y el tiempo una infinita combinación de componentes no inertes, todo «modelo histórico» sería en verdad irrepetible, a menos que, como en la teoría física propuesta por Einstein, puedan establecerse «estados discretos, en sorprendente acuerdo con los hechos empíricos, sobre la base de ecuaciones diferenciales»11. Para Einstein, según la teoría de la relatividad, «el espacio y el tiempo quedaban [...] despojados no de su realidad, sino de su capacidad causal absoluta, es decir, que pasaron de ser afectantes a afectados»12.
Haciendo una primera generalización, para la teoría einsteiniana aquellas particularidades de tiempo y de lugar, dejadas siempre en segundo plano por los marxistas, debían tener una incidencia fundamental. Los conceptos deberían servir para relievar lo particular y no para establecer leyes generales, a menos que los fenómenos correspondan a espacios‑tiempo similares. Por cierto, Einstein no se propuso hacer una aplicación histórico-social de su teoría y los esfuerzos de antropólogos e historiadores como Eddington, Meyer, Dingle y otros no pretendían tampoco elaborar una interpretación einsteiniana de la historia sino constatar su relatividad.
Haya de la Torre no cree tener una doctrina realmente sólida sobre el «espacio‑tiempo histórico» hasta 193513, y durante el período 1931-1932 se proclamará como «marxista original», pero los esbozos del relativismo filosófico los tenemos entre 1929‑1932 en su nueva catalogación del destino socialista del aprismo y del socialismo en general. En uno de sus Pensamientos de crítica, polémica y acción -extraídos de cartas y documentos internos apristas- Haya renuncia a un concepto marxista de socialismo: «Del socialismo como concepto se desprenden varias formas de acción como realidades. Cuando alguien nos diga socialismo, preguntémosle cuál: socialismo cristiano, reformista, bolchevique, agrario o primitivo. Hay que entenderse»14. En 1928 todavía afirmaba respecto al destino del ciclo antiimperialista que «la revolución proletaria, socialista, vendrá después»15, presuponiendo una especie de «ley universal» al final de la evolución económica mundial, conducente al socialismo marxista en el planeta. Ahora, el «socialismo» es algo relativo, sujeto a enunciados diversos y realidades posibles diversas, ninguno de los cuales es necesariamente cierto o falso.
En la actividad pública como primer agitador del PAP en el Perú de 1931, todavía dirá que «el verdadero partido socialista es el aprismo»16. Hará también una disertación similar en polémica con El Comercio, pero limitándose a señalarlo como una meta lejana, sin características socioeconómicas preestablecidas17. Sin embargo, el relativismo reaparecerá en un texto poco apto para la difusión pero que adquirió gran notoriedad: las Cartas a los prisioneros apristas editadas por Carlos Manuel Cox en 1940. Allí podemos leer una carta de Haya a Juan Seoane de 1932 que corrige enfáticamente «aquello de ahora apristas y después comunistas». Haya considera que el aprismo «no supone su autodestrucción ni admite augurios sobre el futuro más o menos lejano [...] el aprismo no es un dogmatismo cerrado y arbitrario sino una línea de acción hacia el infinito: hablando filosóficamente y aplicando este concepto relativo a nuestra historia, vale decir: si curvo es el infinito [Einstein], curva será nuestra línea: si recto, recta»18. Y agregará un concepto muy claro de reafirmación de su realismo político: «Tenemos que convenir [...] sin perdernos en el difícil augurio del porvenir que mientras vivamos sabremos afrontar de acuerdo con los fenómenos que la realidad nos presente»19. El marxismo no dogmático de Haya ha devenido entonces, no obstante reivindicar todavía a Marx en otros textos, un positivismo relativista20.
2. ¿De la izquierda al centro?
En el primer Congreso del PAP Haya proclama que «el aprismo es un partido democrático de izquierda»21 pero no era ésa la denominación acostumbrada en el período anterior. En 1928 escribía que «la inspiración fundamental, la línea ideológica [...] sabemos bien que va hacia la izquierda»22, pero la idea de democracia no figuraba como un punto esencial de la doctrina, ya que bajo la «democracia funcional [del] Estado antiimperialista [se] tendrá que negar derechos individuales o colectivos de orden económico [y se] coartará la libertad económica de las clases explotadoras y medias»23. Es decir, se perfilaba un sistema de partido único, sin oposición política o con una oposición demasiado limitada en su margen de acción.
En 1929, en Berlín, los acontecimientos políticos motivarán importantes reflexiones en Haya. Es sumamente importante como testimonio de este cambio el artículo Partidos en Alemania. Allí Haya introduce una posición distante de «los países de un sólo partido como Italia y Rusia» -equiparando al fascismo con el comunismo- y aboga por «un frente único de las fuerzas del centro [que] cambiaría completamente la faz de la política alemana actual». Dice Haya además que «si esto no ocurriera en el breve tiempo que señala el plazo fijado para las elecciones [al Reichstag] el país continuará en la incertidumbre»24. Aquí tenemos un nuevo Haya, preocupado por la estabilidad de las democracias, no obstante seguir abogando por la justicia social25. La nueva posición «democrática de izquierda» del aprismo será en el fondo una posición de centro, contraria al extremismo social, contraria a la subversión de la democracia política con miras a un régimen de partido único.
El viraje de la izquierda al centro se expresa también en la concepción de la relación entre programa mínimo y programa máximo. En 1928, el programa mínimo o «plan de acción» del aprismo era un programa agresivo de nacionalizaciones: «La primera actitud defensiva de nuestros pueblos tiene que ser la nacionalización de la riqueza arrebatándola a las garras del imperialismo. Luego la entrega de esa riqueza a quienes la trabajen y la aumenten para el bien colectivo: su socialización progresiva bajo el contralor del Estado defensa y por el camino de un vasto cooperativismo»26. Esta concepción será reafirmada en un artículo de 1930, El aprismo es una doctrina completa y un método de acción realista, donde la tesis central de El antiimperialismo y el APRA es reafirmada con audacia: «El aprismo plantea [...] la necesidad de la nacionalización de las fuentes de producción realizada por el Estado. Pero demanda que el Estado represente a las clases productoras [...] base ésta de la tesis del Estado antiimperialista»27. Esta concepción será además parte medular de la propaganda de los voceros apristas peruanos durante 1930. Así podemos leer, por ejemplo, a César A. Mindreau en junio de 1931: «Al margen del rusismo. O mejor aún, al margen de nuestros comunistas criollos [...] nuestra lucha debe encauzarse hacia el `capitalismo de Estado', etapa anterior al socialismo»28. Igual tesis expone Manuel Seoane en un artículo de octubre de 1930: «Propiciamos la nacionalización de la industria o un capitalismo de Estado gradual, para decir mejor»29. Sin embargo, ésa ya no era la concepción real de Haya, no obstante repetirla en algunas ceremonias partidarias como «programa máximo» -es decir, como asunto ya no urgente- o, como diría en otra ocasión, «una enunciación máxima de un máximo ideal político»30. El principal impedimento para cualquier «capitalismo de Estado» o «socialización» era la nueva propuesta hayista: el Congreso Económico Nacional, tesis medular del aprismo de 1929‑1932 en los términos de «Estado técnico», unicameral y multirrepresentativo.
