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Nota preliminar
El presente trabajo fue premiado en el II Concurso Latinoamericano de Ensayo «Vida y obra de Víctor Raúl  Haya de la Torre», convocado por el Instituto Cambio y Desarrollo, presidido por Luis Alva Castro, en 1992.

Introducción

 

La hora de nuestros pueblos es hora de acción [...]. De la acción     hecha lucha, dolor y victoria es de donde surgirá la verdadera línea teórica que queremos ver clara y vigorosa y no anticipada   excesivamente a los hechos [...]. Esa urgencia de acción ha sido el   imperativo fundador del APRA.1

                               Haya de la Torre, 1928

 

En América Latina, es frecuente ver surgir y desaparecer, en cada elección presidencial, numerosos partidos políticos cuyos fundadores se limitan a firmar un breve manifiesto y un programa. A diferencia de ellos, el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre (Trujillo 1895-Lima 1979), destaca nítidamente entre los políticos latinoamericanos del siglo XX por su fecunda labor intelectual y por la prolongada vigencia de su acción como estratega y organizador de un movimiento de honda repercusión continental: el APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana).
     A esto hay que añadir que como ideólogo, Haya de la Torre cumplió una función insustituible como permanente innovador de la doctrina aprista. Haya personifica al líder doctrinal que no se osifica: que siempre está atento a todo lo nuevo ya sea en el terreno de las ideas o de los hechos políticos. Cada etapa de la larga gesta política del aprismo está enmarcada por audaces definiciones y rectificaciones doctrinales.
     Estos cambios, muchas veces desconcertantes para sus contemporáneos, ¿fortalecían un pensamiento esencialmente invariable o fueron, quizás, simples giros acomodaticios, impulsados por el apetito de poder?
Despejar esta incógnita es la principal finalidad de este libro. Pero antes hace falta ponerse de acuerdo sobre el método.
El aprismo, como señaló muchas veces Haya de la Torre, surgió en oposición al caudillismo y al partidismo de «oportunidad», para sentar las bases de «partidos permanentes» en América Latina; el aprismo «no es el partido de un hombre sino la fuerza política organizada al servicio de una ideología»2. Sin embargo, nada más ajeno al pensamiento original de Haya de la Torre que el dogmatismo doctrinal, esto es, el sacrificio del realismo político en nombre de una lealtad estulta a lo ya dicho o escrito.    
Esta flexibilidad doctrinal impresa en el aprismo por su fundador y líder ha sido el factor básico de su permanencia. El aprismo se precia de ser la única corriente política de proyección latinoamericana poseedora de un perfil ideológico no tributario de las grandes corrientes de origen europeo influyentes a lo largo del siglo. Pero ese perfil doctrinal ha podido robustecerse y trascender merced a carecer de contornos rígidos. El aprismo ha sido siempre una doctrina en incesante evolución y en incesante comunicación con la cultura política mundial, ya se trate del bolchevismo ruso antes de 1930 o del nacionalismo pacifista de Gandhi y el cooperativismo nórdico en las décadas siguientes.
     La raíz cosmopolita del aprismo no ha sido debidamente apreciada. El estudioso español Antonio Lago Carballo publicó en 1988, prologando una pulcra selección de textos de Haya, una de las pocas semblanzas que destacan la flexibilidad y el universalismo de sus ideas. Allí leemos: «La preocupación de Haya de la Torre por elaborar un pensamiento político original fue, como queda visto, compatible con la recepción e incorporación de tesis e ideas foráneas [...]. Esta precisión resulta clave a la hora de interpretar tanto la evolución del pensamiento de Haya como la cambiante estrategia política de su partido a lo largo de los años. Lo que a simple vista pudiera parecer mero pragmatismo y aun elemental posibilismo, resulta consecuencia de una actitud reflexiva, ideológica»2.

     La condena simultánea del dogmatismo y del hermetismo doctrinales como temperamentos ajenos al aprismo proviene, naturalmente, del propio Haya de la Torre. En su libro más densamente programático, El antiimperialismo y el APRA, escrito en 1928, Haya rechaza de plano formular un aprismo axiomático y definitivo. Allí escribió con toda claridad: «No es realista [...] pretender que desde ahora la doctrina revolucionaria indoamericana aparezca completa, finiquitada y perfecta, presentando un panorama minucioso del futuro revolucionario y postrevolucionario de nuestros pueblos con el que debería coincidir la realidad»3. Y afirma un poco antes: «Sobre el campo de la lucha ha de robustecerse y afirmarse la nueva ideología política y social. Los hechos irán definiéndola y perfeccionándola»4.

     Numerosos pasajes dan primacía al dato concreto de la realidad y a la experiencia directa frente a toda generalización teorética: «La hora de nuestros pueblos es hora de acción [...]. En esta hora de acción nos basta un vigoroso esquema doctrinario que oriente nuestra rebeldía y aclare y explique lo básico del gran problema de nuestros pueblos. Con él iremos hasta la lucha y hasta el poder y sobre la experiencia de ambos, la doctrina devendrá más definida, más integral, más permanente»5.

     También en su polémica con el comunismo Haya se aferra a su propia visión pragmática del materialismo filosófico: «Lo inmenso de Marx está en que su teoría deja caminos abiertos para la negación de la negación. En el marxismo negar es continuar»6. En una carta a los prisioneros políticos apristas de 1932 es todavía mucho más explícito: «Hay que tener en cuenta, justamente como marxistas y, por ende, dialécticos, que el aprismo no es un dogmatismo cerrado y arbitrario, sino una línea de acción hacia el infinito»7. Allí también escribe: «El aprismo, como fuerza histórica, tiene su propia evolución y ella ha de avanzar y desarrollarse de acuerdo con la realidad de los pueblos para los cuales ha sido concebido»8. Demás está añadir que de 1935 en adelante, una vez definida la tesis del espacio-tiempo histórico, Haya de la Torre enfatizó aún con mayor nitidez esta concepción, abogando por «una filosofía viva, en permanente devenir, móvil y constantemente renovada, como la naturaleza y como la historia»9.

     La ductilidad, el realismo, la observación minuciosa de todo nuevo fenómeno, la primacía de la experiencia sobre toda generalización, son rasgos esenciales en la doctrina y en la vida política de Haya de la Torre. Lamentablemente, no son estos aspectos los que enfatizan sus seguidores. La propaganda aprista sigue enarbolando un presunto aprismo macizo, carente de fisuras y siempre vigente a lo largo de los años, que sólo merece contemplación y culto, jamás reflexión crítica.

     Tal aprismo «imbatible» y «siempre en su línea», idóneo para los momentos de apoteosis política, no es por cierto el aprismo real, ni corresponde al Haya de la Torre de carne y hueso. Sin embargo, es innegable que Haya ha sido el primer propagandista de tal imagen triunfalista. Las cartas a los líderes del recién fundado Partido Aprista Peruano en 1930 proponen «hacer hayismo, como se hace ahora cerrismo, como en México se hizo obregonismo, callismo y zapatismo» y entonces, al igual que en muchas ocasiones posteriores, Haya recomendará «usar todos los medios y medir y calcular la demagogia», ya que las posiciones apristas, en la lucha política real, «hace falta vocearlas, repetirlas, catilinearlas, majaderearlas»10. Este era el Haya de la Torre triunfalista, reacio a admitir errores o virajes en su trayectoria política, de los grandes mítines y de las proclamas electorales, que no puede confundirse con el Haya reflexivo y conceptuoso de sus textos fundamentales.

     La política era para Haya de la Torre «ciencia de realidades», de duras realidades, que obligan muchas veces a una defensa extremadamente celosa de los grandes objetivos. La experiencia de la lucha política directa y la necesidad de mantener una organización cohesionada y motivada, así lo exigían.

        Tomando esas afirmaciones gruesas y todo ese esfuerzo de mitificación de la vida y obra de Haya realizado por sus discípulos como otros tantos datos de una biografía compleja, debemos ir en busca del verdadero Haya de la Torre: aquél que dedicó sus mejores energías a la forja de una doctrina de cambio social realista y flexible, que no se perdiese en los meandros de la utopía y el dogmatismo.


1. Los primeros años: 1895-1923

 


Víctor Raúl Haya de la Torre nació en Trujillo el 22 de febrero de 1895, hijo de Raúl Edmundo Haya y Zoila Victoria de la Torre. Tuvo cinco hermanos. Estudió en el Seminario Conciliar de San Carlos y San Marcelo. Desde niño mostró aptitudes de líder, fundando grupos deportivos y culturales. Ingresó en 1914 a la facultad de Letras de la Universidad de Trujillo. Aunque no destacó como estudiante, pronto fue uno de sus líderes gremiales. En 1915 ya es secretario de la directiva del Centro Universitario con Luis Guillermo González como presidente y Andrés Dileo Herrera como vicepresidente.
También estuvo involucrado en el quehacer cultural de los jóvenes intelectuales. En 1915, ejerciendo además de periodista cultural, formaba parte de la “Bohemia de Trujillo” convocada por Antenor Orrego y José Eulogio Garrido, donde también asistían Macedonio de la Torre, Alcides Spelucín, Eloy Espinoza y un joven y talentoso poeta, César Vallejo.
Data de 1916 una episódica incursión del joven Víctor Raúl en la comediografía, con la obrita “Triunfas vanidad”, llevada a las tablas por Amalia Isaura, con colofón de César Vallejo, que satirizaba los prejuicios de la ciudad tradicional contra los jóvenes poetas. Alcides Spelucín cita en un artículo publicado en 1946, los siguientes versos de un poema escrito por Víctor Raúl en 1916: “Mis nervios son las cuerdas de un piano resonante / que a duros martillazos la vida hace vibrar” (“Haya de la Torre en mi recuerdo” en la revista APRA, 22 de febrero de 1946, pp. 14 y 19).
Llega a Lima el 16 de abril de 1917 a seguir estudios de Letras y Leyes en San Marcos. Es nombrado delegado ante el Centro Universitario de Lima, entonces presidido por Jorge Valverde, el 7 de junio de 1917. El 6 de julio se instala la Federación de Estudiantes del Perú, cuyo primer presidente es el trujillano Fortunato Quesada Larrea, estudiante de medicina en Lima. Haya asume la representación del centro universitario  trujillano.
Dos experiencias importantes marcarán la vida del joven Haya de la Torre tras su llegada a Lima: conocer al ya anciano escritor Manuel González Prada, inspirador de la renovación espiritual de la república y de la rebelión de las provincias contra el centralismo limeño, y conocer de cerca la realidad rural indígena, al trasladarse al Cuzco entre agosto de 1917 y abril de 1918. En esta ciudad trabajará como secretario del prefecto del Cuzco, coronel César González Orbegoso, conociendo de cerca el problema de la tierra, de la discriminación social y del analfabetismo.
A su regreso mostrará una gran preocupación por relacionar la política universitaria con los problemas sociales de los más necesitados, sobre todo en el plano de la educación. Postulará la idea de las Universidades Populares, conducidas por los estudiantes pero codirigidas con los trabajadores, para llevarles cultura, instrucción y conocimiento de sus derechos.
El primer proyecto de Universidad Popular de Haya de la Torre es presentado el 22 de junio de 1918 a la Federación de Estudiantes del Perú siendo delegado de la Universidad de La Libertad y siendo presidente de la FEP el estudiante Carlos Barreda Laos. El proyecto fue enviado a comisiones.
La moción postula “la creación de la Universidad Popular en el Perú” con “una comisión encargada de formular la reglamentación”, integrada por tres miembros de la junta directiva y los catedráticos Oscar Miró Quesada y Juan B. De Lavalle como “miembros consultivos”. Solicita al gobierno una “subvención mensual” destinada a la Universidad Popular, ofrece realizar “conferencias y conversaciones sobre la necesidad e importancia de la Universidad Popular”, y propone a las “universidades menores” de Arequipa, Cuzco y Trujillo iniciativas similares.
     Al año siguiente Haya de la Torre ingresa al escenario político peruano como líder del movimiento estudiantil que se solidariza con las grandes huelgas obreras de enero y mayo de ese año. En el proceso de esa lucha el joven estudiante de jurisprudencia y ciencias políticas ahondará su radicalización. Dejará de lado los resabios liberales que lo inducen a rendir un encendido homenaje a la doctrina de Woodrow Wilson con motivo de la victoria aliada el 16 de noviembre de 1918, hecho que está registrado en los diarios de la época. Ya no es solamente un joven idealista, lector de los radicales ensayos de Manuel González Prada, de Ariel de Rodó y de  El hombre mediocre de Ingenieros, propugnador de una sólida actitud moral y una noble filantropía entre los estudiantes. Se interesa por los grandes problemas nacionales y empieza a vislumbrar la necesidad de un cambio social integral.
     No desmiente esta actitud que, siguiendo disciplinadamente la corriente de opinión mayoritaria entre los universitarios, acatara el respaldo dado por la Federación de Estudiantes del Perú (FEP) al derecho a la libre candidatura de Leguía en enero de 1919. El diario El Tiempo, en su edición del 26 de enero de 1919, inserta la siguiente declaración que lo atestigua:
    
     A nombre de la Federación de Estudiantes del Perú, cuya representación tenemos, protestamos de la innoble campaña de difamación iniciada contra Don Augusto B. Leguía, Maestro de la Juventud, campaña que desprestigia  únicamente a quienes la realizan y es un ultraje a la cultura del país.
     Lima, 25 de enero de 1919.
     Luis García Arrese, Alberto Rey y Lama, Raúl Porras Barrenechea, César Elejalde Chopitea, Humberto Hurtado, Germán Aramburú Lecaros, Víctor M. Arévalo, Víctor R. Haya de la Torre.

     Podemos constatar fácilmente que, en los hechos, el pensamiento y la vida misma del joven Haya viven una firme radicalización política desde los primeros días de enero de 1919, lejos de cualquier proximidad al leguiísmo. El hecho dinamizador de tal evolución es su participación protagónica en la conducción de la lucha por la jornada de ocho horas, lograda finalmente mediante decreto supremo el 15 de enero de 1919 luego de una esforzada huelga general iniciada el 23 de diciembre de 1918. Haya coadyuvó a que ésta adquiera amplia envergadura popular y fue cogestor de la fundación de la Federación de Tejidos del Perú que tendrá entre sus filas a los más importantes destacamentos de la vanguardia obrera de la época.
     El vínculo entre obreros y estudiantes surgió a propósito de que los obreros requerían la ayuda estudiantil como mediadora ante las autoridades y los patronos. Así, en la edición del 12 de enero de El Tiempo se menciona que «los obreros tejedores se han dirigido a la Federación de Estudiantes solicitando el nombramiento de una comisión de tres de sus miembros para que asuma la representación de los huelguistas y gestione sus reclamos». Ellos serían Haya de la Torre, Bruno Bueno y Valentín Quesada. El diario La Ley del 14 de enero reproduce el comunicado de la FEP que acredita a sus delegados, cuya función es «arribar a una solución entre los obreros y los patronos». Será al calor de la tenaz lucha obrera que el sector más avanzado de la FEP, muy en particular Haya de la Torre, adoptará una postura tajantemente prosindicalista.
 


I. En busca de la Revolución: 1919-1923

 

            Represento un principio, un credo, una bandera de juventud. Agito y    agitaré las conciencias hacia la justicia. Lucho por producir la precursora revolución de los espíritus y maldigo [...] a los explotadores del pueblo que hacen del gobierno y la política, vil  negociado culpable.12

 

Víctor Raúl Haya de la Torre ingresa en 1919 al escenario político peruano como líder del movimiento estudiantil que se solidariza con las grandes huelgas obreras de enero y mayo de ese año. En el proceso de esa lucha el joven estudiante de jurisprudencia y ciencias políticas vivirá una singular radicalización. Ya no es más el ingenuo liberal que «enfermo hasta los huesos» del «ambiente de la universidad y de la frivolidad limeña»13, rendía un encendido homenaje a la doctrina de Woodrow Wilson con motivo de la victoria aliada el 16 de noviembre de 191814, hecho que está registrado en los diarios de la época. Es todavía el joven idealista, lector de Ariel y El hombre mediocre, que luego recordará —en 1925, en el artículo autobiográfico «Mis recuerdos de González Prada»— que entonces estaba «cada vez más atraído por González Prada, pero no le comprendía aún».15 Esta afirmación desmiente exégesis posteriores que le atribuyen un sólido conocimiento del pensamiento anarquista del autor de Horas de lucha desde los años escolares de Haya en Trujillo.
Otro indicio de lo lejos que estaba Haya de una posición política radical es el respaldo que dará, desde la Federación de Estudiantes del Perú (FEP), a la candidatura de Leguía, en enero de 1919. El Tiempo, en su edición del 26 de enero de 1919, inserta la siguiente declaración:
     A nombre de la Federación de Estudiantes del Perú, cuya representación tenemos, protestamos de la innoble campaña de difamación iniciada contra Don Augusto B. Leguía, Maestro de la Juventud, campaña que desprestigia  únicamente a quienes la realizan y es un ultraje a la cultura del país. Lima, 25 de enero de 1919
     Luis García Arrese, Alberto Rey y Lama, Raúl Porras Barrenechea, César Elejalde Chopitea, Humberto Hurtado, Germán Aramburú Lecaros, Víctor M. Arévalo, Víctor R. Haya de la Torre. 15

     El joven Haya de 1919 tendrá una participación protagónica en la conducción de la lucha por la jornada de ocho horas -coadyuvando a que ésta adquiera amplia envergadura popular- y será cogestor de la fundación de la Federación de Tejidos del Perú que tendrá entre sus filas a los más importantes destacamentos de la vanguardia obrera de la época15. Si bien la idea de la solidaridad obrero-estudiantil no era la que imperaba en las luchas de enero de 1919, pues los obreros requerían la ayuda estudiantil como mediadora ante las autoridades y los patronos. Así, en la edición del 12 de enero de El Tiempo se menciona que «los obreros tejedores se han dirigido a la Federación de Estudiantes solicitando el nombramiento de una comisión de tres de sus miembros para que asuma la representación de los huelguistas y gestione sus reclamos». Ellos serían Haya de la Torre, Bruno Bueno y Valentín Quesada. El diario La Ley del 14 de enero reproduce el comunicado de la FEP que acredita a sus delegados, cuya función es «arribar a una solución entre los obreros y los patronos». Será al calor de la lucha huelguística que el sector más avanzado de la FEP, muy en particular Haya de la Torre, adoptará una postura tajantemente proobrera. Una muestra de la ascendencia lograda por Haya entre los trabajadores textiles es que será invitado a presidir la ceremonia de constitución de la nueva federación el 16 de enero, al día siguiente de la dación del decreto de la jornada de ocho horas.

     En octubre de 1919, al ser elegido presidente de la Federación de Estudiantes del Perú, la radicalización del joven Haya toma la forma de una definición política. A diferencia de las jornadas de comienzos de 1919, que encuentran a un Haya de la Torre políticamente bisoño, todos los testimonios accesibles muestran al Haya de este período -que va desde su elección a la presidencia de la FEP hasta su deportación en octubre de 1923- como un líder con argumentos y objetivos claros. Haya de la Torre ya no es un líder típicamente gremial. Es un personaje público cuya opinión es requerida por la prensa y por otros políticos.

     Al generalizarse la lucha por las ocho horas, las entrevistas entre la comisión estudiantil e el ministro de Fomento, Manuel Vinelli, serán de gran interés público y en los diarios aparecerán detalladamente las intervenciones de Haya en las asambleas sindicales. El triunfo sindical y la felicitación del ministro Vinelli a los delegados estudiantiles «por su sagaz y atinada actuación al lado de los obreros» aumentaron su notoriedad. Al ser elegido presidente de la FEP será felicitado por el presidente Leguía y convocado a una cita en Palacio; allí podrá culminar la negociaciones en pro de una ley -la ley 4002, promulgada poco después- que reconozca el «derecho a tacha», la representacióñ estudiantil, la cátedra por concurso y la autonomía universitaria. Una segunda cita en Palacio concluirá en el reconocimiento oficial de la FEP. Todo esto es de amplia difusión en la prensa de la época. Haya de la Torre era ya un personaje político cuya opinión era consultada y despertaba interés. Felipe Cossío   del Pomar menciona en Víctor Raúl otra entrevista de Haya con Leguía, esta vez discreta, con motivo de las negociaciones peruano-chilenas16.

     Haya aboga entonces por una reforma universitaria radical, denuncia la opresión del campesinado indígena y defiende un compromiso activo de los estudiantes con las luchas sociales y los problemas nacionales, a la vez que sustenta una forma específica de articulación de la lucha sindical y la lucha política en torno a un proyecto nacional. Es un luchador político y el país lo identifica como tal, pero coincide esta primera etapa de ideólogo y organizador con una férrea oposición a todo lo que representa la política partidaria.

 

1. Frente único (no partido) manual e intelectual

El concepto gravitante en el razonamiento político del joven Haya de esta etapa no es, como muchos estudiosos afirman, el de justicia social en su acepción arielista o vasconceliana  —influencias más accesorias que medulares en su pensamiento, además de tardía en lo que a esta etapa se refiere— sino el de justicia social como sinónimo de revolución, en el sentido típicamente anarquista del término. El movimiento reformista universitario argentino de 1918 tuvo como primer difusor al «tribuno y catedrático socialista Alfredo L. Palacios, que llegó a Lima en mayo de 1919, invitado por el gobierno peruano en reconocimiento a la defensa que hizo de la causa peruana en el litigio con Chile»17. Esta visita tuvo una indudable repercusión pero no es posible confundir el movimiento reformista estudiantil con aquél de las Universidades Populares. Este último tiene ingredientes de radicalidad propios. Por otra parte, cuando Haya toma contacto con los movimientos estudiantiles de Chile, Argentina, Uruguay, etc., a mediados de 1922, las Universidades Populares y el pensamiento radical apartidista de Haya ya están en su apogeo.

     La primera publicación bibliográfica de Haya de la Torre confirma que el contacto con el movimiento arielista y sus simpatías por el nacionalismo mexicano no disminuirán su radicalismo. El folleto de 1923 Dos cartas de Haya de la Torre -aparecido en plena persecución del joven Haya por los incidentes del 23 de mayo de ese año- incluye audaces párrafos de reafirmación en el ideal anarquista enérgicamente profesado desde 1919. Haya mantiene en julio de 1923 un rechazo conceptual y ético a la política y al partidismo convencionales: «orgánicamente repugno de los políticos. Creo que todos, con excepciones rarísimas, han contribuido a precipitarnos en la deplorable situación en que vivimos después de cien años de fracasos, con un pueblo explotado y analfabeto, con una raza indígena esclava»18.

     Pero no se trata de un huir de la política sino, por el contrario, una forma distinta, más intensa, de ejercerla: «La revolución de la que fue un apóstol admirable González Prada, será la grande y total revolución principista que conquistará a costa de sangre y de dolores, de gallardías y de heroísmos, un alto ideal social, sin mácula de falsía ni dobleces de interés. Y esa revolución integral [...] deberá ser precedida de una intensa agitación de conciencias, de un perenne flamear de luces nuevas»19, escribe en abril de 1923. Camino al destierro en octubre de ese año, Haya de la Torre refirmará su «credo revolucionario, ajeno y muy lejos de la podredumbre política nacional», representando «una bandera de juventud» y una «precursora revolución de los espíritus», prometiendo volver «por la razón o por la fuerza, que siempre será la fuerza de la razón»20.

     El concepto de revolución tiene como complemento -o mejor dicho como método de aplicación- el concepto de frente único. Para los líderes anarcosindicalistas que influyen en el bisoño Haya de comienzos de 1919 el concepto de frente único tiene una acepción estrechamente sindical y obrera. Haya aporta una interpretación social del frente único. Viene a ser la forma práctica de apartar a todas las clases trabajadoras de la cuestionada política partidista en torno a un quehacer político distinto, acorde con el ideal revolucionario. La palanca motriz de este «Frente único de trabajadores manuales e intelectuales» -como lo bautizaría Haya afinando el concepto gonzálezpradino sobre la hermandad del intelectual y el obrero- sería, en sustitución de un partido político, la Universidad Popular.

     González Prada, en su célebre discurso El intelectual y el obrero, había afirmado: «Cuando preconizamos la unión o alianza de la inteligencia con el trabajo no pretendemos que a título de una jerarquía ilusoria, el intelectual se erija en tutor o lazarillo del obrero»; y más adelante: «Reconocida la insuficiencia de la política para realizar el bien mayor del individuo, las controversisas y luchas sobre formas de gobierno y gobernantes quedan relegadas a segundo término, mejor dicho, desaparecen. Susiste la cuestión social, la magna cuestión que los proletarios resolverán por el único medio eficaz: la revolución»21. Este es el meollo de la doctrina gonzálezpradina asumida con entereza y lealtad por los «jóvenes libres» de Haya de la Torre.

     El joven Haya de este período define la política como «obra de iluminación, obra de revelación [...] humilde pero profundo apostolado de verdad» cuya meta es «robustecer la conciencia naciente del trabajador, prepararlo para la época que adviene, muy próxima sin duda [...] época de justicia y de renovadoras consumaciones»22. Sus cartas y discursos como presidente de la FEP impulsando la creación de la Universidad Popular
-bautizada luego como `González Prada' y extendida rápidamente a Vitarte, Barranco, Trujillo, Arequipa, Salaverry, Cuzco, Ica, Chosica y Jauja- distan mucho de expresar una simple actitud asistencialista o aquel pasivo ideal justiciero de la reforma universitaria argentina que le atribuyen algunos. En verdad el reformismo universitario latinoamericano iniciado por el movimiento argentino de 1918 convocó, bajo la bandera del «neoarielismo» de Ingenieros y Vasconcelos a diferentes corrientes. Una de ellas fue la intelectuaidad ligada al movimiento anarcosindicalista, que también emergía con fuerza en Chile y Argentina. En verdad, no es suficiente ese genérico «neoarielismo», compartido por Haya con otros líderes estudiantiles ajenos al proyecto de la Universidad Popular, para identificar la corriente de «jóvenes libres» por él liderada. Entre 1919 y 1923 Haya de la Torre era teórica y prácticamente gonzálezpradista.

     En una célebre carta del 1 de julio de 1920, dirigida a la Federación de Trabajadores de Tejidos, Haya expresa que la inciativa de constituir la Universidad Popular, destinada a «abrir las puertas de los viejos claustros a la luz de la nueva vida», permitirá que «la solidadridad de obreros y estudiantes» quede «definitivamente sellada», ya que allí «se agitarán todas las ideas y el lema del grupo Claridad de París» «es y será nuestra dirección espiritual». Concluye Haya formulando votos «por el triunfo de las aspiraciones obreras» y los ideales de «fraternidad y justicia social proclamados por el proletariado universal»24. 

     En este pasaje Haya se refiere al grupo Clarté de Henri Barbusse, promotor de la «revolución de los espíritus», entendida como el compromiso vital de intelectuales y educadores con la revolución social. Algunos malos cronistas han interpretado esta consigna barbussiana como contrapuesta a la revolución social. Es exactamente al revés. Clarté, que «en un principio atrajo a sus rangos no sólo a los intelectuales estacionados en el ideal liberal y democrático»25, surgió en oposición al elitismo y la falta de compromiso social de los intelectuales.

     La actividad de la Universidad Popular desde un punto de vista formal era simplemente instructiva, pero está demás añadir que su significado político y social era revolucionario. Contribuía a elevar la calidad política de los cuadros obreros, cerraba el paso a las corrientes estudiantiles conservadoras, alejaba a la juventud de los partidos tradicionales y fomentaba una ética distinta -laica, solidaria y contestaria- a nivel popular. Sus actividades sufrieron por esto restricciones, condenas públicas del clero y la inteligencia conservadora y, finalmente, medidas represivas directas26.

     Haya de la Torre es el gran promotor y organizador de este movieminteo, explícitamente revolucionario y hostil a la política partidista, que tendrá su prueba de fuego en la gran movilización de rechazo a la consagración de la nación al Corazón de Jesús del 23 de mayo de 1923. El manifiesto que a tal efecto publica la Universidad Popular González Prada, de inconfundible sello hayista, resume con magistral elecuencia el vasto sentido político de esta protesta, así como la función política que se daba a sí misma la UPGP. Allí se acuerda «hacer un llamamiento especial a las clases obreras, a los intelectuales, a los periodistas, a los estudiantes, para que secundando la propaganda por el frente único pidan la adhesión de todos los ciudadanos libres del Perú en favor de la separación del iglesia y el Estado y laicización de la instrucción pública»; se acuerda asimismo «declarar que en nombre de los derechos invocados, no cabe en esta campaña la intervención de partidismo político alguno»27.

     Su intervención protagónica en la célebre protesta del 23 de mayo de 1923 motiva la persecución gubernamental. Finalmente es detenido y deportado. Camino al destierro en octubre de ese año, Haya de la Torre reafirmará su «credo revolucionario, ajeno y muy lejos de la podredumbre política nacional», representando «una bandera de juventud» y una «precursora revolución de los espíritus», prometiendo volver «por la razón o por la fuerza, que siempre será la fuerza de la razón»28.    

2. Algo más que un joven caudillo

Cometen un error quienes pretenden asimilar esta importante fase de la biografía de Haya a la historia global del aprismo. No estamos aquí ante un aprismo en ciernes como, por ejemplo, asegura sin mayor fundamento Percy Murillo: «La historia del aprismo, en sentido estricto, se inicia con la gesta obrera que culminó con la conquista de la jornada de ocho horas»29. Sí estamos ante una característica fundamental de lo que será la actitud metodológica de Haya de la Torre frente a las doctrinas políticas, incluyendo por cierto su propia creación, la doctrina aprista en sus distintas etapas.

     Haya de la Torre es un líder político e ideológico cuya premisa es la asunción de responsabilidades ante movimentos sociales reales, en plena ebullición. A diferencia de otros líderes latinoamericanos fundadores de partidos, Haya de la Torre no ingresa a la política después de haber cumplido un período de intensa producción intelectual, definiendo primero vagas metas de largo plazo y reclutanto adherentes de marcada vocación libresca. Siendo un líder natural de la vanguardia social y no un intelectual que la estudia desde fuera, su actitud ante las doctrinas y los programas políticos será eminentemente práctica: le interesará dar soluciones viables, victorias tangibles, perspectivas realistas a ese movimiento social capaz de representar a las grandes mayorías. Haya de la Torre no inventa ni idealiza una revolución: la ve germinar aceleradamente en el contexto nacional y toma posición dentro de ella, aportando una orientación política. Es, desde 1919, un ideólogo y un político no de utopías sino de realidades.

     Esta característica singulariza la función de líder político ideológico de Haya en el Perú de 1919-1923 pero no la disminuye. Cometen un error sumamente grave quienes menosprecian ideológica y políticamente a este joven Haya. No se trata de un simple caudillo, aventurero ocasional, como pretenden sostener algunos autores. Así, es un rasgo común a la literatura comunista criolla atribuir los avances del movimiento obrero y estudiantil de esa época a la pura y simple espontaneidad. La pauta está trazada por Ricardo Martínez de la Torre quien, respecto a la lucha por la jornada de ocho horas, escribe: «No fueron sus delegados, no fueron sus líderes y dirigentes los que la representaron y condujeron. Fue ella, toda ella, la que se condujo y representó en sus delegados»30; este tipo de afirmaciones quedan refutadas simplemente consultando la documentación que incluye en la misma obra.

     El acrecentado sentido del realismo político en Haya de la Torre irá siempre de la mano con un marcado interés por la claridad doctrinal. Este será un rasgo constante a lo largo de su vida, no así el menosprecio por la política profesional y el partidismo que estarán en la base de su pensamiento doctrinal y su accionar en esta etapa. No es casual que en el momento de mayor desrrollo de las Universidades Populares, agitando «todas las ideas» y «fiel al lema» cultural revolucionario del grupo Clarté de París -como en la carta ya citada de 1920- Haya organice y publique la revista Claridad, cuyo tenor «frenteuniquista» y apartidario convocó a todas las corrientes de la vanguardia intelectual, incluido el adventicio marxistaleninista José Carlos Mariátegui.

     Los biógrafos de Mariátegui aseguran que durante su periplo europeo sufragado por el gobierno de Leguía se hizo comunista y pactó en 1922 con otros peruanos -César Falcón, Carlos Roe y Palmiro Machiavello- fundar un partido comunista en el Perú. Según el intelectual ruso Sergei Seminov «las relaciones entre el círculo dirigido por José Carlos Mariátegui en el Perú y el Komintern fueron establecidas en 1924». Sin embargo, su actividad al lado de Haya de la Torre en la Universidad Popular y luego como director interino de Claridad al ser deportado su director-fundador, no nos muestra a un agitador comunista sino a un disciplinado defensor del frente único. Su célebre admonición del 1 de mayo de 1924, que plantea «no hacer cuestión de etiquetas ni de títulos», se opone a la formación de partidos políticos obreros. En 1926 Mariátegui se afiliará a «la APRA» y recién desrrollará un proyecto político comunista en 192831.

     Claridad, «órgano de la Juventud Libre del Perú» y de la Universidad Popular, marca el punto de madurez de esta etapa hayista, no obstante la jueventud de su máximo líder y promotor. Para entonces, el «frente único de trabajadores manuales e intelectuales» ya es una entidad de alcance nacional y no perderá su fisonomía ideológica inicial. Esta revista consolidará los lazos que Haya de la Torre tiende a nivel latinoamericano en 1922 visitando Montevideo, Buenos Aires, Córdoba, La Paz y Santiago de Chile. El rector de las Universidades Populares, sin moldear todavía el proyecto de «la APRA», es un personaje de estatura continental, vinculado epistolarmente con Leopoldo Lugones, José Ingenieros, Carlos Quijano, Gabriela Mistral y, desde las páginas de Claridad, con Romain Rolland y Henri Barbusse. En plena campaña contra la consagracióm de la nación al Corazón de Jesús, Claridad será además órgano de la Federación Obrera Local de Lima, redactado por «un grupo de intelectuales, estudiantes y obreros de filiación vanguardista, extraños a los intereses y a las peripecias de la política criolla»32.

 

3. Lejos aún del aprismo

Haya de la Torre es, a fin de cuentas, el gran organizador y promotor del movimiento anarcosindicalista en el Perú entre 1919 y 1923. ¿Fue entonces más revolucionario que cuando fundó el aprismo? ¿Qué significaba socialmente el anarcosindicalismo en el Perú de 1919, tan satanizado como «reformismo» o «sindicalismo burgués» por la propaganda comunista posterior?

     El movimiento anarcosindicalista de 1919 y, sobre todo, el gran frente único articulado desde la Universidades Populares  y expresado en Claridad, es visiblemente inferior al aprismo en términos de proyecto social, pero cumplió en la coyuntura de 1919-1923 una indudable función revolucionaria. De hecho -y Haya de la Torre lo dirá muchas veces en sus años de madurez- los movimientos sociales valen por su significado real, no por sus consignas o su retórica ideológica.

     Haya de la Torre aporta al anarcosindicalismo una iniciativa política, una forma de hacer avanzar el movimiento ampliando su caudal social e irguiendo una eventual alternativa de poder.

     El joven Haya radicaliza el anarcosindicalismo. Recordemos que, a diferencia de los antiguos anarquistas de exterma izquierda, aquellos legendarios coetáneos de Bakunin, que postulaban un enérgico programa de agitación social, la corriente anarcosindicalista que echa raíces en el Perú de comienzos de siglo no enarbola un proyecto programático concreto ni organiza actos de terror o motines insurreccionales.

     El anarcosindicalismo surgió a finales del siglo pasado en oposición al «utopismo» de los viejos líderes. Según George Lichtheim «se gestó en Francia, pero su campo de influencia fue mucho más amplio». Su documento máximo era la Carta de Amiens, de 1906, en la cual los dirigentes anarquistas de la Central General de Trabajadores francesa proclaman la incompatibilidad de los partidos y el parlamentarismo con los intereses del movimiento obrero. «El sindicato obrero no es únicamente un instrumento de combate; es el embrión de la futura sociedad y la sociedad del futuro será aquello que hagamos del sindicato», reza la célebre ponencia que los anarcosindiclaistas franceses presentaron en el Congreso Mundial anarquista de Amsterdam, de 1907, donde «la vieja guardia» anarquista, insurrecionalista, se separó definitivamente de este sector «aburguesado». En el Perú la influencia provino de obreros inmigrantes que eran sindicalistas experimentados. En enero de 1913, por ejemplo, los obreros anarquistas de Lima recibieron la visita de dos luchadores italianos, José Spagnolli y Antonio Gustinelli, «delegados de la Federación Obrera Regional Argentina, en gira de propaganda»33. El movimiento se comunicaba fluidamente entre sí. Los anarcosindicalistas no eran opuestos a otras influencias, como el sindicalismo revolucionario de Georges Sorel, la «revolución de los espíritus» de Henri Barbusse y el mutualismo económico.

     Calificando al sistema social vigente como necesariamente injusto e incapaz de cumplir sus propias promesas, el anarcosindicalismo concebía la revolución como una suma de luchas defensivas en torno a derechos y libertades elementales. Revolución era para ellos sinónimo de «verdadera» justicia y «verdadera» libertad. Esta misma apreciación será asumida por Haya pero dando cabida en el movimiento revolucionario, sin distingos ni prejuicios «proletarios», a todos los oprimidos. Así lo formula Haya de la Torre en agosto de 1923: «Al estado político y social del país [...] sólo [lo] salvará la acción revolucionarioa profunda y total que la nueva generación, estudiantes y proleterios de sierra y costa, debe emprender en nombre de la justicia y la libertad verdaderas»34.

     Otro aporte notorio de Haya al anarcosindicalismo es dar a la difusión cultural y la educación popular una connotación militante, activa. Los líderes obreros de esta corriente se solidarizaban «moralmente» con todas las luchas sociales pero no propugnaban su inmediata articulación. Rechazaban la política tradicional enfatizando excesivamente una serie de prerrequisitos culturales. La Protesta, vocero obrero anarquista, advertía a los movimientos campesinos: «Nada que satisfaga vuestras aspiraciones podréis obtener del poder constituido. Todo será promesa y engaño»35. «A cualquiera solución política o económica debe anteoponerse una solución pedagógica, la única capaz de crear [...] o de reavivar [...] esa potencialidad energética que poseen las razas», comentaba La Protesta en febrero de 1920, extendiendo este criterio a todas las luchas sociales36. Al cauto jacobinismo sindical anarquista Haya agrega un elemento de audacia, sin debilitar por esto el énfasis en la educación popular: «América ha de ser estremecida muy pronto por una honda revolución creadora. Preparemos las conciencias e inflamemos los espíritus en la devoción de la libertad y establezcamos la nueva moral de los pueblos con el ejemplo vivo y magnífico de no permitir ni explotadores ni tiranos»37.

     En un contexto de estrechez de libertades políticas y escasa evolución de los derechos sociales, como era el Perú de 1919, el rechazo a la política tradicional y el reclamo enérgico de libertad y justicia eran objetivamente revolucionarios. Pero esta marea positiva empezaba a ralear y devenir conservadora apenas el escenario político se ampliaba. Así ocurrió, en efecto, de 1924 en adelante con el anarcosindicalismo recalcitrante.

     Entre 1923 y 1924 las relaciones entre la «juventud libre» hayista y el núcleo anarquista ortodoxo de La Protesta variaron de la identidad más extrema a la animadversión. Tras la dura jornada del 23 de mayo de 1923 el nombre de Haya de la Torre mereció calificativos inusuales: «amigo y camarada»; ejemplo de sinceridad, bravura y sacrificio, él era y es el único gran líder que salió de las aulas universitarias». A raíz de los artículos prosoviéticos de Haya de la Torre llegados a Lima en noviembre de 1924, El Tiempo publica una nota citando a La Protesta del 14 de ese mes donde se ataca duramente a Haya por su viraje a una «tendencia social-autoritaria»38.

     Con Haya de la Torre este movimiento agotó su ciclo. Definir un programa de reformas sociales, intervenir en la política propiamente dicha realizando alianzas y logrando metas parciales, tomar posición frente al problema del imperialismo y coordinar tareas de solidaridad con otras fuerzas políticas de América Latina, excedían el marco conceptual y la lógica anarquistas. Haya de la Torre, político de realidades, comprobará durante su exilio la necesidaf de rectificar radicalmente estas limitaciones de la etspa vivida. De ese cambio drástico, confrontando otras experiencias y madurando doctrinariamente, nacerá el aprismo.   

 

4. La verdad y el mito: 1919-1923

Desde el punto de vista biográfico resulta admirable la vertiginosa evolución del joven Haya de la Torre, desde una muy comprensible «frivolidad» universitaria en 1918 hasta una total identificación con las causas sociales en 1919. Desde el punto de vista político, resulta también comprensible que este joven Haya esté, no sólo lejos, sino esencialmente distante del aprismo. Menos fácil de entender es la necesidad de erigir, en reemplazo del joven Haya de carne y hueso, un Haya míticamente infalible y «siempre aprista», como ha sido la intención de las biografías auspiciadas por el partido. La apología encendida de las ceremonias públicas no puede ser la norma educativa de los militantes jóvenes; sin embargo, ha sido Haya de la Torre el primer introductor de esa prédica mitificadora, contradictoria ella misma con los textos de corte verdaderamente intelectual del Haya maduro.

     Esta mitificación tiene dos características: primera, atribuye al Haya de comienzos de 1919 una madurez y una radicalidad desmedidas, sobre todo durante la lucha por la jornada de ocho horas; segunda, recorta las alas del anticlerical y revolucionario fundador de las Universidades Populares, con la finalidad de no mostrar un cambio drástico entre el Haya de 1923 y el de 1925. Ejemplos clásicos de esta mitificación son, entre otros, un artículo de La Tribuna del 17 de diciembre de 1931, muchas veces reimpreso, en el cual Haya asegura que «la obra dela UPGP comenzó en 1916 en Trujillo y no en 1921, como primer intento frustrado de nuestra obra, siendo yo presidente del Centro de Estudiantes de La Libertad; en 1917 fue presentada la idea en la Federación de Estudiantes del Perú»39.

     Este texto de Haya anticipa muchos años la adopción del anarcosindicalismo -lo cual es imposible por su conocida pertenencia a la bohemia trujillana en 1916- y tiene como única finalidad presentar el pensamiento y el accionar hayista de 1919 como anteriores al reformismo universitario argentino.  

     Otro texto célebre igualmente mitificatirio es La jornada de ocho horas, escrito por Haya en 1941. Allí Haya afirma: 1) «En la elección de Maestro de la Juventud de 1918, el señor Leguía había triunfado sobre el doctor Javier Prado [...] y yo, [...] no voté ni por ni [por] otro»40; lo cual no es exacto ni es digno de rubor alguno, habida cuenta del radicalismo anticivilista de la fraseología electoral de Leguía; por lo demás, el respaldo institucional de la FEP a la candidatura leguiísta fue motivo de numerosos comunicados, suscritos por Haya al lado de otros dirigentes, en las páginas de El Tiempo41, dice Haya en el mismo folleto que: 2) «Ante la demanda obrera de la jornada de ocho horas que había culminado en un gravísimo conflicto social, pedí a la Federación» -se refiere a la FEP- que interviniera»42, siendo un hecho conocido y registrado en la prensa de la época que la iniciativa provino de los sindicatos en huelga, los cuales, en carta publicada en El Tiempo del 12 de enero, reclamaban a la FEP una pronta respuesta institucional43. ¿Empaña en algo la destacada función del joven Haya en esa lucha que la propuesta de solidaridad entre obreros y estudiantes haya provenido de quienes estaban más urgidos de contar con ella?; 3) Haya resume allí su posición frente a la huelga en una frase:«¡El paro no se suspendería hasta lograr la victoria!»44, omitiendo que la finalidad de la comisión estudiantil era servir de instrumento de diálogo «para tratar de buscar una fórmula satisfactoria de arreglo de la situación», como reseña La Prensa del 13 de enero; y que existieron diversos puntos de negociación y diversas propuestas de reglamentación de las ocho horas45.

     Los cronistas hostiles a Haya de la Torre han satanizado que se intentara algún arreglo distinto a la meta de las ocho horas. El día 13 de enero, por ejemplo, el diario La Ley informó de la siguiente negociación ocurrida el día anterior: «Los gerentes de dichas fábricas [...] expusieron que no les era posible aceptar todas las condiciones de los trabajadores peor que accederían a la jornada de 9 horas y un aumento del 10% sobre los salarios actuales [...]. Como el señor ministro les recomendara que estudiasen debidamente el asunto, los huelguistas lo hicieron así en compañía de una comisión de la Federación de Estudiantes, resultando de esto una nueva fórmula de arreglo, que establecía nueve horas de trabajo, pero esa hora de exceso sería pagada al precio proporcional, gravándose con un 20% si es de día y con un 30% si es de noche». Ni Haya de la Torre, ni los estudiantes participantes ni tampoco los dirigentes obreros tuvieron el desatino de aferrarse intransigentemente a la consigna de las ocho horas. No es exacto que la función de los estudiantes haya sido de acicate de la intransigencia obrera.