Un reportaje del diario La Noche de Lima del 3 de enero de 1931, cuando Haya estaba aún en Berlín, publica su primera declaración proponiendo el CEN. Por no estar incluida en las Obras completas de Haya o en sus Cuarenta reportajes, es inevitable incluir un extenso pasaje:
Hasta ahora, la vida económica del país es elemental, desequilibrada, sujeta a un evidente régimen colonial. Ni siquiera produce el país los alimentos que consume. [...]. El aprismo contempla esta cuestión como la más importante de su acción política: la restauración del Estado o más exactamente su transformación en un instrumento de defensa económica de la nación. Para cumplir esta tarea el Estado debe ser la representación de las fuerzas productoras del país y como tal, su organizador y su controlador a fin de lograr un equilibrio de las corrientes económicas que nos influyen de fuera con las que surgen y crecen dentro, haciendo que ambas confluyan en beneficio de la nación [...]. Un Estado que oriente su acción a la defensa, organización y progreso de la economía nacional, tiene que basarse en lo que económicamente hemos de llamar las fuerzas vivas del país. No creo que podamos hallar forma de organización política mejor para tal fin que la de la democracia funcional. Vale decir la representación dentro del Estado de todas las fuerzas sociales que forman la base de la economía nacional teniendo en cuenta su aporte económico dentro de la colectividad. La representación funcional resulta así nuestro corolario político.31
Este llamado a «las fuerzas vivas» para ser parte de un Estado con representación de «todas las fuerzas sociales que forman la base de la economía nacional» no podía hacerse desde un «Estado defensa» que ejecute audaces nacionalizaciones. Ciertamente, tampoco un programa político democrático puede basarse en extremismos típicos de un régimen «de partido único». Esto quedó mucho más claro al fundamentar la nueva política aprista el líder y fundador en el I Congreso del PAP: «Nuestro planteamiento programático admite la necesidad y reconoce los beneficios del capital extranjero que llega trayendo adelantos pero condiciona y exige medidas de control para sus posibles excesos»32. El medio más idóneo, según Haya, para el diálogo y la negociación con el capital extranjero era hacerlo participar políticamente en el «Congreso Económico, institución en la que estarían representados el trabajo, el capital nacional y el extranjero que forme parte de nuestra producción, así como el Estado mediante sus organismos técnicos»33. «Necesitamos reunir una asamblea de carácter económico en la cual estén representados todos los que intervienen en alguna forma en la producción de la riqueza: capital y trabajo nacionales y extranjeros». [...]. «Tratamos de organizar un Estado técnico». [...]. Vamos nosotros a demostrar que la izquierda puede gobernar el país. Vamos a demostrar también que nuestra fuerza no va a extremismos inútiles»34, dirá Haya en el célebre Discurso‑Programa del 23 de agosto de 1931. Es bajo esta política y no bajo el aprismo radical de 1926‑1928 que el Partido Aprista Peruano postulará en las elecciones de 1931 y sufrirá inmediatamente después una cruel persecución.
3. Del APRA‑frente único al APRA‑partido
El proceso de adecuación del naciente PAP a la nueva política debía ser necesariamente posterior al proceso de reorganización exigido por la escisión mariateguista. Primero había que salvar las fuerzas apristas confundidas con el cisma mariateguista, sin desorientarlas aún más con las nuevas teorías del fundador y líder. Esto explica que muchas cartas dirigidas por Haya a los militantes peruanos afectados por la contrapropaganda del núcleo de Amauta estén situadas en el terreno del «viejo» aprismo, aquél que era el único conocido documentariamente por ellos. Una de estas cartas afirma: «Creo que el APRA debe mantenerse sin nombre comunista. Así alejamos el cuco y afectivamente trabajaremos revolucionariamente. Los nombres y las adhesiones no significan nada. Hay que preparar la revolución y esto es lo único marxista»35. En otra del 25 de febrero de 1930 -enviada como «documento secreto» y hecha pública infortunada e inoportunamente por El Comercio en plena campaña electoral36- Haya enfatiza sus diferencias con el grupo de Amauta compitiendo en radicalidad: «El aprismo significa consecuentemente la fuerza revolucionaria capaz de imponer la dictadura del proletariado campesino y obrero, y de establecer la lucha organizada de esa dictadura contra el imperialismo»37.
El PAP fue fundado el 21 de setiembre de 1930 todavía en ausencia de sus más capaces líderes. La inevitable demora en la adecuación del inexperto PAP al nuevo Plan de acción tuvo importantes contratiempos. Ante la coyuntura electoral planteada por el derrocamiento de Leguía y la amnistía general, así como por los anuncios del régimen «transitorio» de Sánchez Cerro -cuyo célebre Manifiesto de Arequipa, escrito por J. L. Bustamante y Rivero tenía, según la revista APRA del 26 de octubre de 1930 «algunos postulados de nacionalismo económico [que] concuerdan parcialmente con el PAP»38- la campaña política del aprismo fue planteada por los primeros líderes del PAP como L. E. Enríquez y Rómulo Meneses en términos impregnados del radicalismo de 1926‑1928. El PAP no mostraba voluntad real de presentar candidaturas. Primaba, como en el caso del recién constituido PCP, un aprovechamiento de las posibilidades electorales con fines de propaganda ideológica revolucionaria.
Pero la política de Haya, esta vez, no era la de presentar una candidatura «detonante» sino la de proponer una alternativa democrática seria. Dos aspectos le interesaban sobremanera: el programa y su proclamación como candidato. En ambos aspectos el PAP -todavía sin los líderes más experimentados y ligados a Haya- no estaba a la altura de las circunstancias. Haya de la Torre, con su habilidad política característica, manifestaba no ser responsable de la línea del partido peruano, dado que, «mientras no regrese al Perú soy el jefe nominal del partido, cuya verdadera autoridad radica en el Comité Ejecutivo peruano a cuya autoridad soy el primero en someterme»39. No obstante su «actitud disciplinada», Haya desarrolló una intensa actividad mediante cartas y comunicados de la jefatura aprista del exterior, impulsando su política y su candidatura. Una de estas cartas del 31 de agosto de 1930, desde Berlín, remarca que «no estamos en las condiciones [...] de 1928 cuando la represión excusaba nuestra falta de medios de propaganda. Entonces la candidatura era una rebeldía. Hoy debe tomar todas las características de una candidatura formal, en lucha contra otras. [...]. Si ustedes están conformes con estos puntos de vista, el trabajo debe iniciarse inmediatamente. [...]. Aconsejo que desde el Perú se trate de iniciar una propaganda por la candidatura que tenga repercusión en toda la América Latina y Europa. [...]. Hay que presentar la candidatura como una salvación, como una solución ante los peligros de anarquía militarista o de las ambiciones civilistas»40.
Estas iniciativas eran discretamente postergadas por la directiva nacional. De hecho, cuando se inicia la campaña electoral en 1931, Haya de la Torre, ya en el Perú, organizará La Tribuna como diario «no oficial» -contrapesando la celosa «ortodoxia» aprista del vocero oficial APRA41- y centrará en este medio de prensa su lucha política, destacando en forma singular al lado del «candidato formal» Manuel Seoane y Luis Alberto Sánchez.
La línea «ortodoxa», no obstante su desavenencia con el todavía distante Haya berlinés, cumplió un importante papel abriendo camino a la llegada del líder. De hecho, suyo es el mérito de haber intentado constituir el primer frente único de izquierdas o la primera «izquierda unida». Los números 2 y 3 de APRA (20 y 26 de octubre de 1930) dedicarán sus principales páginas a un largo análisis político de Rómulo Meneses -titulado La revolución de Arequipa y los deberes de nuestra revolución- cuya idea central es la siguiente: «La situación del país ha variado. [...]. El acercamiento que propiciamos como una finalidad inmediata no puede resolverse de otra manera que hacia la formación de un solo bloque de las fuerzas de izquierda y por la conquista de un objetivo también común, el porvenir de nuestra revolución. [...]. Nuestros desacuerdos no son de tipo doctrinario como se ha pretendido hacer creer [...]; nuestros desacuerdos son simplemente técnicos [somos] un solo movimiento socialista con tendencias variadas pero no heterogéneas»42.
Por supuesto, la negativa comunista demostró que no había un terreno común para una alianza, ni siquiera sobre la base del «viejo» aprismo de 1926‑1928. La absurda política promotora de soviet en el Perú urbano y de la autodeterminación quechua y aymara en el Perú rural -reemplazando la lucha contra el gamonalismo por la alianza con éste en tanto «nacionalidad oprimida»- dio la razón a la posición hayista, que cerró todo debate sobre este tema al definirse que «el Partido Aprista no realizará alianzas políticas»43. El lema electoral hayista por todos recordado -«Sólo el APRA salvará al Perú»- no sólo subrayaba un distanciamiento necesario: significaba que, de ahí en adelante, la tesis del frente único tendría un carácter social solamente, no implicaría más una política de «puertas abiertas» y combinaciones organizativas. El aprismo sería desde entonces, con toda nitidez, un partido.
4. Las tesis «excomulgadas»
Ante las «bases» apristas y la opinión pública Haya de la Torre sustentaba en 1931 que el PAP no había virado desde la izquierda al centro. Había simplemente formulado «un programa nacional mínimo de acción inmediata», que no contradecía el «programa máximo por todos conocido»44. Sin embargo, su discurso del 20 de agosto de 1931 ante el I Congreso del PAP puntualiza severamente: «Durante el período anterior a este congreso han podido formularse diversas opiniones y adelantarse diferentes interpretaciones de lo que es el aprismo como yo mismo lo he hecho. Pero de aquí en adelante, lo que esta magna asamblea resuelva será indesviablemente para todos nosotros nuestro ideario, nuestra pauta, nuestra norma de pensamiento y de praxis»45. Y, por si hubiera dudas, añade: «Todas las opiniones precedentes de cada uno de nosotros que no concuerden con las supremas decisiones democráticas de esta magna asamblea quedan fuera de la línea ideológica del enfoque peruano de la Alianza Popular Revolucionaria Americana»46.
Estas palabras desautorizaban explícitamente los objetivos antiimperialistas expropiatorios -aquellos del «capitalismo de Estado como etapa anterior al socialismo»- formulados en El antiimperialismo y el APRA y descartaban también toda idea antagónica en la contienda partidista. Siendo el PAP de ahora en adelante «un partido democrático de izquierda», fundado en una «esencial diferenciación de los viejos partidos y de las totalitarias y dictatoriales internacionales comunista y fascista»47, sus propuestas programáticas debían tender necesariamente hacia una determinada forma de armonía de clases, incluido el capital extranjero. En una célebre entrevista publicada en la revista APRA en abril de 1931, anticipándose al cambio de línea que recién sería votado por el congreso del PAP en agosto, Haya diría: «Nos basamos en el nacionalismo integral, en la reorganización del Estado, en el regionalismo económico, en la reorganización de la producción y la distribución, en el anticentralismo y en la elevación material y moral de los productores»48. Ni en estas declaraciones, ni en el célebre Discurso‑Programa del 23 de agosto de 1931, ni en toda la literatura que los complementa, habrá alusiones a la lucha de clases como método para la revolución. El concepto de «revolución» será morigerado y relativizado. Lejos -y desautorizado- quedará el antiimperialismo intransigente y el énfasis en la lucha de clases de pocos años atrás, como cuando Haya afirmaba desde el exilio: «Antiimperialismo es anticapitalismo y anticapitalismo es revolución, socialismo, levantamiento contra los opresores, de los explotados contra los explotadores»49. Ahora, en 1931, el discurso será diferente: «A pesar de ser antiimperialistas, en el sentido de evitar y vigilar los aspectos opresivos que el imperialismo trae consigo, no somos anticapitalistas en cuanto al beneficio civilizador que el capital extranjero trae a los países retrasados»50.