 

5. La primera polémica Haya-Mariátegui: 1923

Si entendemos la herencia política de Haya de la Torre como un denso y prolongado alegato contra el dogmatismo doctrinal, revalorar con justeza su etapa anarcosindicalista y gonzálezpradista resulta fundamental. El anarcosindicalismo del joven Haya no se basa en una repetición de esquemas teóricos sino en un compromiso vital, activo y sensible a la innomvación. De cara a la historia, ese sentido del realismo pone en amplia ventaja a Haya de la Torre frente sa su posterior oponente, José Carlos Mariátegui.

     Haya de la Torre y Mariátegui viven un proceso casi simultáneo de radicalización al calor de las luchas obreras de 1919. Haya opta por integrarse a la dinámica del movimiento gremial. Mariátegui participa del elitista y profesoral Comité de Propaganda Socialista que deviene Partido Socialista el 1 de mayo de 1919. Mientras Haya de la Torre empieza a trabajar en el proyecto de las Universidades Populares, Mariátegui se aparta de sus correligionarios en oposición a la proclamación de tal partido, ya que «el período no es propio para la organización socialista»46. Al llegar Leguía al poder, Haya de la Torre encabeza un conjunto de reclamos gremiales antes ofrecidos por el nuevo gobernante.

     Mariátegui opta por aceptar del nuevo régimen un cargo rentado en el exterior, ya que «un alto funcionario de gobierno que era amigo [...] presentó la alternativa de ir a la cárcel o viajar a Europa a costas del gobierno»47. Versiones posteriores han afirmado que se trató de un «destierro disimulado» pero ni Mariátegui en sus cartas o artículos alusivos a esa circunstancia ni sus biógrafos coetáneos -María Wiesse y Armando Bazán- aluden a una verdadera medida represiva. «Recibo mi sueldo en libras esterlinas, lo mismo que todos los funcionarios y empleados de Relaciones Exteriores residentes en el extranjero», escribe el viajero Mariátegui a sus íntimos desde Roma, el 24 de enero de 192048.

     Al regresar al Perú, Mariátegui se vincula al movimiento liderado por Haya de la Torre, proclamándose marxista pero desarrollando una discreta actividad política. Mientras el grupo hayista es abiertamente opositor al gobierno, «sólo en un sentido muy amplio puede decirse que Mariátegui combatiese a Leguía», escribe Jorge Basadre en 1931, ya que mantenía la inclinación intelectualista de 1919 y escribía en las revistas Mundial y Variedades, por lo demás de subido color leguiísta»49.

     Mariátegui se amolda al frenteuniquismo de las Universidades Populares, renunciando a todo proyecto partidista, pero su noción del destino de la organización obrera es clásicmente dogmático: «Dentro del frente único cada cual debe conservar su propia filiación y su propio ideario, cada cual debe trabajar por su propio credo»50, escribe poco después de la deportación de Haya, endendiendo la lucha política como una actividad fundada en torno a «credos» e ideas fijas y no en torno a proyectos basados en realidades. La prueba más concluyente de este errático dogmatismo es la actitud de Mariátegui ante la campaña contra la consagración de la nación al Corazón de Jesús -de hecho ésta es la primera polémica Haya-Mariátegui- quien, «ante la propuesta de Haya para que se una a este Frente, le responde con un no categórico porque todo este tinglado anticlerical era el reflejo de una lucha liberalizante y sin sentido revolucionario», como afirma Diego Meseguer. Guillermo Rouillón da más detalles de esta negativa en La edad revolucionaria.

     El texto de Meseguer, tan celebrado por los «mariateguistas» tiene la soprendente limitación de seguir repitiendo los argumentos de 1923 de Mariátegui, no obstante haberse retractado el propio biografiado inmediatamente después. Según Meseguer «en este conflicto el proletariado es arrastrado por los estudiantes y elementos anticlericales de la clase media y la pequeña burguesía; el proletariado no actuó como clase, con reivindicaciones propias [...]. Mariátegui era conciente de todo este confusionismo». Este biógrafo no ha leído los Siete ensayos donde podemos ver: «El 23 de mayo reveló el alcance social e ideológico del acercamiento de las vanguardias estudiantiles a las clases trabajadoras. En esa fecha tuvo su bautizo histórico la nueva generación que, con la colaboración de circunstancias excepcionalmente favorables, entró a jugar un rol en el desarrollo mismo de nuestra historia, elevando su acción del plano de las inquietudes estudiantiles al de las reivindicaciones colectivas o sociales»51. El profundo significado democrático de esa protesta y su importancia para la evolución política del movimiento obrero y estudiantil no fueron percibidos por Mariátegui por no calzar en sus fórmulas conceptuales.    

     Mucho se ha dicho y escrito rindiendo homenaje a la intervención personal de Haya en esta lucha pero no se ha remarcado el carácter fundamentalmente obrero de la protesta y el haber sido convocada y respaldada por las Universidades Populares -desmintiéndose así el presunto apoliticismo de este movimiento, que era apartidista mas no indifenrente a los hechos políticos-; así como tampoco ha sido plenamente reivindicado el trasfondo explícitamente revolucionario de la oposición hayista. En torno a la histórica jornada del 23 de mayo de 1923 estuvieron puestos a prueba, no un liberalismo audaz frente a un cauto socialismo, sino la política revolucionaria frente a la prédica elitista.

 

6. Apartidismo: etapa necesaria

Remarquémoslo: la idea matriz de esta etapa hayista es el frente único de trabajadores manuales e intelectuales, pero no como una fórmula tomada de un manual. Su importancia y su forma de aplicación -en oposición al partidismo- son el resultado de un proceso político real. Haya de la Torre desarrolla un claro poryecto político centrado en la articulación del movimiento social que se enfrentó al depuesto civilismo y cuyas aspiraciones eran rápidamente defraudadas por la tiranía de Leguía.

     La «república civilista» o «república aristocrática» transcurre entre 1895 y 1919, bajo hegemonía directa o indirecta del Partido Civil: «pertenecían a este partido los grandes propietarios urbanos, los grandes hacendados productores de azúcar y algodón, los hombres de negocios prósperos, los abogados de los bufetes más famosos»52. Leguía, dos veces ministro de Hacienda civilista, maquinó en 1919 un golpe de Estado y luego una fraudulenta elección. Se presentó como un atrevido verdugo del civilismo, prometiendo radicales medidas políticas que luego incumplió.

     Frente a la degeneración del gobierno de Leguía afirma Manuel Vicente Villarán, en 1926: «El señor Leguía [...] sólo pidió una cosa: creer y callar [...]. Había entonces un Congreso [...] decidió expulsarlo por un golpe de Estado y repartió las representaciones entre amigos complacientes. Alzaron la voz algunos de ellos para objetar en conciencia los desaciertos del jefe y en seguida fueron sacados de sus bancos y arrojados del país. Había periódicos independientes; los confiscó, destruyó y amordazó. Había partidos políticos; desterró a sus jefes y prohombres». En el mismo sentido escribe Pedro Ugarteche: «El régimen de libertades públicas desapareció del país en todas sus formas y millares de ciudadanos fueron perseguidos y sufrieron prisión [...] se restableció la tortura en la comisaría de Ate en Lima y en muchas de provincias se aplicó la ley de fuga y se asesinó y fusiló a adversarios prisioneros»53.

     El rechazo de esta generación a los partidos iba mucho más allá de la influencia literaria de González Prada. El apartidismo era una experiencia gravitante en las filas de avanzada sindicalistas y estudiantiles. La política de partidos estaba todavía firmemente asociada al perfil venal y plutocrático del civilismo. Obreros y estudiantes ingresaban a la lucha social subrayando airadas denuncias de González Prada contra el parlamentarismo. «La techumbre de un parlamento viene demasiado baja para la estatura de un hombre honrado»54, dirían y repetirían muchos compañeros generacionales de Haya de la Torre. Más aún, el fresco precedente del Comité de Propaganda Socialista de 1918 -de Luis Ulloa, Félix del Valle, Carlos del Barzo, José Carlos Mariátegui, César Falcón y otros- con su actitud profesoral y contemplativa hacia las luchas obreras, y su desprendimiento electoralista el Partido Socialista de 1919 -liderado por Ulloa y Del Barzo- cuyo debut político fue condenar las huelgas obreras de mayo de ese año, hacían del no partidismo la única vía digna para el activismo social de esa generación deseosa de cambios.

     La idea de un partido del pueblo y una política del pueblo era todavía prematura y carente de referencias en esta etapa de la historia peruana.

II. El primer aprismo: 1924-1928¡Error! Marcador no definido.

 

            La lucha contra nuestras clases gobernantes es indispensable; el
            poder político debe ser capturado por los productores: la producción
            debe socializarse y América Latina debe constituir una Federación de
            Estados. Este es el único camino hacia la victoria sobre el                                         
     imperialismo.55

                                                                                         Haya de la Torre, 1926

 

Antes de su deportación, no obstante los amplios vínculos desarrollados con la vanguardia intelectual y estudiantil de América Latina -en calidad de presidente de la FEP y luego como rector de la Universidad Popular- Haya de la Torre no asumió con la fuerza que le sería característica el ideal de la unidad continental. Una de sus célebres cartas de 1923 alude a «la asociación internacional de los hombres libres, [que] se defiende y anhela la conquista imperecedera de la justicia social»56, pero sólo enfoca la deseada revolución como un fenómeno peruano, no obstante invocar a «Hispanoamérica [a] erguirse desde todos sus ámbitos contra la injusticia, contra el abuso». En esta carta Haya alude al «ideal de libertad en todos los pueblos de mi raza», pero no alude todavía a un destino integracionista. Hace incluso una advertencia contraria: «Estos casos de solidaridad espiritual pertenecen al nuevo sentido americanista, que si bien es cierto está en franca oposición con los mercaderes del chauvinismo, en nada se opone a los postulados del verdadero y bien entendido sentimiento nacional»57. El continentalismo como aspiración nacional aún no está presente. El Haya libertario aboga por la unidad continental de los revolucionarios solamente.

     El mensaje «neoarielista» de unidad de los «justos» y los «libres» para la revolución social es ratificado por Haya de la Torre durante su corta estancia en Cuba -donde asiste a la inauguración de la Universisdad Popular José Martí en La Habana el 3 de noviembre de 1923- y también en México, donde gozará de asilo con ayuda de José Vasconcelos. El diario El Universal de La Habana del 12 de noviembre de 1923 consigna un discurso de Haya de la Torre a los obreros cubanos que resume a cabalidad en sus pasajes finales su «neoarielismo» de izquierda: «Seguiré mi obra revolucionaria y después de salir de México, donde me dirijo, seguiré por otros países la obra a la que he consagrado mi juventud. Yo os recomiendo que asistáis a la Universidad Popular donde fortaleceréis vuestro espíritu para la lucha y recibiréis conocimientos que os servirán para aprender a luchar, hasta conseguir el triunfo de los ideales modernos: ¡libertad, justicia y revolución social!»58.

     En México, el exiliado Haya queda fuertemente impresionado por la realidad mexicana posrevolucionaria, donde todavía podían verse campesinos con «el fusil a la espalda y el inmenso sombrero atado al cuello por un barboquejo, con cartucheras en cintos y bandas de cuero»59. El fuerte ingrediente nacionalista de la corriente representada por José Vasconcelos influye en Haya. Este ayuda a difundir un Mensaje a los estudiantes peruanos de Vasconcelos del 13 de febrero de 1924 -«carta admirable» según Haya, quien confía que el texto de Vasconcelos «hallará eco en todo corazón bien puesto en nuestra América»60- donde se invoca a vincular la lucha por «libertad con justicia social» con objetivos antiimperialistas. Vasconcelos denuncia allí que «en el Perú, en México y en Chile, son los extranjeros los que hacen los ferrocarriles, los puentes [...]. No hemos llegado a constituir verdaderas naciones independientes, sino soberanías ficticias»61. La entusiasta difusión de esta carta no sólo en el Perú sino en toda América Latina viene a ser la primera inciativa nítidamente antiimperialista del joven Haya.

     Un cambio radical ocurrirá en Haya al participar activamente en la protesta continental contra el intento de anexión de Panamá por los EE. UU. -objetivo mediatizado por el plebiscito que fuera convocado en ese país en mayo de 1924- que puso en el centro del debate la necesidad de una lucha continental antiimperialismta de amplia base, que no esté condicionada por sectarismo político alguno. La unidad antiimperialista no podía ser un objetivo lejano y exclusivo de los revolucionartios, sino una necesidad urgente y elemental.

     La Carta a los estudiantes y obreros de Panamá, escrita por Haya el 14 de mayo de 1924, marca el punto de partida de una preocupación firme y sistemática por el latinoamericanismo. Esta nueva actitud es asumida con fervor: «El imperialismo yanqui, máquina siniestra del capitalismo, avanza tentacularmente sobre nosotros [...]. Afortunadamente, la nueva generación de estudiantes y trabajadores va comprendientdo el peligro [...] y está dispuesta a luchar contra él»62. En esta etapa el joven Haya estuvo activamente involucrado en la política mexicana al lado de Vasconcelos, célebre escritor y político mexicano y latinoamericanista.

 

1. Dos antiimperialismos: 1924-1928

Un cambio aún más radical ocurrirá al viajar Haya de la Torre en julio de 1924 a la Rusia soviética. Sus cartas y artículos devienen laudatorios del régimen bolchevique, motivando inclusive una condena del vocero anarcosindicalista limeño La Protesta, antes afín al joven Haya, el 14 de noviembre de 1924. Así, con fecha 2 de abril, en homenaje al «militante ardoroso y abnegado por la causa de la redención de los trabajadores» recientemente desterrado, la Federación Obrera de Lima había nombrado a Haya «personero genuino de la vanguardia revolucionaria del Perú» con motivo de su visita a la URSS. Al publicarse en Lima artículos de Haya con sus nuevas posiciones, La Protesta del 14 de noviembre decide «desmentir categóricamente que el proletariado del Perú haya enviado delegado alguno». En esos mismos días se divulgó en la prensa de Lima que «en Rusia, Haya fue invitado a ingresar al movimiento comunista»63. Los artículos de Haya «sobre el país del genial bolchevismo» no escatiman adjetivos empequeñeciendo la Revolución mexicana frente a la rusa: «En México se inicia la revolución social de tipo indoamericano y en Rusia se está creando el tipo universal de la nueva revolución que cambiará todos los resortes de la historia»64, escribe en un artículo de fines de 1924.

     En 1925 dará los pirmeros pasos para impulsar «al APRA», como una organización político-partidaria y de frente único a escala continental, ya que «la unidad y homogeneidad de problemas impone la unidad [...] crear un partido nacional sería errar»65. Haya, una vez más, actúa frente a un movimiento real en curso: «Mi afán en cuanto a esto es que precisemos clara y lacónicamente principios definidos. No necesitamos hacer programas inmensos. Necesitamos palabras de orden, apotegmas, lemas de lucha. Y luego, lo fundamental está en la organización de la fuerza, en su disciplina, en su unidad, en su espíritu revolucionario»66, escribe en junio de 1925.

     En Londres, en 1925 y 1926, se entregará a metódicos estudios de sociología y economía marxistas y desde allí seguirá organizando el naciente aprismo. Ante la próxima realización del Congreso Mundial Antiimperialista en Bruselas, Haya publicará What is the APRA?, primer documento programático aprista, en diciembre de 1926. En 1925 Haya había obtenido una beca en la London School of Economics, al mismo tiempo que realizaba una intensa actividad vinculando a los exiliados latinoamericanos en Europa con la lucha política en sus países. Sus estudios tuvieron una orientación no sólo marxista sino de oposición radical al laborismo de Ramsay Macdonald por «pretender hacer socialismo bajo la garra del capitalismo» y de oposición a la II Internacional socialdemócrata que «preconiza un socialismo no revolucionario», según escribe en abril de 1925. Un famoso discurso dado en París el 29 de junio de 1925, en un acto antiimperialista contra la «enmienda Kellog» a aplicarse sobre México por los EE. UU., permitió a Haya anunciar, al lado de Vasconcelos, Unamuno, Ugarte, Ortega y Gasset y otras importantes personalidades, el surgimiento de una «nueva generación revolucionaria [que] ha abandonado para siempre los caminos románticos de la lucha contra nuestro enemigo común», declarando a Ingenieros uno de «los precursores de esta lucha»67.

     El segundo hito documental es el libro El antiimperialismo y el APRA (AA), de 1928, que recién aparecerá en 1936, cerrando esta etapa, ya que Haya replanteará sus posiciones en 1929. El naciente aprismo es todavía orgánicamente endeble, europeo, basado sobre todo en exiliados peruanos pero su influencia en toda aquella «generación libre» será sumamente importante, sin dejar de mencionar al grupo peruano organizado en torno a la revista Amauta. Además de numerosos artículos, Haya publica en 1927 el libro Por la emancipación de América Latina, gracias a la colaboración editorial de Gabriel del Mazo, donde se recopila textos y transcripciones de discursos del período iniciado en 1923. Su primer libro orgánico de fundamentación doctrinal fue AA, cuya excesiva inclinación hacia el modelo bolchevique de revolución seguramente obligó a su autor a postergar su publicación, ya que cada vez era más difícil mantener una polémica alturada con el «comunismo criollo».

     Este primer aprismo, todavía en transición hacia una efectiva configuración organizativa, se reclamará [continuador, heredero??] del marxismo y del ejemplo revolucionario bolchevique pero en forma «no dogmática». AA ataca a aquellos «comunistas criollos, rendidos ante el sancta sanctorum de su fría ortodoxia [y expone, a nombre de los apristas, que] sin abandonar el principio clasista como punto de partida [...] consideramos cuestión fundamental la comprensión exacta de las diversas etapas históricas de la lucha de clases y la apreciación realista del momento que ella vive en nuestros pueblos»69. Para entonces, el comunismo oficial habrá tomado un firme curso sectario, que impedirá un mayor acercamiento de Haya de la Torre a sus posiciones. Sin embargo, el joven Haya encontrará en el modelo de la NEP soviética elementos clave para el diseño de una propuesta estatal antiimperialista, un «Estado de transición», a la vez que recogerá de la experiencia china del Kuo Min Tang un ejemplo concreto de partido de frente único. Es más, Haya recogerá y traducirá a las condiciones latinoamericanas una línea en su momento exitosa pero luego dejada de lado por la Komintern: la promoción de partidos de frente único del tipo del Kuo Min Tang en los «países atrasados» en reemplazo de la formación de partidos comunistas, política imperante entre 1921 y 1924. Haya pudo conocer los exitosos resultados de dicha línea comunista en el V Congreso Mundial de la Komintern, realizado durante su estancia en Rusia en 1924.

     Anotemos que el comunismo dogmático y de aplicación mecánica en todos los países, como era en efecto en 1927-1932, tuvo una fase inicial menos rígida. Lenin en 1921 y luego Stalin hasta 1924, se oponían a la organización de típicos partidos comunistas «en las colonias». Tenían una excepcional admiración por el Kuo Min Tang chino, al punto que el V Congreso Mundial, al cual asistió Haya, declaró al partido chino organización «simpatizante» de la Komintern, es decir, según el argot comunista, miembro con derecho a voz. Así lo informó Pravda el 25 de junio de 1924. Un célebre discurso de Stalin proclamó con todo detalle esta política de «partidos obreros y campesinos bipartitos para Oriente». La línea era ésta: «Los comunistas deben pasar de la política del frente único nacional a la del bloque revolucionario de los obreros y de la pequeña bueguesía. En tales países, este bloque puede adquirir la forma de un partido único, un partido obrero y campesino, del tipo del Kuo Min Tang»70.
     Esta política obligaba a los comunistas a no mostrar abiertamente sus consignas ideológicas y a participar positivamente en los partidos nacionalistas revolucionarios, como ocurrió en China y otros países asiáticos con exitosos resultados. Los comunistas eran corrientes sindicalistas o intelectuales muy influyentes como alas izquierdas de esos partidos. Así fueron reclutados, por ejemplo, Mao Tse-tung en China y Ho Chi Minh en Vietnam. El viraje dogmático condujo a desastrosas aventuras insurreccionales a partir de 1927. Es indudable que Haya conoció directamente a dirigentes comunistas orientales en su visita a Moscú en 1924. Puso luego su propia cuota de originalidad a esta línea política. Cabe señalar que mientras los líderes no comunistas de los partidos «tipo Kuo Min Tang» limitaban sus metas a la independencia nacional y la democracia, Haya de la Torre, como los comunistas, deseaba la «socialización de la producción».

     El antiimperialismo de «transición al socialismo» -o leninismo no dogmático- de Haya tendrá dos claros momentos: uno de febril intransigencia frente a toda forma de inversión extranjera, hasta 1927: «La nacionalización de la producción es la única garantía de la libertad indomamericana [...]. El imperialismo sólo puede ser arrojado por las armas. China nos acaba de ofrecer la lección. El Kuo Min Tang nos ha dado la más extraordinaria demostración de lo que puede la unidad y la rebeldía organizada de un pueblo»71, publica Amauta en Lima en abril de 1927; y un segundo momento de aceptación condicionada del capital extranjero, como «facultad extraordinaria y exclusiva del Estado»72, con El antiimperialismo y el APRA, de 1928. Este libro no será conocido hasta 1936 pero sus tesis serán visibles en numerosos artículos y cartas de Haya y otros líderes apristas, señalando el punto más alto de creación doctrinal del primer aprismo.

     En toda esta etapa es fácil encontrar comentarios de Haya de la Torre contrarios a la tozudez del comunismo criollo y al férreo dirigismo moscovita sobre los partidos comunistas, pero no habrá condenas frontales al sistema comunista ni al ideal genérico de la abolición de la propiedad privada. El APRA incluso propondrá a los partidos comunistas integrar las filas apristas, no obstante su sectarismo «proletario»: «No negamos la entrada en nuestro organismo a los comunistas, oficiales o no, que quieran laborar de buena fe [...] pero estorbaremos con todas nuestras fuerzas que  el APRA aparezca [...] como un organismo anexado a la III Internacional»73. No existe en esta etapa una condena doctrinal de Haya de la Torre al comunismo.

      En 1930, puestas en evidencia ante el mundo las contradicciones y limitaciones del sistema comunista y agotada la experiencia con sus adeptos en las filas del aprismo -la escisión del grupo de José Carlos Mariátegui y Eudocio Ravines- será ocasión para que Haya de la Torre replantee radicalmente los conceptos del período 1924-1928. Sin embargo, no será exacta la apreciación que hará ante el I Congreos del PAP en 1931, atribuyendo desde siempre al aprismo una condena «por igual de fascistas y comunistas porque ambos totalitarismos son enemigos de la libertad»74. La defensa sin condiciones de las libertades políticas, punto de origen político del joven Haya en 1919, quedará temporalmente de lado durante todo el trayecto germinativo del APRA.

     Muchos historiadores del aprismo han preferido ceñirse a estas inexactitudes políticamente necesarias para Haya como luchador político real, que investigar serenamente los hechos. El resultado sigue siendo la primacía de un hayismo mítico.

 

2. Política y verdad histórica: ¿se fundó el APRA en 1924?

Entre las inexactitudes deliberadas introducidas por Haya en la historiografía aprista debemos mencionar su insistencia en situar la fecha fundamental del aprismo el 7 de mayo de 1924. En esa ocasión Haya de la Torre, recientemente exiliado, hará entrega de «la bandera indoamericana» al recién electo proesidente de la Federación de Estudiantes de México, en un gesto de fraternidad estudiantil latinoamericana y con el propósito de fundar una organizción política. Ni los documentos de esa fecha ni el concido discurso pronunciado entonces por Haya -acerca del «blasón vasconceliano [...] hecho pendón» dan testimoniio de la fundación del aprismo, como tampoco lo atestiguan los primeros textos efectivamente apristas de Haya de la Torre. Según Mariano Valderrama75, Haya de la Torre entregó al presidente de la federación mexicana «una bandera con el emblema de la universidad». En otras palabras, no «entregó» sino  «devolvió» a los estudiantes de México su propia bandera. En verdad, Haya en su célebre discurso alude a la idea vasconceliana para señalar un parentesco entre la nueva bandera y el escudo universitario, pero entre uno y otro hay muchas diferencias, como puede verse en las fotografías disponibles.

     El primer documento programático del nuevo movimiento, ¿Qué es el APRA?
-aparecido primero en inglés en diciembre de 192676- indica que «fue fundada en diciembre de 1924, cuando los cinco puntos generales de su doctrina fueron enunciados»77. De esta aseveración tampoco hay evidencias tangibles, sobre todo si consideramos que en diciembre de 1924 se encontraba delicado de salud en Suiza, pues durante su estancia en el país soviético un médico «diagnosticó un inminente proceso tuberculoso si no se tomaba un largo descanso. Le señalaron Crimea. Haya pensó en Suiza»78. Mal podía entonces fundar Haya el aprismo. Convaleció en Leysin, al lado del escritor Romain Rolland, durante diciembre de 1924 y enero de 1925.

     No es exacto que existiera efectivamente un «partido sección» del APRA en el Perú en 1926, pues la sección peruana de la Liga Antiimperialista de las Américas (LADLA) respaldó las posiciones de Haya de la Torre ante el Congreso Antiimperialista Mundial de Bruselas de febrero de 1927, adhiriéndose después de dicho congreso -y no en 1926- al proyecto de «la APRA». Ricardo Martínez de la Torre80 hace constar que dicha adhesión       fue unánime, es decir, incluía a José Carlos Mariátegui. Sin embargo, en lo que concierne a la supuesta fundación del movimiento en 1924, queda claro que en mayo -o en diciembre- de ese año el aprismo no podía ser, en el mejor de los casos, más que un enunciado o una «ideología»: la ceremonia mexicana de la «entrega de la bandera» no fue un acto de fundación del aprismo.

     Toda la literatura aprista consultable correspondiente al período 1928-1932 es muy cauta respecto a esa hipotética fundación del APRA en 1924. No se precisa cómo ni cuándo ocurrió tal fundación ni se alude a la «ceremonia de la bandera» del 7 de mayo de 1924 con la nitidez de años posteriores. La «biografía oficial» del jefe aprista publicada por el partido en 1931, Biografía y gráficos de Haya de la Torre, señala que recién «en 1926», en París, fue fundada «la primera célula europea de la APRA»81, que data en verdad de enero de 1927. Respecto a la actividad de Haya en México en 1924 afirma dicho texto, sin precisar fechas ni situaciones, que entonces «concibe y lanza los puntos básicos del programa internacional del APRA» y que «preconizando la unidad latinoamericana como necesaria para la defensa de nuestra soberanía, hace la entrega de la nueva bandera unionista a las juventudes mexicanas reunidas en una asamblea. De México pasa a los Estados Unidos». En ningún momento se menciona acto alguno de fundación del APRA.

     Ahora bien, tampoco en 1924 el ideario básico del aprismo tenía la nítida configuración expresada en los cinco puntos programáticos de ¿Qué es el APRA? Hasta su visita a la Rusia soviética, de junio a setiembre de 1924, las ideas políticas de Haya de la Torre se mantuvieron dentro de los límites del «neoarielismo», el radicalismo social anarcosindicalista
-reacio a la conformación de partidos políticos centralizados- y el romanticismo latinoamericanista que compartían las corrientes estudiantiles animadoras de las Universidades Populares. No en vano su discurso en el «acto de la bandera» del 7 de mayo de 1924 evoca con fervor las ideas de José Vasconcelos y tampoco es casual que al dejar México pocos días después sus palabras resuman todas estas influencias, distantes todavía del aprismo: «Saludo en vosotros al nuevo espíritu de la raza; aquél que por sobre fronteras y protocolos, va estrechando el abrazo magnífico de un nuevo pueblo, en el que ha de ser creado aquel apotegma paradojal de los tiempos nuevos: la libertad sólo es limitada por la justicia»82.

     Este ideario basado en la fraternidad de la «nueva raza» y en la libertad política más intransigente cambió en forma radical al conocer Haya de la Torre la realidad soviética y familiarizarse con las ideas y la personalidad de los líderes bolcheviques. «En Rusia [escribe Haya durante su estancia en ese país] se construye, se crea, se progresa [...]. Es una revolución más grande que la gran revolución francesa»83. En una carta de enero de 1925 sus conclusiones llegan aún más lejos: «resulta paradójico afirmar que bajo la dictadura del proletariado hay mayor libertad de prensa y de opinión que bajo cualquiera de esas nominales repúblicas nuestras, oprimidas bajo el yugo de los `democráticos' vendepatrias al servicio de Wall Street [...]. Pero es así. Y en esta afirmación no hay ilusionismo alguno»84.

 

3.  Algo más que simpatía hacia el bolchevismo

Después del viaje a Rusia, cuando efectivamente empieza a asomar en Haya la idea de «la APRA», su actitud hacia la doctrina del «nuevo espíritu» vasconceliano y hacia la Revolución mexicana será sumamente adversa. Esto escribe en junio de 1925: «México habría llegado a cumplir una misión para América Latina quizá tan grande como la de Rusia para el mundo, si hubiera obedecido a un programa. Pero la revolución mexicana no ha tenido teóricos, ni líderes [...]. Es una sucesión [...] de tanteos, de tropezones, salvada por la fuerza popular [...]. En estos tanteos no podemos caer nosotros»85.

     Contra lo que ahora considera «platonismo senil» y «falta de ciencia revolucionaria» del «neoarielismo», Haya aboga por «un partido internacinal de trabajadores, de acción, de energía, de sistema, de disciplina y de continuidad», visiblemente inspirado en la Revolución rusa. Dirá entonces que «hasta ayer, la solidadridad latinoamericnana y el `peligro yanqui' han sido contemplados con ojos sentimentales», refiriéndose a sus propias ideas de apenas un año atrás. La alternativa para América Latina deberá basarse entonces, según el joven ideoólogo, en una estrategia que supere la óptica nacionalista y ponga énfasis en la lucha de clases: «Nuestra campaña tiene que ser, pues, contra el enemigo de fuera y contra el enemigo de dentro [...]. Nuestras clases dominantes nos traicionan, nos venden, son nuestros enemigos de dentro. El único camino [...] es unirse contra esas clases, derribarlas del poder»86.

     Haya de la Torre introducirá ideas nuevas en el debate político latinoamericano: defenderá a escala continental su nueva intrepretación del «frente único de trabajadores manuales e intelectuales» -que en 1925 asegurará que «se está organizando» sin mencionar todavía la existencia de «la APRA»87- y defenderá un lugar importante para las «clases medias» -tan menospreciadas en el léxico marxista- dentro del «frente único»; propondrá «partidos de frente único» -tomando como referencia el Kuo Min Tang chino- que encabecen una verdadera revolución antiimperialista y no simples actos de «resistencia pasiva». Pero su oposición al comunismo se basará en una defensa ortodoxa de la metodología básica marxista-leninista, desvirtuada según Haya por el comunismo oficial posleniniano. En respuesta, los jerarcas de la Komintern querrán tentar al naciente aprismo 88 pero luego, ante la firma vocación de independencia ideológica demostrada, pasarán a atacarlo.

     El ataque comunista al aprismo seguirá una pauta rígida, moldeada por el Secretariado Sudamericano de la Komintern en 1927: «El APRA da forma orgánica a una desviación de derecha, que comporta una concepción pequeñoburguesa y que constituye una concesión que se hace a los elementos antiimperialistas no revolucionarios»89. El Haya de la Torre de 1940 parecerá confirmar esta apreciación al afirmar que «el aprismo no es comunista ni socialista porque mantiene el principio de la propiedad privada»90. De ahí en adelante dirá además, numerosas veces, que el ideario aprista «desde 1924» se mantiene intacto y vigente: «Yo creo que ha cambiado más bien el criterio de la gente con respecto a nosotros. En lo esencial, el APRA está en su línea»91, acotará en 1962. Sin embargo, entre 1925 y 1928, etapa germinal del aprismo ideológico, la crítica hayista al comunismo será ortodoxamente marxista. El programa trazado en ¿Qué es el APRA? dista mucho de defender «el principio de la propiedad privada» o algún «antiimperialismo no revolucionario»: «La lucha contra nuestras clases gobernantes es indispensable: el poder político debe ser capturado por los productores; la producción debe socializarse y América Latina debe constituir una federación de Estados. Este es el único camino hacia la victoria sobre el imperialismo y el objetivo político del APRA como partido revolucionario internacional antiimperialista»92.

    
4.  Haya 1925-1928: leninista pero no comunista

En sus años de serena madurez Haya de la Torre atribuirá al aprismo un consistente origen hostil a la lucha de clases, la violencia social y el ideal comunista. «Nuestra antigüedad como partido de definida posición anticomunista es bien conocida y es la esencia de nuestra doctrina»93, dirá en 1962. «El aprismo en todo momento fue contrario a las dictaduras y siempre luchó por una democracia completa: política y económica»94, anotará en 1954. Pero no es así la doctrina aprista original. «No se trata de obtener la salvación dentro del sistema capitalista sino intentar otro sistema económico que organice la producción»95, escribe Haya en 1927. «Dentro de toda sociedad las clases y sus sistemas evolucionan, negándose mutuamente. De la pugna florece la nueva sociedad, fruto de la violencia»96, expone en 1928.

     El aprismo no surge en 1924. Las primeras reflexiones encaminadas al proyecto de «la APRA» datan de 1925, el primer documento programático de 1926 y la primera organización aprista -la «célula de París»97- de 1927. Este primer aprismo surge como una interpretación «indoamericanista» del marxismo-leninismo, en oposición a la estéril política del comunismo oficial. Para el joven Haya el comunismo posterior a Lenin estaba a la derecha de su posición política. «Discrepamos en cuanto al frente incondicional con las burguesías y en cuanto a limitar nuestra acción a una mera resistencia», anota respecto a las posiciones comunistas en el Congreso Antiimperialista Muandial realizado en Bruselas en febrero de 1927. Ese mismo año dedicará estas líneas a los «comunistas criollos» de América Latina: «Nosotros tenemos que empujar la obra de nuestro `Kuo Min Tang', de nuestro frente único antiimperialista, de nuestra lucha implacable contra las clases dominantes cómplices del imperialismo y por la unión latinoamericana bajo el gobierno de los productores. Cuando la revolución antiimporialista llegue, los `ortodoxos' nos gritarán como Kautsky a los bolcheviques: `¡Eso no es revolución! ¡Eso no es marxista!' [...] ¡Pero si Lenin viviera, repito, estaría con nosotros! [...]. Nuestro grito de orden ¡abajo el imperialismo y abajo la burocracia del `revolucionarismo oficial'! es grito de juventud, grito proletario y grito vencedor»98.

 

5.  El «Estado antiimperialista»: ¿modelo mexicano o bolchevique?

Otro «pecado venial» notorio en los artículos y discursos proselitistas

del Haya maduro es la sobreestimación de la influencia del modelo mexicano en la doctrina aprista primigenia. Sin embargo, entre 1925 y 1928 denunciará acremente la «enfermedad mesoclasista» y la peste burocrática»99 que han «infectado» al México posrevolucionario. Afirmará que las tesis apristas han sido sugeridas por los aciertos y errores de la Revolución mexicana pero «principalmente sus errores»100. En 1961, como parte de su crítica radical al castrismo, negará todo asomo de raíz bolchevique en el aprismo y agregará: «Es la Revolución Mexicana, a pesar de lo que se considera como su estancamiento, la normativa en América. Y no la rusa, mucho menos la cubana, pues la vesanía del paredón y el delirio de la mandarria no es revolución»101. Este es el Haya para quien «la violencia ya no es ni será la partera de la historia»102.

     El aprismo que alcanza su ppunto máximo en 1928 tiene como tesis central el plantemaineto del «Estado antiimperialista», que en años posteriores será definido por Haya como una «democracia política y democracia económica»103 pero que, en su formulación original, «será un Estado de guerra que coartará la libertad económica de las clases explotadoras y medias»104.

     El «Estado antiimperialista» democrático, basado en la «democracia funcional», es decir, el Congreso Económico como comoplemento del sistema parlamentario, será la divisa del aprismo en los años cuarenta y ciencuenta, pero ése será «otro» Estado antiimperialista, distinto al de 1928, que fue la base del proyecto revolucionario expresado en el Plan de México. Este último sí se basa en una leal interpretación del antiimperalismo como «camino al socialismo», tal como fue recomendado por Lenin a los «países de Oriente» en 1919105. Para Haya de la Torre, en 1928, «el antiimpoerialismo implica una etapa previa de transición y de lucha larga y difícil. Corresponde a lo que sería la dictadura proletaria en los países industriales en tránsito al socialismo [...]. Mi tesis del Estado antiimperialista se basa en esta concepción»106.

     Pero la referencia bolchevique no sólo tiene que ver con el destino final del proceso «antiimperialista». Mientras el aprismo ulterior da gran importancia al régimen de economía mixta -definiéndose como «nacionalista, antiimperialista, cooperativista» y «ni comunista ni socialista porque mantiene el principio de la propiedad privada»107- y mientras el anarcosindicalismo defendía el cooperativismo en oposición radical a la propiedad tanto privada como estatal, este primer aprismo coincide con el modelo económico bolchevique en su esforzada reivindicación del estatismo: «El Estado antiimperilista desarrollará el capitalismo de Estado como sistema de transición hacia una nueva organización social, no en beneficio del imperialismo, que supone la vuelta al sistema capitalista, del que es una modalidad, sino en beneficio de las clases productoras, a las que irá capacitando gradualmente para el propio dominio y usufructo de la riqueza que producen»108. Como en el régimen soviético, en este «Estado antiimperialista» el cooperativismo y la participación política de las clases productoras estarán condicionadas a la égida gubernamental, que para «dirigir la economía nacional tendrá que negar derechos individuales o colectivos de orden económico cuyo uso implique un peligro imperialista»109.

     El aprismo de 1928 tiene como punto de enlace con el bolchevismo la apuesta incondicional al dirigismo estatal y la planificación, esto es, la creencia en la eficiencia económica basada en las medidas coercitivas, subestimando las relaciones de mercado y subestimando en lo político la necesidad de una amplia democracia. A diferencia del bolchevismo, mira con benevolencia a las clases medias y les da un lugar en el «frente único», pero el binomio básico del «Estado antiimperialista» -dictadura revolucionaria» más «capitalismo de Estado»- está en el terreno del totalitarismo que años después será puesto en índex por el propio fundador del aprismo. Así juzga Haya de la Torre el sistema soviético en 1960: «El capitalismo de Estado ruso se asienta en una férrea dictadura totalitaria en la cual la organización libre de los trabajadores, el reclamo, la protesta o la huelga son delitos». El aprismo «niega el totalitarismo y la dictadura y proclama y exalta la dignidad del hombre libre»110.

     Resulta inútil -y por demás contrario al realismo político de Haya- aferrarse a la defensa de las tesis de 1928 más allá de su contexto y pretender esbozar una suerte de «aprismo clásico», dogmatizable y acorde con lo afirmado por Haya en las distintas etapas de su vida.

     El aprismo de 1928 fue en los hechos replanteado a fondo por Haya y, como veremos más adelante, tampoco fueron tales tesis primigenias la base de la actividad aprista en la difícil etapa de 1930-1932. No podía ser de otro modo.

 

6. La prueba de fuego: el Plan de México de 1928

La redacción de El antiimperialimso y el APRA coincide con la organización de la primera acción política efectiva del aprismo: el plan insurreccional acordado en México el 22 de enero de 1928111. Frente a la política agresiva de los EE. UU. en lo económico y lo político y ante la proliferación de regímenes dictatoriales en América Latina, la acción revolucionaria en el Perú debía ser el punto de partida de una revolución continental. El ejemplo más cercano para Haya era el movimiento revolucionario nicaragüense dirigido por Sandino -cuya lucha contra la ocupación norteamericana se desarrollará entre 1927 y 1934- y el precedente en términos de estrategia hacia el poder era la Revolución mexicana de 1911. Había indicios de movimientos similares al sandinismo en otros países suramericanos, corroborados posteriormente con el levantamiento guerrillero contra el dicatador Gómez de Venezuela en 1929.

     En lo que respecta al Perú, el régimen de Leguía mostraba signos de agudo deterioro, sobre todo por su inadecuado manejo de los problemas limítrofes con Chile y sus planes de largo afianzamiento en el poder mediante una nueva farsa electoral. Según Jorge Basadre, «varios años de exaltación del progreso material desembocaron en un honda crisis financiera y económica por la política de los empréstitos onerosos, [...] los negociados volviéronse más visibles [...], el centralismo se exacerbó [...] burocratizados y recesados los Congresos Regionales, suprimidas las municipalidades para ser reemplazadas por las juntas de notables que nombraba el Ministerio de Gobierno [...], reducidas las elecciones de diputados y senadores a un reparto de curules desde Lima»112. No obstante su descrédito, el gobierno mantenía un sólido control de los resortes del poder por el escaso desarrollo de las nuevas corrientes políticas, la declinación irreversible del viejo civilismo y el exilio impuesto a los principales líderes de opinión desde 1920113. Los planes revolucionarios de Haya de la Torre, en estas condiciones, no podían ser organizados ni dirigidos desde Lima, ni podían estar aislados de la gesta latinomericana en ciernes. Leguía en el Perú, Machado en Cuba y Gómez en Venezuela, por citar sólo a los dictadores más connotados, habían exiliado a un gran número de figuras importantes de la nueva generación intelectual y estudiantil, aquéllas vinculadas desde 1919 por la nueva inquietud reformista en las universidaades. La defensa de la gesta de Sandino y la solidaridad en la lucha antidictatorial hermanaba a toda esta joven vanguardia.

     El Plan de México era una forma de poner en práctica el énfasis en la acción que Haya de la Torre consideraba indesligable del aprismo. No en vano había escrito en 1927 que «el imperialismo sólo puede ser arrojado por las armas» y no en vano todas sus cartas y orientaciones dirigidas al naciente aprismo enfatizaban la previsión de una lucha revolucionaria violenta. Las condiciones de esos años no parecían permitir otra posibilidad: «Cinco rusos han removido ael mundo. Nosotros somos veinte que podemos remover la América Latina. Debemos ser y aparecer como los campeones de la agitación antiimperialista, de la unidad latinoamericana, de la defensa indígena, de la acción social de las universidades, etc. [...]. Hay que organizar, hay que organizar para la batalla [...]. No muchedumbre, no montonera sino cuadro, compañía, Ejército. Eso es lo que hace ganar las revoluciones»114.

     Lejos de ser una disminución de la radicalidad de este primer aprismo, el Plan de México condensa fielmente su fase más audaz. Está, en primer lugar, claramente alineado con el programa aprista de 1926. Se propone desarrollar en el Perú un «partido nacionalista revolucionario» -o «nacionalista libertador» en otros pasajes- «que significala aplicación al Perú de los lemas del APRA, al cual estará adherido el movimiento libertador peruano»115. Esto se confirma observando con detalle su programa: «Aplicando el postulado del APRA sobre nacionalización de la tierra y de la industria, proclamamos como primer principio económico del Movimiento Nacionalista y Libertador del Perú, que la riqueza que hoy existe o puede existir dentro de los límites del país, pertenece a la Nación». También puede leerse allí: «Devolución de la tierra al pueblo peruano, entregándola a quien la trabaja, destruyendo el gamonalismo»; «El PNL [...] reivindicará económica, política e intelectualmente a las clases obreras [...] llevará adelante la obra de la educación laica de la escuela a la Universidad moderna, gratuita y para todos [...] el PNL reorganizará radicalmente el sistema político nacional, poniendo término al odioso centralismo», etc.

     Lo más importante de todo el programa era su clara finalidad insurrecional: «El Movimiento desconoce desde la fecha en que suscribe el presente Plan el actual régimen político que ha usurpado el poder en el Perú y desconoce asimismo la Constitución y las leyes nacionales y extranjeras representadas por el gamonalismo y el imperialismo, proclamando los principios del presente Plan como base definitiva para la futura Constitución del Perú que dictará el pueblo soberano al reivindicar con las armas [...] el derecho a gobernarse».

     En otros pasajes del Plan de México señala que el PNRP o PNL sería un «organismo político-militar revolucionario que reconoce como fundador y jefe supremo en ambos órdenes a Víctor Raúl Haya dela Torre»; el mismo que «estará dirigido por un Comité Central con sede temporal en México e integrado por Comités Locales, subordinados al Comité Central, con sede pública o secreta en otras ciudades del Perú y de América».              

 

7. Fracaso del Plan de México: ¿táctica irrealista?

El plan no pudo desarrollarse por la inexperiencia del aprismo para enfrentar la dureza represiva del leguiísmo116. Pero un factor importante fue la falta de colaboración del grupo mariateguista en las filas del APRA, opositores al plan no sólo en el aspecto mediato -su carácter insurreccional- sino sobre todo en su carácter político. El plan tenía un carácter secreto, complementado por una gran campaña en torno a la candidatura presidencial de Haya, opositora a la fraudulenta reelección del dictador. Aquí el elemento político decisivo era el Manifiesto de Abancay
 -escrito en verdad en México- desde el cual un presunto movimiento de las provincias del sur del Perú a favor de la candidatura serviría de señuelo mientras el foco insurreccional daba sus primeros pasos en el norte.