Pero el cambio más radical respecto a la etapa anterior residía en la cuestión del Estado y en la definición de la novísima propuesta del Congreso Económico Nacional. El «Estado técnico» y el CEN, donde estarían representados «el trabajo, el capital nacional y el extranjero», permitirían demostrar, según Haya, que el aprismo «no va a extremismos inútiles» y que «es credo de justicia», que «no puede caer en la venganza o el encono»51. En este Estado reformado, Haya sitúa la técnica y la estadística por encima de la política y por encima de la doctrina político-social. Aboga por una tecnocracia sin prestar demasiada atención a la orientación política de tales «técnicos». Afirma Haya de la Torre: «Queremos un Estado en el cual el técnico y el experto dirijan las actividades estatales»52, de este modo «se exigiría la cifra como garantía de todo lo que se pretende hacer en la política y en la administración», con el fin de «excluir, en cuanto se pueda, la politiquería»53. Según Haya, esta «tecnocracia», con los mandatos otorgados por el CEN, sabría regular sabiamente la presencia del «imperialismo» en la economía nacional -que ya no representaba para Haya una «pérdida de soberanía» ni una presunta «colonización»- de tal suerte que «el Estado no excluya, sea dicho con toda claridad, la intervención de los intereses extranjeros en el país, porque esa intervención, por propugnar una técnica superior, significa progreso, impulso y aliento para el desarrollo de nuestra economía»54. De esta forma quedaba tajantemente descartada la tesis del «Estado antiimperialista» de 1928, ya que este novísimo «Estado técnico» no sólo abría las puertas a nuevos contratos con el capital extranjero: protegía y daba asiento en el Congreso Económico Nacional al «capital imperialista» ya presente en el Perú desde décadas atrás.
Otro aspecto importante de este nuevo aprismo es el privilegio otorgado a las «clases medias» como conductoras del progreso social. El «tecnocratismo» de Haya es a fin de cuentas un mesocratismo, es decir, una pérdida radical de protagonismo de las «clases productoras»: precisamente lo que él criticara con tanta dureza a la Revolución mexicana en el capítulo VIII de su célebre libro de 192855. En la etapa anterior Haya daba a las «clases medias» un lugar subordinado y complementario en la implacable «revolución antiimperialista»; éstas debían ser «puestas al servicio de la revolución de las clases trabajadoras»56. En el Manifiesto de febrero de 1932 Haya tipificará a esta «clase media [como una] clase culta, con cierta experiencia técnica y con un grado apreciable de conciencia política», mientras la «clase proletaria» será para el líder aprista «joven, en formación, sin la cultura ni la conciencia» que le permitirán aspirar al poder, al mismo tiempo que la «clase campesina» forma «las grandes masas analfabetas del país»57.
La propaganda mitificadora del «hayismo» insistirá en que existe perfecta coherencia entre el «programa mínimo» basado en el CEN y el «programa máximo» basado en el «Estado antiimperialista»; sin embargo, para cualquier estudioso serio de las obras de Haya y la historia del aprismo, resultará evidente que ambos proyectos se proponían modelos de cambio social de un mismo plazo y para igual contexto. Ambos son formas opuestas de «programa mínimo»: cada uno basado en otra apreciación del «imperialismo» y del destino final -o programa máximo- de la política gubernamental aprista, que en el caso del aprismo de 1928 apuntaba inequívocamente al socialismo marxista.
5. El PAP en 1931‑1932: ¿reformismo revolucionario?
El intento de amalgama de los distintos aprismos en pos de un presunto aprismo «permanente» o «definitivo» es relativamente reciente. En 1931, como ya hemos visto, Haya de la Torre realizaba un gran esfuerzo por desvincular la imagen pública del aprismo de todo ribete violentista o probolchevique, admitiendo maduración y evolución en su doctrina. Entre agosto de 1931 y febrero de 1932 una gran polémica se desarrollará entre La Tribuna y El Comercio58, defendiendo el aprismo sus nuevas definiciones ideológicas mientras el diario de los Miró Quesada rebuscará entre las viejas proclamas apristas para señalar una y otra vez al PAP como partido de conspiradores comunistas con ideas «peligrosas para la nacionalidad peruana y para la paz social de nuestro pueblo»59.
Para El Comercio el aprismo no había cambiado, pero para la intelectualidad seria de la época, el cambio era más que evidente. Gerardo Alarco publicó en los números 23, 24 y 25 del semanario católico Verdades (en octubre de 1931) un largo alegato sobre «La conversión de las izquierdas», ironizando sobre la «conversión» del aprismo hacia una política más moderada desde la llegada al Perú de Haya de la Torre. Era una respuesta al líder aprista Rómulo Meneses cuyo artículo aparecido en el número 5 (tomo IV) del 30 de setiembre de 1931 de la revista APRA bajo el título «La conversión de las derechas», comentaba un inusual radicalismo electoral en los críticos no izquierdistas del PAP. El tema de fondo del debate era cierto. El programa del PAP tenía un perfil radical por su propuesta de un Estado «funcional integral» pero no sustentaba medidas económicas radicales. Aun así, en las elecciones presidenciales y constituyentes del 11 de octubre de 1931 consolidó su presencia en la política peruana como «partido del pueblo», obteniendo el segundo lugar en los comicios con 106 mil votos y 27 diputados al Congreso Constituyente.
Paradójicamente los opositores al aprismo, todos ellos sin presencia orgánica en las organizaciones gremiales de trabajadores, expusieron programas más radicales. El programa de gobierno de Acción Republicana -que respaldó la candidatura de José María de la Jara, ocupando un lejano tercer lugar con 21.900 votos- suscrito por nombres ilustres como Raúl Porras, Jorge Basadre, José Gálvez, Martín Adán, Alberto Ulloa y muchos otros, planteaba que «el Estado debe reservarse el derecho de nacionalizar grandes fuentes de riqueza natural expropiándolas si el interés social lo recomienda»60.