     Agitar esta candidatura, admitir que el centro de las desicionses esté en manos de Haya en el exterior y finalmente su carácter «no socialista» resultaron inadmisibles, de tal forma que a la inexperiencia de los elementos afines a Haya se sumó la parálisis representada por ese debate bizantino. Según Mariátegui, quien coincidía con Haya de la Torre en no constituir un típico Partido Comunista en el Perú, el Plan de México y el Manifiesto de Abancay representaban «grosera y ramplona demagogia criolla que, como pieza política, pertenece a la más detestable literatura eleccionaria del viejo régimen», ya que «no hay ahí una sola vez la palabra socialismo»117. A esto se añadía el argumento de la presunta traición de Haya a los principios apristas, al definir el APRA como partido y «ya no» como frente único, lo cual venía a ser, según los mariateguistas, «la prohibición terminante de tratar de organizar un partido genuinamente proletario»118.

     Lo de «frente sí, partido no» era un pretexto para encubrir el viraje prokominteriano del grupo de Mariátegui -representado por Ravines en la «célula de París»- ya que el carácter partidario y de frente único del aprismo estaba muy claro y publicado incluso en las páginas de Amauta119. Lo inusual eran los falsos términos del debate sobre el resto de temas. No había «reformismo» alguno sino lucha directa por el poder apoyada en las clases trabajadoras. No había un «nuevo» programa sino los mismos puntos de 1926, que eran aceptados por todos. Y la candidatura era puramente propagandística, ya que Haya no tenía la edad mínima requerida y estaba además perseguido por el régimen. El texto del Manifiesto de Abancay era, además, lo más antielectoral imaginable, acusando a Leguía de ser «un nuevo tartufo con las manos ensangrentadas [...] el déspota que nos traiciona y nos vende»120.

     En una carta de esos meses Haya aclara la «táctica» de la candidatura: «El partido de masas [...] para agrupar a todas las gentes sin excepción en un frente único de iniciación es el Partido Nacionalista Peruano, adherido al APRA [...]. Ese partido ha lanzado mi `candidatura' a la presidencia para las elecciones de 1929. Como no voy a hacer tal cosa porque ni edad tendría, debemos aprovechar de ese pretexto para dar un aspecto `legal' al movimiento [...]. Bandera antiimperialista y furiosamente nacionalista»121. El Plan de México pretende combinar un plan insurreccional con una gran campaña política opositora en torno a un `candidato imposible' preparando el terreno para un amplio `boicot' a la reeleccixón del «tartufo» Leguía.

     El desenlace de este debate fue la división del naciente movimiento aprista. Haya se lamentaría en 1929 de la inmadurez de las «secciones» apristas. «Lo de la candidatura fue una táctica irrealista [...] porque fue juego de alta política y de alta estrategia»122. De hecho, no tomó en cuenta que aquellos «cinco rusos» que «removieron el mundo» tuvieron un largo proceso de desarrollo organizativo. El APRA era todavía «un pichón», sin la fortaleza suficiente para el vuelo de gran altura. Toda la amplia influencia continental de Haya y los apristas se mostró en torno al Plan de México como esencialmente propagandística, declamativa, débil en términos de «cuadro, compañía y Ejército».

     La evolución de la situación latinoamericana mostraría que la vía insurreccional no era la única ni la más deseable, sobre todo a partir de 1930. El Plan de México quedaría señalado como un ejemplo concreto de lo que era este primer aprismo. Lejos de ser un aprismo centrado en la eleboración doctrinal, guarda en común con la etapa anarcosindicalista del joven Haya ser la proyección de un compromiso con un movimiento social real. Este es el contexto de análisis que rodea al aprismo del Plan de México: «Sandino se bate en las abruptas serranías de Nueva Segovia contra los verdugos de su patria pero al hacerlo no sólo sirve a los sagrados intereses de ésta, sino a los de toda la América Latina. Justo es que recíprocamente la América Latina realice cuantos esfuerzos pueda para hacer triunfar su causa [...]. Por eso aplaudimos regocijados al APRA. Vamos al fin a abandonar el campo de las especulaciones y de los bizantinismos, para entrar a la lucha abierta y franca»123.

     Una vez más, Haya de la Torre no es un doctrinante sino un político de realidades y ésa es la base de su diferenciación con la corriente mariateguista. Haya vaticina el fracaso de dicha corriente y así ocurriría. Los términos de su pronóstico confirman el realismo político de Haya: «Todos los movimientos políticos anteriores que pretendieron trasplantar fácilmente la experiencia verificada en otros campos al nuestro, han fracasado y fracasarán. Porque al realizar el trasplante las condiciones objetivas del nuevo ambiente matan automáticamente el organismo que se pretende hacer revivir bajo una ley de intensidad diversa a la que dio origen al sistema que se importa. [...]. No es una teoría cerrada, con capiteles y cornisas, con visillos bordados y ventanitas primorosas. [...]. El APRA es marxista porque es realista»124.

     Igualmente realista es la adopción de la forma orgánica de partido internacional desde 1927, con «secciones» en varios países, entre ellos -y con singular éxito- Cuba. Es el corolario lógico de la estrategia insurreccional diseñada. El aprismo será «partido» en términos de disciplina y claridad de objetivos y «frente único» por su flexibilidad para incluir a todo tipo de organizaciones -sindicales, culturales, partidistas, etc.- en sus instancias orgánicas y sus actividades. A diferencia del núcleo mariateguista, insultantemente sectario ante el aprismo, Haya de la Torre estará dispuesto en 1929 a un avenimiento: «Nosotros no nos hemos separado, son ellos [...]. No podemos tener inconveniente en recibir al PS» -el grupo de Mariátegui- «con los brazos abiertos». Pero aclarará: «El APRA no puede adherirse al Partido Socialista del Perú sino éste a aquélla. El APRA es una organización continental que no puede estar sometida a ninguna organización meramente nacional. Todas las otras secciones establecidas en América tendrían derecho a protestar contra una adhesión de todo el APRA al Partido Socialista del Perú [...] el APRA es una alianza y un gran partido»125.


NOTAS

55 ¿Qué es el APRA? de 1926, en: AA, p. 37.

56 Dos cartas de Haya de la Torre, p. 8.

57 Op. cit., p. 9 y p. 14.

58 Ver facsímil del diario El Universal de La Habana, 12 de noviembre de 1923, en: Haya de la Torre, peregrino de la unidad continental, vol. I, p. 72.

59 Ver Haya, V. R.: Emiliano Zapata, apóstol y mártir del agrarismo mexicano. Apuntes de viaje (1924), en: OC, t. I, p. 37.

60 Haya de la Torre, peregrino de la unidad continental, vol. I, p. 105, es un mensaje de Haya firmado en «México, abril de 1924».

61 Ib., p. 102.

62 Haya, V. R.: A los estudiantes y obreros de Panamá. Con motivo del intento de anexión por EE. UU. (1924), en: OC, t. I, p. 41.

63 Sánchez, L. A.: Haya de la Torre o el político, p. 109; Rouillón, G.: La edad revolucionaria, p. 289 y Murillo, P.: Historia del APRA, p. 58.

64 «Nuevas declaraciones de Haya de la Torre sobre el país del genial bolchevismo», en: Juventud, revista de «los estudiantes renovadores de Cuba», p. 18, diciembre-enero, 1924-1925. Ver facsímil en: Haya de la Torre, peregrino de la unidad continental, vol. I, p. 121.

65 Haya, V. R.: Carta a un universitario argentino (Londres, junio de 1925), en: OC, t. I, p. 86.

66 Ib., p. 87.

67 OC, t. III, p. 77-78 y OC, t. I, p. 74.

68 ???

69 AA, p. 118 y 119.

70 Troski, L.: La internacional comunista después de Lenin (1929), p. 185, 269 y 270-271.

71 Ver «Sentido de la lucha antiimperialista», en: Amauta, Nº 8, p. 39, febrero de 1927. El mismo artículo, debido al posterior viraje derechista del KMT, apareció en 1931 en Teoría y táctica del aprismo con las frases de elogio al nacionalismo chino suprimidas. Otro texto importante poco conocido es El APRA y el Kuo Min Tang de 1928, incluido en Haya de la Torre, peregrino de la unidad continental, t. I, p. 133 (facsímil de ATUEI, La Habana).

72 AA, p. 159.

73 Ver El Partido Comunista y el APRA de `Luis Elen', posible seudónimo de Haya, en facsímil de ATUEI, 1928, en: Haya de la Torre, peregrino de la unidad continental, t. I, p. 149.

74 OC, t. V, p. 41.

75 OC, t. II, p. 8 y Valderrama, M.: El APRA, un camino de esperanzas y frustraciones, p. 9.

76 Su título inglés fue What is the APRA?, publicado por la revista inglesa Labour Monthly en diciembre de 1926. Su primera traducción al español -de mayo de 1927, en Buenos Aires- llevó por título Los métodos y los propósitos de la APRA. Posteriormente fue incluido en AA como capítulo I.

77 AA, p. 34.

78 Sánchez, L. A.: Haya de la Torre y el APRA, p. 143.

79 Ver El proceso de Haya de la Torre, en: OC, t. V, p. 283.

80 Martínez de la Torre, R.: op. cit., t. II, p. 282.

81 Partido Aprista: Biografía y gráficos de Haya de la Torre, p. 20 y p. 15.

82 Excombatientes y desocupados, en: OC, t. III, p. 22. Pocos meses después de visitar Rusia, Haya rectificaría con ironía estos puntos de vista. En junio de 1925 dirá que «hasta ayer, la solidaridad latinoamericana y `el peligro yanqui' han sido contemplados con ojos sentimentales [...]. Nuestras clases dominantes nos traicionan, nos venden, son nuestros enemigos de dentro. El único camino [...] es unirse contra esas clases, derribarlas del poder» (Por la emancipación de América Latina, en: OC, t. I, p. 74 y 78). En este mensaje Haya dirá que «el Frente Unico de Trabajadores Manuales e Intelectuales se está organizando» pero no mencionará la existencia del APRA.

83 Haya, V. R.: La prensa grande y la revolución rusa, en: Impresiones de la Inglaterra imperialista y la Rusia soviética (OC, t. II, p. 436).

84 Haya, V. R.: Más discusiones. Algo sobre la NEP, en: Excombatientes y desocupados (OC, t. III, p. 41).

85 Carta de junio de 1925, en: OC, t. I, p. 84-85.

86 Haya, V. R.: Por la emancipación de América Latina, en: OC, t. I, p. 74, 76, 77 y 78.

87 Ib., p. 78.

88 AA, p. 46-47.

89 Correspondencia Sudamericana, órgano del Secretariado Sudamericano de la Komintern, Nº 29, 15 de agosto de 1927. Citado en Martínez de la Torre, R.: op. cit., t. II, p. 354.

90 Haya, V. R.: La verdad del aprismo (1940), en: OC, t. I, p. 285-286.

91 CR, p. 187.

92 AA, p. 36.

93 CR, p. 214.

94 Ib., p. 76-77.

95 Haya, V. R.: Sentido de la lucha antiimperialista, en: Teoría y táctica del aprismo, p. 47.

96 Haya, V. R.: El problema histórico de nuestra América, en: OC, t. I, p. 163. Apareció también en Amauta, Nº 12, febrero de 1928.

97 La «célula de París» se formó el 22 de enero de 1927 a base de los exiliados peruanos. Su secretario general fue Eudocio Ravines, entonces entusiasta seguidor de Haya (OC, t. I, p. 142-147).

98 Martínez de la Torre, R.: op. cit., t. II, p. 277. Luis Alberto Sánchez hace notar en Haya de la Torre y el APRA que este incipiente movimiento aprista diferenciaba el marxismo de Lenin del «dogmático mecanicismo `bujarinista', forma en boga del `marxismo-leninismo' soviético» (Sánchez, L. A.: op. cit., p. 180).

99 AA, p. 154.

100  AA, p. 145.

101  CR, p. 150.

102  Haya, V. R.: Capitalismo y comunismo (1959), en: OC, t. I, p. 343.

103  Discurso al I Congreso del PAP (1931), en: OC, t. V, p. 42.

104  AA, p. 139-140.

105  Lenin proponía a los comunistas de países coloniales «traducir la verdadera doctrina comunista [a la realidad de sus países, cuya problemática] tendréis que resolverla vosotros mismos con vuestra propia experiencia», véase Lenin, V. I.: Informe ante el II Congreso Comunista de los pueblos de Oriente (diciembre de 1919), en: Obras escogidas, t. III, p. 308. El Congreso de la Internacional Comunista de 1920 advierte que «sería un error pretender aplicar inmediatamente en los pueblos orientales los principios comunistas respecto a la cuestión agraria» (Los cuatro primeros congresos de la I. C., t. I, p. 160); ya que no puede confundirse «el comienzo de la revolución con su realización» (Bujarin, N, y E. Preobrazhenski: ABC del comunismo, p. 128).

106  OC, t. II, p. 451.

107  OC, t. I, p. 285-286.

108  AA, p. 140.

110  Haya, V. R.: Problemas e imperativo de unidad continental (1960), en: OC, t. I, p. 395 y 400.

111  El Plan de México fue suscrito el 22 de enero de 1928 por Esteban Pavletich, Magda Portal, Serafín Delmar, Nicolás Terreros, Jacobo Hurwitz, Carlos Manuel Cox y Manuel Vásquez Díaz, todos peruanos, integrantes de la «sección mexicana» del APRA.

112  Basadre, J.: Perú problema y posibilidad, p. 187.

113  El libro de J. A. Andía El tirano en la jaula (1926) reúne testimonios de personajes políticos alejados del país por Leguía de todas las tendencias de opinión y todas las profesiones. Víctor Andrés Belaunde habla de «muerte moral» del Perú en política exterior (p. 164), Luis Fernán Cisneros protesta contra la «dictadura detestable» (p. 169); Carlos Alberto Seguín acusa al gobierno de «atentados y crímenes de «afrenta para la civilización» (p. 170), David Samanez Ocampo denuncia su «alta traición a la patria» (p. 165), Juan E. Durand señala que «se ha elevado el espionaje a la categoría de empleo público [...] los encarcelados forman legión [y] es motivo de expatriación cualquier palabra contraria a la tiranía» (p. 157).

114  Carta de Haya a E. Ravines desde Londres, 17 de octubre de 1926. Ver Anexos de Planas, P.: Los orígenes del APRA, p. 204-205.

115  Todas las citas del Plan de México corresponden a Martínez de la Torre, R.: op. cit., t. II, p. 289-293.

116  Además de una buena dosis de ingenuidad en la organización del sistema clandestino, Haya pecó de sobrevaloración de la disposición a una lucha de esta envergadura tanto a nivel del país como a nivel de sus propias filas. Empleó además métodos de bluff político. Se proponía «lanzar la candidatura [...] haciendo figurar supuestos comités en las lejanas poblaciones de Abancay y Juliaca del interior del Perú con el fin de [...] incitar a una rebelión aprista armada y dirigida contra el régimen [...] en la zona norte del país» (Rouillón, G.: La edad revolucionaria, p. 420).

117  Carta de Mariátegui a la célula aprista de México, 16 de abril de 1928, en Mariátegui, J. C.: Correspondencia, t. II, p. 372.

118  Documento de oposición al Plan de México suscrito en París por E. Ravines, A. Bazán y J. J. Paiva, en: Martínez de la Torre, R.: op. cit., t. II, p. 318.

119  Los artículos y documentos apristas aparecidos en Amauta señalaban claramente el carácter de «partido tipo Kuo Min Tang» del aprismo. Por ejemplo, el artículo de Haya, Sobre el papel de las clases medias en la lucha por la independencia económica de América Latina, dice en su párrafo final: «Nuestro partido antiimperialista es una alianza popular [...] alianza o frente único de las clases productoras [...]. Nuestra APRA implica pues un partido de frente único nacional, popular. Así fue fundado [...]», en: Amauta, Nº 9, p. 7, mayo de 1927.

120  El Manifiesto de Abancay llamaba a formar comités electorales de apoyo al programa «nacional popular» y a su líder. Escrito por el propio Haya, contenía párrafos de autoexaltación hayista que según el líder aprista eran políticamente necesarios pero que indignaron a los estetas y dogmáticos correligionarios de Mariátegui: «El nombre de Haya de la Torre es en el Perú una bandera de juventud, de honradez, de sacrificio y de enérgica capacidad directora». Se hacía alarde de una fuerza aún inexistente: «Decenas de miles de peruanos de todas las regiones del país han desafiado los peligros de la represión para expresarnos su adhesión y su apoyo decidido». Además, apelaba a todo lo que pudiera avivar el antigobiernismo desde sentimientos regionales, generacionales y patrióticos hasta la reivindicación del «Perú de los incas» enfrentado a la «sensual y sometida Lima que maldijo Bolívar». El texto está incluido en El libro rojo de Haya de la Torre, compilación de R. Pereda, p. 338-354.

121  Carta de Haya a R. Ravines del 16 de marzo de 1928 en Luna Vegas, R.: Contribución a la verdadera historia del APRA, p. 191.

122  Carta de Haya a R. Ravines del 30 de marzo de 1929. Ver en Anexos, Planas, P.: op. cit., p. 222 y 223.

125       Carta de Haya del 9 de setiembre de 1929, en: OC, t. V, p. 257.

III.  Redefiniciones y plan de acción: 1929‑1932¡Error! Marcador no definido.

 

            El Partido Aprista Peruano es el partido de los trabajadores de
            ciudad y campo, de las clases medias pobres y de nuestra gran raza
            indígena, olvidada y esclavizada. Su enorme fuerza radica justamente
            en que los trabajadores ven en el aprismo su partido único.126

                                                                                         Haya de la Torre, 1932

 

Tras la división con la corriente procomunista, el aprismo quedó fuertemente debilitado, Mariátegui aseguró en 1929 que el APRA, que «no pasó nunca de ser un plan, un proyecto, una idea [...] con membretes más o menos pomposos» era «un tópico superado»127. Eudocio Ravines vaticinó algo similar: «[Víctor Raúl...] no puede insistir en mantener [...] algo artificial y que ha encontrado un repudio casi unánime [...]. La disolución del APRA es un hecho definitivo»128.

     Los hechos dieron otra respuesta en muy breve tiempo. El aprismo se desarrolló y la corriente comunista, tras un corto período de alianza con el socialismo moderado de Luciano Castillo -más revolucionario que el aprismo según Mariátegui- se enfrascó en su previsible vocación de secta. De grupo intelectualizado y sin perfil político, la corriente de Amauta tomó la forma de un disciplinado pero estéril núcleo agitador comunista tras la súbita muerte de su fundador en abril de 1930.

     En 1929, el aprismo había perdido un buen número de «cuadros» políticos, pero mantenía importantes «bases» y cierta influencia propagandística129. Lo que se había debilitado era la «alta jefatura», ese equipo tan trabajosamente formado para conducir la organización de «secciones». Aun así, Haya tuvo que soportar el baldón que significaba la propaganda comunista, cuyos voceros se ufanaban de haber destruido al APRA. Sin embargo, el vacío fue cubierto con tanta o mayor capacidad por destacados «sobrevivientes» de la vieja guardia de los días de la Universidad Popular y jóvenes valores.

     La esforzada pléyade de «reorganizadores» del APRA incluye varios nombres célebres: Luis Heysen, Luis E. Enríquez, Manuel Seoane, Carlos Manuel Cox, Rómulo Meneses, Magda Portal, los hermanos Reynaldo y Oscar Bolaños
-conocidos literariamente como Serafín Delmar y Julián Petrovick- entre los peruanos; y, Alfredo Palacios, Enrique de la Hoza, Froilán Turcios, Alberto Masferrer y Joaquín García Monge entre los líderes latinoamericanos organizados en el aprismo o simpatizantes de él.

     Entre 1929 y 1930 dos preocupaciones de primer orden copaban la actividad política de Haya: la primera, reanudar lazos con simpatizantes residentes en el Perú conducentes a la forja de una «sección peruana»; la segunda, adecuar los planteamientos apristas a una sucesión de nuevos acontecimientos intelectuales y políticos. Lo primero era de urgente necesidad. Haya no tenía en lo inmediato el número suficiente de «cuadros» partidarios capaces de demandar amnistía política y elecciones libres. En el APRA «reorganizada» seguían predominando los exiliados. Lo segundo era el resultado imperioso del fracaso local e internacional de comunismo -del cual era aún tributario el aprismo- constatándose además el fascismo como una corriente de impacto mundial. La derrota de las insurrecciones comunistas en Asia y Europa, así como la difusión mundial de las «purgas» estalinianas en el PC soviético, incluyendo la atroz represión a los campesinos «kulak», hundió en el descrédito a esta corriente. Otro hecho influyente en Haya era el abandono por los EE. UU. de la política del big stick y la caída sucesiva de los dictadores latinoamericanos. Además de su toma de contacto con nuevos planteamientos filosóficos y científicos: Einstein en cuanto a las ciencias, Eddington sobre la posibilidad de una concepción científica relativista de la historia, la nueva filosofía jurídica constitucional defendida por la socialdemocracia en Europa, etc.130. Todas estas influencias determinarán una nueva etapa ideológica para el aprismo a partir de 1931.

 

1.  Nuevas realidades, nuevos conceptos

El artículo ¿Todo relativo? escrito por Haya en diciembre de 1929, testimonia la profunda impresión que las ideas y la personalidad de Einstein dejaron en él. Sin poder aún dar una respuesta, Haya se interroga: «¿Ha de traer el relativismo nuevas formas al pensamiento humano? ¿Fuera de la pauta euclidiana y tridimensional hallará el hombre nuevas expresiones y nuevas concepciones?»131. Y avizora: «Cada paso hacia la elucidación del nuevo concepto cuatridimensional del universo, es etapa ganada hacia una nueva filosofía»132. Haya percibe que frente a esta nueva teoría del espacio el hegelianismo y el marxismo quedaban fuertemente limitados. El concepto «tridimensional» -longitud, latitud y profundidad- del espacio, que conduce a una apreciación rígida, de causas y efectos siempre previsibles, quedaba superado por la noción del «espacio‑tiempo», la «cuarta dimensión» según la cual «en lugar de un modelo de los hechos espacio‑temporales, [era posible realizar] distribuciones de probabilidad de posibles mediciones como funciones del tiempo»133.

     Relacionado este concepto a las ciencias políticas, quedaba desterrada cualquier idea «inercial» sobre las relaciones entre espacio y tiempo en la historia. Así como en el campo de la física, según Einstein, las leyes de la mecánica clásica -incluyendo sus nociones más complejas como el principio de inercia y el principio de la constancia de la velocidad de la luz- «son válidas sólo cuando un sistema inercial está tomado como base de la descripción espacio‑temporal»134, en el campo de la historia y en cualquier otro campo de conocimiento -psicología, por ejemplo- ciertas premisas sólo podrían dar los mismos resultados en un «marco inercial» similar. Ahora bien, siendo el espacio y el tiempo una infinita combinación de componentes no inertes, todo «modelo histórico» sería en verdad irrepetible, a menos que, como en la teoría física propuesta por Einstein, puedan establecerse «estados discretos, en sorprendente acuerdo con los hechos empíricos, sobre la base de ecuaciones diferenciales»135. Para Einstein, según la teoría de la relatividad, «el espacio y el tiempo quedaban [...] despojados no de su realidad, sino de su capacidad causal absoluta, es decir, que pasaron de ser afectantes a afectados»136.

     Haciendo una primera generalización, para la teoría einsteiniana aquellas particularidades de tiempo y de lugar, dejadas siempre en segundo plano por los marxistas, debían tener una incidencia fundamental. Los conceptos deberían servir para relievar lo particular y no para establecer leyes generales, a menos que los fenómenos correspondan a espacios‑tiempo similares. Por cierto, Einstein no se propuso hacer una aplicación histórico-social de su teoría y los esfuerzos de antropólogos e historiadores como Eddington, Meyer, Dingle y otros no pretendían tampoco elaborar una interpretación einsteiniana de la historia sino constatar su relatividad.

     Haya de la Torre no cree tener una doctrina realmente sólida sobre el «espacio‑tiempo histórico» hasta 1935137, y durante el período 1931-1932 se proclamará como «marxista original», pero los esbozos del relativismo filosófico los tenemos entre 1929‑1932 en su nueva catalogación del destino socialista del aprismo y del socialismo en general. En uno de sus Pensamientos de crítica, polémica y acción -extraídos de cartas y documentos internos apristas- Haya renuncia a un concepto marxista de socialismo: «Del socialismo como concepto se desprenden varias formas de acción como realidades. Cuando alguien nos diga socialismo, preguntémosle cuál: socialismo cristiano, reformista, bolchevique, agrario o primitivo. Hay que entenderse»138. En 1928 todavía afirmaba respecto al destino del ciclo antiimperialista que «la revolución proletaria, socialista, vendrá después»139, presuponiendo una especie de «ley universal» al final de la evolución económica mundial, conducente al socialismo marxista en el planeta. Ahora, el «socialismo» es algo relativo, sujeto a enunciados diversos y realidades posibles diversas, ninguno de los cuales es necesariamente cierto o falso.

     En la actividad pública como primer agitador del PAP en el Perú de 1931, todavía dirá que «el verdadero partido socialista es el aprismo»140. Hará también una disertación similar en polémica con El Comercio, pero limitándose a señalarlo como una meta lejana, sin características socioeconómicas preestablecidas141. Sin embargo, el relativismo reaparecerá en un texto poco apto para la difusión pero que adquirió gran notoriedad: las Cartas a los prisioneros apristas editadas por Carlos Manuel Cox en 1940. Allí podemos leer una carta de Haya a Juan Seoane de 1932 que corrige enfáticamente «aquello de ahora apristas y después comunistas». Haya considera que el aprismo «no supone su autodestrucción ni admite augurios sobre el futuro más o menos lejano [...] el aprismo no es un dogmatismo cerrado y arbitrario sino una línea de acción hacia el infinito: hablando filosóficamente y aplicando este concepto relativo a nuestra historia, vale decir: si curvo es el infinito [Einstein], curva será nuestra línea: si recto, recta»142. Y agregará un concepto muy claro de reafirmación de su realismo político: «Tenemos que convenir [...] sin perdernos en el difícil augurio del porvenir que mientras vivamos sabremos afrontar de acuerdo con los fenómenos que la realidad nos presente»143. El marxismo no dogmático de Haya ha devenido entonces, no obstante reivindicar todavía a Marx en otros textos, un positivismo relativista144.

 

2.  ¿De la izquierda al centro?

En el primer Congreso del PAP Haya proclama que «el aprismo es un partido democrático de izquierda»145 pero no era ésa la denominación acostumbrada en el período anterior. En 1928 escribía que «la inspiración fundamental, la línea ideológica [...] sabemos bien que va hacia la izquierda»146, pero la idea de democracia no figuraba como un punto esencial de la doctrina, ya que bajo la «democracia funcional [del] Estado antiimperialista [se] tendrá que negar derechos individuales o colectivos de orden económico [y se] coartará la libertad económica de las clases explotadoras y medias»147. Es decir, se perfilaba un sistema de partido único, sin oposición política o con una oposición demasiado limitada en su margen de acción.

     En 1929, en Berlín, los acontecimientos políticos motivarán importantes reflexiones en Haya. Es sumamente importante como testimonio de este cambio el artículo Partidos en Alemania. Allí Haya introduce una posición distante de «los países de un sólo partido como Italia y Rusia» -equiparando al fascismo con el comunismo- y aboga por «un frente único de las fuerzas del centro [que] cambiaría completamente la faz de la política alemana actual». Dice Haya además que «si esto no ocurriera en el breve tiempo que señala el plazo fijado para las elecciones [al Reichstag] el país continuará en la incertidumbre»148. Aquí tenemos un nuevo Haya, preocupado por la estabilidad de las democracias, no obstante seguir abogando por la justicia social149. La nueva posición «democrática de izquierda» del aprismo será en el fondo una posición de centro, contraria al extremismo social, contraria a la subversión de la democracia política con miras a un régimen de partido único.

     El viraje de la izquierda al centro se expresa también en la concepción de la relación entre programa mínimo y programa máximo. En 1928, el programa mínimo o «plan de acción» del aprismo era un programa agresivo de nacionalizaciones: «La primera actitud defensiva de nuestros pueblos tiene que ser la nacionalización de la riqueza arrebatándola a las garras del imperialismo. Luego la entrega de esa riqueza a quienes la trabajen y la aumenten para el bien colectivo: su socialización progresiva bajo el contralor del Estado defensa y por el camino de un vasto cooperativismo»150. Esta concepción será reafirmada en un artículo de 1930, El aprismo es una doctrina completa y un método de acción realista, donde la tesis central de El antiimperialismo y el APRA es reafirmada con audacia: «El aprismo plantea [...] la necesidad de la nacionalización de las fuentes de producción realizada por el Estado. Pero demanda que el Estado represente a las clases productoras [...] base ésta de la tesis del Estado antiimperialista»151. Esta concepción será además parte medular de la propaganda de los voceros apristas peruanos durante 1930. Así podemos leer, por ejemplo, a César A. Mindreau en junio de 1931: «Al margen del rusismo. O mejor aún, al margen de nuestros comunistas criollos [...] nuestra lucha debe encauzarse hacia el `capitalismo de Estado', etapa anterior al socialismo»152. Igual tesis expone Manuel Seoane en un artículo de octubre de 1930: «Propiciamos la nacionalización de la industria o un capitalismo de Estado gradual, para decir mejor»153. Sin embargo, ésa ya no era la concepción real de Haya, no obstante repetirla en algunas ceremonias partidarias como «programa máximo» -es decir, como asunto ya no urgente- o, como diría en otra ocasión, «una enunciación máxima de un máximo ideal político»154. El principal impedimento para cualquier «capitalismo de Estado» o «socialización» era la nueva propuesta hayista: el Congreso Económico Nacional, tesis medular del aprismo de 1929‑1932 en los términos de «Estado técnico», unicameral y multirrepresentativo.

     Un reportaje del diario La Noche de Lima del 3 de enero de 1931, cuando Haya estaba aún en Berlín, publica su primera declaración proponiendo el CEN. Por no estar incluida en las Obras completas de Haya o en sus Cuarenta reportajes, es inevitable incluir un extenso pasaje:

     Hasta ahora, la vida económica del país es elemental, desequilibrada, sujeta a un evidente régimen colonial. Ni siquiera produce el país los alimentos que consume. [...]. El aprismo contempla esta cuestión como la más importante de su acción política: la restauración del Estado o más exactamente su transformación en un instrumento de defensa económica de la nación. Para cumplir esta tarea el Estado debe ser la representación de las fuerzas productoras del país y como tal, su organizador y su controlador a fin de lograr un equilibrio de las corrientes económicas que nos influyen de fuera con las que surgen y crecen dentro, haciendo que ambas confluyan en beneficio de la nación [...]. Un Estado que oriente su acción a la defensa, organización y progreso de la economía nacional, tiene que basarse en lo que económicamente hemos de llamar las fuerzas vivas del país. No creo que podamos hallar forma de organización política mejor para tal fin que la de la democracia funcional. Vale decir la representación dentro del Estado de todas las fuerzas sociales que forman la base de la economía nacional teniendo en cuenta su aporte económico dentro de la colectividad. La representación funcional resulta así nuestro corolario político.155

     Este llamado a «las fuerzas vivas» para ser parte de un Estado con representación de «todas las fuerzas sociales que forman la base de la economía nacional» no podía hacerse desde un «Estado defensa» que ejecute audaces nacionalizaciones. Ciertamente, tampoco un programa político democrático puede basarse en extremismos típicos de un régimen «de partido único». Esto quedó mucho más claro al fundamentar la nueva política aprista el líder y fundador en el I Congreso del PAP: «Nuestro planteamiento programático admite la necesidad y reconoce los beneficios del capital extranjero que llega trayendo adelantos pero condiciona y exige medidas de control para sus posibles excesos»156. El medio más idóneo, según Haya, para el diálogo y la negociación con el capital extranjero era hacerlo participar políticamente en el «Congreso Económico, institución en la que estarían representados el trabajo, el capital nacional y el extranjero que forme parte de nuestra producción, así como el Estado mediante sus organismos técnicos»157. «Necesitamos reunir una asamblea de carácter económico en la cual estén representados todos los que intervienen en alguna forma en la producción de la riqueza: capital y trabajo nacionales y extranjeros». [...]. «Tratamos de organizar un Estado técnico». [...]. Vamos nosotros a demostrar que la izquierda puede gobernar el país. Vamos a demostrar también que nuestra fuerza no va a extremismos inútiles»158, dirá Haya en el célebre Discurso‑Programa del 23 de agosto de 1931. Es bajo esta política y no bajo el aprismo radical de 1926‑1928 que el Partido Aprista Peruano postulará en las elecciones de 1931 y sufrirá inmediatamente después una cruel persecución.

 

3.  Del APRA‑frente único al APRA‑partido

El proceso de adecuación del naciente PAP a la nueva política debía ser necesariamente posterior al proceso de reorganización exigido por la escisión mariateguista. Primero había que salvar las fuerzas apristas confundidas con el cisma mariateguista, sin desorientarlas aún más con las nuevas teorías del fundador y líder. Esto explica que muchas cartas dirigidas por Haya a los militantes peruanos afectados por la contrapropaganda del núcleo de Amauta estén situadas en el terreno del «viejo» aprismo, aquél que era el único conocido documentariamente por ellos. Una de estas cartas afirma: «Creo que el APRA debe mantenerse sin nombre comunista. Así alejamos el cuco y afectivamente trabajaremos revolucionariamente. Los nombres y las adhesiones no significan nada. Hay que preparar la revolución y esto es lo único marxista»159. En otra del 25 de febrero de 1930 -enviada como «documento secreto» y hecha pública infortunada e inoportunamente por El Comercio en plena campaña electoral160- Haya enfatiza sus diferencias con el grupo de Amauta compitiendo en radicalidad: «El aprismo significa consecuentemente la fuerza revolucionaria capaz de imponer la dictadura del proletariado campesino y obrero, y de establecer la lucha organizada de esa dictadura contra el imperialismo»161.

     El PAP fue fundado el 21 de setiembre de 1930 todavía en ausencia de sus más capaces líderes. La inevitable demora en la adecuación del inexperto PAP al nuevo Plan de acción tuvo importantes contratiempos. Ante la coyuntura electoral planteada por el derrocamiento de Leguía y la amnistía general, así como por los anuncios del régimen «transitorio» de Sánchez Cerro -cuyo célebre Manifiesto de Arequipa, escrito por J. L. Bustamante y Rivero tenía, según la revista APRA del 26 de octubre de 1930 «algunos postulados de nacionalismo económico [que] concuerdan parcialmente con el PAP»162- la campaña política del aprismo fue planteada por los primeros líderes del PAP como L. E. Enríquez y Rómulo Meneses en términos impregnados del radicalismo de 1926‑1928. El PAP no mostraba voluntad real de presentar candidaturas. Primaba, como en el caso del recién constituido PCP, un aprovechamiento de las posibilidades electorales con fines de propaganda ideológica revolucionaria.

     Pero la política de Haya, esta vez, no era la de presentar una candidatura «detonante» sino la de proponer una alternativa democrática seria. Dos aspectos le interesaban sobremanera: el programa y su proclamación como candidato. En ambos aspectos el PAP -todavía sin los líderes más experimentados y ligados a Haya- no estaba a la altura de las circunstancias. Haya de la Torre, con su habilidad política característica, manifestaba no ser responsable de la línea del partido peruano, dado que, «mientras no regrese al Perú soy el jefe nominal del partido, cuya verdadera autoridad radica en el Comité Ejecutivo peruano a cuya autoridad soy el primero en someterme»163. No obstante su «actitud disciplinada», Haya desarrolló una intensa actividad mediante cartas y comunicados de la jefatura aprista del exterior, impulsando su política y su candidatura. Una de estas cartas del 31 de agosto de 1930, desde Berlín, remarca que «no estamos en las condiciones [...] de 1928 cuando la represión excusaba nuestra falta de medios de propaganda. Entonces la candidatura era una rebeldía. Hoy debe tomar todas las características de una candidatura formal, en lucha contra otras. [...]. Si ustedes están conformes con estos puntos de vista, el trabajo debe iniciarse inmediatamente. [...]. Aconsejo que desde el Perú se trate de iniciar una propaganda por la candidatura que tenga repercusión en toda la América Latina y Europa. [...]. Hay que presentar la candidatura como una salvación, como una solución ante los peligros de anarquía militarista o de las ambiciones civilistas»164.

     Estas iniciativas eran discretamente postergadas por la directiva nacional. De hecho, cuando se inicia la campaña electoral en 1931, Haya de la Torre, ya en el Perú, organizará La Tribuna como diario «no oficial» -contrapesando la celosa «ortodoxia» aprista del vocero oficial APRA165- y centrará en este medio de prensa su lucha política, destacando en forma singular al lado del «candidato formal» Manuel Seoane y Luis Alberto Sánchez.

     La línea «ortodoxa», no obstante su desavenencia con el todavía distante Haya berlinés, cumplió un importante papel abriendo camino a la llegada del líder. De hecho, suyo es el mérito de haber intentado constituir el primer frente único de izquierdas o la primera «izquierda unida». Los números 2 y 3 de APRA (20 y 26 de octubre de 1930) dedicarán sus principales páginas a un largo análisis político de Rómulo Meneses -titulado La revolución de Arequipa y los deberes de nuestra revolución- cuya idea central es la siguiente: «La situación del país ha variado. [...]. El acercamiento que propiciamos como una finalidad inmediata no puede resolverse de otra manera que hacia la formación de un solo bloque de las fuerzas de izquierda y por la conquista de un objetivo también común, el porvenir de nuestra revolución. [...]. Nuestros desacuerdos no son de tipo doctrinario como se ha pretendido hacer creer [...]; nuestros desacuerdos son simplemente técnicos [somos] un solo movimiento socialista con tendencias variadas pero no heterogéneas»166.

     Por supuesto, la negativa comunista demostró que no había un terreno común para una alianza, ni siquiera sobre la base del «viejo» aprismo de 1926‑1928. La absurda política promotora de soviet en el Perú urbano y de la autodeterminación quechua y aymara en el Perú rural -reemplazando la lucha contra el gamonalismo por la alianza con éste en tanto «nacionalidad oprimida»- dio la razón a la posición hayista, que cerró todo debate sobre este tema al definirse que «el Partido Aprista no realizará alianzas políticas»167. El lema electoral hayista por todos recordado -«Sólo el APRA salvará al Perú»- no sólo subrayaba un distanciamiento necesario: significaba que, de ahí en adelante, la tesis del frente único tendría un carácter social solamente, no implicaría más una política de «puertas abiertas» y combinaciones organizativas. El aprismo sería desde entonces, con toda nitidez, un partido.

 

4.  Las tesis «excomulgadas»

Ante las «bases» apristas y la opinión pública Haya de la Torre sustentaba en 1931 que el PAP no había virado desde la izquierda al centro, Había simplemente formulado «un programa nacional mínimo de acción inmediata», que no contradecía el «programa máximo por todos conocido»168. Sin embargo, su discurso del 20 de agosto de 1931 ante el I Congreso del PAP puntualiza severamente: «Durante el período anterior a este congreso han podido formularse diversas opiniones y adelantarse diferentes interpretaciones de lo que es el aprismo como yo mismo lo he hecho. Pero de aquí en adelante, lo que esta magna asamblea resuelva será indesviablemente para todos nosotros nuestro ideario, nuestra pauta, nuestra norma de pensamiento y de praxis»169. Y, por si hubiera dudas, añade: «Todas las opiniones precedentes de cada uno de nosotros que no concuerden con las supremas decisiones democráticas de esta magna asamblea quedan fuera de la línea ideológica del enfoque peruano de la Alianza Popular Revolucionaria Americana»170.

     Estas palabras desautorizaban explícitamente los objetivos antiimperialistas expropiatorios -aquellos del «capitalismo de Estado como etapa anterior al socialismo»- formulados en El antiimperialismo y el APRA y descartaban también toda idea antagónica en la contienda partidista. Siendo el PAP de ahora en adelante «un partido democrático de izquierda», fundado en una «esencial diferenciación de los viejos partidos y de las totalitarias y dictatoriales internacionales comunista y fascista»171, sus propuestas programáticas debían tender necesariamente hacia una determinada forma de armonía de clases, incluido el capital extranjero. En una célebre entrevista publicada en la revista APRA en abril de 1931, anticipándose al cambio de línea que recién sería votado por el congreso del PAP en agosto, Haya diría: «Nos basamos en el nacionalismo integral, en la reorganización del Estado, en el regionalismo económico, en la reorganización de la producción y la distribución, en el anticentralismo y en la elevación material y moral de los productores»172. Ni en estas declaraciones, ni en el célebre Discurso‑Programa del 23 de agosto de 1931, ni en toda la literatura que los complementa, habrá alusiones a la lucha de clases como método para la revolución. El concepto de «revolución» será morigerado y relativizado. Lejos -y desautorizado- quedará el antiimperialismo intransigente y el énfasis en la lucha de clases de pocos años atrás, como cuando Haya afirmaba desde el exilio: «Antiimperialismo es anticapitalismo y anticapitalismo es revolución, socialismo, levantamiento contra los opresores, de los explotados contra los explotadores»173. Ahora, en 1931, el discurso será diferente: «A pesar de ser antiimperialistas, en el sentido de evitar y vigilar los aspectos opresivos que el imperialismo trae consigo, no somos anticapitalistas en cuanto al beneficio civilizador que el capital extranjero trae a los países retrasados»174.

     Pero el cambio más radical respecto a la etapa anterior residía en la cuestión del Estado y en la definición de la novísima propuesta del Congreso Económico Nacional. El «Estado técnico» y el CEN, donde estarían representados «el trabajo, el capital nacional y el extranjero», permitirían demostrar, según Haya, que el aprismo «no va a extremismos inútiles» y que «es credo de justicia», que «no puede caer en la venganza o el encono»175. En este Estado reformado, Haya sitúa la técnica y la estadística por encima de la política y por encima de la doctrina político-social. Aboga por una tecnocracia sin prestar demasiada atención a la orientación política de tales «técnicos». Afirma Haya de la Torre: «Queremos un Estado en el cual el técnico y el experto dirijan las actividades estatales»176, de este modo «se exigiría la cifra como garantía de todo lo que se pretende hacer en la política y en la administración», con el fin de «excluir, en cuanto se pueda, la politiquería»177. Según Haya, esta «tecnocracia», con los mandatos otorgados por el CEN, sabría regular sabiamente la presencia del «imperialismo» en la economía nacional -que ya no representaba para Haya una «pérdida de soberanía» ni una presunta «colonización»- de tal suerte que «el Estado no excluya, sea dicho con toda claridad, la intervención de los intereses extranjeros en el país, porque esa intervención, por propugnar una técnica superior, significa progreso, impulso y aliento para el desarrollo de nuestra economía»178. De esta forma quedaba tajantemente descartada la tesis del «Estado antiimperialista» de 1928, ya que este novísimo «Estado técnico» no sólo abría las puertas a nuevos contratos con el capital extranjero: protegía y daba asiento en el Congreso Económico Nacional al «capital imperialista» ya presente en el Perú desde décadas atrás.

     Otro aspecto importante de este nuevo aprismo es el privilegio otorgado a las «clases medias» como conductoras del progreso social. El «tecnocratismo» de Haya es a fin de cuentas un mesocratismo, es decir, una pérdida radical de protagonismo de las «clases productoras»: precisamente lo que él criticara con tanta dureza a la Revolución mexicana en el capítulo VIII de su célebre libro de 1928179. En la etapa anterior Haya daba a las «clases medias» un lugar subordinado y complementario en la implacable «revolución antiimperialista»; éstas debían ser «puestas al servicio de la revolución de las clases trabajadoras»180. En el Manifiesto de febrero de 1932 Haya tipificará a esta «clase media [como una] clase culta, con cierta experiencia técnica y con un grado apreciable de conciencia política», mientras la «clase proletaria» será para el líder aprista «joven, en formación, sin la cultura ni la conciencia» que le permitirán aspirar al poder, al mismo tiempo que la «clase campesina» forma «las grandes masas analfabetas del país»181.

     La propaganda mitificadora del «hayismo» insistirá en que existe perfecta coherencia entre el «programa mínimo» basado en el CEN y el «programa máximo» basado en el «Estado antiimperialista»; sin embargo, para cualquier estudioso serio de las obras de Haya y la historia del aprismo, resultará evidente que ambos proyectos se proponían modelos de cambio social de un mismo plazo y para igual contexto. Ambos son formas opuestas de «programa mínimo»: cada uno basado en otra apreciación del «imperialismo» y del destino final -o programa máximo- de la política gubernamental aprista, que en el caso del aprismo de 1928 apuntaba inequívocamente al socialismo marxista.

 

5.  El PAP en 1931‑1932: ¿reformismo revolucionario?

El intento de amalgama de los distintos aprismos en pos de un presunto aprismo «permanente» o «definitivo» es relativamente reciente. En 1931, como ya hemos visto, Haya de la Torre realizaba un gran esfuerzo por desvincular la imagen pública del aprismo de todo ribete violentista o probolchevique, admitiendo maduración y evolución en su doctrina. Entre agosto de 1931 y febrero de 1932 una gran polémica se desarrollará entre La Tribuna y El Comercio182, defendiendo el aprismo sus nuevas definiciones ideológicas mientras el diario de los Miró Quesada rebuscará entre las viejas proclamas apristas para señalar una y otra vez al PAP como partido de conspiradores comunistas con ideas «peligrosas para la nacionalidad peruana y para la paz social de nuestro pueblo»183.