A su vez el programa de Sánchez Cerro, aunque pecaba de vaguedad, proponía en su lista de medidas económicas un control estatal más severo que el PAP, incluyendo el «condicionamiento de la inversión de capitales extranjeros en el futuro; participación del Estado en los capitales que se exporten; prohibición de habilitaciones y contratos en moneda extranjera; reglamentación de las instituciones de crédito y compañías aseguradoras extranjeras»61. Todos estos puntos no estaban considerados en el programa del PAP -ni era posible incluirlos siendo el capital extranjero una de las «fuerzas vivas» integrantes del CEN- ocurriendo además que algunos temas figuraban en el programa del PAP de manera ambigua, como el siguiente: «Dictaremos legislación especial sobre inversiones y rentas del capital extranjero»62 que puede interpretarse según convenga a favor o en contra. El programa del PAP era además bastante moderado en cuanto al tema agrario proponiendo «obligar a los propietarios de fundos de gran extensión a arrendar un porcentaje de sus tierras a pequeños agricultores»63, y ya no «la supresión del latifundio» y la «abolición del gamonalismo» reclamados poco antes64.
Tampoco la propuesta del «Estado técnico y funcional» tenía un sentido necesariamente polarizante. Estaba en debate una nueva Constitución y propuestas similares a la aprista ya eran conocidas. «Existen universidades, organismos provincianos, centros intelectuales, fuerzas organizadas de la industria y del comercio [que] carecen de esta acción conservadora y progresiva que una Cámara representativa podría darles en la vida nacional», escribió en 1907 Francisco García Calderón en su influyente libro El Perú contemporáneo65. Pocos años después José de la Riva Agüero --en su etapa liberal, ya que abrazó la doctrina fascista avanzada la década del treinta- sustentará que para no «duplicar» la Cámara de Diputados, el Senado debía ser el «representante de los intereses sociales permanentes y corporativos»66. No resultaba entonces muy extraña la idea del Congreso Económico Nacional en el debate constitucional de enero de 1932, donde tuvo especial celebridad la contienda verbal entre Manuel Seoane y Luis Alberto Sánchez por un lado y Víctor Andrés Belaunde por el otro en torno a este planteamiento. El dictamen de mayoría recogió algunos de los argumentos apristas bajo la forma de «un Congreso unicameral inmediato» y la «creación futura» de un «Senado funcional». El PAP, por su parte, mantuvo en minoría su exigencia de un «Parlamento funcional unicameral»67. Los acuerdos de este Congreso Constituyente sobre el tema no llegaron a hacerse efectivos por imposición del régimen sánchezcerrista.
Ahora bien, los objetivos políticos del programa y la táctica apristas eran reformistas de «centro», pero su significación en la sociedad peruana de 1931 era revolucionaria. A diferencia de los «clubes de notables» que emergían con presunción de partidos políticos, el PAP mostraba una disciplina y una capacidad de movilización popular que infundía temor a la clase gobernante. El PAP defendía además un espacio político autónomo para las clases medias y trabajadoras. Era un directo representante político de estos sectores, sin dependencia alguna respecto a los grupos de poder económico. Atemorizaba en el Congreso Constituyente que los líderes apristas como Manuel Seoane dijeran: «Los 27 representantes apristas dependemos del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Aprista Peruano integrado por maestros, ingenieros, choferes, peones y trabajadores»68. Y para El Comercio, el simple hecho de poseer banderas y lemas partidarios era sinónimo de subversión: «Se explica que un partido que ha comenzado por sustituir la bandera y el himno patrios quiera reemplazar también el ejército de la Nación por un ejército propio»69. Haya de la Torre lo comentaría amargamente en 1993: «La aparición de un nuevo partido en el Perú ha sido siempre considerada por el civilismo como una ofensa. La fundación de un partido de principios, renovador, juvenil e izquierdista, que atrajo desde su día inicial el entusiasmo conciente del pueblo, significó para la vieja oligarquía un punible atentado»70.
6. La tragedia de un país inmaduro
El ejemplar debate de ideas entre el aprismo y sus oponentes en el Congreso constituyente durante 1932 y la abundante bibliografía sobre temas de realidad nacional que aparece en ese corto período, contrastan amargamente con la violencia que inundará todo el escenario político. Luis M. Sánchez Cerro no estuvo a la altura de las elegantes proclamas que acompañaron su golpe de Estado contra el dictador Leguía el 22 de agosto de 1930. Su corto interinato precipitó una contienda entre facciones militares y tuvo que ceder el poder, el 1 de marzo de 1931, al arzobispo Mariano Holguín. Entre el 1 y el 11 de marzo se suceden las presidencias interinas de Ricardo L. Elías, el comandante Gustavo Jiménez y David Samanez Ocampo. Este último asumirá finalmente la convocatoria a elecciones constituyentes y presidenciales. Ante la cercana posibilidad de un triunfo electoral aprista, Sánchez Cerro resultó ser el único candidato capaz de hacerle frente en nombre de todas las fuerzas conservadoras. Venció finalmente en circunstancias conflictivas y con aparente favoritismo del Jurado Electoral.
El PAP se funda modestamente el 21 de setiembre de 1930. En marzo de 1931 ya tiene una sorprendente actividad de agitación política, que sigue acrecentándose una vez que los principales líderes empiezan a volver del exilio. Haya de la Torre llega al país el 12 de julio de 1931, iniciando de inmediato la campaña presidencial, que dará gran importancia a su presencia en las provincias del norte y de la sierra. Las elecciones son en octubre y el nuevo presidente Sánchez Cerro asume el poder en diciembre de 1931. Pero la constitucionalidad dura poco: Sánchez Cerro realiza un «autogolpe» dictatorial en febrero de 1932 mediante una Ley de Emergencia que proscribe las actividades del PAP y somete políticamente al Congreso, apresando y extrañando del país a 23 de los 27 representantes apristas. Esta ley será acremente denunciada por Haya de la Torre como «ley antiaprista, ley de venganza». Luis Alberto Sánchez reclamará en su momento a los congresistas «oponerse y denunciar [...] la finalidad torcida y el oscuro origen de una ley que significa [...] la más grotesca burla a todo principio democrático» y que el gobierno «pretende hacerla durar hasta después que la Constitución del Estado se promulgue»71. Esta exigencia no será secundada por el Congreso.