     Para El Comercio el aprismo no había cambiado, pero para la intelectualidad seria de la época, el cambio era más que evidente. Gerardo Alarco publicó en los números 23, 24 y 25 del semanario católico Verdades (en octubre de 1931) un largo alegato sobre «La conversión de las izquierdas», ironizando sobre la «conversión» del aprismo hacia una política más moderada desde la llegada al Perú de Haya de la Torre. Era una respuesta al líder aprista Rómulo Meneses cuyo artículo aparecido en el número 5 (tomo IV) del 30 de setiembre de 1931 de la revista APRA bajo el título «La conversión de las derechas», comentaba un inusual radicalismo electoral en los críticos no izquierdistas del PAP. El tema de fondo del debate era cierto. El programa del PAP tenía un perfil radical por su propuesta de un Estado «funcional integral» pero no sustentaba medidas económicas radicales. Aun así, en las elecciones presidenciales y constituyentes del 11 de octubre de 1931 consolidó su presencia en la política peruana como «partido del pueblo», obteniendo el segundo lugar en los comicios con 106 mil votos y 27 diputados al Congreso Constituyente.

     Paradójicamente los opositores al aprismo, todos ellos sin presencia orgánica en las organizaciones gremiales de trabajadores, expusieron programas más radicales. El programa de gobierno de Acción Republicana -que respaldó la candidatura de José María de la Jara, ocupando un lejano tercer lugar con 21.900 votos- suscrito por nombres ilustres como Raúl Porras, Jorge Basadre, José Gálvez, Martín Adán, Alberto Ulloa y muchos otros, planteaba que «el Estado debe reservarse el derecho de nacionalizar grandes fuentes de riqueza natural expropiándolas si el interés social lo recomienda»184.

     A su vez el programa de Sánchez Cerro, aunque pecaba de vaguedad, proponía en su lista de medidas económicas un control estatal más severo que el PAP, incluyendo el «condicionamiento de la inversión de capitales extranjeros en el futuro; participación del Estado en los capitales que se exporten; prohibición de habilitaciones y contratos en moneda extranjera; reglamentación de las instituciones de crédito y compañías aseguradoras extranjeras»185. Todos estos puntos no estaban considerados en el programa del PAP -ni era posible incluirlos siendo el capital extranjero una de las «fuerzas vivas» integrantes del CEN- ocurriendo además que algunos temas figuraban en el programa del PAP de manera ambigua, como el siguiente: «Dictaremos legislación especial sobre inversiones y rentas del capital extranjero»186 que puede interpretarse según convenga a favor o en contra. El programa del PAP era además bastante moderado en cuanto al tema agrario proponiendo «obligar a los propietarios de fundos de gran extensión a arrendar un porcentaje de sus tierras a pequeños agricultores»187, y ya no «la supresión del latifundio» y la «abolición del gamonalismo» reclamados poco antes188.

     Tampoco la propuesta del «Estado técnico y funcional» tenía un sentido necesariamente polarizante. Estaba en debate una nueva Constitución y propuestas similares a la aprista ya eran conocidas. «Existen universidades, organismos provincianos, centros intelectuales, fuerzas organizadas de la industria y del comercio [que] carecen de esta acción conservadora y progresiva que una Cámara representativa podría darles en la vida nacional», escribió en 1907 Francisco García Calderón en su influyente libro El Perú contemporáneo189. Pocos años después José de la Riva Agüero --en su etapa liberal, ya que abrazó la doctrina fascista avanzada la década del treinta- sustentará que para no «duplicar» la Cámara de Diputados, el Senado debía ser el «representante de los intereses sociales permanentes y corporativos»190. No resultaba entonces muy extraña la idea del Congreso Económico Nacional en el debate constitucional de enero de 1932, donde tuvo especial celebridad la contienda verbal entre Manuel Seoane y Luis Alberto Sánchez y Víctor Andrés Belaunde en torno a este planteamiento. El dictamen de mayoría recogió algunos de los argumentos apristas bajo la forma de «un Congreso unicameral inmediato» y la «creación futura» de un «Senado funcional». El PAP, por su parte, mantuvo en minoría su exigencia de un «Parlamento funcional unicameral»191. Los acuerdos de este Congreso Constituyente sobre el tema no llegaron a hacerse efectivos por imposición del régimen sánchezcerrista.

     Ahora bien, los objetivos políticos del programa y la táctica apristas eran reformistas de «centro», pero su significación en la sociedad peruana de 1931 era revolucionaria. A diferencia de los «clubes de notables» que emergían con presunción de partidos políticos, el PAP mostraba una disciplina y una capacidad de movilización popular que infundía temor a la clase gobernante. El PAP defendía además un espacio político autónomo para las clases medias y trabajadoras. Era un directo representante político de estos sectores, sin dependencia alguna respecto a los grupos de poder económico. Atemorizaba en el Congreso Constituyente que los líderes apristas como Manuel Seoane dijeran: «Los 27 representantes apristas dependemos del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Aprista Peruano integrado por maestros, ingenieros, choferes, peones y trabajadores»192. Y para El Comercio, el simple hecho de poseer banderas y lemas partidarios era sinónimo de subversión: «Se explica que un partido que ha comenzado por sustituir la bandera y el himno patrios quiera reemplazar también el ejército de la Nación por un ejército propio»193. Haya de la Torre lo comentaría amargamente en 1993: «La aparición de un nuevo partido en el Perú ha sido siempre considerada por el civilismo como una ofensa. La fundación de un partido de principios, renovador, juvenil e izquierdista, que atrajo desde su día inicial el entusiasmo conciente del pueblo, significó para la vieja oligarquía un punible atentado»194.

 

6.  La tragedia de un país inmaduro

El ejemplar debate de ideas entre el aprismo y sus oponentes en el Congreso constituyente durante 1932 y la abundante bibliografía sobre temas de realidad nacional que aparece en ese corto período, contrastan amargamente con la violencia que inundará todo el escenario político. Luis M. Sánchez Cerro no estuvo a la altura de las elegantes proclamas que acompañaron su golpe de Estado contra el dictador Leguía el 22 de agosto de 1930. Su corto interinato precipitó una contienda entre facciones militares y tuvo que ceder el poder, el 1 de marzo de 1931, al arzobispo Mariano Holguín. Entre el 1 y el 11 de marzo se suceden las presidencias interinas de Ricardo L. Elías, el comandante Gustavo Jiménez y David Samanez Ocampo. Este último asumirá finalmente la convocatoria a elecciones constituyentes y presidenciales. Ante la cercana posibilidad de un triunfo electoral aprista, Sánchez Cerro resultó ser el único candidato capaz de hacerle frente en nombre de todas las fuerzas conservadoras. Venció finalmente en circunstancias conflictivas y con aparente favoritismo del Jurado Electoral.

     El PAP se funda modestamente el 21 de setiembre de 1930. En marzo de 1931 ya tiene una sorprendente actividad de agitación política, que sigue acrecentándose una vez que los principales líderes empiezan a volver del exilio. Haya de la Torre llega al país el 12 de julio de 1931, iniciando de inmediato la campaña presidencial, que dará gran importancia a su presencia en las provincias del norte y de la sierra. Las elecciones son en octubre y el nuevo presidente Sánchez Cerro asume el poder en diciembre de 1931. Pero la constitucionalidad dura poco: Sánchez Cerro realiza un «autogolpe» dictatorial en febrero de 1932 mediante una Ley de Emergencia que proscribe las actividades del PAP y somete políticamente al Congreso, apresando y extrañando del país a 23 de los 27 representantes apristas. Esta ley será acremente denunciada por Haya de la Torre como «ley antiaprista, ley de venganza». Luis Alberto Sánchez reclamará en su momento a los congresistas «oponerse y denunciar [...] la finalidad torcida y el oscuro origen de una ley que significa [...] la más grotesca burla a todo principio democrático» y que el gobierno «pretende hacerla durar hasta después que la Constitución del Estado se promulgue»195. Esta exigencia no será secundada por el Congreso.
     A todo lo largo del ciclo que cubre la caída de Leguía y la muerte de Sánchez Cerro en abril de 1933, la violencia será instigada desde el poder político, no sólo contra la fuerza emergente del aprismo sino contra toda manifestación popular de exigencia de los cambios sociales prometidos por todas las corrientes políticas, incluida la corriente de Sánchez Cerro. El aprismo asumirá la defensa de la constitucionalidad, impugnando los resultados presidenciales e involucrándose en los reclamos de los obreros, empleados y campesinos. Desde los primeros meses de 1931 el PAP sufrirá atentados y hostilidades, incluyendo un intento homicida contra Manuel Seoane en noviembre de 1931.

     Haya de la Torre será detenido en mayo de 1932 -casi coincidiendo con un levantamiento de la marinería del Callao- permaneciendo en severa prisión hasta el mes de agosto de 1933. En su defensa se pronunciarán importantes personalidades mundiales como Romain Rolland (Premio Nobel 1915), Bertrand Reussel, G. B. Shaw, Gandhi, Miguel de Unamuno y el sabio Albert Einstein. En julio de 1932 ocurrirán los levantamientos armados de Trujillo, Cajabamba y Huaraz y en marzo de 1933 el levantamiento de Cajamarca. En estas insurrecciones líderes y militantes apristas -al lado de militares defensores de la constitucionalidad como el comandante Gustavo Jiménez y el mayor Raúl López Mindreau- mostrarán un heroísmo sin límites. Nombres de líderes provincianos como Carlos Phillips, Manuel Barreto y Gaspar Mantilla están unidos en el heroísmo al lado de decenas de militantes apristas muertos en el patíbulo de la dictadura y miles de luchadores anónimos caídos en las refriegas. Durante el breve remanso de libertades políticas posterior a la muerte de Sánchez Cerro, Haya de la Torre remarcará el propósito democrático y constructivo del aprismo: «No se mistifique pues, la posición del partido; no se mistifique tampoco su línea ideológica [...]. Que no se asusten con la fuerza del aprismo, que no tengan miedo. Que no sospechen que nosotros estamos haciendo obra de conspiración. Nosotros estamos haciendo obras de preparación [...] para cumplir la misión de progreso y de justicia en el Perú»196.

     Parte fundamental del sabio realismo político de Haya era combinar el proceso de redefinición doctrinal con una defensa sesgada de los aspectos menos conflictivos de sus viejos lemas. Para la gran «masa» aprista Haya seguía ostentando la aureola radical de 1919 o 1923. Algunas frases persistían pero el contenido era otro, como por ejemplo el concepto de revolución, definido en el Manifiesto de febrero de 1932 como «evolución, renovación, pero sujeta siempre a los imperativos y limitaciones de la realidad»197. Haya seguía siendo, antes que un político doctrinista y pontificador, un político de realidades.


NOTAS

126  Reportaje para La voz del interior, Córdoba, mayo de 1932, en: CR, p. 44.

127  Mariátegui, J. C.: Obras completas, t. XIII, p. 209 y 211.

128  Carta de E. Ravines a Mariátegui, desde París del 3 de abril de 1929, en Mariátegui, J. C.: Correspondencia, t. II. p. 537.

129  Ver la carta de Luis Heysen a Amauta, del 7 de noviembre de 1929, desmintiendo la presunta «disolución» del APRA y detallando sus avances, entre ellos la solidaridad centroamericana con Haya de la Torre al ser expulsado de Guatemala, El Salvador y Panamá para luego ser enviado a Alemania, por imposición de la embajada norteamericana de este país. Amauta no se solidarizó con Haya sobre estos temas. Ver carta en Amauta, Nº 29, p. 96‑98, febrero-marzo de 1929.

130  En lo político, reseña L. A. Sánchez en Haya de la Torre y el APRA, hubo una «ola de revoluciones[:] en orden de caídas, Leguía siguió a Siles; a Leguía, Hipólito Irigoyen; a Irigoyen, Isidro Ayora de Ecuador; a Ayora, Washington Luiz de Brasil; a Luiz, Harmodio Arosemena de Panamá a Arosemena, Carlos Ibáñez de Chile» (op. cit., p. 219). Sánchez proporciona una detallada información sobre los estudios y nuevas influencias que Haya recibe en Alemania: «La actividad intelectual de Haya de la Torre en 1929 fue intensa» (p. 209), «Haya se prepara a la `gran transformación'» (p. 211).

131  OC, t. III, p. 170‑171. En Haya de la Torre y el APRA de L. A. Sánchez, seguramente por error editorial, aparece otro artículo de esta etapa, Un discurso de Einstein (está en OC, t. III, p. 172‑175), como publicado en Amauta, Nº 17, Lima, setiembre de 1928 (Sánchez: op. cit., p. 203) lo cual es inexacto.

132  Haya, V. R.: OC, t. III, p. 171.

133  Ver Einstein, A.: Los fundamentos de la física teórica (1940), en: Sobre la teoría de la relatividad, p. 142. Este texto resume planteamientos ya expuestos en Zur Einheitlichen Feldtheorie de 1929.

134  Einstein, A.: La relatividad y el problema del espacio en: op. cit., p. 182.

135  Einstein, A.: La mecánica de Newton y su influencia en el desarrollo de la física teórica (1927), en: op. cit., p. 69. Desde sus Principios de física teórica de 1914, Einstein sustentará un método opuesto a «partir de la base de postulados o principios para deducir de ellos conclusiones» (op. cit., p. 29). Su propósito es establecer un punto de ubicación para la observación de los fenómenos, desde el cual sea posible considerar sus límites y conexiones con otros espacios. Esta observación y experimentación permitirá precisar «leyes de limitada validez» (op. cit., p. 31). Dicho ángulo de observación es el principio de la relatividad, según el cual, tal como lo formuló Einstein en sus primeros textos sobre el tema, «ha sido posible estructurar una teoría general que da cuenta que los experimentos que se llevan a cabo sobre la tierra nunca revelan el movimiento de traslación de nuestro planeta» (op. cit., p. 31). Para Einstein, la exactitud del cálculo científico dependerá de «la utilización del principio de la relatividad, que dice que las leyes de la naturaleza no alteran su forma cuando se pasa del sistema original, admisible, de coordenadas a uno nuevo por un movimiento de traslación uniforme con respecto al primero» (l. cit.). A la inversa, el método de la relatividad permitirá encontrar nuevos caracteres en los fenómenos físicos, como por ejemplo, «que masas suficientemente pequeñas se muevan a velocidades lo bastante bajas y con niveles de aceleración lo bastante elevados» (l. cit.). La teoría de Einstein, en definitiva, busca ensanchar las fronteras del cálculo científico y la experimentación.

136  Einstein, A.: op. cit., p. 68.

137  El primer trabajo de Haya de la torre sobre la tesis del «espacio‑tiempo histórico» es Sinopsis filosófica del aprismo, publicado en Buenos Aires en 1935. La teoría de Haya pretende ser la «relatividad aplicada a la Historia y el nuevo modo de interpretarla como una vasta coordinación universal de procesos, inseparables cada uno de su propio espacio‑tiempo y movimiento». Agrega Haya que «la interdependencia vital de factores [...] que actúan y se influyen entre sí, integran una continuidad dinámica constituyente de una categoría filosófica que puede calificarse como la cuarta dimensión histórica». (Ver «Espacio‑tiempo histórico. Introducción a la sinopsis filosófica del aprismo» (1945), en: Haya de la Torre en Cuadernos Americanos, p. 53). Cabe anotar que si bien Haya de la Torre toma como referencia la relatividad de Einstein, su teoría de la historia tiene como principal diferencia con la física einsteiniana no priorizar la experimentación sobre la generalización sino, a la inversa, pretender establecer nuevas «leyes universales» de la historia, fiel a la tradición hegeliana y marxista de búsqueda de una historia racional.

138  Haya, V. R.: Pensamientos de crítica, polémica y acción, en: OC, t. II, p. 452.

139  AA, p. 122. Ver afirmaciones similares en Teoría y táctica del aprismo, p. 21, 29, 92 (son textos anteriores a 1931). Ver también la teorización de Rómulo Meneses sobre el «socialismo científico del APRA» en APRA, t. IV, Nº 5, p. 14.

140  CR, p. 45.

141  En Aprismo no es comunismo (1932), importante alegato de polémica ideológica ausente en las Obras completas, Haya afirma que «no todo marxismo es comunismo; hay varias interpretaciones» (El plan del aprismo (1932), p. 29), siendo el aprismo una más, distinta a la comunista y a la socialdemócrata. Luego Haya expone la concepción aprista del camino al «socialismo indoamericano» distinto a los «otros» socialismos conocidos: «No es posible que el socialismo exista sin que previamente se cumpla la etapa industrial que determina la existencia de la clase proletaria y su evolución hacia el dominio del Estado; nuestra tarea consiste en acelerar el alumbramiento y aliviar sus dolores [...]. Para eso, queremos la intervención progresiva de las clases oprimidas por el feudalismo y por el imperialismo en el dominio del Estado. Y como las clases oprimidas por uno y otro no son sólo las nacientes clases proletarias sino también las clases campesinas y medias, planteamos su alianza política dentro de un partido orgánico que las conduzca hacia su liberación» (ib., p. 30). A lo largo de este interesante texto Haya hace un esfuerzo por combinar el nuevo aprismo electoral con el «viejo» de 1928, reducido al plano de un etéreo «programa máximo».

142  OC, t. VII, p. 205.

143  L. cit.

144  Un hito importante de esta nueva actitud filosófica de Haya es el prólogo de 1936 de AA, donde expone una clara síntesis de sus tesis relativistas. Sin embargo, la práctica política de Haya descarta cualquier sospecha de dogmatismo, ya sea marxista -durante 1924‑1928- o relativista.

145  OC, t. V, p. 43.

146  AA, p. 191.

147  AA, p. 139‑140.

148  Excombatientes y desocupados, en: OC, t. II, p. 163‑167.

149  En el mismo volumen podemos encontrar una muestra, de febrero de 1927, del antiguo aprismo: «La revolución rusa ha sido en Europa el más grande paso histórico de estos tiempos. Y paso de justicia» (ib., p. 129).

150  AA, p. 74.

151  En Haya, V. R.: Teoría y táctica del aprismo, p. 29.

152  «Al margen del rusismo», por César A. Mindreau en APRA, vol. III, Nº 1, p. 12, 19 de junio de 1931.

153  «Los dos grandes problemas del Perú», por Manuel Seoane, APRA, vol. I, Nº 1, p. 3, p. 3. La revista APRA reproducía en sus páginas en grandes recuadros lemas como éste: «El APRA es el partido socialista de las clases productoras del Perú». La carátula del Nº 2, 20 de octubre de 1930, tiene como «símbolo del nuevo Perú» una hoz, un choclo y una cartuchera imitando el emblema de la hoz y el martillo. «Si se trata de nacionalizar las empresas y capitales no cambia mucho la perspectiva», opina respecto a la inversión extranjera F. Galarreta Guzmán en la p. 12 del Nº 1. «El aprismo va hacia la etapa presocialista por medio del capitalismo del Estado», escribe Magda Portal en APRA, vol. III, Nº 1, p. 16, 19 de junio de 1931. A la pregunta: ¿Cuál es su ideal político? Enrique Cornejo Köster contesta en APRA, vol. IV, Nº 8, p. 7, 29 de octubre de 1931: «El establecimiento del socialismo integral y la paz entre los hombres». Tal es el estilo de la prensa aprista en la primera etapa del período 1930‑1932.

154  Haya, V. R.: El plan del aprismo, p. 30.

155  Extracto de un reportaje de La Noche, Nº 56, 3 de enero de 1931. Tiene como titular: «Sensacionales declaraciones de Víctor Raúl Haya de la Torre sobre el momento político que hoy vive el Perú». En el conocido libro de Carlos Manuel Cox Dinámica económica del aprismo, de 1948, se cita este reportaje atribuyéndole otra fecha: «30 de octubre de 1930» (Cox, C. M.: op. cit., p. 6).

156  OC, t. V, p. 39.

157  OC, t. V, p. 46.

158  OC, t. V, p. 68, 69 y 79. La idea del Congreso Económico Nacional no sólo se contrapone a la idea del «Estado defensa» de 1928. Tiene además un origen jurídico distinto. Haya de la Torre lo admite en una entrevista de 1972: «Las ideas de esto no son originalmente mías. Esta idea tuvo su origen en Alemania y tuvo su origen en un personaje que se sintió estupefacto por el tránsito de ese industrialismo alemán que apareció violentamente a sus ojos y éste fue Bismarck. [...]. La idea floreció en Inglaterra, la apoyó Sidney Webb.[...]. Esta es la idea que permitiría crear una democracia verdadera» (CR, p. 354). Carlos Manuel Cox en Dinámica económica del aprismo anota estos mismos datos, reseñando además algunos libros de filosofía jurídica que habrían influido mucho en Haya con motivo del CEN, entre ellos: Libertad y planificación social de Karl Mannheim.

159  OC, t. V, p. 256.

160  Estas y otras cartas fueron publicadas en El Comercio en febrero de 1932 como parte de una campaña por la proscripción del aprismo en tanto «Fuerza conspirativa». Esta campaña venía desarrollándose desde 1931. A partir de las «cartas secretas» se tildó al aprismo como «la secta» y «la antipatria» en la prensa conservadora, reservándose El Comercio los adjetivos más discretos: «Los partidos que prescinden de la idea de la patria son los más peligrosos para el progreso de la verdadera nacionalidad» (López Martínez, H.: Los 150 años de El Comercio, p. 443). Sin embargo, la denuncia de documentos apristas era una exclusividad de El Comercio. El acceso a esos textos y la campaña misma sería, según Haya, obra de dirigentes del PCP especialmente convocados y adecuadamente remunerados, entre ellos Eudocio Ravines (OC, t. VI, p. 224).

161  OC, t. V, p. 263.

162  Ver APRA, vol. I, Nº 2, p. 15, 20 de octubre de 1930.

163  Reportaje de La Noche, 3 de enero de 1931.

164  Ver Enríquez, L. E.: op. cit., p. 81, 82 y 83.

165  Ver Murillo, P.: op. cit., p. 91-95, sobre la fundación de La Tribuna. Murillo no menciona la revista APRA, tal vez para no dar un lugar preeminente en esta etapa a Luis E. Enríquez o a Serafín Delmar, disidentes apristas en la década del cuarenta.

166  APRA, vol. I, Nº 2, p. 1 y 15.

167  APRA, vol. IV, Nº 3, Editorial, 15 de setiembre de 1931. Debe subrayarse que correspondió al PCP la iniciativa de rechazar la oferta de alianza del PAP: «Los comunistas no vamos al frente único, combatiremos al APRA sin cuartel y sin tregua [...]. No podemos sellar un pacto cobarde con un bando burgués, con un caudillo traidor. Hacerlo sería traicionar a nuestra clase» (volante del PCP sobre las elecciones de 1931, Biblioteca Nacional, Lima).

168  «Haya de la Torre: nuevas e importantes declaraciones del Jefe», correspondientes a marzo de 1931, en: APRA, segunda época, Nº 10, p. 2, abril de 1931. Texto ausente de las OC y de Cuarenta reportajes.

169  OC, t. V, p. 42.

170  L. cit.

171  Discurso ante el I Congreso del PAP. En: Política aprista, OC, t. V, p. 43.

172  APRA, segunda época, Nº 10, p. 2, abril de 1931. Esta entrevista no aparece en las OC ni en las antologías conocidas.

173  «La ofensiva de los imperialismos divide al mundo en dos grandes bandos», en: Impresiones de la Inglaterra imperialista y la Rusia soviética, OC, t. II, p. 360.

174  Discurso ante el I Congreso del PAP, OC, t. V, p. 45. Haya de la Torre reitera esta posición «tecnocratista» en el Manifiesto de febrero de 1932, OC, t. V, p. 113.

175  Discurso‑Programa de 1931, OC, t. V, p. 79.

176  Ib., p. 68.

177  Ib., p. 69.

178  Ib., p. 59.

179  Afirma Haya en AA, p. 154: «La enfermedad mesoclasista o pequeñoburguesa de la revolución mexicana se debe a que no se utilizó a tiempo la vacuna científica [...]. La revolución mexicana en la práctica, no ha utilizado a las clases medias sino que éstas han utilizado en gran parte a la revolución». Las alusiones a las «clases medias» en AA son lindantes con lo despectivo.

180  OC, t. V, p. 266.

181  OC, t. V, p. 109.

182  Sobre la campaña contra el aprismo de El Comercio véase el Manifiesto de febrero de 1932 en OC, t. V, p. 116‑119.

183  Ver López Martínez, H.: op. cit., p. 443.

184  Manifiesto de Acción Republicana, Lima, 1 de enero de 1931. Ver el pasaje citado en Ugarteche, P.: op. cit., t. II, p. 20.

185  Ib., p. 191.

186  OC, t. V, p. 17.

187  Ib., p. 18.

188  OC, t. II, p. 54.

189  García Calderón, F.: El Perú contemporáneo, p. 193‑194.

190  Riva Agüero, J.: Obras completas, t. XI, p. 39.

191  Ver detalles del debate constitucional en Murillo, P.: op. cit., p. 140.

192  Ib., p. 141.

193  El Comercio, Editorial, 17 de agosto de 1931.

194  OC, t. V, p. 129.

195  Ver revista APRA, t. IV, Nº 16, p. 2, 7 de enero de 1932. Allí también aparece la cita de Haya.

196  OC, t. V, p. 158‑159.

197  OC, t. V, p. 97.

IV. La difícil transición: 1933‑1944

           
            El aprismo ni es comunismo, ni es fascismo, ni es socialismo, ni                                             acepta el concepto democrático sólo cuantitativamente, como en las             grandes democracias imperialistas [...]. El aprismo surge y actúa en             su espacio [...] y en su tiempo.198

                                                                                    Haya de la Torre, 1940

 

Tan épica como la dura etapa de 1931‑1932 será la etapa siguiente, denominada por los cronistas del APRA la gran clandestinidad. Los acontecimientos que la rodean muestran nítidamente el atraso institucional del Perú de esos años, incapaz de soportar una efectiva democracia de partidos. En lo que respecta a Haya de la Torre y la doctrina aprista, será en este severo contexto que complementará la reforma ideológica iniciada en 1931, incorporando las tesis del espacio‑tiempo histórico y dando una nueva interpretación a los lemas del «programa máximo».

 

1.  Ilegal legalidad y legal ilegalidad

La llamada gran clandestinidad tuvo flujos y reflujos muy peculiares. Puede subdividirse en dos grandes fases: la «ilegal legalidad» -esto es, un momento de tolerancia y parcial acceso a la legalidad- entre 1933 y 1934 y una fase de «legal ilegalidad» -de explícita proscripción y persecución amparada en leyes írritas- durante los diez años siguientes. La primera fase corresponde a los inicios del gobierno del general Oscar R. Benavides, jefe de la Defensa Nacional durante los últimos meses de Sánchez Cerro que asumiera el poder en forma por demás irregular199. Tras una intensa represión de cuatro meses, en agosto de 1933 Benavides otorgará una amnistía política que permitirá la liberación de Haya de la Torre, pero sin plena restitución de las garantías civiles y sin incluir en tal amnistía a los sentenciados por cortes marciales. La Ley de Emergencia subsistirá como una espada de Damocles que caerá varias veces sobre los apristas. Aun así el PAP tendrá un respiro que le permitirá fortalecerse organizativamente.

     Entre 1933 y 1934 el PAP ampliará y dinamizará su estructura orgánica en forma sorprendente. Contará con «burós» de especialidades técnicas, «sindicatos» de profesionales (ingenieros, médicos, abogados, etc.), y «brigadas de trabajo» partidarias adjudicadas a los distintos «secretariados» coordinados por un «buró nacional de conjunciones de la jefatura del partido». Serán reorganizadas las Universidades Populares González Prada y, en enero de 1934, se constituirá la FAJ (Federación Aprista Juvenil). Desde setiembre de 1933 hasta enero de 1934 y luego entre junio y noviembre de este año -interrupciones motivadas por el acoso gubernamental- funcionarán los «Comedores del Pueblo», restaurantes populares organizados por el PAP en forma cooperativa. También se fomentará obras sociales y se organizará cooperativas de servicios en barrios populares y comunidades campesinas, al igual que clubes deportivos distritales, etc. Todas estas organizaciones subsistirán de una forma u otra, durante la «gran clandestinidad».

     Una constatación de este fortalecimiento orgánico del PAP es el documento del 18 de mayo de 1934, Directiva sobre organización vertical y funcional del PAP, firmado por Haya de la Torre y el secretario nacional de Organización, Ramiro Prialé. Allí se constata «que el volumen del PAP y la enorme capacidad de acción de sus masas demanda una tecnificación cada vez mayor en su funcionamiento», siendo por tanto «urgente la formación de los escalafones del partido con la consiguiente determinación del grado de eficiencia de cada uno de los militantes»200. A continuación se detalla un complejo esquema funcional comunicado por «compañeros estafetas o chasquis», encargados del puntual enlace entre todos los niveles partidarios y en cuya cúspide, por supuesto, está el «compañero Jefe», es decir, Haya de la Torre.

     Mientras tanto, el líder del semiproscrito y semiamnistiado partido ejercerá una influyente notoriedad. Su opinión será consultada por el propio presidente Benavides en relación a la cuestión limítrofe con Colombia y Ecuador. Será requerido una y otra vez por revistas y diarios de diversos países. Estudiosos de América Latina como Carleton Beals y Ernest Grüning consultarán el parecer de Haya. Con motivo de la VII Conferencia Panamericana en Montevideo (diciembre de 1933), transitarán por Lima y se reunirán con Haya importantes estadistas del continente como el colombiano Alberto Lleras Camargo, el ecuatoriano José María Velasco Ibarra y Cordell Hull, secretario de Estado de los EE. UU.201.

     Benavides en un inicio trató de pactar con el PAP y se entrevistó hasta tres veces con Haya de la Torre, comprometiéndose a realizar elecciones congresales complementarias durante 1934. Pero incumplió su promesa y, a partir de noviembre de 1934, enfrentando las protestas apristas en distintos puntos del país, dispuso el inicio de la «legal ilegalidad». En 1936 Benavides aceptó convocar a elecciones generales pero el candidato opositor, Luis A. Eguiguren -apoyado por el ilegalizado PAP- mostró en los escrutinios que iba a ganar por amplia ventaja al oficialismo202. Entonces Benavides obligará a los restos del Congreso Constituyente a anular las elecciones. Se dará nuevos poderes dictatoriales a Benavides por tres años y el Congreso se autodisolverá203.

 

2.  Una «secta sediciosa» pero democrática

A diferencia del enfrentamiento explícito ocurrido bajo Sánchez Cerro, el acoso de Benavides al aprismo será taimado, disimulado, revestido de un amplio derroche de ficción política, pero no menos importante en pérdida de vidas. El PAP sumará entre sus mártires a Manuel Arévalo, Víctor Manuel Peralta, Félix Jáuregui y muchos otros, incluyendo incontables luchadores anónimos en caseríos y aldeas. Será muy larga la lista de prisioneros retenidos en el Sexto, el Frontón o el Sepa sin formalidad judicial alguna. Son los años de la estricta organización clandestina del PAP, con sistemas de defensa y de detección de infiltrados y «soplones». Son también los años de la larga clandestinidad de Haya -«diez años, cinco meses y 23 días», entre noviembre de 1934 y mayo de 1945, según L. A. Sánchez204- manteniendo unido y activo el aprismo desde el ubicuo e ignoto «Incahuasi».

     Por indicación de Haya, el aprismo persistirá en su distanciamiento simétrico frente al comunismo y al fascismo, teniendo a ambos como adversarios directos. Entre 1934 y 1939 el Perú vivirá la ominosa situación de un apenas disimulado apoyo gubernamental a los regímenes fascistas. Una misión policial italiana asesorará al Ministerio de Gobierno205 y el ministro Riva Agüero auspiciará la difusión de textos de apología nazifascista206. El sánchezcerrismo, aliado conflictivo de los más tiránicos allegados al régimen -organizado como Unión Revolucionaria bajo liderazgo de Luis A. Flores- adoptará uniformes con camisas negras y saludos rituales mussolinianos, colaborando con la persecución al aprismo. Por su parte, el siempre alicaído PCP tendrá una curiosa acogida en las páginas de la prensa conservadora, motejando al PAP de «socialfascista» con la finalidad de convalidar las acusaciones sobre un presunto aprismo violentista a ultranza. Así leemos, por ejemplo, en un texto de Martínez de la Torre de enero de 1934: «Los camisas negras del fascista Flores se arman públicamente. Realizan ejercicios militares. Disponen del apoyo directo del Estado [...]. El social fascismo aprista [...] surge frente a los camisas negras con aparentes divergencias pero obedeciendo a un mismo impulso y a una misma finalidad»207. Después de 1935, fiel al cambio de orientación de la Komintern, el PCP girará noventa grados y tenderá los brazos al PAP para formar un «Frente Popular», propuesta que Haya rechazará airadamente208.

     Entre el denso clima de insurrecciones fallidas y sistemática persecución gubernamental, la política defendida por Haya de la Torre y el PAP será siempre cauta y proeleccionaria. No tendrá como finalidad una inmediata «revolución aprista». Evitará hasta donde sea posible el choque frontal con el régimen de Benavides, atacando sólo al sector de más explícita oposición al restablecimiento de las libertades. Así respondían los constituyentes apristas defenestrados los ataques del primer ministro Riva Agüero: «¿Conspirar contra el señor Benavides? Si ha prometido una política de paz y garantías, carece de sentido hacerlo. En cambio, el gabinete que usted preside se perfila como adversario de la paz y de las garantías prometidas [...]. Combatimos pues al gabinete dentro del plano que la democracia autoriza»209. Haya estará siempre dispuesto a un entendimiento con el gobierno que ayude a la pronta dación de plenas libertades, pero rechazará en diversas ocasiones las propuestas oficiales de tregua y colaboración con la ilegal permanencia en el poder de Benavides. En 1936 remarcará esa orientación en una carta a L. A. Sánchez: «El aprismo no apoya componenda sino que exige el restablecimiento de las libertades constitucionales y de la efectividad del sufragio. El aprismo sostiene que mientras la Constitución del Estado esté sometida a la Ley de Emergencia no cabe otra actitud cívica que exigir el respecto a las libertades populares»210.

     La preocupación del APRA por sentar las bases de una democracia de partidos estable y evitar, hasta donde fuera posible, la opción insurreccional queda claramente reflejada en esta carta de Manuel Seoane y Luis Alberto Sánchez a Haya de la Torre de mayo de 1939. Allí se da la razón al «compañero Jefe» desestimando una «revolución de masas armadas» porque «conduciría a un empeoramiento de la actual situación» y porque aun en el caso de contar con apoyo militar, al «fomentar la ambición providencialista de caudillos militares», el PAP estaría «abriendo los caminos que impedirán el fortalecimiento de un futuro régimen civil aprista»211.

 

3.  El PAP proscrito y el PCP en el Congreso

Durante 1939, luego del frustrado intento de golpe de Estado del general Rodríguez, el presidente Benavides optó por reformar la Constitución antes de convocar a elecciones. Estando autodisuelto el Congreso se recurrió a un plebiscito cuya realización careció de fiscalización civil. Haya de la Torre presentó, desde la clandestinidad, un recurso de objeción constitucional al plebiscito ante la Corte Suprema de Justicia. Era un gesto de confirmación de la vocación electoralista y pacifista del PAP. La reforma benavidista amplió el mandato presidencial a seis años y ratificó el artículo 53 que excluía de derechos constitucionales a «partidos de filiación internacional», incluyendo en este concepto no precisamente al PC -entonces en negociaciones con el régimen- sino, sobre todo, al aprismo «indoamericano».

     A fines de 1939, sin variar un ápice el clima represivo imperante desde 1934, se realizaron las elecciones generales, pero sólo con dos candidatos presidenciales: Manuel Prado, representante directo de la nueva oligarquía financiera, explícitamente respaldado por Benavides, y José Quesada, político originario del sánchezcerrismo y representante de la oligarquía latifundista más conservadora. Ante la fragilidad de las posibilidades electorales de Prado, Benavides optó por tomar medidas represivas contra los adláteres de Quesada, incluyendo el cierre del diario La Prensa, vocero del quesadismo. El candidato Prado y el gobierno intentaron dialogar con el PAP pero las negociaciones no prosperaron. En explícita represalia ocurrió un intento de asesinato de Haya acompañado de un bluff político patrocinado por el gobierno, inventándose un cisma en el PAP y difundiéndose una Tribuna apócrifa212.

     Donde sí obtuvieron aliados Prado y Benavides fue en el PC, cuyas fuerzas sindicales y juveniles, aunque magras, serían de alguna utilidad para dar al régimen un rostro menos impopular a cambio de algunas curules en el nuevo Congreso. En 1942 el I Congreso del PCP ratificó la política propradista, calificándose al régimen como «progresista» y defensor «de una economía nacional propia»213.

     El PAP consideró viciadas las elecciones de 1939 y optó por el voto en blanco. Prado obtuvo 262 mil votos y Quesada 76 mil, pero el voto en blanco y viciado sumó 249 mil. «Prado no alcanzó el 40% del electorado. Hay derecho de pensar que en condiciones de imparcialidad no habría logrado ni el 20%»214, opina Luis Alberto Sánchez en Haya de la Torre y el APRA. Bajo Prado siguió proscrito el aprismo. Algunos líderes salieron en libertad, como Carlos Manuel Cox y Pedro Muñiz, pero no se permitió el retorno de los exiliados ni se decretó una amnistía para los cientos de detenidos y perseguidos.

     Los rigores de la clandestinidad no impidieron al PAP realizar periódicamente eventos de evaluación orgánica y afiatamiento político. Bajo el gobierno de Prado se convocó dos convenciones nacionales clandestinas, en julio de 1942 y julio de 1944, con delegados apristas de todo el país y bajo la dirección personal de Haya. Los exiliados apristas cumplieron una destacada labor de difusión ideológica y solidaridad con la lucha en el Perú, como es el caso de Seoane y Sánchez en Chile, Enrique Cornejo Köster y Andrés Townsend en Argentina, etc.

 

4.  1935‑1940: la reforma filosófica

En el aspecto ideológico la «gran clandestinidad» significará para el aprismo condicionar aún más su aceptación genérica del marxismo y redefinir el sentido de más de un punto del «programa máximo». Hacia 1935 Haya inaugurará la tesis del espacio‑tiempo histórico en el artículo Sinopsis filosófica del aprismo215, dando forma doctrinal a la evolución relativista que muestra sus primeros pasos en los artículos berlineses de 1929, como analizamos en el capítulo precedente. En el aspecto programático, los grandes hitos son el Plan para la afirmación de la democracia en América (1941) -texto básico de la colección de artículos reunidos en La defensa continental (1943)- y la Declaración programática de la Convención Nacional clandestina de julio de 1942.

     La aparición de Sinopsis filosófica del aprismo implica una reformulación de los aspectos más esenciales del marco doctrinal. Desafortunadamente, el artículo sólo presenta un esbozo abstracto de la tesis del «espacio‑tiempo histórico». La aplicación de la nueva teoría al programa aprista deberá esperar hasta 1940, con la aparición del folleto La verdad del aprismo216. En lo que se refiere a la fundamentación rigurosa y propiamente filosófica de la tesis, recién podremos encontrarla en los extensos ensayos que Haya publicará entre 1945 y 1947 en Cuadernos Americanos de México y en el volumen Espacio‑tiempo histórico, aparecido en 1948 con algunos de estos ensayos y otros nuevos. En lo que respecta a este artículo introductorio, las ideas de Haya presentan una insuficiente ruptura metodológica con el marxismo, no obstante estar muy lejos políticamente de él.

     En el breve artículo de 1935 Haya pretende situarse simultáneamente en el relativismo y en el marxismo. Afirma que «en el relativismo del tiempo y del espacio, aplicados a la interpretación marxista de la historia radica precisamente el fundamento de la norma filosófica aprista»217. Sin embargo, equivoca lo que atribuye a cada una de estas corrientes. Sitúa el meollo de su «marxismo filosófico» bajo el principio heracliteano del «eterno movimiento, cambio o devenir» -tesis ajena por completo a la dialéctica hegeliana218- y atribuye a los «principios relativistas» el mismo determinismo antes asignado a las «leyes de la historia» marxistas.

     Para Haya en 1935 la «ley» del espacio‑tiempo será la más determinante y universal, pero no desestimará las «leyes» marxistas de los «modos de producción» o de la lucha de clases. En un artículo correspondiente a esta misma etapa, El llamado del APRA a la América Latina, precisará cuáles son las «leyes» marxistas reconocidas por el aprismo y condicionadas por los espacios‑tiempo: «Desde el punto de vista estrictamente económico, los apristas reconocen y aceptan el marxismo. La interpretación económica de la historia, la lucha de clases, el análisis del capital, plusvalía, trabajo como base de la riqueza [...] no son negados por el aprismo», pero aplicando «el principio de la negación de la dialéctica hegeliana [...] en todo aquello que determine la realidad histórica de la América Latina como imperativos»219.

     En La verdad del aprismo Haya nos muestra la aplicación del relativismo a las categorías marxistas. Así por ejemplo, «el concepto nacionalismo queda [...] relativizado de acuerdo con el espacio tiempo histórico de cada pueblo o de cada conjunto de pueblos»220. Mientras «el nacionalismo de los pueblos de gran desarrollo industrial [...] es un nacionalismo necesariamente imperialista [aquél] de los pueblos débiles [...] tiene que ser antiimperialista»221. Del mismo modo, «una doctrina política no puede ser universalmente beneficiosa a todos los pueblos»222.
     Haya atribuye a la dialéctica hegeliana y marxista una sensibilidad ante la realidad que «fluye» y «cambia» que en verdad no tiene223 -de hecho malinterpreta el concepto hegeliano de «leyes de la historia». Para Haya la «ley» del «espacio‑tiempo» no sólo condiciona sino que determina -es decir, modifica- todo concepto y toda categoría: algo tan inexacto como el determinismo económico marxista. A esto Haya agrega otra limitación de origen marxista: suponer que el desarrollo social debe obedecer a un número de reglas fijadas según un «modelo» histórico. Leamos en la Sinopsis: «la estimativa de cada proceso social dentro de su escenario geográfico dado, debe relacionarse con el proceso de otros grupos, teniendo todos como punto de referencia el ritmo de los de mayor avance, de velocidad máxima diríamos, recordando que en Física el relativismo se refiere siempre al principio absoluto de la velocidad de la luz»225.

     La prueba fehaciente de la debilidad de esta primera fundamentación del «espacio‑tiempo histórico» está en su aplicación al concepto de «imperialismo». Según Haya «lo que es último en Europa, puede ser primero en Indoamérica. Por ejemplo, mientras el imperialismo es en Europa la última o suprema etapa del capitalismo, en Indoamérica, según afirma la tesis aprista, es la primera. [...]. Las leyes y principios concebidos para un espacio‑tiempo histórico no corresponden al otro»226. Si aplicamos a este enunciado las «leyes» relativistas, ya no estaremos ante un análisis de lo particular de «Indoamérica» sino ante una simple medición de la mayor o menor proximidad del continente al modelo de «mayor velocidad» evolutiva. Por otra parte, si subdividimos el fenómeno «imperialista» no bajo criterios económicos y geográficos interactuantes -como Haya en su etapa leniniana- sino bajo rígidos «espacios‑tiempo», con «leyes y principios» distintos, caeremos en el absurdo, pues muchos fenómenos políticos trascienden su propio «espacio‑tiempo», entre ellos el «imperialismo» de naturaleza internacional.

     Paradójicamente, Haya no aplicará el método trazado en la Sinopsis a la nueva política aprista que será adoptada desde 1941,en relación a los EE. UU. Siendo el «espacio‑tiempo» norteamericano bastante distinto al «indoamericano», los artículos reunidos en La defensa continental
-orientados a un entendimiento interamericano- supondrán que desde Alaska a la Patagonia puede aspirarse a un sistema democrático equilibrado e interdependiente, esto es, «un estructurado sistema de convivencia interamericana» regido «por las mismas normas democráticas de libertades coexistentes y equilibradas», ya que «la democracia es la norma de vida de nuestros pueblos»227. Una vez más, destacará en Haya de la Torre la primacía del sentido realista y práctico sobre cualquier dogma doctrinal.

 

5.  1942 ¿en paz con Dios?

Otra reforma ideológica importante será la oficialización del abandono del radical anticlericalismo aprista de años atrás. Desde los días de la Universidad Popular González Prada, Haya de la Torre amalgamaba enfáticamente la crítica a la sociedad oligárquica con la crítica a las creencias y prácticas religiosas. El célebre Manifiesto de mayo de 1923 contra la consagración del país al Corazón de Jesús denunciaba que en el Perú la religión era vana «idolatría» y el sacerdocio «casta traficante que explota la sumisión fanática de la mayoría del pueblo»228. En La Habana, en noviembre de 1923, proseguirá señalando -esta vez a nivel de toda América Latina- que el «cura católico [es] aliado y partícipe de la explotación»229.

     El anticlericalismo y el ateísmo filosófico serán obviamente rasgos fundamentales del aprismo leniniano de 1926‑1929. En sus artículos escritos desde la «Inglaterra imperialista» en 1926 y 1927, Haya dividirá despectivamente los sentimientos religiosos en dos clases: «la del dogma indiscutible y la del libre examen o de interpretación individual»230. En la primera variedad Haya designará al catolicismo «religión feudal, de pueblos agrarios, supersticiosos, analfabetos» y en la segunda al protestantismo, religión librecambista y pragmática, «adaptada siempre a las necesidades económicas y políticas de la clase gobernante»131.

     El viraje filosófico hacia el relativismo traerá consigo una actitud más permisiva. Haya señalará en 1933 que si bien «en materia religiosa el aprismo no interviene [esto] no significa indiferencia o abandono del sentimiento religioso»232. Sin embargo, aún abogará por «la separación de la Iglesia y el Estado para la completa independencia de sus respectivas actividades»233 fiel a la directiva trazada por él mismo en agosto de 1931: «Nuestro partido no pretende imponer ni atacar credo religioso alguno. Antes bien, preconiza la más absoluta libertad de conciencia desligando las actividades religiosas de las actividades políticas»234. Y añadirá Felipe Cossío del Pomar en un célebre artículo de ese año: «No representamos demagogia ni fomentamos ateísmos peligrosos»235.

     Las páginas de APRA y La Tribuna dedicarán en 1934 un buen espacio a temas religiosos, difundiendo opiniones de Einstein y del abate Lamaitre sobre la ausencia de conflicto entre religión y ciencia y muy en particular -en el caso de Lamaitre- entre la «fe de católico [y la] filiación científica de vanguardista del relativismo»236. Una escueta pero significativa admisión doctrinal del deísmo einsteiniano aparecerá en La verdad del aprismo, donde Haya incluirá entre los motivos del rechazo al fascismo «su paganismo»237. Años después, en los célebres «coloquios», Haya se reafirmará en el deísmo einsteiniano pero invitará al partido a mantener una óptica conciliatoria entre deísmo, fe religiosa y libre pensamiento238. Empero, esta imparcialidad en cuanto a las creencias de los militantes apristas ya no será defendida por el PAP a nivel externo desde 1942. La Convención Nacional clandestina de julio de ese año, basada en una propuesta de Haya, abandonará la tesis de la separación entre Iglesia y Estado, asimilándose al tradicional favoritismo a la fe católica239.

     La reforma de la actitud aprista ante al Iglesia será una prueba palpable del realismo y el sentido práctico de Haya: el PAP no debía poner en riesgo sus posibilidades de legalidad ni podía disminuir sus aspiraciones organizativas y de obtención de aliados debido a discrepancias religiosas. Haya optará por esta actitud no obstante existir un visible conflicto entre su deísmo cientificista cósmico y la fe religiosa católica con sus dogmas, revelaciones y ritos, practicada por la gran mayoría de latinoamericanos.

 

6.  Reformando el «programa máximo»

En cuanto a lo político, el gran hito de las innovaciones doctrinales de esta etapa será la inclusión de la tesis del «interamericanismo democrático sin Imperio» en el marco programático general aprista. Los textos clave de justificación de esta tesis son el Plan para la afirmación de la democracia de América -escrito en 1941 e incluido en el libro La defensa continental- y la Declaración programática de la Convención Nacional clandestina del PAP de julio de 1942. Este último documento pretendía actualizar el «programa máximo», pero en verdad cambiaba su contenido240.

     El propósito inicial de esta tesis del «interamericanismo» era impulsar la unidad latinoamericana en el marco de una sólida posición en el campo aliado durante la segunda guerra mundiasl. Más allá de sus posibilidades prácticas esta propuesta permitía asociar en la propaganda aprista la lucha contara la dictadura de Benavides -de conocida proclividad hacia el Eje en los años previos a la guerra- con la solidaridad internacional antifascista. Si el benavidismo no se acercaba a esta política perdía su legitimidad como «defensor de la libertad y las leyes»241, y si adoptaba una posición similar, la ausencia de elecciones y la persecución al aprismo quedaban sin asidero. De una forma u otra, el aprismo mantenía la iniciativa sobre el tema.

     El carácter provisional de esta política puede comprobarse leyendo el artículo Sobre el frente democrático interamericano (abril de 1941) donde Haya recrimina a los EE. UU. su escaso interés por América Latina. Para tal efecto cita un artículo de Manuel Seoane sobre el tema: «El parejo apoyo dispensado a todos los gobiernos indoamericanos, sea cual fuere su origen [...] revela una falla estratégica al dejar abierta una grieta de amantes de la dictadura, por donde podrá colarse, hoy o mañana, la infiltración totalitaria»242.

     El prólogo de Haya de la Torre para La defensa continental marca la meta de una evolución radical en dicha tesis ocurrida entre 1941 y 1942. De la pesimista recriminación de 1940 Haya pasa a un optimista reconocimiento de «coincidencias» con la política norteamericana del «Buen Vecino». Afirma Haya que «desde 1933, con el advenimiento del presidente Roosevelt, se produce un saludable e insólito cambio de frente en la actividad de Washington hacia nuestros pueblos»243, dejando sin asidero los artículos publicados poco antes en ¿A dónde va Indoamérica? Haya añade en este prólogo frases de simpatía hacia los EE. UU.: «Aparece claro el deseo de establecer un sistema de relaciones más justas entre ambas Américas»244 y afirmará que siempre fue ésa la actitud hacia los EE. UU.: «Nunca negó el ideario aprista el valor indiscutible que aportan los Estados Unidos a la civilización del mundo»245.

     Haya agregará que el aprismo mantiene su ideario antiimperialista pero reducirá este concepto a una «actitud de alerta y de protesta contra toda tendencia hegemónica del más fuerte»246; es decir, una lucha contra ciertos excesos incidentales y no «una política enérgica y realista que nos libre de nuestra situación colonial o semicolonial» como escribía en El antiimperialismo y el APRA. Por cierto, en ese mismo libro -escrito en 1928 y publicado en 1936- Haya se anticipó a oponerse a una alianza con los EE. UU., en caso de una nueva «guerra imperialista». Allí leemos: «No debemos olvidar que al producirse una guerra entre los Estados Unidos y cualquier otra potencia rival, la presión imperialista sobre los gobiernos de nuestros países sería muy aguda. Se trataría de envolvernos en el conflicto para aprovechar nuestra sangre y nuestros recursos»247. Sin embargo, el Haya infalible y talmúdico asomará en las últimas líneas del prólogo a La defensa continental, afirmando que precisamente en El antiimperialismo y el APRA ya aparecía la tesis del «interamericanismo democrático sin Imperio».

     En entrevistas y notas proselitistas la tesis del «interamericanismo democrático» será siempre sustentada por Haya como una política ocasional y sin incidencia programática. Sin embargo, tendrá repercusiones profundas en el perfil ideológico del aprismo durante las décadas siguientes. El cambio puede constatarse en el contraste abismal entre el antiimperialismo radical de ¿A dónde va Indoamérica? y las moderadas concepciones de La defensa continental, más a tono con la política desarrollada desde 1931. La tipificación del poder económico de los EE. UU. como un «imperialismo democrático», como un «imperialismo exclusivamente económico» -que Haya inaugura en un artículo de 1941 incluido en La defensa continental- resulta inimaginable antes de 1938.

     Las cautas referencias a los EE. UU. posteriores a 1931 jamás llegaban a un reconocimiento de intereses comunes de largo plazo con el «imperialismo yanqui». Entre considerar que «la organización democrática [...] en los países [...] imperialistas deja abierto el camino a la superación, al progreso, al perfeccionamiento»248 -Haya dixit, 1941- y considerar que «el peligro económico europeo es secundario para la América Latina comparado con el peligro norteamericano»249 por la energía de sus inversiones -Haya dixit, 1929- hay mucho más que un cambio contextual. Recordemos de paso que Washington tendía a reemplazar al big stick y a los marines por la diplomacia, pero el problema económico de fondo que Haya denunciara desde 1926 subsistía.

     En contradicción con el terco «indoamericanismo» de la etapa anterior, la tesis del «interamericanismo democrático sin Imperio» extenderá el objetivo continentalista del aprismo mucho más allá del río Grande. El Plan de 1941 propone inclusive la creación de Congresos Económicos Nacionales «en cada país de las Américas» -incluidos los EE. UU.- así como «un Gran Congreso Económico Interamericano»250, cuya duración debía ser, por supuesto, ulterior a la segunda guerra. En la etapa precedente, Haya rechazaba las políticas de búsqueda del tutelaje norteamericano y llamaba a «desenmascarar» todas las propuestas de «buena vecindad» provenientes de Washington. «Cuando el panamericanismo aparece más generoso, es cuando debemos estar más listos y ganar más terreno»251, escribía en Berlín en mayo de 1930. Y advertía: «Mientras nuestros países no tienen nada invertido en los Estados Unidos, éstos tienen mucho invertido en nuestros países [...]. El panamericanismo, áspero o blando, manso o terrible, [...] envuelve, viste y justifica aquella cruda realidad que implica entregar gran parte de nuestra riqueza a cambio de tan poco. En ese desequilibrio [...] radica la explotación [...]. Lo político es el panamericanismo; lo económico, es el imperialismo»252. Esta es la posición imperante en los 56 artículos agrupados en ¿A dónde va Indoamérica?, que junto con El antiimperialismo y el APRA serán los dos libros publicados -en tardío homenaje al viejo «programa máximo»- poco antes de La defensa continental.

     Por cierto, tanto el Plan de 1941 como la Declaración programática de 1942 incluirán puntos alusivos a los objetivos apristas de justicia social, «democracia funcional» e integración latinoamericana, pero éstos y otros puntos representarán etéreas aspiraciones de largo plazo, encuadradas y pasadas por el tamiz del «interamericanismo». La «democracia funcional» se subordinará al objetivo de lograr «una sólida unión, bloque, anfictionía o federación indoamericana para pactar en condiciones de equidad y de coordinación eficiente con la federación norteamericana que debe ser nuestra aliada, no nuestra dueña, en esta empresa de libertad común»253.

     Los detalles políticos del Plan de 1941 y la Declaración programática de 1942 confirman la profundidad del viraje adoptado por Haya de la Torre y el aprismo. Los puntos 7, 8 y 9 del Plan aceptan una situación de soberanía limitada supervisada por un organismo militar panamericano en el cual, sin lugar a dudas, tendrían hegemonía los EE. UU. Según Haya «no puede existir en las Américas verdadera soberanía nacional cuando no es su norma la soberanía popular que es su esencia democrática», siendo necesaria la unidad americana no sólo contra el enemigo exterior sino también «para defenderla de la amenaza totalitaria interior [mediante] un organismo permanente de resguardo democrático»254.

     La «defensa mancomunada» de la democracia era justificada por Haya en nombre de la urgencia de una «alianza democrática de Norte e Indoamérica para defendernos del fascismo internacional»255, pero ésa será también su política para la posguerra, sin fascismo de por medio. Prolongando la tesis del «interamericanismo» Haya apoyará al Tratado de Rio de Janeiro de 1947 sobre mutua defensa americana como «el documento más importante producido hasta ahora por la jurisprudencia continental»256 por coincidir con los puntos 7, 8 y 9 del Plan de 1941.

     Complementariamente, el Plan de 1941 y la Declaración de 1942 también afinan la clásica tesis aprista sobre el Canal de Panamá. El punto cuarto del programa de 1942 propone «la interamericanización del Canal de Panamá», incluyendo progresivamente «todos los grandes medios de comunicación y transporte [...] entre ambas Américas»257. Esta precisión o redefinición de la tesis que antaño significaba la «desyanquización» del canal, será propuesta por Haya en un artículo de 1939. Allí señalará que la única forma de entender la «internacionalización» del Canal de Panamá «supone, apristamente, interamericanización [...] es decir, la participación de todos los Estados de Norte e Indoamérica en la posesión y contralor del Canal»258.

     El «interamericanismo democrático sin Imperio» perfilará la estrategia aprista en función de un bloque geopolítico estable panamericano, en oposición a la política comunista o populista impulsora de bloques de países en vías de desarrollo de distintos continentes. Desde los Congresos Mundiales Antiimperialistas de la década del veinte -Haya de la Torre sólo asistió a uno de ellos, aquél realizado en Bruselas en 1927- el comunismo y las corrientes afines a él impulsaron eventos antiimperialistas intercontinentales diversos, sistemáticamente condenados por el aprismo de esta etapa. Haya será partidario de un «novomundismo [y no del] romanticismo antiimperialista [que] quiere uncirnos al carro de las causas liberatrices de India, de China o de Africa inglesa»259.

     Ahora bien, a diferencia del radical y antipanamericanista ¿A dónde va Indoamérica?, los planteamientos de La defensa continental sí engarzan con la orientación básica del aprismo de esta etapa. La política prodemocrática y constitucionalista y el «programa máximo» interamericanista sí eran compatibles. Estas ideas son las que realmente predominan en la propaganda aprista de este período de «gran clandestinidad» y no aquéllas de las recopilaciones de valor más histórico que doctrinal.

 

7.  Ese libro impertinente escrito en 1928

En medio de la preocupación relativista y rooseveltiana de Haya de la Torre resulta disonante la aparición de El antiimperialismo y el APRA en 1936260, con su exceso de referencias prosoviéticas y su radical estrategia basada en un «Estado antiimperialista [que] coartará la libertad económica de las clases explotadoras y medias» hacia un socialismo que «vendrá después»261. De hecho, AA tendrá menor difusión que otros textos de Haya de esos años, no será reeditado hasta 1970 y su utilidad política, en 1936, se limitará al ámbito de la polémica con el comunismo sobre la política del «Frente Popular»262. Curiosamente, Haya aludirá a AA como «libro fundamental» del aprismo sólo a partir de la década del cuarenta, cuando ya era una rareza bibliográfica.

     En las páginas de AA, el «ejemplar» país soviético no es todavía el de las matanzas de los kulak ni el del pacto de no agresión con Hitler; tampoco vemos allí el fenómeno fascista, ni el comunismo es condenado desde una posición democrática; más aún, el «imperialismo yanqui» es aún el de los marines en Nicaragua y la política del big stick. El contexto ha variado radicalmente en 1936, pero Haya, viviendo el tramo más tenso de la persecución al PAP en el Perú, no ha percibido todavía la magnitud del cambio. Por eso escribe en el prólogo, en flagrante contradicción con la apología rooseveltiana inmediatamente posterior, que dicha «nueva política gubernamental norteamericana es transitoria y precaria. Es sólo `una política', [...]. La historia no depende de la buena voluntad de un hombre o de un grupo cuando incontrolables leyes económicas rigen su destino»263. Y enunciará una apreciación de la que luego se retractará: «El problema esencial de Sudamérica está en pie. [...]. Desde que este libro fue escrito la presión del imperialismo, yanqui o británico, no ha decrecido en Sudamérica. La crisis capitalista iniciada en 1929, la ha agudizado más bien»264.

     En el prólogo para 1936 Haya remarcará como una tesis vigente de AA aquélla del imperialismo como «última fase [del capitalismo en Europa y] primera fase [en] Indoamérica», pero sin arriesgarse a comparar el distinto significado dado por él a dicha tesis entre 1928 y 1936. En 1931 esta tesis justificará la necesidad de mayor tolerancia y entendimiento hacia la inversión extranjera por su «beneficio civilizador»265 y ése será el sentido de todos los textos posteriores de Haya, pero no era así en 1928 ni en 1930.

     En el libro de 1928 Haya puntualiza que, siendo el imperialismo la «etapa inicial [del capitalismo moderno], no se repite en Indoamérica, paso a paso, la historia económica y social de Europa»266, es decir, no significa una efectiva industrialización sino, una fusión del nuevo capital con la herencia feudal. Nuestros países no poseen «una burguesía nacional autónoma y poderosa [sino] criollas burguesías incipientes que son como las raíces adventicias de nuestras clases latifundistas [a las que] se les injerta desde su origen el imperialismo, dominándolas»267. La conclusión de este razonamiento es que no basta «una lucha de mera resistencia, de algazara de comités o de protestas en papeles rojos»268; es decir, no basta la reforma. Hace falta «arrebatar el poder de nuestros pueblos al imperialismo [mediante una] revolución antifeudal y antiimperialista», que como bien sabemos deberá «controlar las inversiones de capitales bajo estrictas condiciones» desde el implacable «Estado antiimperialista»269. Bajo esta misma orientación el difundido texto hayista de 1930 El aprismo es una doctrina completa y un método de acción realista, señalará que en su «primera etapa [nuestro capitalismo] nace con el advenimiento del imperialismo moderno, nace pues dependiente», lo cual exige que «el Estado represente a las clases productoras [y desarrolle] la nacionalización socialista de la producción»270. Estas tesis resultarán impertinentes y sin utilidad política para los propósitos del «interamericanismo» de los años 1939‑1944.

     Como refutación a la política comunista de «Frentes Populares» tampoco será AA el material más apropiado. En sus páginas no es posible hallar una condena explícita a la doctrina comunista -AA sólo condena la interpretación que hacen del marxismo los comunistas «criollos»- ni expresa una identidad entre aprismo y democracia. Todo lo contrario: el «Estado antiimperialista» es definido como un «Estado de guerra defensiva económica [donde habrá] limitación de la iniciativa privada»271, al mismo tiempo que el libro se mofa de «los prejuicios [...] democráticos y liberalizantes que el imperialismo usa en su servicio»272.

     El aprismo que respalda la candidatura de Eguiguren en 1936, que reclama la integración continental ante la Conferencia Panamericana de 1938 y que en 1939 se opone a nuevas insurrecciones que fomenten «la ambición providencialista de caudillos militares» no se refleja ideológicamente en AA. Tampoco el aprismo que desde 1935 se opone a los «Frentes Populares» por ser alianzas riesgosas y frágiles, carentes de metas gubernamentales sólidas, cuyo componente comunista pretenderá desviar de dirección. En una carta de marzo de 1943 Haya de la Torre indicará tajantemente que «entre democracia y comunismo» no hay alianza posible, «o éste o aquél [...], verticalmente no hay compromiso»273 ya que para el aprismo posterior a 1934 «toda fórmula política fuera de la órbita de la democracia es inoperante y contradictoria con nuestra realidad histórica»274. Más aún, para este aprismo los comunistas habrán dejado de ser simples adversarios de izquierda: «el comunismo implica el imperialismo de la clase proletaria europea [del mismo modo que] el fascismo es el imperialismo de la raza blanca Europa»275, escribe lapidariamente Haya en La verdad del aprismo. Devolviendo los golpes bajos de años atrás, serán ahora los comunistas del «Frente Popular» los acusados de representar el ominoso «socialfascismo».


NOTAS

198  Ver La verdad del aprismo (1940), en: OC, t. I, p. 278 y 280.

199  El artículo 137 de la Constitución de 1933, señalaba con claridad: «No pueden ser elegidos Presidente o Vicepresidente de la República los ministros de Estado y los miembros de la Fuerza Armada que se hallen en servicio, sino han dejado su cargo seis meses antes de la elección». Benavides fue nombrado «Presidente provisorio» por el Congreso el 30 de abril de 1933, no obstante contradecir todos los requisitos. Como jefe de la Defensa Nacional tenía rango de ministro, era un militar en servicio y pocos días antes había sido ascendido a general de división.

200  APRA, Nº XI, año V, p. 11 y 33, segunda quincena de junio de 1934.

201  Sobre estas entrevistas ver revista APRA, Nº XII, Año V, p. 5 y también Haya de la Torre y el APRA de L. A. Sánchez, p. 290‑291.

202  Según Sánchez, L. A.: op. cit., p. 303, Eguiguren llevó 70% de ventaja en los escrutinios sobre sus rivales Jorge Prado, Manuel V. Villarán y Luis A. Flores.

203  Según el presidente Benavides la anulación de las elecciones de 1936 era una obligación patriótica: «La disyuntiva era fatal. O dejar al Perú entregado a los más funestos y evidentes peligros, o me decidía a aceptar la ampliación de mi mandato [...], y acepté la ampliación de mi mandato, únicamente, por la conformidad patriótica con que todo soldado acepta y cumple su deber cuando la Nación reclama sus servicios» (Mensaje a la Nación del 8 de diciembre de 1936). Cabe añadir que el Congreso que respaldó esta arbitrariedad de Benavides no sólo carecía de los 23 apristas excluidos mediante la «Ley de Emergencia». Sucesivas renuncias y ausencias -incluyendo deportaciones disimuladas con nombramientos diversos- lo redujeron a «50 personas en vez de los 145 representantes que ordena la ley», como anota Manuel Seoane en Autopsia del presupuesto civilista (1936), p. 12.

204  Ver Sánchez, L. A.: op. cit., p. 294.

205  Ib., p. 295.

206  De la etapa fascista de Riva Agüero tiene especial celebridad su prólogo a un tomo de escritos elogiosos al fascismo italiano de Carlos Miró Quesada Laos, hijo del entonces director de El Comercio, Antonio Miró Quesada Guerra. Ver: Sánchez, L. A.: op. cit., p. 286.

207  La cita es del artículo «Camisas negras», publicado en el diario Todo el mundo de Lima, el 12 de enero de 1934. Se incluye en un folleto de Ediciones Frente de 1934 y luego en el capítulo «Apristas y sánchezcerristas» de Martínez de la Torre, R.: op. cit, t. I, p. 231‑232. Martínez en ese momento ya no estaba en las filas del PCP, por desavenencias disciplinarias con el grupo dirigente de E. Ravines, pero participaba del equipo activista de la CGTP y defendía en la prensa limeña la línea oficial del partido.

208  Ver sobre este tema V. R. Haya-L. A. Sánchez: Correspondencia, t. I, p. 172, 283, 317 y otras. Haya se opuso al «Frente Popular» tanto en los casos de Perú como de Chile y España, por la confusión de intereses que significaba una alianza de demócratas con comunistas.

209  Carta abierta al señor Riva Agüero del CEN del PAP en APRA, Nº 8, t. V, p. 8 y 9, jueves 25 de enero de 1934. Firman: Manuel Seoane, Luis E. Heysen, Luis Alberto Sánchez, Pedro E. Muñiz y César Enrique Pardo.

210  Carta del 16 de mayo de 1936, en: V. R. Haya‑L. A. Sánchez: Correspondencia, t. I. p. 273.

211  Carta del 29 de mayo de 1939, en: ib., p. 366.

212  Ver Sánchez, L. A.: op. cit., p. 315‑316.

213  Conclusiones del I Congreso Nacional del PCP (29 de setiembre al 5 de octubre de 1942), en: Los Congresos del PCP, p. 22‑23. Este congreso expulsó a los dirigentes iniciadores de la línea propradista: Ravines, Portocarrero, Terreros, etc., pero ratificó su política, que emanaba a fin de cuentas de Moscú. Su cuarta conclusión saluda «la orientación antinazi y progresista del gobierno de Prado [a quien] el Partido puede y debe apoyar» (ib., p. 22). Y, sobre el aprismo, advierte que «en los círculos de la dirección existen grupos y tendencias vacilantes e incluso pronazis» (ib., p. 23). De este modo los comunistas abogaban por una prolongación de la proscripción del aprismo, mientras el PCP se dedicaba a «consolidar y ampliar su legalidad» (ib., p. 29).

214  Sánchez, L. A.: op. cit., p. 316.

215  Este artículo apareció por primera vez en Claridad de Buenos Aires en 1935. Haya lo incluyó posteriormente en su libro Espacio‑tiempo histórico (1948) como capítulo I.

216  Este folleto apreció en 1940 sin firma, entre otros tantos Cuadernos Apristas redactados por Haya.

217  Ver Espacio‑tiempo histórico (ETH), p. 7.

218  Según Haya de la Torre el fundamento de la dialéctica hegeliana y marxista sería «el principio universal de eterno movimiento, cambio o devenir, avizorado por Heráclito» (ETH, p. 3). Es un acierto de Haya hacer suyo el principio heracliteano que da prioridad a la investigación científica sobre el dogma filosófico, pero poco o nada tiene que ver ese principio con la dialéctica decimonónica. Los tratados marxistas de comienzos de siglo citaban a Heráclito como precursor de la dialéctica materialista basados en la mención hecha por Engels en la «Introducción» del Anti‑Dühring, pero equivocaban su sentido. Para Engels la filosofía de Heráclito era una anticipación «primitiva» e «ingenua» del materialismo, no de la dialéctica (Anti‑Dühring, Ed. Cartago 1973, p. 22). Estudiado con rigor, Heráclito resulta ser un precursor del cientificismo y el relativismo. La dialéctica de Hegel y Marx toma como punto de partida la existencia de reglas filosóficas rígidas en el comportamiento de la naturaleza, principio rechazado por Tales, Anaximandro, Heráclito y otros exponentes del hilozoísmo milesio del siglo VI a. C.

219  Artículo de 1934. Ver: OC, t. I, p. 269‑270.

220  Ver: OC, t. I, p. 275.

221  L. cit.

222  L. cit.

223  Recordemos que para Hegel filosofía y ciencia se daban la mano en tanto formulaban «causas universales, principios esenciales y axiomas». Ambos, a su vez, deberían converger con la teología en «lo absoluto, el conocimiento de la esencia del mundo, de la verdad, de la idea absoluta» (Hegel, G. W. F.: Introducción a la historia de la filosofía, p. 92-93, Ed. Sarpe, 1983). En este sistema del conocimiento «absoluto», el «fluir» de la naturaleza importaba muy poco. A su vez, Engels en el Anti‑Dühring dedicó un extenso capítulo a dogmatizar la dialéctica como lógica natural, atribuyendo por lo tanto a la naturaleza un «fluir» racional, regular y predecible. Nada tienen en común estas concepciones con el pragmatismo y el relativismo hayistas.

224  En la dialéctica hegeliana y marxista la «negación de la negación» no equivale a un cuestionamiento de tiempo, o de lugar, o de sentido semántico de un concepto. Así lo explica Lenin en sus Cuadernos filosóficos, citando el capítulo II, sección II, volumen V de la Ciencia de la Lógica de Hegel: «El resultado de la negación de la negación, ese tercer término, `no es un tercer término en reposo, sino que, como esa unidad de contradicciones, es un movimiento y una actividad que se median consigo mismos' [...]. El, en esa `tercera' etapa, ha encontrado ya el `contenido' del conocimiento y el método ampliado en un sistema [...]. De tal modo, el conocimiento se va desarrollando de contenido en contenido» (Lenin, V. I.: Cuadernos filosóficos, p. 148-150, Ediciones Roca, 1974). La «triada» dialéctica hegeliana -tesis, antítesis, síntesis- viene a ser el proceso de transición de lo «abstracto» a lo «concreto». La síntesis o «negación de la negación» equivale a una segunda afirmación, una ratificación más nutrida de un mismo sistema universal de categorías, sin relatividad alguna.

225  ETH, p. 11 y 12.

226  Ib., p. 12 y 13.

227  Ver el artículo de 1941 en La defensa continental, en: OC, t. IV, p. 355 y 356.

228  Manifiesto de mayo de 1923 de la Universidad Popular González Prada en Portocarrero, J.: Sindicalismo peruano, p. 110.

229  OC, t. I, p. 26.

230  OC, t. II, p. 400.

231  Ib., p. 401.

232  Manifiesto del 12 de noviembre de 1933, en: OC, t. V, p. 143.

233  L. cit.

234  El facsímil de la nota autógrafa de esta declaración de Haya de la Torre apareció en la revista APRA a toda página. Tiene fecha del 30 de agosto de 1931 y un membrete: «Víctor Raúl Haya de la Torre. Apartado 346 Belén 1065. Lima, Perú». Ver APRA, t. IV, Nº 1, p. 7, 1 de setiembre de 1931.

235  Ib., p. 10.

236  Ver revista APRA, año V, Nº XII, p. 14, 2da. quincena, julio de 1934.
237  OC, t. I, p. 278.

238  Ver el coloquio «Bancarrota del determinismo» en el tomo I de Coloquios de Haya de la Torre de Ignacio Campos (seudónimo de Eduardo Jibaja), Tercer Mundo Editores, 1988 (primera edición de 1965).

239  Ver Partido Aprista Peruano: Haya de la Torre fundador del aprismo (1959), p. 18.

240  Ver texto de la Declaración programática de 1942 en Murillo, P.: op. cit., p. 487.

241  Durante su largo mandato, el presidente Benavides justificó su régimen dictatorial con razones de «emergencia interna». La política aprista del «interamericanismo» dejaba sin fundamento la propaganda oficial sobre el «peligro comunista» aprista.

242  OC, t. IV, p. 341.

243  OC, t. IV, p. 236.

244  L. cit.

245  L. cit.

246  L. cit.

247  AA, p. 102 y 103.

248  OC, t. IV, p. 291.

249  OC, t. IV, p. 313.

250  OC, t. IV, p. 366 y 367.

251  OC, t. II, p. 167.

252  OC, t. II, p. 166.

253  OC, t. IV, p. 254.

254  OC, t. IV, p. 363 y 364.

255  OC, t. IV, p. 265.

256  Entrevista a Haya de 1962, en: CR, p. 237.

257  Murillo, P.: op. cit., p. 487.

258  OC, t. IV, p. 324.

259  AA, p. 91.

260  Usualmente se menciona una «primera edición» de 1935 pero el libro fue recién editado entre febrero y abril de 1936. El prólogo de la «primera edición» está firmado en «Incahuasi, 25 de diciembre de 1935» y en una carta a su editor, Luis Alberto Sánchez, del 6 de enero de 1936, Haya recién decide el título del libro y da su visto bueno al texto original y a las notas incluidas: «Conseguida esa cita no hay nada más. Procede a funcionar con el libro bajo el título El antiimperialismo y el APRA» (V. R. Haya‑L. A. Sánchez: Correspondencia, t. I, p. 166). Las cartas también indican que la «segunda edición» de mediados de 1936 equivale en verdad a la primera, por la deficiente impresión, erratas y omisiones de la anterior edición.

261  AA, p. 140 y 122.

262  El «Frente Popular», política de amplia alianza electoral contra el fascismo y las derechas, fue dispuesto por los comunistas a partir del VII Congreso de la Komintern en 1935. Era un brusco cambio de la línea anterior, opuesta a pactos políticos situados fuera de la «lucha de clases irreconciliable» contra toda la clase capitalista. Con la aparición de AA, Haya demostraba que desde muchos años atrás preconizaba las alianzas y los «frentes únicos». Contra el amorfo y contradictorio Frente Popular y su ramplón electoralismo, Haya señalaba la necesidad de un «partido de frente único» como el aprista. Las ideas de Haya tuvieron acogida en Chile durante el Frente Popular de Aguirre Cerda que gobernó entre 1938 y 1941.

263  AA, p. 27.

264  AA, p. 26.

265  OC, t. V, p. 45.

266  AA, p. 51.

267  L. cit.

268  AA, p. 53.

269  AA, p. 53, 137 y 159.

270  OC,  t. I. p. 155‑157.

271  AA, p. 139.

272  AA, p. 163.

273  Carta del 29 de marzo de 1943 en: V. R. Haya‑L. A. Sánchez: Correspondencia, t. I, p. 432.

274  «Hacia la democracia aprista» artículo de 1945 en Y después de la guerra, ¿qué?, en: OC, t. VI, p. 236.

275       En La verdad del aprismo (1940), en: OC, t. I, p. 278.

V.  Consolidando rectificaciones: 1945‑1956¡Error! Marcador no definido.

 

            Acaso en las cuatro libertades de Roosevelt, profundo y egregio
            agitador de nuestro tiempo, hay tanto o más que en el Manifiesto
            Comunista del 48 un desafío al pasado y un anuncio de lo que puede
            ser el porvenir social de los pueblos civilizados.276

                                                                                              Haya de la Torre, 1945

 

En los capítulos anteriores ha sido posible comprobar que todo ese amplio período usualmente calificado como el tramo «clásico» y paradigmático de la evolución del aprismo, carece de un contorno ideológico rígido. Es un proceso de rápida sucesión de etapas contradictorias entre sí, donde lo que prima no es la lealtad literal a un enunciado doctrinal sino el realismo político. La etapa que se inicia en 1945 será de consolidación de los tanteos y avances doctrinales desarrollados durante la difícil transición iniciada en 1933.

     El contexto será muy favorable. En 1945 el partido de Haya de la Torre accederá directamente a la legalidad política y al cogobierno gracias al triunfo de la candidatura de Bustamante y Rivero con el Frente Democrático Nacional, cuya columna vertebral será el PAP, con el nombre de «Partido del Pueblo». Entonces el aprismo perfilará aún más esa búsqueda del justo medio entre promoción de la estabilidad democrática e impulso a las reformas económicas que fue su preocupación durante la «gran clandestinidad». Otro factor importante será la llegada al poder de movimientos democráticos cercanos o afines al aprismo como los de Rómulo Betancourt en Venezuela, Alberto Lleras en Colombia, Velasco Ibarra en Ecuador y Arévalo en Guatemala.

     La intensa actividad del líder del PAP -visitando Chile, Colombia, Venezuela, Panamá, Costa Rica y Guatemala con los más altos honores; asumiendo en la política peruana un sitial socrático y de magisterio ideológico; difundiendo en foros y plazas las tesis de sus nuevos libros Y después de la guerra, ¿qué? (1946) y Espacio‑tiempo histórico (ETH, 1948)- será abruptamente interrumpida por la irrupción dictatorial del general Manuel A. Odría. Bajo un nuevo ciclo de persecución contra el aprismo Haya se verá obligado a buscar asilo en enero de 1949 en la embajada de Colombia, donde permanecerá hasta 1954. El gobierno militar peruano intentará por todos los medios diplomáticos -y no diplomáticos como el hostigamiento a los embajadores- frustrar dicho asilo. El triunfo jurídico y moral de Haya ocupará las primeras planas en todo el continente, elevando aún más su sitial político. En esos años, al igual que en 1926 con What is the APRA?, será un artículo aparecido primero en inglés el que mejor resuma el ideario aprista de esta etapa. En Cinco años de exilio en mi patria (revista Life del 3 de mayo de 1954), Haya escribe: «Creo que la democracia y el capitalismo brindan la solución más segura a los problemas mundiales a pesar de que el capitalismo todavía tiene sus fallas. Pero también creo que esa democracia particular debe ser lo más representativa posible»277. Este es el aprismo rooseveltiano, de cuidadosa conjugación de un sistema de economía mixta con la reforma de la distribución del ingreso y la organización de una «democracia funcional». Este aprismo intentará abrirse paso y echar raíces entre 1945 y 1948, pero seguirá siendo un motivo de temor para la clase dominante peruana.

 

1.  El «antiimperialismo rooseveltiano»

Los artículos recopilados en Y después de la guerra, ¿qué?, escritos en los últimos años de la «gran clandestinidad», otorgan categoría doctrinal a dos temas políticos pragmáticamente definidos como fundamento del «antiimperialismo constructivo» en los días de proscripción: la defensa de la democracia política y la negociación de las reformas económicas. En uno de los artículos más importantes de este libro, Hacia la democracia aprista (1945), adhiriéndose a «las Cuatro libertades» de Roosevelt, Haya defiende la democracia «como un fin en sí mismo»278. Y agrega a continuación para disipar cualquier duda una frase que alcanzará gran celebridad: «Toda fórmula política fuera de la órbita de la democracia es inoperante»279. Esta defensa a rajatabla de la democracia condicionará cualquier afán reformista: «No queremos quitar la riqueza a quien la tiene sino crearla para el que no la tiene»280 será otra de sus frases igualmente célebres incluidas en el mismo artículo.

     En otro artículo de Y después de la guerra, ¿qué?, Haya precisará que «la revolución democrática va dirigida a resolver el gran problema de la injusticia social sin el sacrificio de la libertad»281. Sin embargo, la solución a los problemas sociales no dependerá de la imposición de un programa específico sino de la participación de la sociedad en el debate de ése y otros programas. Haya de la Torre propondrá, sobre la base de las «Cuatro Libertades» de Roosevelt -de expresión, religiosa, económica y política282- lograr «una democracia amplia e integral, como la que el aprismo ha concebido283, [esto es] revolucionar el viejo concepto de democracia [mediante la] democracia funcional»284, centrada en el Congreso Económico multiparticipatorio.

     Para Haya la promoción de la «libertad de la miseria» -o derecho a la justicia social- será el ingrediente que hará de «estas Cuatro Libertades enunciadas por el presidente Roosevelt el 7 de enero de 1941 y ratificadas el 28 de mayo del mismo año [...] la bandera de la nueva revolución democrática para todos los hombres, para todos los pueblos»285. Una «nueva democracia [...] que se renueva o revoluciona a sí misma» y que no sólo garantiza «las libertades políticas sino también los inalienables derechos económicos»286. El ingrediente económico rooseveltiano, según Haya, sería coincidente con el fundamento de la «democracia dinámica y funcional» aprista. No sólo Roosevelt y el aprismo empalmarían coherentemente: para Haya sería una confirmación de la anticipada solidez de su doctrina, ya que «el aprismo se adelantó a la concepción democrática de las Cuatro Libertades al consagrar [...] la libertad [...] económica»287.

     Esta euforia rooseveltiana de Haya de la Torre, en un país con un agudo problema de latifundismo, gamonalismo y presencia monopólica de «enclaves» norteamericanos en los rubros básicos de la economía, obligaba a preguntar: ¿Dónde quedaron el antiimperialismo y la «revolución agraria» tan deseados en años anteriores? El Haya de la Torre de 1945 dirá que tales objetivos estarán condicionados a la estabilidad democrática y a la alianza económica y política con los EE. UU. Aplicando la tesis del «interamericanismo democrático sin Imperio», el objetivo aprista será una gradual evolución hacia la «justicia social» a base de la transacción política y la persuasión. Ya sabemos que para Haya el «imperialismo económico» o «imperialismo democrático», a diferencia de los «sistemas totalitarios» sólo deberá ser corregido en sus actos excepcionales y extremos. En un artículo dirigido al público norteamericano Haya explicará que su doctrina «aboga por una distinción entre capital extranjero e imperialismo extranjero y señala que mientras el primero es indispensable para el progreso del país, el segundo es una amenaza para su soberanía»288. Este capital extranjero deberá ser alentado y protegido mediante la «democracia integral y funcional» contra cualquier exceso intervencionista de la economía o expropiatorio, ya que el «Congreso Económico Nacional, con intervención de voz y voto del capital extranjero [...] será la mejor garantía contra una política económica a la mexicana, que el aprismo considera errada desde el punto de vista de la confiscación»289.

     Agregará Haya que «el aprismo [...] no es tampoco socialista»290. Su «programa nacional y continental de interamericanismo democrático sin Imperio [continúa] quiere decir democracia económica, impulso de producción, cooperativismo [...] y colaboración de las clases medias, obreras y campesinas dentro de una organización antifeudal democrática funcional»291. Siendo férreamente partidario de la alianza interamericana, el aprismo de esta etapa considerará tan recusables como las dictaduras de Somoza o Machado las que pretendan recortar o suprimir la democracia en nombre de objetivos de izquierda: «No queremos dictadores desde arriba, como en el fascismo, ni dictadores desde abajo como en el comunismo»292, remarcará en 1946 ante los auditorios chilenos. Bajo esta línea, su oposición a las dictaduras será tan enfática como su oposición al neutralismo internacional y al «aislacionista propósito autárquico» imperante en «Indoamérica». Para Haya la defensa de la «nueva democracia» obliga, necesariamente, a la «coordinación política y económica» latinoamericana y a la mutua defensa geopolítica en estrecha alianza con los EE. UU., como ya anunciara en La defensa continental.

     A partir de 1945 Haya de la Torre lleva a sus últimas consecuencias el adelgazamiento del concepto de «antiimperialismo» ya iniciado en 1931. La oposición o el freno a los intereses económicos de los EE. UU. no sólo pierde prioridad: resulta ser lo menos urgente. «No creo en el imperialismo norteamericano. Hay en esto un error. Es verdad que Estados Unidos es un país poderoso, pero también es cierto que necesita de los demás países»293, afirmará en 1946 suponiendo que frente a los «otros imperialismos» Washington requiere de América Latina para constituir con ella un sólido baluarte de la modernidad. «Debemos temer más al imperialismo de Hollywood que al de Wall Street»294 dirá en esos mismos días.

     El fenómeno «imperialista» será para Haya un efecto de la debilidad política «indoamericana» y no una actitud deliberada de Washington y sus monopolios. «Lo que hay o ha habido es un `complejo de inferioridad' de los países latinoamericanos frente a Estados Unidos»295, expondrá en Chile, asegurando que será merced al «interamericanismo democrático sin Imperio» -y no mediante el «antiimperialismo» de viejo cuño- que evitaremos «nuestra regresión al imperialismo y a la diplomacia del dólar»296. Según Haya el agudo contraste «entre la gran unión norteamericana de Estados y la dispersión de sus veinte vecinos [...] no puede sino producir la primacía del más fuerte. Y esa preponderancia inevitable conduce en una forma u otra al imperialismo, fenómeno que no depende de las buenas o malas intenciones de los hombres»297.

     Obviamente, bajo esta orientación la política aprista durante el gobierno de Bustamante no pretenderá restringir la inversión «imperialista» ya existente ni modificar sus términos de participación en la economía peruana. No fueron objetados los contratos de explotación minera y petrolera que motivaban airadas denuncias por sus «excesos» en 1930 y 1931. El célebre contrato de Sechura con la International Petroleum Company (IPC), autorizado por las cámaras legislativas en junio y julio de 1946, mostró que el PAP era fiel a su promesa electoral de no intervenir sobre ese tema, salvo en lo refierido a los problemas tributarios y de cumplimiento legal más obvios. El punto candente del contrato, la «temporalidad» o «duración indefinida» de los derechos de explotación sobre Sechura de la IPC, fue suscrito por el PAP en concordancia con la iniciativa presidencial, explícitamente favorable a la presencia «perpetua» de esta empresa298.

 

2.  El Congreso Económico: teoría y práctica

El gobierno del Frente Democrático Nacional distó mucho de ser un gobierno aprista. Como veremos más adelante, el presidente y su entorno político más cercano tenían muy poco en común con el PAP, más allá de las necesidades electorales. A pesar de ello, muchas propuestas apristas tomaron la forma de proyectos de ley y llegaron a debatirse en el Parlamento. Tal es el caso del Congreso Económico Nacional y su entidad complementaria la Corporación Financiera del Perú.

     El proyecto de ley del Congreso Económico motivó en 1946 una gira nacional de Haya de la Torre difundiendo sus pormenores y recogiendo adhesiones populares. Poco antes, en octubre de 1945, el tema fue expuesto en un ciclo de disertaciones muy notables; la tercera de ellas, El plan económico del aprismo, tuvo una gran difusión nacional e internacional. Las visitas a Chile, Venezuela, Colombia y Centroamérica tuvieron también el propósito de exponer el proyecto del Congreso Económico, obteniendo la opinión favorable de importantes personalidades299. Pocas veces un proyecto de ley tuvo una difusión y respaldo semejantes. Su fundamentación en la Cámara de Diputados se inició el 16 de mayo de 1946, a cargo de Carlos Manuel Cox, Javier Pulgar Vidal, Guillermo Cartland, Gumercindo Calderón y Luis Solís Rosas300. El 4 de junio de ese año se aprobó la ley en la Cámara Baja, con acuerdo unánime y voto de aplauso en sus artículos más importantes301. Sin embargo, el trámite de la ley en el Senado fue pospuesto por propia iniciativa del PAP del 11 de junio. Manuel Seoane fundamentó el pedido en nombre de un mayor «estudio técnico y exhaustivo», que en verdad obedecía a los ataques «a mansalva de enemigos emboscados»302, es decir, el peligro creciente de un nuevo golpe militar instigado por la oposición conservadora. Como resultado, la ley de creación del Congreso Económico no llegó a ver la luz.

     El frustrado proyecto de la ley de 1946 tuvo una diferencia sustancial con la propuesta del CEN ya conocida en 1931. No se proponía una cámara única que concentre todos los poderes legislativos y sea la estructura matriz de un «Estado técnico». El CEN de 1946 estaba diseñado como una cámara «colegisladora» en lo económico al lado del Congreso «político» tradicional. Venía a ser un Congreso «constituido por representaciones funcionales del trabajo, el capital y el Estado [que] no es sólo consultivo [sino] colegislador en asuntos sociales y económicos, [con] derechos de iniciativa y facultad de control» sobre su ámbito de acción303. Muchos parlamentarios no apristas saludaron el proyecto del CEN en el debate congresal de 1946 por representar «un mentís a la tesis de la lucha de clases [...] al citar [...] en mutuo concurso y colaboración tanto al Estado como al capital y el trabajo», según señalara el diputado Carlos Rodríguez Pastor304. El entonces joven diputado del FDN, Fernando Belaunde Terry, afirmará que el CEN «es la cristalización de un deseo de concordia [que tiene como] aspecto muy interesante el de la descentralización, su estudio de las diversas regiones y la creación de organismos locales»305.