A todo lo largo del ciclo que cubre la caída de Leguía y la muerte de Sánchez Cerro en abril de 1933, la violencia será instigada desde el poder político, no sólo contra la fuerza emergente del aprismo sino contra toda manifestación popular de exigencia de los cambios sociales prometidos por todas las corrientes políticas, incluida la corriente de Sánchez Cerro. El aprismo asumirá la defensa de la constitucionalidad, impugnando los resultados presidenciales e involucrándose en los reclamos de los obreros, empleados y campesinos. Desde los primeros meses de 1931 el PAP sufrirá atentados y hostilidades, incluyendo un intento homicida contra Manuel Seoane en noviembre de 1931.
Haya de la Torre será detenido en mayo de 1932 -casi coincidiendo con un levantamiento de la marinería del Callao- permaneciendo en severa prisión hasta el mes de agosto de 1933. En su defensa se pronunciarán importantes personalidades mundiales como Romain Rolland (Premio Nobel 1915), Bertrand Reussel, G. B. Shaw, Gandhi, Miguel de Unamuno y el sabio Albert Einstein. En julio de 1932 ocurrirán los levantamientos armados de Trujillo, Cajabamba y Huaraz y en marzo de 1933 el levantamiento de Cajamarca. En estas insurrecciones líderes y militantes apristas -al lado de militares defensores de la constitucionalidad como el comandante Gustavo Jiménez y el mayor Raúl López Mindreau- mostrarán un heroísmo sin límites. Nombres de líderes provincianos como Carlos Phillips, Manuel Barreto y Gaspar Mantilla están unidos en el heroísmo al lado de decenas de militantes apristas muertos en el patíbulo de la dictadura y miles de luchadores anónimos caídos en las refriegas. Durante el breve remanso de libertades políticas posterior a la muerte de Sánchez Cerro, Haya de la Torre remarcará el propósito democrático y constructivo del aprismo: «No se mistifique pues, la posición del partido; no se mistifique tampoco su línea ideológica [...]. Que no se asusten con la fuerza del aprismo, que no tengan miedo. Que no sospechen que nosotros estamos haciendo obra de conspiración. Nosotros estamos haciendo obras de preparación [...] para cumplir la misión de progreso y de justicia en el Perú»72.
Parte fundamental del sabio realismo político de Haya era combinar el proceso de redefinición doctrinal con una defensa sesgada de los aspectos menos conflictivos de sus viejos lemas. Para la gran «masa» aprista Haya seguía ostentando la aureola radical de 1919 o 1923. Algunas frases persistían pero el contenido era otro, como por ejemplo el concepto de revolución, definido en el Manifiesto de febrero de 1932 como «evolución, renovación, pero sujeta siempre a los imperativos y limitaciones de la realidad»73. Haya seguía siendo, antes que un político doctrinista, dogmático y pontificador, un político de realidades.
El autor Hugo Vallenas es felicitado por Carlos Showing y Edmundo Haya de la Torre en el II Concurso Latinoamericano de “Vida y Obra de Víctor Raúl Haya de la Torre”, en marzo de 1992.
NOTAS
1 El presente texto corresponde al Capítulo 3 del trabajo de Hugo Vallenas “Haya de la Torre, político de realidades”, ensayo premiado en el II Concurso Latinoamericano “Vida y obra de Víctor Raúl Haya de la Torre” de 1992. El título original del capítulo es “Redefiniciones y plan de acción: 1929‑1932”.
2 Reportaje para La voz del interior, Córdoba, mayo de 1932, en Haya de la Torre en 40 reportajes (en adelante CR), recopilación y notas de Roy Soto Rivera, Okura ediciones, Lima, 1983, p. 44.
3 Mariátegui, J. C.: Obras completas, t. XIII, p. 209 y 211.
4 Carta de E. Ravines a Mariátegui, desde París del 3 de abril de 1929, en Mariátegui, J. C.: Correspondencia, t. II. p. 537.
5 Ver la carta de Luis Heysen a Amauta, del 7 de noviembre de 1929, desmintiendo la presunta «disolución» del APRA y detallando sus avances, entre ellos la solidaridad centroamericana con Haya de la Torre al ser expulsado de Guatemala, El Salvador y Panamá para luego ser enviado a Alemania, por imposición de la embajada norteamericana de este país. Amauta no se solidarizó con Haya sobre estos temas. Ver carta en Amauta, Nº 29, p. 96‑98, febrero-marzo de 1929.
6 En lo político, reseña L. A. Sánchez en Haya de la Torre y el APRA (1954), hubo una «ola de revoluciones […] en orden de caídas, Leguía siguió a Siles; a Leguía, Hipólito Irigoyen; a Irigoyen, Isidro Ayora de Ecuador; a Ayora, Washington Luiz de Brasil; a Luiz, Harmodio Arosemena de Panamá a Arosemena, Carlos Ibáñez de Chile» (op. cit., p. 219). Sánchez proporciona una detallada información sobre los estudios y nuevas influencias que Haya recibe en Alemania: «La actividad intelectual de Haya de la Torre en 1929 fue intensa» (p. 209), «Haya se prepara a la `gran transformación'» (p. 211).
7 Ver las Obras Completas de Haya de la Torre (1977), en adelante OC, t. III, p. 170‑171. En Haya de la Torre y el APRA de L. A. Sánchez, seguramente por error editorial, aparece otro artículo de esta etapa, Un discurso de Einstein (está en OC, t. III, p. 172‑175), como publicado en Amauta, Nº 17, Lima, setiembre de 1928 (Sánchez: op. cit., p. 203) lo cual es inexacto.
8 Haya, V. R.: OC, t. III, p. 171.
9 Ver Einstein, A.: Los fundamentos de la física teórica (1940), en: Sobre la teoría de la relatividad, p. 142. Este texto resume planteamientos ya expuestos en Zur Einheitlichen Feldtheorie de 1929.