     El CEN «colegislador» de 1946 permitía al aprismo reunir amplias fuerzas cooperantes en el proyecto. El CEN de 1931 había sido, por el contrario, una propuesta polarizante. En el Congreso Constituyente de 1931 la posición inicial del PAP fue oponerse a la idea de un «senado funcional» colegislador sugerida en sustitución del CEN por las demás bancadas. «Tenemos que estar en contra de un senado funcional precisamente porque estamos a favor del régimen funcional integral»306, insistía en ese debate Manuel Seoane, oponiéndose a una Cámara funcional de valor tangencial y únicamente consultivo. En respuesta, Víctor Andrés Belaunde sostenía que «la representación funcional integral es sencillamente utópica, si no queremos seguir el camino del fascismo o del soviet»307. Este fue el temperamento que primó al final de cuentas en el Congreso de 1931, que incluyó en la Constitución (artículo 182) en reemplazo del CEN un ornamental «Consejo de Economía Nacional».

     La receptividad de la propuesta del CEN en 1946 tuvo como factor coadyuvante la actitud política del aprismo desde el inicio de la candidatura del FDN. En el Discurso del reencuentro del 20 de mayo de 1945 Haya de la Torre había sorprendido a sus adversarios diciendo que «volvemos a la vida legal con la mano tendida y sin ningún reproche ni resentimiento»308. El aprismo no quería confrontación sino diálogo y cooperación. Desoyendo sus propias críticas a los «Frentes Populares» comunistas expuestas en Y después de la guerra, ¿qué? -donde decía que la democracia no necesitaba «amalgamas de varios partidos y comandos corroídos por disputas internas»309- Haya de la Torre había dado vida con el Frente Democrático Nacional a su propia versión del «Frente Popular». El FDN se basaba más en las buenas intenciones y en el afán de sumar fuerzas que en objetivos claros: «Fueron invitadas todas las fuerzas y fracciones políticas del país a formar dicho Frente, desde la extrema derecha del partido de Sánchez Cerro, llamado Unión Revolucionaria, hasta la minúscula e impopular congregación de comunistas, que había estado, incondicionalmente, al servicio de las dictaduras»310, confesará Haya en Chile en mayo de 1946. La propuesta del CEN, bajo este marco, tomó la forma de un amplio proyecto de interés patriótico, sin visos externos de sectarismo y, sobre todo, sin afán revolucionario.

     El volumen Dinámica económica del aprismo (1948) de Carlos Manuel Cox, recoge los textos presentados al debate de 1946 y las principales ponencias orales. Allí podemos comprobar tanto los aspectos atrayentes y fácilmente consensuales del proyecto, como sus partes conflictivas que finalmente lo frustraron. Atraía a tirios y troyanos el carácter «técnico» y «colegislativo» del CEN. En la Cámara Baja exponía Cox que el CEN «no es un Congreso partidista ni definirá nada en el orden político [...]. No hará competencia al Congreso Nacional sino que [...] representará la fuerza económica del Estado, del capital y del trabajo [...]. Mediante él [...] será posible alcanzar la democracia económica, la tecnificación de nuestra economía y la conquista de la justicia social»311. Estos tres objetivos se traducían en: 1) la «nacionalización» económica pero «no desde el punto de vista de la incautación o expropiación»312 sino como política promocional; 2) la «planificación democrática», entendida como «orden dentro de la libertad» en tanto «no es cierto [...] que la planificación desemboque en el colectivismo y en el socialismo»313; y 3) la conciliación entre el capital y el trabajo bajo la orientación de «crear riqueza para el que no la tiene sin quitársela al que la tiene»314.

     Hasta aquí el CEN era una propuesta fácilmente aceptable. Sus atribuciones quedaban enmarcadas por el poder Legislativo y reforzaba varios aspectos difíciles de la gestión del Ejecutivo, que no perdía su primacía. Pero aquí no concluía el CEN y así lo subrayaron quienes, fuera del Parlamento o en minoría dentro de él, objetaban aquellos aspectos complementarios que serían motivo de otras leyes y normas adicionales. En sus exposiciones doctrinales de 1945 Haya definía el CEN como el «Cuarto Poder» del Estado, reclamándole atribuciones de supervisión financiera y política a todo nivel. Debían concurrir a él prácticamente todos los estamentos sociales -tanto productores como consumidores- incluyendo no sólo al capital extranjero, como en 1931, sino a las Fuerzas Armadas, a los educadores, al clero, etc. «¡Nadie faltará!», decía Haya en octubre de 1945, «una nueva asamblea se abrirá para todos ustedes [...] industriales, agricultores, comerciantes, ganaderos, yanaconas, obreros, artesanos, comuneros indígenas, arrendatarios de tierras según su categoría, intermediarios, financistas, banqueros, profesionales, técnicos, militares, marineros, aviadores, artistas, sacerdotes y maestros; todo el Perú, todas las fuerzas de la Patria»315. Un complejo organigrama eleccionario y de distribución de funciones complementaba los aspectos básicos del CEN, derivándolo en una organización de control del plan presupuestal y de su gasto en todos los ámbitos -productivos y no productivos- de la gestión gubernamental.

     Pero la mayor dificultad estaba en la autoridad que tendría el CEN de aprobarse la principal ley que lo complementaba: la ley de creación de la Corporación Financiera del Perú. Durante el primer año de gobierno de Bustamante se había creado corporaciones de Vivienda, de Alimentación, de Turismo, Naval y de Aviación Comercial. Cada cual combinaba una función promocional de la inversión con el subsidio a ciertos bienes y servicios ofrecidos. Estas entidades, según el proyecto aprista, debían en el futuro inmediato integrarse a un sistema nacional de corporaciones centralizado por la CFP. Para Haya «esa nueva organización sería el colorario del Congreso Económico Nacional [...]. Serán las Corporaciones del Estado, bajo la dirección técnica de los Ministerios respectivos, las que realizarán y administrarán las obras proyectadas y financiadas»316. La CFP «estudiaría su financiación representando al Perú ante los Bancos Internacionales de Fomento [...] o ante los bancos y capital privados»317. Existiría además una «Corporación de Fomento Municipal» y presencia «tripartita» en los directorios de todas estas entidades, incluyendo la participación de la Confederación de Trabajadores del Perú en la CFP318.

     En la fundamentación del proyecto de creación de la gran Corporación Financiera, Cox precisará que ésta deberá recibir «iniciativas de los poderes Legislativo y Ejecutivo» o «recomendaciones formuladas por el Congreso Económico Nacional», de tal modo que en todo aquello que no tuviera una ley o una disposición gubernamental precisa, ejercería sus funciones como un poder autónomo «que también puede realizar gestiones a favor del fomento de la industria y del capital privado, propiciando la realización de inversiones de largo plazo319.

     De este modo, más allá de las grandes pautas señaladas por los poderes Legislativo y Ejecutivo, ambas entidades «tripartitas» tendrían atribuciones inalienables perfectamente compatibles entre sí. Para autorizar obras públicas, diseñar medidas económicas, sancionar el gasto presupuestal y arbitrar problemas laborales, el amplio margen de autonomía del CEN estaría reforzado por la capacidad de capitalización y asignación de recursos provenientes de la CFP. En otros términos, ambos organismos podrían decidir directamente entre sí gran parte de la vida económica nacional sin por esto interferir con la autoridad de los otros poderes públicos.

     Visto el asunto desde un punto de vista más simple, la «nueva democracia» aprista daba la hegemonía política a los partidos con mayor estructuración social -en sindicatos, gremios profesionales, organizaciones económicas, etc.- subordinando a una función inspiradora y «consultiva» a los partidos típicamente políticos, esto es, de élite intelectual y de presencia únicamente electoral. Esta democracia «integral» y «funcional» podría haber sido una opción de progreso político y económico para el Perú de 1945, pero su principal limitación residía en el afán de Haya de la Torre y el PAP de combinarla con la «vieja» democracia parlamentaria. Entre la «democracia de notables» y la «democracia corporativa» no había compatibilidad posible. Así lo comprendió Haya postergando su proyecto en aras de la estabilidad constitucional.

 

3.  Adversidad en la democracia: 1945‑1945

Cierta historiografía atribuye al aprismo haber copado el régimen de Bustamante precipitando su rápida crisis. Este enfoque no coincide con los hechos ni con la orientación programática del PAP, rooseveltiana y enfáticamente defensora del gradualismo político. Luis Alberto Sánchez aclara en Haya de la Torre y el APRA que esta etapa no se caracterizó por el dominio del PAP en los poderes públicos, sino por las «dolorosas transacciones»320 hechas en muchos temas capitales, no obstante la presencia decisiva del aprismo en el Parlamento y su participación en el Ejecutivo en carteras tan importantes como Hacienda, Agricultura y Fomento durante 1946.

     En el frente externo primó una política gris y conservadora, desaprovechando la nueva situación planteada por la incorporación del país a la ONU, al FMI y a la UNESCO y el regreso a la democracia en la mayoría de países de América Latina. En lo económico, contra los intereses del APRA, el control de cambios tomó un sesgo inflacionista y proexportador, desestabilizando la labor de las corporaciones321. Ante cada iniciativa parlamentaria importante del PAP, el presidente Bustamante comvocaba en bloque a todas las corrientes opositoras, siendo singularmente célebre el «chocolate en Palacio» ofrecido el 26 de julio de 1947 en vísperas de las elecciones de las directivas de las cámaras322. En esta oportunidad, la falta de coherencia del bloque antiaprista -en el cual participaba el PCP323- desembocó en la obstrucción del Senado mediante un descarado ausentismo. Ante la imposibilidad de entrar en labores una cámara sin estar en funciones la otra, todo el Congreso quedó paralizado hasta julio de 1948. Para entonces, el presidente Bustamante excluía al PAP de todo cargo público, constituía gabinetes cívico-militares e inauguraba su partido político: el Movimiento Democrático Nacional, cuyas figuras más notables eran las mismas que obstaculizaban los intentos de convocatoria a las cámaras324.

     La pertenencia del PAP al contradictorio e inoperante FDN le impidió distanciarse a tiempo de Bustamante. Por otra parte, Haya de la Torre se oponía a una política de lucha intransigente por el programa aprista, que sólo daría lugar a la polarización del país y a nuevos enfrentamientos. Ya en junio de 1946, ante la imposibilidad de realización del Congreso Económico, Haya llamaba a los apristas al estoicismo: «¡Es necesario que nos ataquen! Y debemos agradecerles [...] que lo hagan como lo hacen, sin serenidad, sin sindéresis, [..] así nos obligan a usar, ahora, de la razón y no de la violencia. [...]. El aprismo vencerá con la razón»325. Y en un difundido Manifiesto del «Partido del Pueblo» de marzo de 1947, invocará «sin distinciones a todos los peruanos de buena voluntad [...] a defender, unidos, las normas de nuestra democracia»326. Sin embargo, había motivos de sobra para adoptar una postura de radical oposición. Veamos algunos.

     Un acápite primordial de la plataforma electoral del FDN fue la plena restitución de la Constitución de 1933, alterada por Benavides en 1939 en virtud de las facultades otorgadas por irregular plebiscito. Este punto fue aprobado unánimemente por las cámaras al inicio de sus restablecidas funciones. Un aspecto importante de la Constitución de 1933 -en su artículo 128- era la supresión del «veto presidencial», es decir, la obligatoria promulgación por el Ejecutivo de las leyes aprobadas por el Congreso. A su vez el artículo 168 de la carta sólo autorizaba al presidente y a sus ministros a «intervenir en los debates parlamentarios y [...] exponer el pensamiento del Ejecutivo sobre los proyectos que se discuten, formulando las observaciones pertinentes»327. La abolición del «veto presidencial» era para el aprismo -y en ese momento para todos los peruanos- «devolver al país su majestad institucional» y rescatar para el Parlamento «sus fueros perdidos [...] como Supremo Poder del Estado democrático», según editorializaba la revista APRA el 1 de febrero de 1946328.

     En contra de sus propias promesas electorales, Bustamante se aferró mediante un subterfugio legal al «veto presidencial»329, oponiéndose a promulgar diversas leyes, entre ellas la de creación de la Corporación Nacional del Petróleo y la ley de Imprenta. De este modo se desarrolló una situación de impasse que el PAP intentó resolver moderando sus propuestas o postergándolas -como en el caso del tema del CEN o de la CFP- y aceptando finalmente dar inicio a un trámite de enmienda constitucional que restableciera dicho veto. «El aprismo ha expresado categóricamente que apoya el restablecimiento del veto en forma permanente, como disposición del cuerpo principal de la Carta [...] ya que la tradición constitucional del Perú así lo corrobora»330, aceptará hidalgamente el PAP en un notorio editorial de La Tribuna del 4 de octubre de 1946. Era una de las «dolorosas transacciones» ya mencionadas y su efecto sería tan sorprendente para lo antiapristas como «el discurso del perdón» de un año atrás. Pero la concesión resultó inútil ante el gran «receso» parlamentario de 1947‑1948, que permitió a Bustamante obviar al Congreso mediante decretos‑leyes.

     Otro revés democrático alentado por el bloque antiaprista fue el incumplimiento de la promesa electoral de municipios libres. Mientras se daba una ley municipal adecuada, el Congreso aprobó la formación de Juntas Transitorias elegidas por votación secreta. En 1946 fue votada y promulgada la ley de Elecciones Municipales, pero Bustamante postergó en dos oportunidades la convocatoria a dichas elecciones, disolviendo las Juntas Transitorias y restituyendo el arcaico sistema de las Juntas de Notables nombradas por el Ejecutivo durante el «receso» congresal.

     A estos grandes reveses políticos se agregaron provocaciones explícitas, entre ellas el nombramiento en 1947 del comandante Llosa González Pavón -conocido verdugo de los insurgentes apristas durante las Cortes Marciales de 1932- a la jefatura militar de la Región Sur después de haber encabezado un ataque armado al local de La Tribuna. Este mismo militar intentó derrocar a Bustamante en julio de ese año. En enero de 1948, con presencia de Haya de la Torre, se fundó en Lima la Confederación Inter‑Americana del Trabajo, que eligió como secretario general al líder sindical aprista Arturo Sabroso331. Era el primer organismo que integraba centrales indicales de todo el continente, incluida la AFL y la CIO de los EE. UU., la CUT chilena, la CTP peruana, etc. La CIAT designó Lima como su sede regular pero Bustamante rechazó la presencia en el país de ese organismo. Era una medida más, entre muchas, dirigida a provocar la reacción violenta del PAP. Por lo demás, desde 1947, los incidentes violentos iban en aumento.

     El levantamiento de la Armada y diversos grupos civiles del 3 de octubre de 1948 estuvo alentado por sectores apristas deseosos de un giro radical insurreccional332. La condena del PAP a esa medida motivó notables deserciones, algunas con visos de escándalo como fue el caso de Luis Eduardo Enríquez333. Vista en perspectiva, la tesis de un complot aprista encabezado -y luego traicionado- por Haya de la Torre carece de fundamento. Manuel Seoane resumió muy bien en una carta abierta del 22 de octubre de 1949 la línea oficial del aprismo antes y después del fracasado motín: «Más que conspiraciones y revoluciones armadas, cuyas frustraciones llenan las páginas de la historia patria, el Perú necesita afirmar su democracia, perfeccionar sus partidos políticos para que la transformación económico social que el país reclama [...] quede a cubierto de las improvisaciones y los ambiciosos de poder»334.

     Esta fue la orientación votada en mayo de 1948 durante el II Congreso del PAP que a su vez oficializó la «interamericanización» -ya no internacionalización- del Canal de Panamá y dio un valor tácito de sexto punto del Programa Máximo al «interamericanismo democrático sin Imperio»335. La ilegalización del aprismo por Bustamante en octubre de ese año -dando inicio a una nueva y muy dura etapa de clandestinidad- y el inmediato golpe militar de Odría confirmaron que una nueva conspiración aprista sólo servía para encumbrar a los «ambiciosos de poder» y echar por tierra las «Cuatro Libertades» de Roosevelt.

     Los acontecimientos demostraban que, más allá de la cautela política y
las concesiones a los adversarios, el PAP seguía siendo considerado por los conservadores una amenaza para la democracia por el simple hecho de existir como un gran -y el único- partido «de masas». La disyuntiva que se abría para el aprismo en la nueva clandestinidad se debatía entre volver a una etapa de rigidez programática y beligerancia en busca de una «revolución aprista» o ahondar más aún en la línea pragmática de cuidadosa búsqueda de la legalidad. Para Haya, en el contexto de esos años, un aprismo neoinsurreccional iba a contramarcha de la historia.

 

4.  Otra vez el espacio‑tiempo histórico

Las últimas semanas de legalidad del PAP de 1948 coincidieron con la aparición de la colección de ensayos de Haya Espacio‑tiempo histórico. En mayo y octubre de 1946 el jefe del PAP expuso sobre estos temas en universidades y foros políticos de América Latina y en marzo de 1947 y marzo de 1948 hizo otro tanto en los EE. UU., logrando entrevistarse con Einstein. El libro de 1948 marca una segunda etapa de elaboración de las tesis relativistas de Haya. Una tercera etapa viene a ser su serie de ensayos Toynbee frente a los panoramas de la historia (1955).

     No obstante carece del rigor expositivo de un libro orgánico, los ensayos reunidos en el volumen Espacio‑tiempo histórico aportan notorios avances doctrinales respecto a las esquemáticas tesis sobre el espacio‑tiempo de 1935, ya vistas en el capítulo anterior. Empero, la mejor forma de comprobar estos progresos es consultando toda la secuencia de artículos que contribuyeron a redondear estas ideas, recopilada en el volumen Haya de la Torre en Cuadernos Americanos336.

     Los artículos que desarrollan estas ideas entre 1945 y 1948 superan dos limitaciones importantes de la primera versión doctrinal del espacio‑tiempo: 1) la tendencia al determinismo geográfico, restando importancia a los factores económicos, culturales, etc.; 2) la inclinación hacia un darwinismo espacio‑temporal, esto es, una visión de una humanidad divergente y con impulsos expansivos incontrolables en función de los límites de su espacio‑tiempo.

     Sobre el primer tema, recordemos que en 1935 Haya enfatizaba que «las llamadas leyes históricas y su aplicación universal tendrán que ser condicionadas por la relatividad del punto de observación»337, pudiendo cambiar de signo y de connotación un fenómeno político según el lugar y el momento de su aparición. «Lo que es último en Europa, puede ser primero en Indoamérica»338, agregará Haya. Tal era el caso, según Haya, del nacionalismo de carácter imperialista o antiimperialista si ocurría en Europa o en «Indoamérica». «Las leyes y principios concebidos para un espacio‑tiempo histórico no corresponden al otro»339, escribirá axomáticamente Haya. A esto añadía que «cada proceso social, dentro de su escenario geográfico dado, debe relacionarse con el proceso de otros grupos, teniendo todos como puntos de referencia el ritmo de los de mayor avance»340. De esta manera, la teoría del «espacio‑tiempo», lejos de superar el esquematismo marxista, reproducía un esquematismo aún más rígido, en el cual cada sociedad debía seguir los pasos de las más dinámicas. Aún más, Haya afirmaba en 1935 que, con la salvedad de la «ley» del espacio‑tiempo, seguía otorgando validez a las categorías sociológicas marxistas, como también vimos en el capítulo anterior.

     En el artículo «Espacio‑tiempo histórico» de 1945 (capítulo II del libro de 1948), Haya por fin independizará el concepto de «espacio‑tiempo» de las categorías marxistas. La «interdependencia vital de factores telúricos, sociales, económicos, culturales y psicológicos, que actúan y se influyen entre sí [viene a ser el] espacio histórico»341 y la distinta, peculiar y no siempre económica -ni geográfica- «interdependencia vital» de todos estos factores a lo largo de un proceso, viene a ser el «tiempo histórico» relativo. A esto agrega Haya que «no hay tiempo histórico ni espacio histórico aislados»342, es decir, su «multiplicidad, que es asimismo, variedad, no es desarticulada ni anárquica»343 tiende a una «interdependencia» aunque «la coordinación de su multiplicidad y variedad es por ahora su grande y prolongado estadio»344.

     De este modo, la forma que asumen los fenómenos políticos en un
«espacio‑tiempo» dado, no es necesariamente distinta a la de otro «espacio‑tiempo» paralelo por el simple hecho de la distancia geográfica: puede ser similar o contradictoria esa forma, según la «interdependencia vital» de factores y también según la «coordinación» o «articulación» de estos factores en el caso que ambos «espacios‑tiempo» se comuniquen entre sí. Es pues, una concepción más abierta y flexible, que tampoco depende de imitar «modelos» más dinámicos. Haya añade que su relativismo «afirma un nuevo y profundo principio de universalidad [...]. Lo universal deja de ser la sujeción de todos sus fenómenos a un idéntico proceso simultáneo y simétricamente regimentado por los mismos determinadores y desde los mismos centros de irradiación»345.

     Esta misma concepción es extendida en un artículo de 1947 -incluido en ETH como capítulo IV- donde Haya señala que, más allá de la «coordinación» o influencia entre «espacios‑tiempo», cada cual tiende a diferenciarse y a requerir sus propias soluciones. No hay más «modelos» de referencia: «Toda universalización en la estimativa, toda aplicación niveladora absoluta de una misma medida rígida [...] es pues equivocada por irreal. [...]. Cada espacio‑tiempo histórico es un determinador poderoso para la observación del proceso cultural y para la estimativa de las normas y estímulos que tiendan a acelerarlo»346.

     El esquema conceptual será más ágil y también será más clara la
aplicación de la doctrina hayista al análisis histórico concreto. En los textos de 1935 la idea del «espacio‑tiempo» era todavía arbitraria, casi equiparable al concepto marxista de «formación económico‑social». Podía haber «espacios‑tiempo» grandes y chicos, así como «espacios‑tiempo específicos incluidos dentro de «espacios‑tiempo» más amplios. A lo largo del célebre artículo de 1935, Europa resulta ser un «espacio‑tiempo», a la vez que también son «espacios‑tiempo» -en otro plano de análisis- Groenlandia, Inglaterra y Japón respectivamente347. A partir de 1945 la idea de «espacio‑tiempo» tendrá una utilidad precisa: sólo servirá para definir conglomerados históricos convergentes. Dice Haya: «¿Cuál es la diferenciación de esos espacio‑tiempos históricos? ¿Cuál es su límite? [...]. Ellos, por un proceso de expansión política del mundo social, devienen expresiones continentales. No estrictamente geográficas en el circunscrito sentido de la división física del planeta [...] más bien como `pueblos‑continentes', usando una feliz composición de vocablos creada por Antenor Orrego»348.

     El segundo problema planteado en 1935, el darwinismo espacio‑temporal, será fácilmente resuelto por Haya al prescindir del determinismo marxista. En 1935 Haya superponía sus «leyes» relativistas de la historia a las «leyes» marxistas. De esta forma la dinámica de los «espacios‑tiempo», al obedecer a una ley de diferenciación geográfica más fuerte que cualquier otra «ley» sociológica, sólo podrá conducir a una mayor polarización y contraste entre los «espacios‑tiempo», dando lugar a sociedades cada vez más rivales entre sí y cada vez más necesitadas de un mayor «espacio» diferencial. De hecho, así interpretaban la teoría hayista sus críticos comunistas -Guardia Mayorga y Arismendi349- que acusaban al aprismo de «fascista» incluso en 1945‑1948350.

     Sobre este punto Haya admite en 1945 que existe una «ley de la expansión, que desplaza, engrandece o transforma los escenarios de los pueblos»351, pero dependerá de la peculiaridad política y cultural de esas sociedades su comportamiento expansivo. Este no tiene por qué ser necesariamente agresivo o «imperialista». En 1948 dirá que «el proceso histórico tiene un devenir, comparable al universo expansivo de Einstein, de progresiva expansión espacial»352, pero que la tendencia es «la marcha del mundo hacia una gran unidad ulterior que avanza secularmente de las partes al todo»353 sobrando en ella tanto el «prejuicio aislacionista, mediterráneo, de nacionalismo chico»354 como las «concepciones imperiales»355.

     Llevando aún más lejos las tesis de 1935, el concepto de «espacio‑tiempo» significará también una forma de identidad histórica y de conciencia social. Según Haya, «para que un espacio‑tiempo histórico devenga determinador en la dialéctica de la historia debe existir no sólo como escenario geográfico y pueblo que lo habite; no sólo como continente y contenido histórico en movimiento sino como plena función vital de su conciencia social del acontecer de la historia»356. De aquí se deduce que no es posible lograr esa imprescindible «identidad espacio‑temporal» sin democracia. Tiranía, «imperialismo», opresión social, avasallamiento entre naciones, guerra, etc., son obstáculos firmes a tal identidad porque distancian y enfrentan a sus componentes «espacio‑temporales» y alejan también entre sí a aquellos «pueblos‑continentes» que deben aspirar a interdepender.

     Con el «espacio‑tiempo» Haya cimentará aún más su ya maduro anticomunismo y dará dimensión filosófica a la propuesta del «interamericanismo democrático». En el artículo «El `rompan filas' de la Tercera Internacional» de 1943 Haya avizora con el fin de la guerra -que traerá consigo la caída del fascismo- una gran «revolución democrática: [basada en las] Cuatro Libertades [de Roosevelt] dirigida a resolver el gran problema de la injusticia social sin el sacrificio de la libertad»357. Será una revolución «universal porque es coincidente con una nueva concepción cosmológica del mundo, del espacio y del tiempo»358 que es «antitotalitaria, antidictatorial y va más allá de las limitaciones de una sola clase»359. El comunismo irá en sentido opuesto a esta revolución «porque la guerra, quiéranlo o no el pueblo norteamericano y todas las democracias que lo siguen, es un imperativo de la filosofía  comunista»360, afirmará en 1948. En cambio las Américas, no obstante existir «un espacio‑tiempo histórico de Norteamérica y otro de Indoamérica»361, ambas tiene por asiento «un ancho escenario» y pueden renovarse en «la lucha por la democracia y su transformación de predominantemente política y clasista en económica y básica de una sociedad sin clases»362, escribirá Haya en 1945.

     Estas reflexiones continuarán durante los tensos años del asilo, bajo una nueva etapa de ilegalidad del PAP y con el incremento de la larga lista de mártires apristas con líderes de la talla de Luis Negreiros.


NOTAS

276  El plan económico del aprismo, exposición del 9 de octubre de 1945, en: El plan de acción, p. 43.

277  Las líneas citadas dicen originalmente en inglés: «I believe that democracy and capitalism offer the surest road toward a solution of world problems, even though capitalism still has its faults. But I also believe that kind of democracy must have the broadest possible representation» (Life, p. 164, 3 de mayo de 1954). La versión española corresponde al Nº 11 de Life en español, 24 de mayo de 1954. En OC estas líneas tienen otra redacción: «Algunos creen que la democracia y el capitalismo brindan la solución más segura a los problemas mundiales. Pero el capitalismo tiene graves fallas e injusticias y la democracia debe ser lo más social y representativa que sea posible» (OC, t. I, p. 255).

277  OC, t. VI, p. 236.

278  L. cit.

279  Ib., p. 237.

280  Ver «El `rompan filas' de la Tercera Internacional» (Incahuasi, mayo de 1943), en: OC, t. VI, p. 191.

281  Hacia la democracia aprista (Lima, 1945), en: OC, t. VI, p. 236.

282  Haya expone detalladamente su interpretación de cada una de las «Cuatro Libertades» en El aprismo y la capacitación política de la clase obrera (Incahuasi, octubre de 1944), en: OC, t. VI, p. 211.

283  OC, t. VI, p. 238.

284  OC, t. VI, p. 224.

285  OC, t. VI, p. 211.

286  OC, t. VI, p. 215.

287  OC, t. VI, p. 217.

288  Ver «Una réplica sobre el aprismo» (1942), escrito en respuesta a un artículo de William G. Fletcher, aparecido en The Inter‑American Quarterly, Washington. La cita está en OC, t. VI, p. 200.

289  L. cit.

290  L. cit.

291  Declaraciones de Haya de la Torre del 24 de abril de 1946 en Lima, reproducidas en Haya de la Torre peregrino de la fraternidad bolivariana (PFB), p. 45. «Toda dictadura es totalitaria», sentencia y fundamenta Haya en OC, t. VI, p. 209.

292  PFB, p. 69. Declaraciones de Haya en Lima del 14 de mayo de 1946.

293  PFB, p. 173. Entrevista para El Diario Ilustrado de Santiago de Chile, publicada el 29 de abril de 1946.

294  PFB, p. 49. Declaraciones del 10 de mayo de 1946 en Chile.

295  PFB, p. 173.

296  PFB, p. 69.

297  Ver «La democracia justa» (4 de abril de 1948), en: Víctor Raúl en El Tiempo, t. I, p. 25.

298  La Tribuna, Nº 256, V época, p. 8, 9 de junio de 1946.

299  Ver detalles sobre la aceptación de las tesis del CEN y el tratamiento de estadista dado a Haya en Chile en PFB, p. 165 y, respecto a toda la «gira continental» de 1946, en Sánchez, L. A.: Haya de la Torre y el APRA, cap. XXII.

300  La Tribuna, Nº 233, V época, p. 8, 17 de mayo de 1946.

301  La Tribuna, Nº 52, p. 9 y 10, 5 de junio de 1946.

302  La Tribuna, Nº 259, V época, p. 8 y 15, 12 de junio de 1946.

303  Ver folleto del PAP: Haya de la Torre, fundador del aprismo, p. 27.

304  La Tribuna, p. 9, 5 de junio de 1946.

305  La Tribuna, Nº 242, V época, p. 10, 26 de mayo de 1946.

306  Ver la exposición de Seoane en Congreso Constituyente de 1931: Diario de debates, t. II, p. 1138 y en Seoane, M.: Izquierda aprista, p. 125.

307  Belaunde, V. A.: El debate constitucional, p. 106.

308  OC, t. I, p. 344.

309  OC, t. VI, p. 225.

310  PFB, p. 115. Declaraciones de Haya para El Mercurio de Santiago de Chile, publicadas el 2 de mayo de 1946.

311  Ver Cox, C. M.: Dinámica económica del aprismo, p. 25.

312  Ib., p. 18.

313  Ib., p. 13.

314  Ib., p. 4

315  Ver «El plan económico del aprismo» (1945), en: El plan de acción, p. 195‑196.

316  La Tribuna, Nº 266, V época, p. 5, 20 de junio de 1946. Discurso de Haya ante la Asamblea Nacional de Sindicatos Apristas del 19 de junio de 1946.

317  L. cit.

318  L. cit.

319  Cox, C. M.: op. cit., p. 44.

320  Sánchez, L. A.: op. cit, p. 343. Los textos orgánicos del PCP de esos años testimonian la situación adversa que enfrentó el PAP a partir de 1946. La VI Sesión Plenaria del PCP de agosto de 1947, por ejemplo, menciona la «evidente desventaja para el PAP [en la] pugna por el poder». Ver: Los Congresos del PCP, p. 363.

321  Sobre la obstrucción a las medidas de reforma económica de iniciativa aprista, el primer caso importante ocurrió en abril de 1946, con la rebelión de los «barones del azúcar». Estos realizaron un boicot a la distribución interna de ese producto contra la dación de un impuesto a la exportación azucarera. El Ministerio de Agricultura estaba en manos del aprista Luis Rose Ugarte.

322  Ver Sánchez, L. A.: op. cit., p. 379.

323  La política del PCP durante 1945‑1949 fue tan comprometida con sus aparentes «enemigos de clase» como durante Prado. «La derecha, contando con la colaboración del mismo Partido Comunista, implantará un boicot en el Congreso», anota con tristeza Mariano Valderrama en El APRA, un camino de esperanzas y frustraciones, p. 53. En la etapa final del gobierno de Bustamante, cuando el general Odría asume el Ministerio de Gobierno y empieza una intensa campaña oficial antiaprista, el PCP intentará pactar con la Alianza Nacional, bloque de la oposición conservadora, integrado por los gremios patronales -entre ellos Sociedad Nacional Agraria- y sus representantes políticos, como Pedro Beltrán y Eudocio Ravines. Para el PC estos grupos tenían un «antiimperialismo relativo» que hacía que «se inclinen a la llamada `tercera posición' que auspiciaba en el terreno internacional el presidente Perón de la Argentina» (Los Congresos del PCP, p. 187).

324  El 28 de junio de 1948 el presidente Bustamante anunció la formación del MDN. El 6 de agosto convocó a un Congreso Constituyente integrado por los congresistas aún en funciones y un número adicional elegido por lista incompleta y nacional con el país como distrito electoral único. El MDN debía obtener mediante estas elecciones la mayoría de la que Bustamante carecía en el Legislativo. El proyecto quedó trunco.

325  La Tribuna, p. 5, 20 de junio de 1946. Discurso de Haya ante los sindicatos.

326  Manifiesto citado en Sánchez, L. A.: op. cit., p. 375.

327  Editorial de La Tribuna del 2 de octubre de 1946. El debate sobre el «veto» y la documentación correspondiente -artículos de la Constitución, decretos de 1945, etc.-, pueden consultarse en el folleto El veto presidencial (1946).

328  APRA, órgano oficial del Partido del Pueblo; año XIV, II época, Nº 2, p. 4, 1 de febrero de 1946.

329  El Congreso dio la ley 10334 el 26 de diciembre de 1945. Su artículo 1 estableció: «a partir de la promulgación de la presente ley, recupera la plenitud de su imperio la Constitución del 9 de abril de 1933», dejando sin efecto las «enmiendas» de Benavides. Después de esta decisión fue presentada sin éxito una moción que proponía «postergar la promulgación de la ley que deroga las reformas plebiscitarias, hasta que se incorpore a la Constitución la facultad de observación de que debe gozar el Ejecutivo». En respuesta, el Ejecutivo rehusó promulgar la ley 10334, motivando la insistencia del Congreso el 29 de diciembre. El Ejecutivo adujo que junto con la Constitución entraban en vigor las disposiciones transitorias de 1933 que le daban derecho a «veto» en forma temporal. Lo que era jurídicamente inexacto y sólo conducía a mantener un entrampamiento político.

330  Ver el folleto El veto presidencial, p. 75‑76.

331  Desde 1945 la literatura aprista iniciará una intensa campaña a favor de la «unidad sindical interamericana» dando difusión al sindicalismo «libre» norteamericano. Así por ejemplo, en la revista APRA, III época, Nº 2, p. 26, 1 de febrero de 1946, podemos leer: «Los apristas [...] somos antiimperialistas como los diez millones de trabajadores de los Estados Unidos afiliados a las centrales AFL y CIO». Entre 1945 y 1948 la CTP alcanzará su máximo desarrollo, disminuyendo y marginando a la corriente del PC (cofundadora de la CTP en 1944). Los lazos con el sindicalismo de EE. UU. se iniciarán en 1946 con la asistencia de una delegación aprista de alto nivel al Congreso de la AFL.

332  La versión más confiable sobre los incidentes del 3 de octubre de 1948 puede leerse en la Carta del comité coordinador de desterrados apristas al Jefe del Partido del Pueblo, del 11 de junio de 1954, suscrita por Manuel Seoane y Luis Barrios Llona (aparece en el Anexo de La sublevación aprista del 48 de Víctor Villanueva). Según Seoane y Barrios, durante 1948 cundió un clima de «indisciplina, basado en el descontento o la desesperación de las masas partidarias» ante las provocaciones gubernamentales y la línea de pasividad impresa por «la Jefatura del Partido». El documento señala al coronel César Enrique Pardo, parlamentario y líder nacional del partido, como el responsable de los sucesos.

333  El intento insurreccional del 3 de octubre estaba vinculado a un esfuerzo por cambiar de orientación al PAP. Entre los renunciantes al PAP decepcionados por el fracaso del putsch se incluyeron Magda Portal, el coronel Pardo, Serafín Delmar (seudónimo literario de Reynaldo Bolaños), Ciro Alegría, Luis Eduardo Enríquez y otros que desarrollaban posiciones contrarias al «interamericanismo democrático sin Imperio». Enríquez, fundador del PAP y su primer secretario general, deslució su trayectoria política aceptando una agregaduría civil en la embajada de México y escribiendo su conocido libro de ruptura con el aprismo con apoyo oficial.

334  Ver folleto del PAP: La rebelión en la Marina. Se levanta el telón que cubría el 3 de octubre de 1948, p. 10.

335  Sánchez, L. A.: op. cit, p. 389.

336  La revista Cuadernos Americanos de México publicó sucesivamente los distintos estudios sobre el «espacio‑tiempo» escritos por Haya entre 1943 y 1954. Algunos de estos artículos, por su brevedad o por no ser estrictamente filosóficos, no fueron incluidos en ETH. En estos textos las alusiones favorables a algún concepto marxista son mínimas y ubicadas en coincidencia con opiniones de intelectuales no marxistas. Ver, por ejemplo, Haya de la Torre en Cuadernos Americanos (CA), p. 75.

337  ETH, p. 12.

338  L. cit.

339  ETH, p. 13.

340  ETH, p. 11‑12.

341  CA, p. 53.

342  CA, p. 56.

343  L. cit.

344  CA, p. 57.

345  CA, p. 56.

346  CA, p. 74.

347  ETH, p. 9.

348  Ensayo de 1945 para el capítulo II de ETH, en: CA, p. 58‑59. Pueblo‑Continente de Antenor Orrego, aparecido en 1937, inaugura este concepto pero aplicándolo sólo a «Indoamérica [donde] el pueblo es una gran unidad y los Estados son meras circunscripciones artificiales» (p. 74). Añade Orrego que «todo nos impulsa [...] a crear y constituir una cultura más universal que la europea [...] somos pues los indoamericanos el primer Pueblo‑Continente» (p. 75).

349  Entre los escasos textos críticos comunistas del «espacio‑tiempo», de esta etapa sólo son dignos de mención el artículo «Reconstruyendo el aprismo» de César Guardia Mayorga y La filosofía del marxismo y el señor Haya de la Torre, folleto del líder del PC uruguayo Rodney Arismendi, ambos plenos de extensas citas de Lenin y Stalin, además de atribuir a Haya ideas absurdas a base de citas alteradas.

350  El III Congreso del PCP (agosto de 1948), establece que «a medida que el APRA deviene en el partido de la traición nacional sus tendencias fascistizantes van adquiriendo expresiones más peligrosas y descaradas» (Los congresos del PCP, p. 189). ¿Estará el APRA al servicio del ya fallecido Mussolini o de los nazis procesados en Nüremberg?

351  CA, p. 59.

352  Se trata de una versión de una conferencia de Haya de mayo de 1948 autorizada por éste y firmada por Javier Pulgar Vidal, en: CA, p. 89.

353  L. cit.

354  L. cit.

355  CA, p. 90.

356  CA, p. 63. Ensayo de 1945 incluido como capítulo II de ETH.

357  CA, p. 47.

358  CA, p. 46.

359  CA, p. 47.

360  CA, p. 92. Texto de Pulgar Vidal ya citado.

361  CA, p. 56.

362  CA, p. 68. Cita del artículo Sobre la teoría funcional del capitalismo (1945). La «sociedad sin clases» aludida por Haya es aquélla de la sustitución de los patrones por los gerentes en The Managerial Revolution del norteamericano James Burham.

VI.   No sólo el APRA debe salvar al Perú: 1957‑1968

 

            Los indoamericanos no son capaces de esperar resultados de obra a                                  largo alcance, a largo plazo. Ustedes quieren las cosas ya, ya                                        mañana. [...]. Tenemos que ser humildes cada vez más, en el sentido             constructivo de la modestia. El problema es inmenso y no podemos              creer que ninguno de nosotros tiene la solución total.363

                                                                                                   Haya de la Torre, 1957

 

Los escribanos del presunto aprismo «clásico» e invariable tipifican el período de la llamada «convivencia» como una simple concesión táctica que no hacía menoscabo de un radicalismo esencial. Esta fue la pauta trazada por el propio Haya al evaluar aquella experiencia años después: «La convivencia fue una puerta de entrada para salir de la ilegalidad [...]. Los partidos no pueden vivir siempre en las catacumbas»364. Sin embargo, los textos y los discursos verdaderamente doctrinales de Haya de esos años atestiguan que se trató de un cambio importante en el ordenamiento conceptual y en el estilo político del aprismo, a pesar que en esa época el propio líder afirmara que no había cambio alguno: «Yo creo que ha cambiado más bien el criterio de la gente con respecto a nosotros. En lo esencial, el APRA está en su línea»365, aseguraba en 1962.

     Este es además el período más sólidamente fundamentado por Haya de la Torre. Si bien el hito político de la etapa es el III Congreso del PAP de 1957, su contorno ideológico está trazado en los años inmediatamente anteriores, aquéllos del prolongado asilo en la embajada colombiana de Lima. Sustentan la nueva apreciación hayista del aprismo libros tan importantes como Treinta años de aprismo (1956), Toynbee frente a los panoramas de la historia (1955) y Mensaje de la Europa nórdica (1956). El primero de los mencionados es una revisión integral de la estrategia y los contenidos de los enunciados programáticos del aprismo. Pretende ser una adecuación de El antiimperialismo y el APRA, entresacando breves y poco comprometedoras citas del aguerrido libro de 1928 (que Haya se opuso a reeditar desde 1936), pero es de hecho una reformulación doctrinal, como veremos en seguida. El libro sobre Toynbee pretenderá racionalizar, en un sistema axiomático tomado del historiador inglés, aquellas flexibles tesis relativistas presentadas en Espacio‑tiempo histórico (1948). Mensaje de la Europa nórdica, menospreciado por algunos como una simple crónica de viajes, presenta en forma vivencial y amena conceptos novísimos de Haya de la Torre sobre temas como democracia social y capitalismo de Estado.

 

1.  «Sepultando» el clásico libro de 1928

Lamentablemente, Treinta años de aprismo (TA) tiene como aspecto irrescatable el culto a la invariabilidad doctrinal a base de un deliberado confusionismo sobre lo dicho o no dicho en El antiimperialismo y el APRA (AA). Las exigencias políticas de la estrategia de la «convivencia» encorsetaron los enunciados del libro de 1956 y sólo podemos apreciarlos dejando de lado las menciones al viejo libro de 1928.

     De este aspecto irrescatable bastarán algunos ejemplos. TA niega de plano la filiación marxista del aprismo, defendida hasta pocos años antes en términos de una «negación del marxismo dogmático, ortodoxo» y una aceptación de «la dialéctica marxista como un hilo de Ariadna»367, como fue el caso de muchos otros planteamientos doctrinales mencionados en sus páginas. Haya no querrá mencionar -ni citar- que el propósito primigenio de AA era sustentar la doctrina aprista como más marxista que la del dogmático e inoperante «comunismo criollo» de entonces. Así leemos en el libro de 1928: «Existe una profunda diferencia entre el marxismo interpretado como dogma y el marxismo en su auténtico significado [...]. He ahí el sentido, la dirección, el contenido doctrinario del APRA: dentro de la línea dialéctica del marxismo interpreta la realidad indoamericana»368. El aprismo pretendía ser en 1928 el «verdadero» marxismo, en lucha contra los «inmóviles repetidores» del «sancta sanctorum de su fría ortodoxia»369 y no contra el comunismo o el marxismo en general. La nueva tesis del Haya de 1956 no sólo no pertenecía a 1928: ni siquiera pertenecía a 1954, cuando aún definía el marxismo como «hilo de Ariadna».

     Otro ejemplo, en AA de 1928 Haya recriminaba a la Revolución mexicana estar «infectada de tendencia pequeñoburguesa»; advertía que debemos aprender de ella «principalmente sus errores» y que a su lado «Rusia ofrece al mundo el primer caso de liberación económica antiimperialista de la historia contemporánea, con todas las características de una auténtica revolución social y nacional»370. En TA negará todo lo anterior -afirmará que siempre hubo una «total separación entre aprismo y comunismo»371- y citará en su favor sobre la Revolución mexicana un pasaje del libro de 1928 donde en efecto señala que «la revolución mexicana es nuestra revolución, es nuestro más fecundo campo de ensayo renovador»372, pero omitiendo del pasaje lo que entonces lo distanciaba de ella: «Es una sucesión maravillosa de improvisaciones, de tanteos [...]; ha sido hecha por hombres ignorantes»374.

     Haya asegurará en TA que la estrategia aprista siempre fue «esa `revolución social‑no socialista', según aconsejaba mi libro de 1928»374, cercenando de esa cita su sentido final: «Una revolución social -no socialista- que realice la emancipación nacional contra el yugo imperialista y la unificación económica y política indoamericana. La revolución proletaria, socialista, vendrá después»375. También afirmará en TA que «ese Estado que llamé `antiimperialista' [...] que el aprismo propone para Indoamérica» se basó desde 1928 en «el Estado democrático de los cuatro poderes»376, cuando queda bien claro en AA que «el Estado antiimperialista debe ser pues, ante todo, Estado de defensa, que oponga al sistema capitalista que determina el imperialismo un sistema nuevo, distinto, propio [que] coartará la libertad económica de las clases explotadoras y medias [y] desarrollará el capitalismo de Estado como sistema de transición hacia una nueva organización social [...] en beneficio de las clases productoras»377. Es decir, un régimen de constante supresión de las «libertades burguesas» y tendente al socialismo marxista. De hecho, no hay empalme posible entre AA y TA. Sus premisas y sus conclusiones son opuestas, así mantengan cierta similitud retórica.

     La abundancia de comparaciones inexactas hechas por Haya sobre el aprismo de 1928 y el de 1956 ocuparía muchas páginas de este ensayo. Sólo se explican por la imperiosa necesidad de borrar de la memoria colectiva aprista toda proximidad al marxismo y dejar sin asidero los remanentes de hostilidad de quienes aún reciclaban el falsario folleto La verdad sobre el APRA. Aprismo es comunismo, que publicara el Ministerio de Gobierno y Policía del régimen de Benavides.

 

2.  Un antiimperialismo aún más constructivo

Entremezcladas con estas poco felices alusiones a AA, encontraremos en el libro de 1956 una elocuente redefinición del «antiimperialismo constructivo» de etapas anteriores. Recapitulemos brevemente la historia de esta tesis.

     Recordemos que en What is the APRA? de 1926, el breve artículo que inauguró la doctrina aprista, el antiimperialismo intransigente del joven Haya culminaba en «la nacionalización de la tierra y la industria y la organización de nuestra economía sobre las bases socialistas de la producción»378. En una carta de fines de 1926 Haya aclarará que no es partidario de una «socialización» económica completa y tan inmediata, aunque ésa debiera ser la línea general: «Cuando se habla de la socialización de las industrias, es entendido que esta socialización no será absoluta cuando no sea posible por razones más fuertes, pero será socialización absoluta en principio. Tierras e industrias pertenecerán a la Nación es decir a la masa productora que tendrá el poder político. Y ésta, por intermedio de nuestro partido podrá hacer las concesiones que fueran indispensables»379.

     Ese era el aprismo socialista de 1926. Luego corregirá tal concepción, por sus evidentes limitaciones prácticas en todo lo que se refiere a la negociación de inversiones para cualquier tipo de Estado. Propondrá en 1928, en AA precisamente, el «antiimperialismo como un gran impulso constructivo»380, deseoso de negociación, partidario no de una «socialización» casi inmediata sino de una «nacionalización progresiva» de tierras e industrias. Empero, esa negociación corresponderá a un «Estado antiimperialista» monopolizador de la gran propiedad y de la toma de decisiones, un «Estado antiimperialista que debe dirigir la economía nacional [y] tendrá que negar derechos individuales o colectivos de orden económico cuyo uso implique un peligro imperialista»381.

     En la campaña de 1931‑1932 Haya superará esta concepción hiperestatista y con visos de régimen de «partido único» para proponer, mediante el Congreso Económico Nacional, un «antiimperialismo constructivo» mucho más coherente, que «reconoce los beneficios del capital extranjero [...] pero condiciona y exige medidas de control para sus posibles excesos»382, mediante una legislación estable y democráticamente resuelta. Sin embargo, desde 1928 hasta 1932 e inclusive durante el período 1945‑1948, el «antiimperialismo constructivo» permanecerá dentro del ámbito de las medidas «soberanas» que adoptaría, según sea el caso, el «Estado antiimperialista» (1928), el «Estado técnico» (1931) o la «democracia de cuatro poderes» (1945). El aprismo abogará todavía por cierta legalidad sui generis de tratamiento al capital extranjero, marginada de los convenios internacionales de empréstitos e inversiones, del mismo modo que en 1931 el PAP se opuso a la Misión Kemmerer que debía uniformar el régimen financiero y monetario de América Latina en forma acorde con los EE. UU.383.

     Treinta años de aprismo ubicará el «antiimperialismo constructivo» de acuerdo con los nuevos tiempos. Haya considerará ahora que a los capitales «se les debe otorgar amplias seguridades estatales; no sólo mediante las garantías regulares reconocidas a los capitales extranjeros dondequiera, sino de acuerdo con las particularidades que les señale el estado democrático de cuatro poderes»384. Queda así claramente establecido que la nueva política aprista de tratamiento a las inversiones foráneas se someterá a los tratados internacionales y que en función de ellos trazará medidas complementarias. Es más, Haya condicionará la severidad de la legislación al grado de desarrollo de la integración continental. Haya expresará su «desconfianza hacia aquellos programas aislacionistas [de] `emancipación económica' [...] llamados a congelarse y fracasar»385 -entre los cuales bien podrá ubicarse aquellos de las etapas primigenias del aprismo- y sentenciará inapelablemente: «el aprismo sostiene que sin unión política y económica de Indoamérica el antiimperialismo constructivo sólo resulta temporal, incompleto, a fin de cuentas inoperante»386. Y agregará: «Cuando un Estado pretende condicionar el ingreso de capitales, otro abre obsecuentemente las puertas al imperialismo y se entrega a él»387, proponiendo ser más flexible todavía que en el pasado. En los capítulos finales de TA, Haya complementará estas ideas con una nueva sustentación de la tesis del «interamericanismo democrático», confiando todavía en un mayor acercamiento político y económico de ambas Américas.

     Ahora bien, de este antiimperialismo aún más constructivo Haya deducirá otra interpretación para la «nacionalización gradual de tierras e industrias». Aclarará que «nacionalizar, un vocablo que sin duda se presta a más de una interpretación, no es siempre sinónimo de socializar, [existiendo casos] que no afectan a la institución de la propiedad privada sino el carácter extranjero de la propiedad»388. Pero dirá además que «el programa aprista sólo expresa de una manera general [dicha] nacionalización progresiva»; son sólo «medios defensivos [del Estado] para desfeudalizar y para resistir la demasía imperialista»389. Siendo defensivos y excepcionales, estos medios no serán más la norma sino la excepción del programa aprista.

     La verdadera finalidad de la «nacionalización» aprista será entonces crear nueva propiedad pública o privada, sólo allí donde permanece un régimen económico arcaico o de «lenta velocidad» de desarrollo. Afirma Haya que «la nacionalización aprista se inclina a la estadización a través de corporaciones de fomento, de acuerdo con el mecanismo democrático de los Cuatro Poderes y del estímulo del cooperativismo agrícola e industrial, pero respeta la propiedad privada»390. Y si tuviera que ser afectada dicha «demasía imperialista», Haya se opondrá a «la nacionalización sin más [para no incurrir] en la gravísima responsabilidad de imponer una nominal nacionalización apresurada, postiza, que venga a parar en un negocio fallido»391. En este último caso, Haya expresará su simpatía por «la nacionalización de las riquezas del subsuelo, quedando sujetas para su explotación mediante un sistema de concesiones»392, tesis también defendida en esos años por el mexicano Jesús Silva Herzog. El propósito de Haya será dar un carácter abierto y multiforme a la idea de «nacionalizar» y, en los años siguientes, seguirá apartándola del viejo modelo estatista y expropiatorio postulado en 1928.

 

3.  Toynbee: ¿impuso o límite al «espacio‑tiempo»?

Haya de la Torre conocerá a Toynbee durante su visita a los EE. UU. de marzo de 1948 y le expresará su entusiasmo por los primeros volúmenes ya aparecidos de su magna opus: A study of History. La influencia de este encuentro se reflejará en la elogiosa mención -aderezada con cierto ribete crítico- incluida en la «Introducción» de 1948 a ETH393. El primer artículo analítico que Haya dedicará a este autor será «La teoría del `reto‑respuesta' de Toynbee y el espacio‑tiempo histórico», aparecido en Cuadernos Americanos hacia la segunda mitad de 1950394. Luego desarrollará, entre 1951 y 1954, una serie de «estaciones de análisis» sobre la obra de Toynbee que serán reunidas en el volumen Toynbee frente a los panoramas de la historia, publicado en 1955395.

     La obra de Toynbee no tendrá una nítida intencionalidad política -su principal preocupación será el procesos de surgimiento de valores éticos universales en las sociedades más distantes y disímiles- pero coincidirá con la teoría hayista en aplicar los conceptos de la física relativista a las ideas de tiempo y espacio en la teoría de la historia396.

     Toynbee frente a los panoramas de la historia nos ofrecerá el insólito caso de la plena y entusiasta identificación de Haya de la Torre con otro autor. Haya respaldará plenamente a Toynbee en suponer que la historia ofrece un «espectáculo cuatridimensional [basado en] campos inteligibles del estudio histórico [donde] cada campo inteligible respecta a un campo gravitacional [cuya] gravitación no incide necesaria y presupuestamente en el centro esférico»397. Haya citará profusamente, con su más firme adhesión, las reiteradas analogías de Toynbee entre teoría de la física y teoría de la historia. Así por ejemplo, según A study of History «los átomos sociales» -que «son sociedades y no Estados»- poseen «fuerzas de radiación y atracción social [semejantes] a sus homónimas físicas en su capacidad para ejercer efectos a distancia inmensa de sus fuentes siquiera en grados minúsculos»398.

     La única interrupción que Haya se permitirá en su extensa exégesis toynbeana tendrá un motivo no muy santo: no obstante ser un hecho conocido que -como él mismo escribiera en 1942- «la teoría del espacio‑tiempo histórico [fue] enunciada por primera vez en Claridad de Buenos Aires en 1935»399, adelantará en el primer ensayo la fecha de nacimiento de la teoría del «espacio‑tiempo» y se atreverá a decir que «desde 1928, y como parte de las tesis políticas del aprismo, he preconizado una nueva interpretación de la historia y en especial de la de América, desde una angulación relativista referida al tiempo y al lugar»400. ¿Citará este orgulloso Haya algún texto suyo de 1928 en su favor? No. Sólo mencionará, sin cita alguna, que su relativismo filosófico estaba «insinuándolo» -y no «preconizándolo»- «desde un pequeño libro escrito al comenzar aquel año en México», refiriéndose a El antiimperialismo y el APRA que, como vimos en el capítulo II de este ensayo, nada tenía de relativista401. ¿Por qué quiere Haya ser relativista desde 1928 recurriendo a una explícita inexactitud? El haya epónimo y solemne que estorba a veces al Haya metódico y científico no se resigna a coincidir con Toynbee en la aplicación del relativismo a la teoría de la historia. Para Haya la idea del «espacio‑tiempo» no debía haberse gestado -como realmente ocurrió- entre 1931 y 1935, sino antes de la aparición del primer volumen en lengua inglesa de A study of History y antes que Toynbee iniciara su redacción en 1931.

     Los análisis de Toynbee y los comentarios que Haya les dedica presentarán muchos aspectos interesantes pero tendrán en común una limitación típicamente decimonónica: como en los casos de Hegel y Marx, la intención de estos estudios seguirá siendo encontrar un sistema de «leyes» del comportamiento de los hechos históricos que excluya toda posible atipicidad. Y, como en el caso de la «dialéctica de la naturaleza» de Engels -muy «copernicana» y «newtoniana» por cierto-, ni Haya ni Toynbee mostrarán en qué punto los hechos sociales dejan de parecerse a los fenómenos físicos. Los «átomos sociales», la «radiación» y la «estática» sociales, la «reacción en cadena» y los cambios de «intensidad gravitacional» de los «campos inteligibles» históricos tendrán cierto atractivo como analogías didácticas pero no resultan aceptables como nuevas «leyes» de un fatalismo histórico, por imaginativo y flexible que sea el sistema diseñado402.

     El impresionante sistema interpretativo de Toynbee y la autoridad ganada por este autor en los medios académicos de entonces, seducirán a Haya haciéndole retroceder hasta el esquematismo histórico‑filosófico de 1935. Este viraje estaba de alguna manera insinuado en la «Introducción» de 1948 a ETH, donde establecía dogmáticamente que la «conciencia es a la historia como el movimiento es a la materia y energía y éstas al espacio y al tiempo en la teoría de la relatividad einsteiniana [...]. Cada proceso tiene pues su propio `sistema de coordenadas' y `campos gravitacionales' [...] y hasta su equivalencia social de energía, masa y velocidad o ritmo histórico»403, pero la importancia dada en los ensayos del período 1945‑1948 a lo político-cultural y a la «conciencia espacio‑temporal» sobre los factores económicos disminuía esa inclinación al determinismo de las leyes físicas y la situación geográfica. Ahora, con el giro toynbeano, Haya regresará al determinismo geoclimático y se sumergirá en un complejo esfuerzo de justificación de los esquemas funcionales del historiador inglés. Un esfuerzo tan poco provechoso como el del propio Toynbee, cuya credibilidad decayó sensiblemente hacia fines de los años cincuenta en plena difusión del libro de Haya404.

 

4.  Auge y caída de Toynbee del «espacio‑tiempo»

Los ensayos de Haya sobre Toynbee aparecerán entre 1951 y 1954 en forma espaciada, sin abandonar el tono laudatorio pero registrando una progresiva pérdida de entusiasmo. La promesa de una empatía perfecta entre la teoría hayista del «espacio‑tiempo» y la teoría de Toynbee sobre los «campos inteligibles» de la historia no se cumplirá a lo largo de las seis «estaciones de análisis». Entre el cuarto y el sexto ensayo es fácil percibir la escasa utilidad de los esquemas expuestos.

     La teoría de Toynbee atribuía a los «átomos sociales» inmersos en sus respectivos «campos» un comportamiento previsiblemente lógico y equiparable al que indica para sus «homónimos» la física molecular. Toynbee definirá como «ley» máxima de este comportamiento la del «reto‑respuesta», que Haya se adelantará a presentar como homóloga de su «ley» del «espacio‑tiempo» en su primer artículo toynbeano de 1950. Allí resumirá su propia versión de la «ley» de «reto‑repuesta», según la cual, ya se trate de una más lenta o decidida «respuesta al reto geoclimático [siempre será] el espacio y su condominio humano el que determina la escala de velocidades del tiempo histórico»405; es decir, a un mayor dominio creativo de un «espacio» corresponderá un «tiempo» o un ritmo de progreso más acelerado.

     Avanzando en la exploración de la teoría de Toynbee, Haya tendrá que aceptar, una tras otra, un buen número de autoobjeciones toynbeanas al esquema tan entusiastamente compartido por el líder aprista. Es más, Toynbee sólo aplicará el determinismo físico para señalar resultados en negativo. Nos dirá cómo combinar mal «masa», «energía» y «velocidad», pero no enunciará la ecuación «histórica» equivalente al E=mc2 de Einstein tan deseada por Haya. Así tenemos que «retos» similares no dan lugar a «respuestas» similares ni dependerá de un mayor o menor «espacio» una «respuesta» más exitosa. Tampoco será cierto que un progreso acelerado sea el resultado de un intenso «dominio creativo» del «espacio‑tiempo». Haya acompañará dócilmente a Toynbee en esta larga lista de axiomas negativos: estará de acuerdo en que las culturas «sin parentesco» con otras culturas anteriores y sin voluntad de inclusión en «campos» más amplios -o sea «pueblos‑continentes»- se estancan y perecen. «La posibilidad de que lleguen a surgir de nuevo civilizaciones sin parentesco parece definitivamente excluida»406, subraya citando a Toynbee. Por extensión, también estarán condenadas a fracasar las sociedades estrechamente nacionalistas: «El espíritu de nacionalidad es un agrio fermento del vino nuevo de la democracia en los viejos odres del tribalismo»407, dirá Toynbee y Haya saludará su apología del mestizaje cultural: «Casi todo pueblo que se ha distinguido en la historia es de raza mixta»408. Toynbee confiará en una evolución humana siempre ascendente -«la humanidad avanza hacia un orden democrático ecuménico»409, cita Haya de A study of History- pero señalará al mismo tiempo que «es todavía perfectamente posible imaginar que esta misma civilización occidental entre en colapso y se desintegre a su vez»410.

     La posibilidad del fracaso de aquellas sociedades óptimas mostrará una curiosa limitación en la teoría de Toynbee: todos los fenómenos de la historia responden a relaciones de causa y efecto con excepción del hecho mismo del surgimiento exitoso de una sociedad superior. Haya seguirá citando a Toynbee: «Incluso si conociéramos todos los datos raciales, contornales u otros, que sean susceptibles de formularse científicamente, no estaríamos en condiciones de predecir el resultado de la interacción de las fuerzas que esos datos representan»411. Para Toynbee la clave incógnita estará en esa peculiar, siempre original y sorprendente, «interacción» que a lo largo de A study of History su autor deliberadamente no despejará.

     En los párrafos finales de su «quinta estación» Haya admite la insuficiencia de esta explicación. Entonces se pregunta: «¿En qué estriba ese `poder creador' cuya cualidad es `la capacidad de influir y atraer'? De él sabemos que es un don infrecuente y como tal de ventura»412. Llegando a este punto la sociedad Haya‑Toynbee se ve obligada a disolverse, debido a que «Toynbee, empero, no responde todavía. Y asigna y destaca el acontecimiento del `milagro' dejando la especulación en suspenso [...]: u obra deífica [...] o impulso del élan vital»413. Para Haya habrá un vacío de interpretación, pero para Toynbee se tratará en efecto de una «obra deífica» ya que él, a diferencia del racionalista Haya, fue un hombre de profundas creencias místicas.

     La única utilidad política de estas vastas reflexiones sobre Toynbee podrá ser vista al final del sexto estudio. Allí Haya formulará, no sin cierta decepción y «en aventurado reparo al pensamiento de Toynbee»414
-quien vinculará el futuro de Norteamérica a Europa Occidental y no a «Indoamérica»-, como siguiente «reto‑respuesta» de los «espacios‑tiempo» de las dos Américas el «advenimiento» de una «civilización americana o novomúndica, que no norteamericana o estadounidense [...] proyectada como anuncio o promesa del futuro»415. No siendo posible justificar una afinidad histórica, cultural ni económica con Norteamérica que impulse tal mancomunidad, Haya se atreverá a establecer que reside en la «recíproca necesidad de relaciones» geopolíticas y en los comunes desafíos del espacio, «a diferencia de la superpoblada Europa», que se abre la posibilidad del «milagro de una sociedad nueva, autonómica, enteriza, universal»416. La dinámica de las décadas siguientes dará la razón en este punto a Toynbee y no a Haya.

     No obstante la configuración académica de estos ensayos sobre Toynbee, representan de hecho un paso atrás respecto a los planteamientos flexibles -es decir, dando cabida a lo accidental y lo ilógico en la historia sin milagros» de por medio- publicados en ETH en 1948. Curiosamente, el lector minucioso de las obras de Haya encontrará en los años siguientes muy pocas alusiones a este libro sobre Toynbee aunque siempre habrá muchas sobre ETH, no obstante la segunda edición del libro sobre Toynbee parecida en 1966. Con el artículo «Los signos de las civilizaciones» de marzo de 1955 -donde reafirmará su «osada disidencia» sobre el tema del «novomundismo»417- Haya desplegará sus velas alejándose del pantanoso remanso toynbeano para siempre.

 

5.  Socialismo nórdico y cauto no alineamiento

Con Treinta años de aprismo y los ensayos sobre Toynbee, Haya conservará su sitial como ideólogo creador de primera línea en América Latina, pero carecerá todavía del marco adecuado de ideas para afrontar el nuevo contexto mundial. Recién podrá hacerlo durante su extensa peregrinación posterior al largo asilo en la embajada colombiana de Lima. Luego de una corta estancia en México, Uruguay y Puerto Rico, Haya residirá en Bélgica y desde allí hará sucesivas visitas a los países mediterráneos, a los escandinavos, a los centroeuropeos, etc.; visitará además Islandia, Groenlandia, Yugoslavia e Israel. Volverá al Perú en 1957. Los artículos que hoy pueden consultarse en Víctor Raúl en El Tiempo y los que fueron publicados en 1956 como Mensaje de la Europa nórdica (MEN) muestran un cauto repliegue del otrora terco «interamericanismo». Haya girará algunos grados hacia el fenómeno del «no alineamiento» internacional de Nehru
-cuidando no hacer concesiones políticas a Tito y Nasser- rendirá homenaje al laborismo nórdico y a la socialdemocracia mediterránea y cuestionará la bipolaridad mundial. Reanudará asimismo sus críticas a la política exterior de los EE. UU.

     Para los lectores de Haya acostumbrados a sus buenos comentarios sobre el «imperialismo democrático» y sus «Cuatro Libertades» habrá resultado sorprendente leer en MEN que «ni el imperio capitalista ni el imperio comunista o los sistemas económicos que ellos representan en sus formas extremas, han dado la esperada respuesta que la humanidad esperaba; cientos de millones de habitantes de este planeta en el cual sólo hay minorías satisfechas, viven distantes de una vida justa y decente»418. Sin embargo, no estamos ante un cuestionamiento hayista al régimen de propiedad privada. Haya protesta ante el régimen republicano de Washington por «la campaña odiosa contra la obra de Roosevelt desencadenada en la prensa republicana estadounidense»419 y su oposición no es a la médula de los sistemas
-estatista o liberal- sino a sus «formas extremas». Este será el sentido de su célebre frase de 1956: «Si el comunismo marxista a ultranza es utópico, el capitalismo como sistema general rígido, inmutable, va incontrastablemente por el declive de su caducidad»420.
    
     Coherente con su antiimperialismo aún más constructivo ya analizado en TA, Haya se opondrá a las nacionalizaciones de Perón, prototipo del «mal negocio» aludido en TA421; estará en radical desacuerdo con la nacionalización del Canal de Suez por el régimen de Nasser -expondrá sus tesis sobre la internacionalización de «todas las vías de agua del mundo» en Yugoslavia422- y dará su aprobación a un régimen moderado parlamentario y de economía mixta como el visitado por él en Suecia, Noruega y Dinamarca. Su admiración por estos países será descollante: «Aquí se encuentra [...] un mensaje nuevo para la humanidad sin rumbo, que nos dice cómo es posible la justicia y cuán innecesarias son la lucha de clases y las guerras genocidas, pues sólo hace falta que los ricos sean menos ricos y que el Estado vele por la comunidad, para realizar sin dictaduras ni terror la obra de una democracia cabal. Y esto se aprende en Escandinavia»423.

     Haya abogará por una «democracia social cada vez más avanzada y, por lo tanto, cada más distanciada del sistema capitalista inflexible de tipo norteamericano»424. Y añadirá: «Vale decir, de progresivas restricciones a la llamada `libertad de empresa' a fin de garantizar las otras libertades consustanciales a una genuina justicia democrática»425. Pero Haya pondrá muy en claro su oposición a un proceso de reformas de tipo impositivo y conflictivo. La política de la «convivencia» aplicada en el Perú supondrá que la principal finalidad del aprismo es la consolidación de una democracia estable, ya que todo reformismo apresurado, según enfatizará Haya en estos años, necesariamente pone en riesgo las libertades. Ese será su mensaje en México, Centroamérica y Uruguay en 1954, agregando que «no es posible entregar [el gobierno de un pueblo] a las aventuras de los demagogos que usurpan el poder atribuyéndose capacidades providenciales ni aceptar que éstas emanen del Dios de la Fuerza»426. Será en defensa de esta democracia «ordinaria» y no en antagonismo con ella que el aprismo aspirará a la «democracia de cuatro poderes», donde el «cuarto poder[,] que sería el económico, no menguaría el origen y función democráticos de los otros tres»427, escribirá en 1954.

     El tema más importante que aporta Haya a la doctrina aprista en MEN -y que será una sensible rectificación de tesis anteriores- estará en la recusación del capitalismo de Estado monopólico característico de los regímenes comunistas. En AA (1928) Haya abogaba por un «capitalismo de Estado como sistema de transición hacia una nueva organización social»428: un «capitalismo de Estado antiimperialista o aprista» que tenía como referencia máxima «el capitalismo de Estado adoptado en Rusia»429, calificado entonces por Haya como «el primer país del mundo que ha derrotado al capitalismo en su forma imperialista»430. En las décadas siguientes Haya recusará el criterio de «dictadura de clase» pero no rechazará de plano el capitalismo de Estado, ya que gran parte del programa aprista -el CEN, las corporaciones, el control estatal de la comercialización de alimentos, etc.- se basaba en la hegemonía económica de una red de entidades estatales. Recién en MEN Haya renunciará al principio básico del estatismo, denunciando el sistema económico soviético como esencialmente carente de atributos «socialistas» precisamente por ser un «capitalismo de Estado, [un] gigantesco trust o monopolio de un imperio erigido como único señorío patronal centralizado de la producción»431. Haya estará todavía a favor del «intervencionismo del Estado, la política de controles de cambio [y] el rechazo sin temores a lo que los norteamericanos llaman freedom of enterprise»432, pero, de acuerdo a lo ya señalado en TA, será conciente del descrédito práctico del estatismo. Además, coincidiendo con las denuncias del disidente yugoslavo Milovan Djilas, en 1956 Haya también definirá al «capitalismo de Estado» ruso como «imperialista», añadiéndole una «política expansiva» dirigida a conquistar «las anchas regiones indesarrolladas»433.

     El tema del «imperialismo soviético» tendrá importantes complementos en los años siguientes. En el artículo «Problemas e imperativo de unidad continental» de 1960, Haya le dedicará una extensa fundamentación. Allí leemos «El capitalismo de Estado ruso no regala. Vende, presta o invierte pero cobra y gana. Y como el capitalismo de empresa privada, ha creado y controla una amplia `zona de influencia' cuya órbita trata de extender»434. Haya no negará diferencias entre ambos «imperialismos». Admitirá que en el caso soviético «la diferencia puede consistir en que las utilidades tienen una diferente distribución y que en el caso del capitalismo de Estado es mucho más cuantioso su destino social»435. Sin embargo, establecerá una objeción definitiva, que ya había anticipado en La defensa continental: «Con el imperialismo económico totalitario viene el totalitarismo. Y con el imperialismo económico democrático viene la democracia. Para los totalitarios la organización sindical y las huelgas son crímenes; para las democracias la organización sindical y las huelgas son legítimos derechos del trabajador»436.

     En 1962 remarcará estas ideas radicalizando aún más su abandono del antiguo perfil estatista: «El capitalismo de Estado es, a no dudarlo, la vigorosa revitalización del sistema capitalista en su forma de explotación más reaccionaria y dura del trabajador [...]. El capitalismo de Estado regresa a la identificación del explotador económico con el opresor político [...]. Sitúa al trabajador frente al Estado‑capitalista y establece que todo reclamo o protesta de aquél contra éste, es delito punible»437. Estas líneas, subrayemos, no significan solamente una crítica del sistema comunista sino, sobre todo, una autocrítica esencial de la antigua predilección hayista por el estatismo y el tecnocratismo.

     En la política práctica, esta orientación tendrá importantes repercusiones. Haya no estará de acuerdo con repetir la apología rooseveltiana de años atrás, pero tampoco apoyará un «no alineamiento» o «tercemundismo» simétricamente opuesto a Washington y Moscú: «En una confrontación entre las doctrinas de `hacia la justicia por la dictadura' o `hacia la justicia por la libertad', no cabe ser neutrales a los pueblos que ante todo quieren mantenerse libres»438. Y añadirá: «La política de `neutralidad pasiva' [...] pugnada por los dictadores [...] Tito y Nasser [...] hace el juego a los enemigos de la libertad»439. Por añadidura, condenará acremente la adopción del credo comunista por el régimen cubano de Fidel Castro. Por ser la Cuba comunista una «amenaza» para la «democracia» Haya de la Torre será partidario de una intervención «interamericana» en ese país en 1962: «Cuando la quinta columna en un país del continente la constituye el mismo gobierno, compete a los pueblos solicitar la ayuda y la cooperación de los demás pueblos hermanos para exterminarla [..]. Si no, ¿para qué sirve un organismo internacional como la OEA? [...]. Saludo a los demócratas cubanos que luchan por la libertad de su pueblo que sufre»440, declarará en ese año Haya a Avance, revista publicada en Miami por los refugiados cubanos anticastristas.

 

6.  Dos «convivencias»: 1957‑1962, 1963‑1968

De regreso al Perú en 1957, Haya de la Torre traducirá en la estrategia de la «convivencia» sus nuevas reflexiones ideológicas y las experiencias recogidas en el exterior. En el III Congreso del PAP realizado ese año y en los numerosos discursos y declaraciones que ofrecerá, será enérgico su alegato contra el dogmatismo aprista y el aferrarse al pasado: «Una doctrina como la nuestra [...] debe [...] encontrar en todos los momentos la forma más realista y más eficiente de solución a los problemas [...]. Tenemos que adoptar una posición perfectamente definida y muy bien orientada para que nuestro partido no quede a la zaga del desarrollo de los acontecimientos mundiales»441.

     Aferrarse al pasado y quedarse a la zaga significaba en este caso, para el Haya «nórdico» y extoynbeano, seguir repitiendo las ya obsoletas apologías del capitalismo de Estado, seguir acentuando en el programa la función del corporativismo y excederse en las ilusiones interamericanistas hacia los EE. UU., características del aprismo de los años cuarenta. La posición hegemónica absoluta de los EE. UU. en Occidente y su priorización de Europa occidental, dejaba finalmente sin asidero la tesis hayista de la presunta necesidad norteamericana de aferrarse a América Latina para consolidar una posición de fuerza frente a otras potencias similares. En este punto, los capítulos finales de TA y del libro sobre Toynbee quedaban desactualizados y Toynbee había ganado la partida a Haya en cuanto a este vaticinio442.

     En 1957 Haya percibirá también la necesidad de seguir actualizando la interpretación aprista de la «nacionalización gradual de tierras e industrias». El jefe del PAP era un perspicaz testigo de la declinación de las nacionalizaciones‑estatizaciones de tipo ruso, mexicano o argentino. La pauta ya estaba dada en TA, al otorgar un sentido elástico, multiforme y democrático al concepto de «nacionalización». Pero el progreso mundial es vertiginoso y Haya quiere transmitir a los apristas su entusiasmo por los kibutz de Israel, la lucha por ganar espacio al mar de los Países Bajos, los sistemas cooperativos nórdicos, los experimentos de cogestión en Alemania Federal, las medidas de fomento industrial acelerado de Taiwan, la formación del Mercado Común Europeo, etc. Todos estos nuevos fenómenos son el resultado de grandes esfuerzos multipartidarios con participación de capitales internacionales y un alto grado de tecnificación. Para Haya el programa y la política aprista debían estar a la altura de esta dinámica mundial: «Ningún país aislado de la América Latina podrá salir, así solo, de su retardado subdesarrollo. La creciente interdependencia económica y política [...] exige coordinación, planeamiento, programas comunes de conquista y utilización de nuestros grandes espacios vacíos, incomunicados y erizados, de nuestros ingentes e inexplotados recursos naturales»443. Tal será su incesante campaña en estos años.

     La idea de la «convivencia» empalma a la perfección con este aprismo maduro, de estadista de alto nivel, para el cual «nacionalizar», «cooperativizar» o «democratizar» son mucho más que simples decretos audaces. A diferencia del tramo vivido en 1945‑1948, esta vez para Haya el PAP no deberá fijarse metas programáticas autónomas en el corto plazo ni desarrollar una lucha política democrática de mayorías y minorías, que sólo conduciría -como en 1947- a un nuevo entrampamiento de poderes y a la polarización nacional. Las concesiones que dieron vida al FDN y las que pretendieron evitar el golpe de Estado contra Bustamante, fueron en ese momento artilugios políticos auxiliares a la lucha por un programa de gobierno aprista, por moderado que éste fuese respecto a etapas anteriores. Ahora, con la «convivencia», el compromiso y la búsqueda del justo medio multipartidario serán para Haya la receta imperativa en un país de escasa evolución democrática y «todavía [...] convalesciente de los rigores de la dictadura»444.

     Haya pedirá a los apristas durante su célebre discurso del «segundo reencuentro» del 25 de julio de 1957, en la víspera del III Congreso partidario, «sentido de responsabilidad, sentido de cooperación; no precipitarse ni caer en la impaciencia»445. Y agregará: «Nosotros pediremos a las otras fuerzas y grupos democráticos que no sean apristas que busquemos los comunes denominadores de una acción eficiente al servicio de los verdaderos intereses del país»446. La razón argüida será ésta: «Tenemos que ser humildes una vez más, en el sentido constructivo de la modestia. El problema es inmenso y no podemos creer que ninguno de nosotros tiene la solución total»447. Haya pedirá a peruanos e «indoamericanos» aprender a «esperar resultados de obra a largo alcance, a largo plazo»448.

     El propósito de Haya con la «convivencia» será un doble magisterio político: los enemigos del aprismo deberán aprender a confiar en ese disciplinado y resistente partido cuya simple fuerza numérica los atemoriza y los apristas deberán excluir de sus consignas la ambición monopolizadora del poder resumida en el viejo lema «Seasap» (`Sólo el aprismo salvará al Perú'). Sin embargo, esto no equivalía al abandono radical de la iniciativa política del PAP ni condenaba al sindicalismo aprista al inmovilismo. La amplia literatura sociológica que ha hecho escarnio de la «convivencia» se ha limitado a reseñar entrevistas y almuerzos de Haya de la Torre con otros políticos de la época, perdiendo de vista al aprismo como un movimiento político con «intereses propios»449. Basta observar con atención el proceso de esos años para superar esa estrechez de miras.

     Un aspecto poco tomado en cuenta es que la «primera convivencia» tuvo un carácter más enunciativo que práctico. El PAP recién recobró su legalidad después de asumir el poder Manuel Prado y no pudo participar en los comicios. No hubo un pacto político con el partido pradista, el Movimiento Democrático Peruano, ni antes ni después de las elecciones -sólo hubo un apoyo electoral tácito bajo la forma del «voto libre» o «voto de conciencia»450- ni tuvo el PAP cargo político alguno en el nuevo régimen451. Tampoco hubo una explícita respuesta favorable del gobierno a la propuesta de la «convivencia», ni el PAP tuvo una concordancia política sistemática con otros interlocutores. Los planteamientos apristas estaban cuidadosamente enmarcados en el «antiimperialismo constructivo» de TA, pero distaban muchos de ser simples gestos de obsecuencia hacia la «bancocracia» pradista. El PAP propuso nuevas corporaciones productivas, subsidios al costo de vida, control de cambios, municipios libres -seguía en pie el vetusto sistema de «juntas de notables»- y una ley de reforma agraria, sin mayores resultados. Entre los pocos logros persuasivos del aprismo puede mencionarse la ley 12996 de mayo de 1958, de «expropiación de latifundios improductivos», a base de un fondo derivado de un impuesto a las bebidas alcohólicas, que debía beneficiar a «los campesinos indígenas que carezcan de tierras de cultivo [...] dando preferencia a la solución de conflictos»452.

     Remarquemos que en la prédica política de Haya de la Torre la «convivencia» no significaba un pacto o un programa que atara de manos a cada una de las partes. Debía ser «un diálogo civilizado en el cual todas las ideas fueran respetadas y se jugara limpiamente en el campo del disentimiento y de la coordinación»453. «Convivir» implicaría desarrollar un flexible sistema de contraste de posiciones y búsqueda de coincidencias «realistas». Pero la dinámica gubernamental no era convivencialista. Hacia 1959 el gobierno enfrentó los crecientes problemas económicos con una política liberal ortodoxa y severamente impopular -en manos del primer ministro Pedro Beltrán- quien, entre otras medidas, elevó en 75% el precio de la gasolina en directo beneficio de la empresa norteamericana IPC y suprimió los subsidios a diversos alimentos básicos. En estas condiciones el «disentimiento» adquirió mayor peso que la «coordinación» y el PAP no pudo evitar conducir algunas huelgas que en los complejos agroindustriales costeños de Casa Grande, Paramonga y Pomalca derivaron en cruentos enfrentamientos entre trabajadores y policías.

     Entre 1960 y 1962 el PAP acentuó un perfil beligerante difícilmente equilibrado con la insistencia en el «convivencialismo». Dar credibilidad a esta cauta oposición exigió del aprismo una severa política disciplinaria en la Confederación de Trabajadores del Perú, perdiendo algunas bases importantes -como la Federación de Construcción Civil y la Federación de Empleados Bancarios- que exigían un sindicalismo más enérgico454. Mientras tanto, el gobierno atacaba duramente al aprismo para cimentar las ambiciones electorales de los señores Cisneros y Beltrán; otro tanto hacía la oposición parlamentaria, acaudillada por los jóvenes partidos Acción Popular y Democracia Cristiana, deseosos de notoriedad a todo precio455. Un fenómeno político peculiar fue el repunte de la agitación comunista, estimulada por el impacto hipnótico de la Revolución cubana y la adopción del marxismo-leninismo por sus líderes. Tuvo alguna notoriedad basado en sus ataques al PAP la aparición del pequeño grupo del APRA Rebelde de Luis de la Puente Uceda, presunto defensor de las tesis de El antiimperialismo y el APRA que rápidamente se proclamó castrista‑comunista456. Este acoso simultáneo -verbal y escrito, de derecha e izquierda- no impidió al PAP situarse como la opción más aventajada ante los comicios de 1962.

     El golpe militar del 18 de julio de 1962 tuvo como pretexto una situación de fraude que no se verificó ni tuvo la magnitud suficiente para alterar los resultados457. La causa real -explícita en los corrillos políticos- era el reiterado temor a una «revolución aprista» que aún sentían los grupos oligárquicos y la cúpula de las Fuerzas Armadas. Haya de la Torre y el PAP, encabezando la lista Alianza Democrática, habían vencido en las urnas con una votación abrumadora -superior al 70%- en el «sólido norte», pero sin lograr la mayoría nacional que evitara una decisión final en el Congreso (donde la lista de la Alianza Democrática obtuvo la mayoría de los escaños). En un célebre y emotivo discurso ante la Convención Nacional del PAP el 4 de julio, Haya manifestó su disposición a renunciar a su aspiración presidencial. Pidió a los apristas dejar «para después discutir y pensar si la demanda de este sacrificio entrañaba justicia o injusticia [...]. Por el Perú todo, por la democracia todo, por la libertad todo [...]. Estoy convencido que todas las impugnaciones y todas las objeciones al proceso electoral quedarían eliminadas, como se me ha dicho, con mi sacrificio»458. El 17 de julio Haya de la Torre formalizó su renuncia y comunicó que el PAP daba su apoyo en el Congreso a su rival electoral Manuel Odría, otrora implacable enemigo del aprismo pero ahora súbito converso a la prédica hayista de la «convivencia». Estos esfuerzos por contener el golpe resultaron vanos. El nítido signo antiaprista del «cuartelazo» quedó evidenciado en la simultánea irrupción violenta de los militares en la madrugada del día 18 en Palacio de Gobierno, el Congreso, la `Casa del Pueblo' del PAP y las oficinas de La Tribuna459.

     El gobierno militar no tuvo argumentos ni medios para ilegalizar al PAP pero intentó alejarlo de la posibilidad de acceder al poder. Mediante elecciones regimentadas se intentaba amedrentar al electorado aprista. No obstante las restricciones al debate democrático y la evidente advertencia militar de triunfo aprista igual a golpe, el PAP retuvo el 37% de los votos (el segundo lugar electoral) y la más importante representación en el Congreso: 45%. Ante el electo presidente Belaunde, Haya promoverá la coalición apro‑odriísta como una forma de garantizar la sinceridad de una segunda «convivencia» ya anunciada en su discurso del Día de la Fraternidad de 1963: «Aun ganando» [...] será necesario coordinar esfuerzos para defender un ordenamiento constitucional y evitar una esterilidad de tipo parlamentario [...]. Debemos aspirar a que todos los partidos expresen con clara lealtad los puntos de vista en un acuerdo que se ha llamado creo yo de punto fijo [...]. Para que, sea quien fuera el que venza, se preste apoyo a ese gobierno a fin de mantener y consolidar la estabilidad institucional»460.

     La «segunda convivencia» desarrollada desde la «coalición», no se propuso, obviamente, realizar reformas audaces pero tampoco impedía al PAP desarrollar su propia política. La «coalición» sacó provecho de la orientación episódicamente populista del conservador odriísmo compartiendo el PAP su interés por realizar obras públicas de gran envergadura; aplicar diversas medidas de asistencia social sobre todo en provincias; y consolidar el régimen democrático, incluyendo en este último punto la «despresidencialización» del sistema político peruano461, esto es, devolverle al Congreso la suprema majestad defendida por los apristas desde la Constituyente de 1931. Al mismo tiempo, el PAP se opuso con energía a los reclamos radicales de la extrema izquierda, así proviniesen de importantes bases sindicales. Con el mismo rigor el PAP condenó las guerrillas de 1965 y es de suponerse que, con o sin «convivencia», la posición aprista sobre ambos temas habría sido la misma.

     Entre los logros políticos importantes de la «coalición» -no siempre recordados por los voceros del PAP- debemos mencionar la ley de reforma agraria, la ley de municipalidades -que restableció este fuero tras largas décadas de «juntas de notables»- la ley de gratuidad de la enseñanza y la de creación del Banco de la Nación. La ley 15037, de mayo de 1964, dispuso una reforma agraria que afectaba todos los predios rurales a base de un mínimo de inafectabilidad de 150 hectáreas en la costa y valorizaba los fundos según su disfrute de aguas462. La ley de creación del Banco de la Nación convertía en entidad financiera a la antigua Caja de Depósitos y Consignaciones que centralizaba la recaudación fiscal.

     Muchos logros legales del «claudicante» aprismo fueron obstaculizados desde el Ejecutivo por el «progresista» belaundismo, especialmente en los temas agrario, petrolero y salarial. El entrampamiento de poderes dio lugar a una profunda crisis política partir de 1967. Frente al deterioro del régimen belaundista, el aprismo se veía favorecido por los sondeos de opinión para las próximas elecciones generales. Una primera muestra pudo constatarse en su holgada victoria en las elecciones legislativas complementarias de 1967. La posibilidad de un gobierno aprista parecía tornarse inexorable hacia mediados de 1968, pero el panorama cambió radicalmente al irrumpir en escena un nuevo régimen militar: la «revolución» del general Velasco Alvarado.

     Cabe indicar que el tenso trayecto de la segunda «convivencia» no tendrá a Haya de la Torre como un protagonista de primera línea. Poco después del episodio del «veto» y la elección de Fernando Belaunde, Haya optará por residir durante cinco años en Roma. Seguirá escribiendo para diarios y revistas de todo el mundo, dictará charlas en diversos foros europeos y visitará anualmente el Perú. Lejos de querer abandonar la política activa, esta etapa «romana» de Haya obedecía a su continuo interés por dar al aprismo un alto perfil ideológico en el plano internacional. Un súbito quebranto de su salud en 1965 le hará escribir un prematuro testamento político. Posteriormente, desde 1969, residirá en forma permanente en el Perú.

     Tendrá gran importancia para Haya en estos años el avance de las relaciones de integración en América Latina. El gran hito de estos esfuerzos será la convocatoria, por iniciativa aprista, del I Parlamento Latinoamericano. Tuvo su primera sesión en Lima el 7 de diciembre de 1964, conmemorando el 140º aniversario de la convocatoria al Congreso de Panamá por Bolívar. Asistieron 160 parlamentarios de trece países «indoamericanos», bajo la presidencia del líder aprista Ramiro Prialé463. Los acuerdos tendentes a establecer relaciones comerciales privilegiadas subcontinentales, suscritos en Punta del Este en 1967, serán motivo de orgullo para Haya de la Torre: «Creo que el aprismo ha ganado mucho con los acuerdos de Punta del Este desde el punto de vista de una doctrina ratificada», escribirá a Luis Alberto Sánchez464.

     Otro aspecto importante del aprismo de la «convivencia», poco tomado en cuenta, es su distanciamiento respecto a los EE. UU. en el marco de las posiciones doctrinales desarrolladas en Mensaje de la Europa nórdica. Haya de la Torre denunciará repetidas veces la inconsecuencia de Washington respecto al Tratado de Rio de Janeiro de 1947 y a la Carta de la OEA. «Todos estos pactos [escribe Haya en 1966] garantizan el ordenamiento democrático y reconocen los derechos humanos [...] como obligaciones internacionales americanas. Ello no obstante [...] los golpes militares se han sucedido durante los últimos años. El oportunismo de Washington en cuanto a `reconocimientos' [se refiere al reconocimiento de las dictaduras como gobiernos legítimos] sólo ha demostrado que [...] para el Pentágono, aquellos tratados no son sino los `pedazos de papel' de la atribuida frase bismarckiana»465. El VIII Congreso del PAP, de julio de 1964, oficializó igualmente bajo dirección de Haya una línea bastante severa. Allí el «compañero Jefe» advirtió que «puede revivir la política del garrote, o la diplomacia del dólar; frente a ello, de suceder, el aprismo insurgirá beligerante, en forma similar a como lo hiciera en 1924‑1930»466. Como en etapas anteriores, el aprismo seguía siendo una política de realidades y no un esquema inmóvil.


NOTAS

363 Mensaje al III Congreso Nacional del PAP (27 de julio de 1957), en: OC, t. I, p. 355 y 359.

364 Haya en cuarenta reportajes (CR), p. 319. Entrevista de 1971.

365 CR, p. 187. Conferencia de prensa ante la televisión del 25 de enero de 1962.

366 OC, t. I, p. 324. Artículo publicado en 1954.

367 OC, t. VI, p. 269. Cita de Treinta años de aprismo (TA).

368 AA, p. 117‑118.

369 L. cit. En 1928 Haya acusa a los «comunistas criollos» de profesar un «marxismo quietista [...] que implicaría no luchar contra el imperialismo sino resistirle» (AA, p. 128). Haya afirma que el aprismo no puede «esperar que las etapas históricas se cumplan [y] que nuestros países feudales devengan capitalistas bajo el imperialismo» (L. cit.). El aprismo de 1928 querrá «saltar etapas [hacia] la realización completa de la verdadera justicia social [con un camino] más realista [y] más revolucionario» (L. cit.).