10 Einstein, A.: La relatividad y el problema del espacio en: op. cit., p. 182.
11 Einstein, A.: La mecánica de Newton y su influencia en el desarrollo de la física teórica (1927), en: op. cit., p. 69. Desde sus Principios de física teórica de 1914, Einstein sustentará un método opuesto a «partir de la base de postulados o principios para deducir de ellos conclusiones» (op. cit., p. 29). Su propósito es establecer un punto de ubicación para la observación de los fenómenos, desde el cual sea posible considerar sus límites y conexiones con otros espacios. Esta observación y experimentación permitirá precisar «leyes de limitada validez» (op. cit., p. 31). Dicho ángulo de observación es el principio de la relatividad, según el cual, tal como lo formuló Einstein en sus primeros textos sobre el tema, «ha sido posible estructurar una teoría general que da cuenta que los experimentos que se llevan a cabo sobre la tierra nunca revelan el movimiento de traslación de nuestro planeta» (op. cit., p. 31). Para Einstein, la exactitud del cálculo científico dependerá de «la utilización del principio de la relatividad, que dice que las leyes de la naturaleza no alteran su forma cuando se pasa del sistema original, admisible, de coordenadas a uno nuevo por un movimiento de traslación uniforme con respecto al primero» (l. cit.). A la inversa, el método de la relatividad permitirá encontrar nuevos caracteres en los fenómenos físicos, como por ejemplo, «que masas suficientemente pequeñas se muevan a velocidades lo bastante bajas y con niveles de aceleración lo bastante elevados» (l. cit.). La teoría de Einstein, en definitiva, busca ensanchar las fronteras del cálculo científico y la experimentación.
12 Einstein, A.: op. cit., p. 68.
13 El primer trabajo de Haya de la torre sobre la tesis del «espacio‑tiempo histórico» es Sinopsis filosófica del aprismo, publicado en Buenos Aires en 1935. La teoría de Haya pretende ser la «relatividad aplicada a la Historia y el nuevo modo de interpretarla como una vasta coordinación universal de procesos, inseparables cada uno de su propio espacio‑tiempo y movimiento». Agrega Haya que «la interdependencia vital de factores [...] que actúan y se influyen entre sí, integran una continuidad dinámica constituyente de una categoría filosófica que puede calificarse como la cuarta dimensión histórica». (Ver «Espacio‑tiempo histórico. Introducción a la sinopsis filosófica del aprismo» (1945), en: Haya de la Torre en Cuadernos Americanos, p. 53). Cabe anotar que si bien Haya de la Torre toma como referencia la relatividad de Einstein, su teoría de la historia tiene como principal diferencia con la física einsteiniana no priorizar la experimentación sobre la generalización sino, a la inversa, pretender establecer nuevas «leyes universales» de la historia, fiel a la tradición hegeliana y marxista de búsqueda de una historia racional.
14 Haya, V. R.: “Pensamientos de crítica, polémica y acción”, en: OC, t. II, p. 452.
15 Ver Haya de la Torre: El antiimperialismo y el APRA (en lo sucesivo AA), Santiago de Chile, 1936, p. 122. Ver afirmaciones similares en Teoría y táctica del aprismo, p. 21, 29, 92 (son textos anteriores a 1931). Ver también la teorización de Rómulo Meneses sobre el «socialismo científico del APRA» en APRA, t. IV, Nº 5, p. 14.
16 CR, p. 45.
17 En Aprismo no es comunismo (1932), importante alegato de polémica ideológica ausente en las Obras Completas, Haya afirma que «no todo marxismo es comunismo; hay varias interpretaciones» (ver El plan del aprismo, Guayaquil, 1932, p. 29), siendo el aprismo una más, distinta a la comunista y a la socialdemócrata. Luego Haya expone la concepción aprista del camino al «socialismo indoamericano» distinto a los «otros» socialismos conocidos: «No es posible que el socialismo exista sin que previamente se cumpla la etapa industrial que determina la existencia de la clase proletaria y su evolución hacia el dominio del Estado; nuestra tarea consiste en acelerar el alumbramiento y aliviar sus dolores [...]. Para eso, queremos la intervención progresiva de las clases oprimidas por el feudalismo y por el imperialismo en el dominio del Estado. Y como las clases oprimidas por uno y otro no son sólo las nacientes clases proletarias sino también las clases campesinas y medias, planteamos su alianza política dentro de un partido orgánico que las conduzca hacia su liberación» (ib., p. 30). A lo largo de este interesante texto Haya hace un esfuerzo por combinar el nuevo aprismo electoral con el «viejo» de 1928, reducido al plano de un etéreo «programa máximo».
18 OC, t. VII, p. 205.
19 L. cit.
20 Un hito importante de esta nueva actitud filosófica de Haya es el prólogo de 1936 de AA, donde expone una clara síntesis de sus tesis relativistas. Sin embargo, la práctica política de Haya descarta cualquier sospecha de dogmatismo, ya sea marxista -durante 1924‑1928- o relativista.
21 OC, t. V, p. 43.
22 AA, p. 191.
23 AA, p. 139‑140.
24 Excombatientes y desocupados, en: OC, t. II, p. 163‑167.
25 En el mismo volumen podemos encontrar una muestra, de febrero de 1927, del antiguo aprismo: «La revolución rusa ha sido en Europa el más grande paso histórico de estos tiempos. Y paso de justicia» (ib., p. 129).
26 AA, p. 74.
27 En Haya, V. R.: Teoría y táctica del aprismo, p. 29.
28 «Al margen del rusismo», por César A. Mindreau en APRA, vol. III, Nº 1, p. 12, 19 de junio de 1931.
29 «Los dos grandes problemas del Perú», por Manuel Seoane, APRA, vol. I, Nº 1, p. 3, p. 3. La revista APRA reproducía en sus páginas en grandes recuadros lemas como éste: «El APRA es el partido socialista de las clases productoras del Perú». La carátula del Nº 2, 20 de octubre de 1930, tiene como «símbolo del nuevo Perú» una hoz, un choclo y una cartuchera imitando el emblema de la hoz y el martillo. «Si se trata de nacionalizar las empresas y capitales no cambia mucho la perspectiva», opina respecto a la inversión extranjera F. Galarreta Guzmán en la p. 12 del Nº 1. «El aprismo va hacia la etapa presocialista por medio del capitalismo del Estado», escribe Magda Portal en APRA, vol. III, Nº 1, p. 16, 19 de junio de 1931. A la pregunta: ¿Cuál es su ideal político? Enrique Cornejo Köster contesta en APRA, vol. IV, Nº 8, p. 7, 29 de octubre de 1931: «El establecimiento del socialismo integral y la paz entre los hombres». Tal es el estilo de la prensa aprista en la primera etapa del período 1930‑1932.