370 Citas de AA, p. 154, 145 y 76.

371 TA, en: OC, t. VI, p. 270.

372 TA, en: OC, t. VI, p. 319.

373 AA, p. 84.

374 TA, en: OC, t. VI, p. 318.

375 AA, p. 122.

376 TA, en: OC, t. VI, p. 323.

377 AA, p. 138 y 140.

378 AA, p. 40. En una entrevista de 1971 -ver CR, p. 327- Haya dirá que las alusiones al socialismo del célebre artículo de 1926 se debían a una concepción literaria: «Para explicar al público inglés [..] lo que era el APRA tenía que usar un lenguaje que se adaptara al léxico europeo». Y añadirá «no somos socialistas» (p. 328). Sin embargo, la meta socialista estará firmemente presente en muchos artículos y cartas, incluyendo por supuesto AA. En una entrevista de 1932 afirmará todavía: «El verdadero partido socialista es el aprismo» -CR, p. 45- a sus interlocutores de habla castellana. En 1962 dirá: «Jamás hemos declarado nuestra filiación socialista» -CR, p. 213- como convenía en los frágiles días de la «convivencia».

379 Carta de 1926 en Planas, P.: Los orígenes del APRA, p. 203.

380 AA, p. 155.

381 AA, p. 139.

382 OC, t. V, p. 39. Discurso ante el I Congreso del PAP.

383 Ver CR, p. 41. Entrevista de 1932.

384 TA, en: OC, t. VI, p. 337.

385 L. cit., infra.

386 L. cit.

387 L. cit.

388 TA, en: OC, t. VI, p. 339.

389 TA, en: OC, t. VI, p. 341.

390 TA, en: OC, t. VI, p. 342.

391 L. cit.

392 TA, en: OC, t. VI, p. 343, infra.

393 La mención a Toynbee en la «Introducción» de ETH -escrita en 1948
después de viajar a los EE. UU.- anticipa la importancia que Haya dará a este autor en los años siguientes. Con excepción de esas 18 líneas en la p. XXXIV, el resto del volumen no se ocupa de Toynbee. Además la mención tendrá cierta intención crítica. Haya insinúa que Toynbee apunta hacia una poco precisa «teoría de los factores múltiples» en cuanto al progreso de las sociedades. En Toynbee frente a los panoramas de la historia, Haya se rectificará.

394 Algunos problemas políticos derivados de la condición de asilado de Haya obligaron a publicar este artículo con la colaboración y firma de Javier Pulgar Vidal en Cuadernos Americanos.

395 Tanto la primera edición de 1955 como la segunda de 1966 tuvieron importantes erratas. Por esta razón las citas de los ensayos de Haya serán tomadas de Haya de la Torre en Cuadernos Americanos (CA), con excepción del sexto ensayo, expresamente escrito para Toynbee frente a los panoramas de la historia (TPH).

396 Ver CA, p. 129, «Primera estación de análisis», publicada a fines de 1951. Allí Haya atribuye a Toynbee la «hazaña relativista, [de] deseuropeizar la `clásica' perspectiva isométrica de la Historia».

397 CA, p. 132.

398 CA, p. 132‑133. Las comparaciones entre historia y física ocupan gran parte de los seis ensayos sobre Toynbbe.

399 OC, t. VI, p. 177. Se refiere al artículo que aparece como capítulo I de ETH.

400 CA, p. 125.

401 L. cit. Haya agregará allí mismo en relación a las presuntas tesis «relativistas» que estarían incluidas en su clásico libro de 1928 que «Antes de él en artículos, ensayos y notas periodísticas, a éstas las denominé espacio‑tiempo histórico». ¿Antes de 1928 ya existía la teoría hayista del «espacio‑tiempo»? Es demasiado. Más exacto es lo que menciona en el «Prólogo» a ETH -ver p. XVI y XVII- donde hace referencia a textos anteriores a 1935 con la única finalidad de mostrar aproximaciones al relativismo.

402 Este curioso determinismo de las leyes de la física sobre la historia resulta para Haya un imperativo categórico. Afirma en CA, p. 100: «El proceso de la historia obviamente indispensable sin precisas ideas del espacio y del tiempo, está en su esencia vinculado a los nuevos valores que la ciencia otorga a estos conceptos».

403 «Introducción» a ETH, p. XXXVII‑XXXVIII.

404 La aparición del libro de Haya sobre Toynbee coincide con el inicio del descrédito del inglés. Los investigadores de las corrientes más dispares (W. Gordon Childe, L. Febvre, K. Mannheim, E. Hobsbawm, etc.) le negarán valor científico. Consúltese por ejemplo Combates por la historia de Lucien Febvre, Ed. Ariel, Barcelona, 1971.

405 CA, p. 121. Es el artículo mencionado en la nota 394.

406 CA, p. 199, «Cuarta estación de análisis» (1954).

407 Toynbee citado por Haya en CA, p. 137, «Segunda estación de análisis» (1953).

408 CA, p. 221, «Cuarta estación de análisis».

409 CA, p. 137. Debemos señalar que Haya en estos pasajes, entre cita y cita, atribuye a Toynbee una claridad política excesiva afirmando que para Toynbee «la revolución de la ciencia  y de la tecnología [...] conduce al hombre hacia la libertad ecumenicista de una revitalizada ordenación democrática justiciera» (CA, p. 140). Haya no delimita con precisión dónde terminan las ideas de Toynbee y dónde empiezan las suyas propias.

410 CA, p. 199, «Cuarta estación de análisis». Toynbee citado por Haya.

411 CA, p. 260‑261, «Quinta estación de análisis» (1954).

412 CA, p. 281.

413 L. cit.

414 TPH, p. 230

415 TPH, p. 231.

416 TPH, p. 234‑235.

417 Ver Víctor Raúl en El Tiempo, t. I, p. 130.

418 Mensaje de la Europa nórdica (MEN), p. 35, artículo de marzo de 1955. Es importante mencionar que, después del asilo, Haya de la Torre amplió enormemente su público lector. Los artículos de MEN aparecieron también en diarios y revistas de América y Europa de habla no española.

419 MEN, p. 185, artículo de julio de 1955.

420 MEN, p. 173, artículo de febrero de 1956.

421 En MEN abundan las referencias despectivas hacia el gobierno peronista. Por ejemplo, en el artículo de 1955 «Nehru, guía del buen camino», escrito dos meses antes del derrocamiento de Perón, leemos: «Nehru ha demostrado [...] que hay ciertamente una `tercera posición', por más que en Indoamérica estos dos vocablos comporten el descrédito de una infatuada demagogia militarista, que sirvió de asidero de un audaz y ya desprestigiado trasgresor de muchos conceptos respetables» (MEN, p. 162).

422 En un artículo de 1957 Haya rememorará su discrepancia con la nacionalización del Canal de Suez expresada ante políticos e intelectuales yugoslavos: «Expresé que nuestra doctrina sostiene el principio de la internacionalización del Canal de Panamá, bajo la administración y garantía de todos los Estados de ambas Américas, porque todas las vías de agua del mundo deben ser internacionales y libres [...]. Entregar un Canal o estrecho al dominio de un solo país y al capricho de un dictador [Haya se refiere al Canal de Suez en manos del régimen de Nasser], significaba restaurar un dominio feudal» (Víctor Raúl en El Tiempo, t. I, p. 269).

423 MEN, p. 36, marzo de 1955.

424 MEN, p. 175, febrero de 1956.

425 L. cit.

426 Víctor Raúl en El Tiempo, t. I, p. 58, setiembre de 1954.

427 Ib., p. 57.

428 AA, p. 140.

429 AA, p. 146. Allí Haya expone que «en la colaboración de las clases medias [...] radica una de las diferencias fundamentales entre el capitalismo de Estado adoptado en Rusia [...] y el capitalismo de Estado antiimperialista o aprista», pero alude a una diferencia de plazos hacia una meta común, no a caminos divergentes. Por eso agrega en la p. 147: «No hemos llegado aún a la madurez burguesa de un sistema industrial que permita a nuestra clase proletaria en formación asumir exclusivamente la dictadura de nuestros destinos».

430 AA, p. 75. Recordemos que mientras Lenin definía el capitalismo de Estado como una forma necesaria del régimen de «transición al socialismo», la literatura comunista posterior no admitirá este apelativo, definiendo Stalin al régimen soviético como «socialismo triunfante» desde 1936, con motivo de VIII Congreso de los Soviet. Todos los manuales comunistas identificarán economía estatal con «propiedad socialista».

431 MEN, p. 169, febrero de 1956.

432 MEN, p. 185, julio de 1955.

433 MEN, p. 175, febrero de 1956. Milovan Djilas, estadista yugoslavo defenestrado y encarcelado en 1950, denunció como «imperialistas» las relaciones entre la URSS y los países de Europa del Este. Haya se ocupará de estas denuncias a propósito de uno de los libros de Djilas en el artículo «Características del neocapitalismo» (1962). Ver Víctor Raúl en El Tiempo, t. II, p. 616‑618.

434 OC, t. I, p. 395.

435 L. cit.

436 Reportaje de Bohemia Libre, 16 de abril de 1961, en: CR, p. 149.

437 Víctor Raúl en El Tiempo, t. II, p. 616‑617.

438 «La tercera voz y la neutralidad», julio de 1961, en: OC, t. I, p. 431.

439 L. cit.

440 Entrevista para Avance, Nº 95, 13 de abril de 1962, en: CR, p. 221-223.

441 OC, t. I, p. 349.

442 Los capítulos VIII y IX de Treinta años de aprismo vaticinan una proximidad de intereses entre Norte y Suramérica para las décadas del cincuenta y el sesenta. En el artículo «Los signos de las civilizaciones» (marzo de 1955), Haya desafiará la tesis toynbeana de la atracción política norteamericano‑europea anunciando el surgimiento de «La naciente Civilización Americana» basada en la integración de las dos Américas (Víctor Raúl en El Tiempo, t. II, p. 129 a 132). Sustentará lo mismo en el capítulo VI de su libro sobre Toynbee.

443 Víctor Raúl en El Tiempo, t. II, p. 577, artículo de 1961. Ver también, entre otros muchos ejemplos, el discurso del Día de la Fraternidad de 1961: «La Costa del Perú puede albergar, cuando la técnica contemporánea resuelva el problema de su sequedad, millones de habitantes. Asimismo, la inmensa cuenca amazónica espera que la técnica y el trabajo la incorporen a la economía del país» (Fraternidad con todos los peruanos, p. 56). Haya asegura que estas obras reemplazan la necesidad de radicales «repartos de riqueza».

444 Discurso del 25 de julio de 1957, en: OC, t. V, p. 417.

445 L. cit.

446 Ib., p. 421.

447 Mensaje al III Congreso del PAP, en: OC, t. I, p. 359.

448 Ib., p. 356.

449 Según Enrique Bernales B., durante la «convivencia» el PAP «ni siquiera será el gran catalizador antioligárquico de otrora. [...]. La radicalidad contra el bloque en el poder desaparece [...], la necesidad de la legalidad lo lleva a una alianza directa con las fracciones oligárquicas y a enfrentarse con los nuevos reformismos» (Socialismo y Nación, p. 91, Mesa Redonda Editores, Lima, 1987). Este es un típico ejemplo de simplificación de los hechos históricos. El PAP no realizó una «alianza directa» con la oligarquía ni cogobernó ni perdió capacidad «catalizadora». Bernales, en el mismo pasaje, atribuye al aprismo anterior a 1950 virtudes imaginarias. El PAP habría sido «radical y revolucionario» en los años treinta y «se implanta sólidamente» en las clases trabajadores y medias en «la coyuntura de 1945 conduciendo su movilización», en clara alusión al aprismo bolchevizante de los años veinte. Como ya fue analizado, desde 1930 los distintos aprismos serán siempre democráticos y defensores de un reformismo gradual con participación del capital extranjero.

450 La decisión del «voto libre» o «de conciencia» fue acordada por el PAP en ausencia de Haya. Este saludará la decisión como un gran acierto político del secretario general Ramiro Prialé en el discurso del Día de la Fraternidad de 1961 (Fraternidad con todos los peruanos, p. 46).

451 Con Prado «no hubo pacto alguno [...] a pesar de que, al ocupar el gobierno, Prado ofreció al PAP una alianza contenida en doce puntos y que empezaban por el ofrecimiento de un número apreciable de prefecturas, embajadas y otros cargos importantes. El PAP rechazó estas ventajas y prefirió mantener su independencia. [...]. El APRA sólo logró una diputación subrepticia en el Congreso y sólo dos afiliados suyos desempeñaron sendas embajadas en virtud de contactos personales» (Sánchez, L. A.: Haya de la Torre y el APRA, p. 421).

452 Ver informe sobre esta ley en la revista 1958, Nº 9, p. 23, 15 de junio de 1958.

453 Fraternidad con todos los peruanos, p. 43, discurso de 1961. En ese mismo discurso Haya amplía su definición de la política de «convivencia» en términos de «sostener un régimen sin que eso significara sostener incondicionalmente un gobierno», diferenciando «entre apoyo a un régimen y libertad de criterio frente al gobierno» (Ib., p. 45).

454 Ver Valderrama, M.: El APRA, un camino de esperanzas y frustraciones, p. 88‑89. El PAP recuperó la Federación de Empleados Bancarios en 1964 pero volvió a perderla en 1970, junto con la Federación Minera del Centro, la Federación Pesquera y otras que se sumaron a la naciente CGTP procomunista.

455 En Haya, V. R.‑Sánchez, L. A.: Correspondencia, podemos constatar que la «convivencia» era una actitud política que no dependía de un mayor o menor entendimiento con el presidente Prado. En una carta de junio de 1956 Haya advierte: «Prado es y será nuestro enemigo. Tendrán que hilar muy delgado» (Ib., t. II, p. 288). La estridente oposición parlamentaria de AP, la DC y algunos procomunistas -tildada de «rockanrolera» en la prensa aprista- oscilará erráticamente entre la condena de derecha al «aprismo saboteador» y la condena de izquierda al «aprismo claudicante». Sobre F. Belaunde Terry anotará Haya en la misma carta: «Es y ha sido el peor enemigo del partido» (L. cit).

456 Sobre el efímero APRA Rebelde (luego MIR), puede leerse, Valderrama, M.: op. cit., p. 89, aunque sobreestima el impacto político de este grupo sobre el PAP y sobre el país. De la Puente publicó por propia cuenta y riesgo -es decir, sin autorización del partido ni de Haya- una edición rústica de El antiimperialismo y el APRA antes de ser apartado del PAP.

457 En la revista Presente, Nº 86, agosto de 1962, escribe contra los argumentos golpistas Javier Valle Riestra: «Los pretextos del Ejército no son defendibles. Lo que pomposamente fueron llamadas `pruebas' no tienen más condición que `informes', tal como las denominara el Sr. Bustamante y Corzo [presidente del Jurado Nacional de Elecciones], o de `papeles' como los podría llamar un abogado riguroso. [...]. Prueba no puede ser, electoralmente hablando, expresar, tal como lo hicieron los militares en sus memorándum alarmistas al JNE, que a tal mesa se le extravió el sello, o que tales mesas fueron presididas por apristas, hecho no prohibido por la ley. Tampoco es prueba afirmar que analfabetos hayan pretendido sufragar. Mientras no lo hicieran el hecho es inocuo electoralmente» (p. 49).

458 Discurso «del veto», en: OC, t. V, p. 459‑465.

459 Ver informe ilustrado sobre los destrozos a los locales apristas en Presente, Nº 86, p. 25‑32. Los militares atacaron la Casa del Pueblo y La Tribuna con un amplio despliegue de efectivos. Al amanecer del 18 de julio se retiraron y no dieron explicación alguna, desoyendo los reclamos judiciales respectivos.

460 Fraternidad con todos los peruanos, p. 63.

461 «El Perú necesita buen gobierno; pero sobre todo el Perú necesita despresidencializarse [...] darle al Parlamento la categoría, la dignidad, el prestigio que reclama su misión histórica de primer Poder del Estado», indica Haya en el Día de la Fraternidad de 1966 (Fraternidad con todos los peruanos, p. 111). Ver también extensa fundamentación sobre este tema en una conferencia de prensa de 1962 en CR, p. 216.

462 Ver informe sobre la ley de reforma agraria de 1964 en Presente, Nº 98‑99, p. 38, agosto‑setiembre de 1964.

463 Ver la revista Presente, Nº 100, marzo de 1965, con la crónica y los discursos de la instalación de este congreso.

464 Ver Haya, V. R.‑Sánchez, L. A.: Correspondencia, t. II, p. 311‑312, carta del 3 de mayo de 1967.

465 Víctor Raúl en El Tiempo, t. II, p. 663‑664, artículo de agosto de 1966.

466 Informe del VIII Congreso del PAP, en: Presente, Nº 98‑99, p. 36.

VII.  Revaloración de los orígenes: 1969‑1979

 

            En esta obra yo soy el hortelano perecedero. La obra seguirá. Ha de                                   continuar la juventud [...]. Nadie nos ganará en el camino de ser                                antiimperialistas democráticos y revolucionarios [...]. Nuestra                doctrina se mantiene incólume [...] estamos a la vanguardia de la             revolución del Perú.467

                                                                                                   Haya de la Torre, 1969

 

La última etapa de la vida de Haya de la Torre, entre 1969 y 1979 -de los 74 a los 84 años de edad- distó mucho de ser un retiro apacible. Haya siguió ocupando la jefatura ideológica y política del aprismo asumiendo una redefinición del mensaje partidario tan difícil y tan crucial como las de 1930, 1945 o 1957. Las características de ese cambio dejan sin asidero los intentos de definir una doctrina «hayista» clásica, estrictamente ceñida a los dictados de Treinta años de aprismo468 y al modelo político de la «convivencia».

     Una vez más, Haya de la Torre no permitió que los cambios en el contexto social dejaran rezagado al aprismo. Y ciertamente ocurrían cambios. La crisis de 1968 y el surgimiento del fenómeno militar velasquista expresaron un relevo del escenario político de tanta magnitud como aquél de 1919, cuando de la ruina irreversible del civilismo empezó a germinar un nuevo proceso de partidización. El clima preelectoral de 1968 anunciaba el eclipse definitivo de los clanes políticos conservadores -pradismo, odriísmo, etc.- y el debate nacional sobre el tema agrario y el tema petrolero mostraba el pase definitivo del tibio reformismo mesoclasista de belaundistas y democristianos al campo conservador. De hecho, ambos grupos estuvieron al borde de la desaparición política durante 1967 y 1968, no obstante controlar el Poder Ejecutivo. El belaundismo revelaba, según Haya de la Torre, un fenómeno de nueva burguesía, de «oligarquía insurgente»469 que había agotado su ciclo.

     El golpe del 3 de octubre de 1968, lejos de erigirse en baluarte del orden tradicional, pretendió representar los intereses de las nuevas corrientes políticas radicales y de los nuevos fenómenos de protesta social, con el proyecto de asimilarlos a un modelo autoritario. Sólo en un punto el «gobierno revolucionario» del general Velasco se asemejaba a las dictaduras anteriores: el antiaprismo. El PC promoscovita, las alas izquierdas del belaundismo y la DC y otros grupos menores como el socialprogresismo, eran generosamente acogidos en los medios oficiales, pero el PAP ocupaba un lugar preeminente entre los «derrocados» por la «revolución»: era una de «las corruptas dirigencias políticas tradicionales que, invocando el nombre del pueblo, sólo sirvieron para eternizar el poder de una envilecida oligarquía», según el general Velasco470. Sin embargo, paradójicamente, la prédica ideológica del gobierno y sus planes reformistas tenían innegables reminiscencias apristas, aunque del aprismo de 1931 y 1945, no del de la «convivencia».

 

1.  El naufragio de la «convivencia»

En medio de la debacle del belaundismo la situación del PAP era sumamente comprometida. A diferencia de la «primera convivencia», esta vez el PAP sí participó del poder político, a nivel parlamentario y municipal. No sufrió un desgaste de credibilidad y de convocatoria políticas como el caudillista belaundismo, pero sí un cambio en la composición interna de su «frente de clases». Menguaba, sobre todo en Lima, su tradicional hegemonía sindical
-los grupos comunistas apartaban de la CTP a importantes bases como la Federación Metalúrgica y el sindicato nacional magisterial- y estudiantil. Crecía en cambio el componente empresarial y profesional.

     Este era el efecto social en el PAP del naufragio de la «convivencia». El aprismo no gobernaba ni hipotecaba sus intereses a los del gobierno, pero la política de amplias concesiones y acuerdos en pro de una estabilidad parlamentaria -que Haya definiera como «el paso de avanzada hacia la verdadera realización de la democracia social, de centro izquierda»471- había dejado de cumplir su propósito promocional de un sistema bi o tripartidista, donde el aprismo ejerciera una función equiparable a la del laborismo en el sistema británico. Ante un Ejecutivo inoperante e indolente, retrasar el programa aprista de reforma social y persistir en la «convivencia» hacia 1967 sólo conducía a acrecentar un vacío de poder. Tal como comentara Haya respecto al fracaso del FDN de 1945‑1948, en 1967 se cumplía aquello de «para evitar accidentes no solamente es preciso ser un gran piloto, sino que el otro, el que viene en sentido contrario, lo sea»472. Este exceso de «convivencia» será admitido en cierta medida por Haya en 1969: «El APRA, desde la oposición, apoyó al gobierno de Belaunde en muchas ocasiones. [...]. Algunas veces el partido dio inclusive demasiado apoyo al gobierno»473.

     De hecho, en medio de la aguda crisis que descomponía al gobierno desde 1966, el aprismo había devenido la columna vertebral del equilibrio de poderes. Sin apoyo del PAP en las cámaras legislativas -mediando en las crisis de gabinete, concediendo poderes extraordinarios al Ejecutivo para resolver eventualidades como la inestabilidad monetaria, pactando la dación de leyes que tuviesen efectivo respaldo multipartidario, etc.- no era posible concebir la sobrevivencia del régimen de Belaunde. ¿Por qué esta inercia «convivencial» del PAP en medio de la aguda crisis de 1967‑1968? Una de las interpretaciones más repetidas durante la dictadura velasquista ha sido la presunta «corrupción» de Haya y los demás líderes del PAP, no obstante haber quedado desvirtuada judicialmente en 1968. Ni Haya ni el PAP obtuvieron provecho alguno del poder durante la «convivencia»474. Otra versión es de índole sociológico marxista: el PAP sería «claudicante» por ser «pequeño burgués»475. Este es un razonamiento que se niega a sí mismo. ¿Tienen acaso las clases sociales un comportamiento político típico, invariable y perfectamente diferenciado de las demás «clases»? Por lo demás, todos los intentos de hacer sociología empírica sobre los partidos políticos han resultado siempre funestos para los grupos comunistas presuntamente «proletarios».

     Sin embargo, tampoco es convincente la versión de muchos líderes apristas sobre el carácter presuntamente «táctico» y ocasional de la «convivencia». Si era una simple maniobra electoral, no queda claro por qué duró más de diez años, fue motivo de intensas reflexiones y debates partidarios y marcó todo un modelo de comportamiento organizativo que modificó la composición social del PAP. Es evidente que la «convivencia» fue una etapa ideológica y organizativa del aprismo tan específica como la de 1931 o 1945, con apreciaciones del «espacio‑tiempo» peruano, de los plazos y necesidades del desarrollo social y de la función del PAP distintas a las de etapas anteriores. Haya de la Torre no admitirá que esta etapa caducó y que en su mayor parte tuvo cálculos inexactos -en particular sobre los «pilotos en sentido contrario»- pero su dedicación a la renovación del aprismo a partir de 1969 y su reencuentro con los viejos lemas de cambio social mediante la publicación de El antiimperialismo y el APRA (¡después de 35 años!) son signos inequívocos del esfuerzo de sus últimos años por abrir una nueva etapa doctrinaria, particular y distinta.

 

2.  Anverso y reverso de la crisis de 1968

Ahora bien, la política de la «convivencia» estaba agotada en 1968 pero no es posible afirmar que el PAP estuviera en crisis. No había una corriente aprista significativa opuesta a la «convivencia». La actividad parlamentaria y municipal del PAP había extendido y fortalecido su estructura organizativa. Como nunca antes, el aprismo era una fuerza política de disciplinada dimensión nacional. Todos los sondeos indicaban al PAP como la opción ganadora para las elecciones que debían darse en 1969 por la simple falencia política de las corrientes rivales. Era también favorable al aprismo el contexto latinoamericano, cuyo hito más importante en pro de la integración, después de la creación de la ALALC en 1960 y de la realización del I Parlamento Latinoamericano de 1964 -convocado como ya hemos visto por iniciativa aprista y con respaldo de trece países- eran los acuerdos suscritos en 1967 por los países andinos de la ALALC que conducirían en 1969 a la firma del Acuerdo de Cartagena. La opinión pública del continente reconocía a Haya de la Torre como el gran precursor de este avance integrador.

     Por otra parte, la crisis simultánea de la vieja derecha y de la «oligarquía insurgente» hacía brotar nuevos fenómenos de radicalización juvenil y laboral que cuestionaban severamente la etapa aprista de la «convivencia». Aun así, el peligro del surgimiento de un nuevo «partido del pueblo» no estaba planteado. Estas nuevas corrientes intelectuales gremialistas y estudiantiles no tendían a formar un partido político alternativo ni mucho menos a nutrir al siempre alicaído PC. La llamada «nueva izquierda», que emergía al frente de la FEP y de algunos sindicatos importantes de trabajadores jóvenes, enfrascada en el clandestinismo y en querellas marxistas bizantinas tenía importancia en la medida que mostraba al PAP la tendencia a un distanciamiento generacional. El APRA perdía en forma notoria su tradicional hegemonía en aquellos sectores sociales protagónicos de la protesta social y de los cuales surgían los futuros líderes partidarios.

     Como parte de una adecuación de sus objetivos a la nueva etapa planteada, el aprismo debía retomar la iniciativa en el momento intelectual y estudiantil y en toda la llamada «vanguardia social», al mismo tiempo que su oposición a la dictadura velasquista no podía limitarse a la reinvindicación pura y simple del parlamentarismo, tal como hacían los remanentes de los grupos conservadores y los derrocados líderes del belaundismo. Era necesario un viraje y Haya lo comprendió perfectamente, dando prioridad en sus artículos, discursos e iniciativas partidarias a la juventud. Desde el Día de la Fraternidad de 1969, dirigiéndose a la juventud que seguiría la obra del «hortelano perecedero» Haya de la Torre, cada discurso importante tendrá largos acápites de invocación al esfuerzo dinámico y renovador de la juventud. «¡El APRA es juventud!», será un lema obligatorio476 y en una de sus últimas entrevistas, en 1977, Haya seguirá priorizando dotar a la juventud del continente del «impulso unificador de sus esfuerzos y de sus ideales»477 que sería el aprismo. La revaloración de los orígenes del APRA y, sobre todo, la publicación de las obras tempranas de Haya de la Torre serían un factor importante del reanimamiento del PAP entre la nueva generación.

 

3.  Desempolvando un libro de 1928

En el plano ideológico, la nueva orientación del APRA tendrá como eje la aparición en 1970 de El antiimperialismo y el APRA en calidad de texto fundamental de la doctrina aprista, tras varias décadas de sólo conocerse de él citas aisladas e interpretaciones sesgadas del propio Haya. Obviamente, esta revaloración del libro de 1928 no significará una vuelta en redondo hacia el pasado para el PAP. Haya pondrá en claro en el prólogo a la edición de 1970 que aquellos planteamientos de 1928 y el prólogo de 1936 «en su esencia» debían ratificarse, «habida cuenta, claro está, del espacio y del tiempo en que fueron formulados»478. En 1970, el nuevo contexto determinará una interpretación doctrinal con muchos elementos argumentales distintos a los de etapas anteriores.

     Un primer elemento es la reaparición del marxismo como fuente doctrinal del aprismo. En una entrevista de 1963, acorde con su tajante rechazo al castrismo, Haya manifestó su completo alejamiento del marxismo: «Quien conoce al APRA sabe que es relativista y quien conoce el marxismo sabe que es determinista. Y quien conozca algo de filosofía sabe que estas dos escuelas son antagónicas»479. En esta nueva etapa dirá que reivindica para el APRA un «marxismo puro»480, entendido como «negación dialéctica del determinismo»481, volviendo al eclecticismo entre marxismo y relativismo que caracterizó su primer artículo sobre el «espacio‑tiempo histórico» de 1935 (que de hecho cita extensamente en el prólogo de 1970 para AA).

     Esta moderada revaloración del marxismo -cuyo aspecto más negativo será otorgar tanto valor intelectual a las teorías de Einstein como al terrible Anti‑Dühring de Engels- dará lugar a que se eclipse del discurso hayista el clásico enunciado que presidió la larga etapa del agitado período 1945‑1948 y también la extensa etapa de la «convivencia»: «No se trata de quitar la riqueza al que la tiene sino crear riqueza para el que no la tiene»482. El Haya de los años setenta, resistiendo a pie firme el asedio propagandístico de la dictadura y las amenazas de ilegalización, será un entusiasta defensor del objetivo social de las expropiaciones y estatizaciones que afectarán entre 1970 y 1974 los derechos adquiridos de esos grandes propietarios agroindustriales y aquellas empresas extranjeras siempre defendidas por el PAP como integrantes potenciales de la «democracia de cuatro Poderes», aunque lamentará el método autoritario empleado.

     Dirá Haya en 1971: «No nos podemos oponer a ninguna de las reformas propuestas porque todas son nuestras, porque todas han salido de nuestro programa [...]. Somos partidarios de un Perú nuevo [...] de un Perú que cambie, pero queremos que el pueblo sea participante de esa transformación, que se le consulte»483. Haya no reclamará el fin inmediato de la dictadura. Postulará un camino intermedio, de complementación entre el reformismo militar y la democratización gradual, camino a una Asamblea Constituyente. En 1971 propondrá como entidades fiscalizadoras del proceso de reformas «que haya Parlamento, que haya municipios elegidos por el pueblo»484, entendiendo como «Parlamento [una] democracia consolidada y auténtica que se aparte de [...] la democracia liberal [...]. Hemos pedido: Congreso Económico Nacional [...] que se discutan todos los problemas, que se dialogue sobre todos los asuntos del Estado y que haya una irrestricta y amplísima libertad de prensa»485.

     Al mismo tiempo, Haya propondrá «al pueblo del Perú, cualesquiera que sean las ideas de los ciudadanos que no están en nuestras filas [...] una especie de frente unido de la civilidad», para la defensa de las garantías constitucionales486. Como puede verse, es un cuidadoso justo medio entre la oposición y la «convivencia» con el velasquismo, que permitirá al aprismo izar nuevamente las viejas banderas radicales sin caer en una política irresponsable ni coincidir con la defenestrada derecha parlamentarista. Este ensamble entre un Ejecutivo enérgico y con un audaz programa de corto plazo -en este caso el gobierno militar- y una «democracia política y económica» -el CEN- fiscalizadora de las reformas, será la nueva interpretación hayista del «Estado antiimperialista» agresivamente estatista diseñado en el libro de 1928487.

     Tampoco estamos en la década de 1970 ante un aprismo que plantea en un plazo sumamente largo la realización de su «programa máximo». El aprismo de la «convivencia» se basaba en «esperar resultados de obra a largo alcance a largo plazo»488, amonestando enérgicamente «a los impacientes o a los que crean que solamente precipitando las cosas y los hechos se alcanzan los grandes cambios que un partido verdaderamente revolucionario debe tener»489. Ahora estamos ante un aprismo que reclama al gobierno militar la realización global de ese programa de reformas «que hemos preconizado y tratado de lograr en más de treinta años de lucha»490, exigiéndole además mecanismos de participación popular. Haya de la Torre no quiere moderar ni detener el proceso reformista sino ampliarlo: «Nosotros no queremos rectificaciones que signifiquen retroceso o reafirmaciones de errores cometidos en el pasado o de injusticias sancionadas por largo tiempo. Nosotros queremos adelanto, reforma, justicia»491.

           

A manera de rectificación del estatismo sovietizante del libro de 1928, Haya mantendrá la idea variada y creativa del concepto de «nacionalización progresiva» desarrollada durante la «convivencia». Bajo esta orientación se opondrá a «todo intento de implantación de una propiedad social que tenga el riesgo de no ayudar sino de restringir, reducir o paralizar una sana producción»492. Tampoco hará concesiones a quienes aboguen por un alineamiento aprista en el campo del «tercermundismo» sustentado por Cuba, China y Yugoslavia al lado de gobiernos independentistas de Asia y Africa, muchos de ellos dictatoriales. Haya señalará: «La interpretación aprista [...] siempre ha sido reticente a que se nos afilie en un Tercer Mundo en el cual están asiáticos y africanos transidos por conflictos y dificultades violentas y ancestrales [...] que para nosotros ya están superadas»493.

           

4.  La etapa final

Hacia 1977 Haya de la Torre hará un balance negativo del excesivo reformismo autoritario del velasquismo: «Velasco hizo demagogia tan violenta que arruinó la economía del país»494, declarará para la prensa venezolana. Implícitamente considerará excesivo el apoyo aprista a las medidas económicas más enérgicas de esa dictadura. Sus últimos mensajes serán un llamado a seguir perfilando programáticamente al aprismo sin dogmatismo ni pérdida del sentido de la realidad y sin temor a admitir errores: «¡Vamos a trabajar! Tenemos ante nosotros una rectificación, la confesión de errores de incompetencia o de dificultades para elevar el nivel de bienestar del país, para cambiar la estructura del Estado, para moralizar la vida política, para crear un vínculo nacional a base del pluralismo político y del pluralismo económico [...]. Nosotros no sólo somos un partido de acción y de construcción. El aprismo tiene que ser la columna en la cual se apoye el resurgimiento del Perú»495.
     Haya de la Torre realizó una intensa campaña electoral con miras a la Constituyente. El hito máximo fue el mitin apoteósico por el Día de la Fraternidad celebrado en Arequipa.
     El llamado “voto preferencial” obligaba a personalizar el voto. Cada partido o agrupación se identificaba con una letra y cada candidato con un número. De la lista aprista, que llevaba la letra C, Haya de la Torre era “C1”, mientras Ramiro Prialé era “C2” y Luis Alberto Sánchez “C3”. Las elecciones a la Constituyente se realizaron el 18 de junio, obteniendo el aprismo, sobre un total de 3’511.895 votos válidos, 1’241.174 sufragios, equivalentes a 37 de los 100 representantes. Su más cercano rival político, el Partido Popular Cristiano, obtuvo 835.294 votos, equivalentes a 25 representantes. Una coalición de extrema izquierda, el FOCEP (Frente Obrero Campesino Estudiantil y Popular), liderado por Hugo Blanco, Genaro Ledesma y Ricardo Napurí, alcanzó 12 representaciones. Los demás grupos y partidos tuvieron menos de diez representantes.
     A su vez, Haya de la Torre fue el candidato más votado, con 1’038.516 votos, a gran distancia de su más cercano contendor, el líder del PPC, Luis Bedoya Reyes, que obtuvo 644.131. El tercer candidato más votado fue Hugo Blanco, del FOCEP, con 286.885 votos. Luego siguieron Leonidas Rodríguez, del PSR, corriente originada en el velasquismo, con 169.872 votos y Jorge del Prado, líder histórico del PCP, con 150.960 votos. El resto de representantes obtuvieron menos de 100 mil votos.
Mientras los constituyentes recibían 75.000 soles mensuales de emolumentos, Haya de la Torre sólo recibía un sol. Impuso además una rigurosa austeridad en los gastos corrientes de la Constituyente al punto que durante su primer semestre de funciones arrojó un superávit de algo más de 50 millones de soles, según consigna Luis Alberto Sánchez en sus memorias (Testimonio personal , tomo 6, p.85).
     En el día trabajaban desde temprano las comisiones, mientras las sesiones plenarias empezaban en horario vespertino. “Por lo general se empezaba a las 6,30 o 7 p m y se concluía cuando menos a las dos de la mañana, muchas veces a las tres y algunas a las 5 de la mañana”, apunta Sánchez en sus memorias. Buena parte de la sesión plenaria consistía en una larga sucesión de denuncias y planteamientos políticos. A los demás dirigentes apristas sorprendía la paciencia y el interés con que Haya de la Torre seguía estos debates, a veces excesivamente dilatados e imposibles de ser resueltos desde el ámbito de la Constituyente. Sánchez anota en Sobre la herencia de Haya de la Torre (1994, p. 218) que el jefe del aprismo llamaba a ese fárrago de denuncias y reclamos “el desfleme”, el carraspeo que antecede al hablar de cada día en el húmedo invierno limeño, explicable por los largos años de silencio dictatorial.
     Pocos meses antes de dedicar sus últimas energías a rubricar la Constitución de 1979, Haya instará a los apristas a preservar la unidad del aprismo y su invariable arraigo popular con una seria advertencia: «Cuando las ideologías se convierten en utopía y en fanatismo, cuando se olvidan que cada realidad es diferente, fracasan»496, que es quizás su más valiosa lección para las generaciones siguientes.


NOTAS

467 Fraternidad con todos los peruanos (FTP), p. 143, 144 y 145, Día de la Fraternidad de 1969.

468 El efímero Movimiento de Bases Hayistas, disidente del PAP, intentó a comienzos de los años ochenta bosquejar un aprismo «ortodoxo» basado en la etapa de la «Convivencia» y en TA.

469 CR, p. 322, entrevista de 1971.

470 La revolución nacional peruana 1968-1972, p. 38, discurso del general Juan Velasco Alvardo del 24 de junio de 1971.

471 FTP, p. 110, discurso de 1966.

472 Haya, V. R.‑Sánchez, L. A.: Correspondencia, t. II, p. 289, carta de 1956.

473 CR, p. 285, entrevista de 1969.

474 Entre octubre de 1968 y enero de 1969 el gobierno militar desarrolló una intensa campaña publicitaria sobre la «corrupción» de los parlamentarios del período 1963‑1968. Una pericia judicial dejó sin argumentos dicha campaña en lo que atañe al PAP.

475 Valderrama, M.: El APRA: un camino de esperanzas y frustraciones, p. 90-91.

476 FTP, p. 174, discurso de 1971.

477 CR, p. 414, entrevista de 1977.

478 OC, t. IV, p. 29.

479 CR, p. 253.

480 CR, p. 428.

481 OC, t. IV, p. 58.

482 «Discurso del reencuentro» de 1945, en: OC, t. V, p. 346.

483 FTP, p. 170.

484 L. cit.

485 FTP, p. 171.

486 FTP, p. 172.

487 Esta simbiosis entre «Estado antiimperialista» y CEN puede reconocerse en los artículos de Haya de los años setenta compendiados en 101 artículos y una sola idea sobre el APRA. Originalmente, el CEN era parte medular del «Estado técnico» con participación del capital extranjero propuesto por el PAP en 1931. El CEN resultaba incompatible con el «Estado antiimperialista» de 1928 por ser este último un «Estado defensa» contra el capital extranjero.

488 Mensaje al III Congreso del PAP, en: OC, t. I, p. 355-356..

489 OC, t. I, p. 354.

490 FTP, p. 181, discurso de 1972.

491 FTP, p. 214, discurso de 1975.

492 FTP, p. 225, discurso de 1974.

493 FTP, p. 229.

494 CR, p. 404, entrevista de 1977 para la revista Resumen de Venezuela.

495 FTP, p. 276, discurso de 1977.

496 CR, p. 422, entrevista para el diario Hoy, Santiago de Chile, julio de 1978.

Conclusiones

 

            Yo soy optimista. Creo que América Latina va a cambiar [...] pero la
            revolución será una revolución social y no socialista en la que                                      intervendrán todos los factores de la otra revolución que cambió el mundo, la revolución
 de la ciencia y de la técnica.497

                                                                                              Haya de la Torre, 1977

 

La pregunta obligada luego de examinar la compleja evolución ideológica y política de Haya de la Torre, sobre todo considerando la estrecha relación entre doctrina y contexto histórico que siempre estableció, es la siguiente: ¿Puede el aprismo seguir en pie más allá del contexto en que surgió y fue desarrollado por su fundador? La respuesta de sus más connotados discípulos ha sido estereotipar tesis correspondientes a distintas etapas del aprismo en una suerte de sumatoria ideológica. Este sería el aprismo «definitivo», digno de ser dogmatizado.

     De Haya de la Torre, más que un legado «definitivo», debe interesarnos el conjunto del camino recorrido -incluso cuando aún no era aprista- con todas sus particularidades, tratando de interpretar el sentido de su evolución.

 

1.  ¿Volver al joven Haya?

Cuenta con algunos adeptos la actitud exhumatoria de los textos del joven Haya de 1926‑1929 -que fuera intentada pro la corriente de Luis de la Puente Uceda al iniciar su paso al castrismo- con la finalidad de ejercer otra forma de dogmatización, sobre todo erigiendo pedestales a El antiimperialismo y el APRA. Al respecto es muy arpopiado el siguiente juicio de Luis Alberto Sánchez: «Resulta absurdo cortar la vida y las ideas de Haya en una fecha cualquiera de su vida. Ellas son un sólo torrente desde su gestación hasta la agonía de su creador»498. Una etapa va corrigiendo a la anterior y va adecuándola frente a nuevos acontecimientos. Es más: un estudio atento de la etapa 1926‑1929 muestra que ese aprismo formativo carecía del contorno rígido deseado por los hayistas dogmáticos. Tal es el caso de la enmienda que hace el joven Haya del período 1926‑1929 a su inicial intransigencia frente a toda inversión capitalista extranjera en América Latina. En 1927 Haya escribía: «La nacionalización de nuestra riqueza es la única garantía de nuestra libertad. Entregar la riqueza de nuestros pueblos al extranjero es entregarlos a la esclavitud»499. En 1928 aclara: «Mientras subsista el presente orden económico en el mundo hay capitales necesarios y buenos y otros innecesarios y peligrosos»500. ¿Cuál de las dos posiciones sería digna de ser dogmatizada por los apologistas del joven Haya? Si optamos por la segunda, tendríamos que recordar la enmienda que hace a su teoría del Estado el joven Haya de 1931. En 1928 afirmaba que «es el Estado y sólo él, el Estado antiimperialista, el que debe controlar las inversiones de capitales bajo estrictas condiciones»501. Ese «Estado antiimperialista» [inspirado en Lenin, era en 1928] un Estado de guerra defensiva económica [de] limitación de la iniciativa privada [que] tendrá que negar derechos individuales o colectivos de orden económico» hasta «su socialización progresiva bajo el contralor del Estado defensa»502. En 1931 el «Estado aprista» ya no reflejará el molde soviético, será un «Estado técnico [un] Estado de participación de todos aquellos que en una forma y otra contribuyan con trabajo [...] a la formación de la riqueza nacional [incluidos] capital y trabajo, nacionales y extranjeros»503. ¿Debe el aprismo retomar resonancias leninianas que Haya supo rectificar antes de fundar el Partido Aprista Peruano?

     La principal limitación de los ensalzadores del joven Haya de El antiimperialismo y el APRA es no percibir que ésa fue una etapa de transición, germinativa, tanto en lo doctrinal como en lo orgánico. En relación a la etapa de 1931, el aprismo de 1928 es todavía la antesala de un proceso de definiciones. En el capítulo X del célebre libro Haya pone en claro que «no es realista [...] pretender que desde ahora la doctrina revolucionaria indoamericana aparezca completa, finiquitada y perfecta». Recién con la experiencia «la doctrina devendrá más definida, más integral, más permanente»504. El joven Haya de 1928 supera a sus dogmatizadores contemporáneos percibiendo la insuficiencia programática de esta etapa de su doctrina. Este aprismo todavía no era apto para gobernar países. Por eso en su célebre discurso al I Congreso del PAP dirá que «durante el período anterior a este Congreso [...] han podido formularse [...] diversas interpretaciones de lo que es el aprismo, como yo mismo lo he hecho, pero de aquí en adelante, lo que esta magna asamblea resuelva será indesviablemente para todos nosotros nuestro ideario [...] nuestra norma de pensamiento y de praxis»505. No es necesario recordar que la principal «norma de pensamiento» introducida a partir de este congreso en el aprismo era ésta: «El aprismo [...] considera la democracia como una función tanto política como social [...] ésta es su principal diferenciación de los viejos partidos y de las totalitarias y dictatoriales internacionales comunistas y fascistas»506. Los apologistas de El antiimperialismo y el APRA, para realmente serlo, deberían renunciar a este apotegma democrático del aprismo, ausente en Haya durante todo el período 1926‑1929.

 

2.  ¿Congelar Treinta años de aprismo?

Mucho más paradójico es intentar dogmatizar la etapa hayista clásicamente opuesta a todo estereotipo doctrinal: aquélla gobernada por el relativismo einsteiniano y la interpretación «cuatridimensional» de la historia. Del mismo modo que el aprismo de 1928 supone en fenómeno «imperialista» hiperagresivo ante el cual sólo cabe una «guerra defensiva económic