30 Haya, V. R.: El plan del aprismo, p. 30.
31 Extracto de un reportaje de La Noche, Nº 56, 3 de enero de 1931. Tiene como titular: «Sensacionales declaraciones de Víctor Raúl Haya de la Torre sobre el momento político que hoy vive el Perú». En el conocido libro de Carlos Manuel Cox Dinámica económica del aprismo, de 1948, se cita este reportaje atribuyéndole otra fecha: «30 de octubre de 1930» (Cox, C. M.: op. cit., p. 6).
32 OC, t. V, p. 39.
33 OC, t. V, p. 46.
34 OC, t. V, p. 68, 69 y 79. La idea del Congreso Económico Nacional no sólo se contrapone a la idea del «Estado defensa» de 1928. Tiene además un origen jurídico distinto. Haya de la Torre lo admite en una entrevista de 1972: «Las ideas de esto no son originalmente mías. Esta idea tuvo su origen en Alemania y tuvo su origen en un personaje que se sintió estupefacto por el tránsito de ese industrialismo alemán que apareció violentamente a sus ojos y éste fue Bismarck. [...]. La idea floreció en Inglaterra, la apoyó Sidney Webb.[...]. Esta es la idea que permitiría crear una democracia verdadera» (CR, p. 354). Carlos Manuel Cox en Dinámica económica del aprismo anota estos mismos datos, reseñando además algunos libros de filosofía jurídica que habrían influido mucho en Haya con motivo del CEN, entre ellos: Libertad y planificación social de Karl Mannheim.
35 OC, t. V, p. 256.
36 Estas y otras cartas fueron publicadas en El Comercio en febrero de 1932 como parte de una campaña por la proscripción del aprismo en tanto «Fuerza conspirativa». Esta campaña venía desarrollándose desde 1931. A partir de las «cartas secretas» se tildó al aprismo como «la secta» y «la antipatria» en la prensa conservadora, reservándose El Comercio los adjetivos más discretos: «Los partidos que prescinden de la idea de la patria son los más peligrosos para el progreso de la verdadera nacionalidad» (López Martínez, H.: Los 150 años de El Comercio, Lima, 1989, p. 443). Sin embargo, la denuncia de documentos apristas era una exclusividad de El Comercio. El acceso a esos textos y la campaña misma sería, según Haya, obra de dirigentes del PCP especialmente convocados y adecuadamente remunerados, entre ellos Eudocio Ravines (OC, t. VI, p. 224).
37 OC, t. V, p. 263.
38 Ver APRA, vol. I, Nº 2, p. 15, 20 de octubre de 1930.
39 Reportaje de La Noche, 3 de enero de 1931.
40 Documentos internos apristas incluidos en Enríquez, L. E.: Haya de la Torre, la estafa política más grande de América., Lima, 1951, p. 81, 82 y 83; libro de ruptura con el partido.
41 Ver Murillo, P.: Historia del APRA 1919-1945., Lima, 1976, pp. 91-95, sobre la fundación de La Tribuna. Murillo no menciona la revista APRA, tal vez para no dar un lugar preeminente en esta etapa a Luis E. Enríquez o a Serafín Delmar, disidentes apristas en la década del cuarenta.
42 APRA, vol. I, Nº 2, p. 1 y 15.
43 APRA, vol. IV, Nº 3, Editorial, 15 de setiembre de 1931. Debe subrayarse que correspondió al PCP la iniciativa de rechazar la oferta de alianza del PAP: «Los comunistas no vamos al frente único, combatiremos al APRA sin cuartel y sin tregua [...]. No podemos sellar un pacto cobarde con un bando burgués, con un caudillo traidor. Hacerlo sería traicionar a nuestra clase» (volante del PCP sobre las elecciones de 1931, Biblioteca Nacional, Lima).
44 «Haya de la Torre: nuevas e importantes declaraciones del Jefe», correspondientes a marzo de 1931, en: APRA, segunda época, Nº 10, p. 2, abril de 1931. Texto ausente de las OC y de Cuarenta reportajes.
45 OC, t. V, p. 42.
46 L. cit.
47 Discurso ante el I Congreso del PAP. En: Política aprista, OC, t. V, p. 43.
48 APRA, segunda época, Nº 10, p. 2, abril de 1931. Esta entrevista no aparece en las OC ni en las antologías conocidas.
49 «La ofensiva de los imperialismos divide al mundo en dos grandes bandos», en: Impresiones de la Inglaterra imperialista y la Rusia soviética, OC, t. II, p. 360.
50 Discurso ante el I Congreso del PAP, OC, t. V, p. 45. Haya de la Torre reitera esta posición «tecnocratista» en el Manifiesto de febrero de 1932, OC, t. V, p. 113.
51 Discurso‑Programa de 1931, OC, t. V, p. 79.
52 Ib., p. 68.
53 Ib., p. 69.
54 Ib., p. 59.
55 Afirma Haya en AA, p. 154: «La enfermedad mesoclasista o pequeñoburguesa de la revolución mexicana se debe a que no se utilizó a tiempo la vacuna científica [...]. La revolución mexicana en la práctica, no ha utilizado a las clases medias sino que éstas han utilizado en gran parte a la revolución». Las alusiones a las «clases medias» en AA son lindantes con lo despectivo.
56 OC, t. V, p. 266.
57 OC, t. V, p. 109.
58 Sobre la campaña contra el aprismo de El Comercio véase el Manifiesto de febrero de 1932 en OC, t. V, p. 116‑119.
59 Ver López Martínez, H.: op. cit., p. 443.
60 Manifiesto de Acción Republicana, Lima, 1 de enero de 1931. Ver el pasaje citado en Ugarteche, P.: Sánchez Cerro, papeles y recuerdos de un presidente del Perú., t. II, Lima, 1969, p. 20.
61 Ib., p. 191.
62 OC, t. V, p. 17.
63 Ib., p. 18.
64 OC, t. II, p. 54.
65 García Calderón, F.: El Perú contemporáneo (Paris, 1909), Lima 1981, p. 193‑194.
66 Riva Agüero, J.: Obras completas, t. XI, p. 39.
67 Ver detalles del debate constitucional en Murillo, P.: op. cit., p. 140.
68 Ib., p. 141.
69 El Comercio, Editorial, 17 de agosto de 1931.
70 OC, t. V, p. 129.
71 Ver revista APRA, t. IV, Nº 16, p. 2, 7 de enero de 1932. Allí también aparece la cita de Haya.
72 OC, t. V, p. 158‑159.
73 OC, t. V, p. 97. |