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“Imágenes de una huella”- Parte III- Doctrina Política de Haya de la Torre
En el caso específico del Espacio-Tiempo-Histórico habrá que decir que el relativismo en Haya de la Torre, de origen eisnteniano,  no tiene un carácter absoluto y terminante, pues se plantea el entrecruzamiento de las diversas sociedades y es esta interrelación la que explica no sólo las relaciones sociales y económicas entre los países sino la existencia del fenómeno mismo de la hoy llamada asépticamente globalización (leáse y entiéndase imperialismo moderno) y la elaboración de la misma doctrina aprista como la respuesta latinoamericana a esta dominación y dependencia. Por lo que la pregunta que se planteó Salazar Bondy en 1965 tiene un respuesta clara: Haya de la Torre no plantea una aceptación de la dependencia o de una alienación insuperable sino la reinvindicación de los valores propios y genuinos de Indoamérica.
AGÜERO VIDAL, Tito Livio (2007)
Tito Livio Agüero Vidal - Egresado de la facultad de derecho y  licenciado en Sociología en la especialidad de política (Pontificia Universidad Católica del Perú), egresado de la Maestría de Ciencia Política (UPIGV-ICD), Miembro del Taller de Estudios Políticos ¨Antenor Orrego¨, Catedrático de la Escuela de Ciencia Política (Universidad Nacional Federico Villarreal). 

Mi primer contacto con la producción bibliográfica de Eugenio Chang-Rodríguez (1926) fue en la Biblioteca de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú (hoy Biblioteca Alberto Flores Galindo) a través de un libro suyo que me causo un gran impacto (La literatura política de González Prada, Mariátegui y Haya de la Torre. México: Studium, 1957. 436 pp.). Después fue un ensayo que inicialmente había sido escrito en inglés pero que apareció traducido al español en la Revista Claridad. Tribuna de la Juventud Libre (“Mariátegui y el APRA en la redefinición del indigenismo“. Lima. # 10, 1980). Por último, cuando comencé a redactar mi tesis de licenciatura en sociología política (La temática indígena en los inicios del APRA (1930-1948): un estudio de cuatro intelectuales apristas. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, diciembre de 1997, 2 Tomos. 1400 pp.) leí su Poética e ideología en José Carlos Mariátegui (Trujillo: Normas Legales, 1986 238 pp.) Después tuvimos la suerte de conocerlo personalmente en 1999 y de ahí en adelante comenzó una relación de amistad que se mantiene hasta el día de hoy. Eugenio me encargo la revisión y redacción del Índice Analítico y Onomástico de la antología que preparo de Antenor Orrego (Modernidad y culturas americanas. Antenor Orrego. Páginas escogidas. Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2004. 495 pp.).

La última aventura intelectual de Eugenio fue la redacción de sus memorias para ello le presentó a Rafael Tapia Rojas director del Grupo de Trabajo en Cultura del Congreso de la República el proyecto que tendría y tuvo tres tomos: Entre dos fuegos. Reminiscencias de las Américas y Asia (Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2005. 530 pp.), Una vida agónica. Víctor Raúl Haya de la Torre (Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2007. 378 pp.) y Entre dos fuegos. Reminiscencias de Europa y África (Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2008.  319 pp.). En estas memorias colaboramos con Eugenio haciendo una revisión de los tres libros pero cuando leíamos  Una vida… le envié un correo donde le comunicaba que el c. Alberto Vera La Rosa tenía un valiosísimo archivo fotográfico y que nos parecía conveniente que algunas fotos podrían muy bien acompañar su libro. Eugenio respondió afirmativamente y nosotros rápidamente hablamos con Alberto, elegimos una buena cantidad de fotografías y nuevamente con el mismo Alberto redactamos las respectivas leyendas que acompañarían a las fotos. Sin embargo, Rafael Tapia nos dijo que muchas fotos, que eran inéditas, no tenían un correlato directo con las memorias así que propuso a Eugenio crear un capítulo (“Imágenes de una huella”) donde irían la mayoría de las fotos y me pidió ex­profesamente que redactara veinte (20) textos que se presentarán a los lectores en varias entregas.  

“LA PRODUCCIÓN INTELECTUAL SOBRE VICTOR RAUL HAYA DE LA TORRE Y EL APRISMO”

Existe una amplia gama de monografías sobre el aprismo y su líder máximo -Víctor Raúl Haya de la Torre-. Una forma, prácticamente convencional, de presentar todos estos trabajos seria hacerlo desde la propia ubicación ideológica de los autores: apristas y no apristas. Ambos, más allá de las grandes diferencias que los separan están íntimamente emparentados. Así, la mayor parte de estudios han sido escritos ya sea con un afán apologético  o defensivo, como ataque político  y/o simplemente testimonial, con poco rigor académico y analítico. Sin embargo, casi toda esta bibliografía existente brinda aportes que en modo algunos deben ser desechados. Es más, afirmamos que todo intento de estudio sobre el APRA tiene que constituirse necesariamente a partir de estos iniciales esfuerzos. En el peor de los casos, cuando la carga ideo-política se impone de manera asfixiante, deben ser tomados justamente como testimonios de esta lucha; en tal sentido no son trabajos de ningún modo prescindibles, aunque definitivamente no sean los adecuados para ser considerados como las referencias principales.

Un balance de todas las interpretaciones, estudios, ensayos, investigaciones, etc. que han realizado todos estos intelectuales -peruanos o extranjeros, apristas o no apristas- nos llevan a las siguientes conclusiones: 1. la mayoría gira alrededor de determinadas áreas temáticas: doctrina, ideología, programas y praxis política; 2. todas, salvo notables excepciones, caen en una lectura antropomorfizada del PAP, tanto que el movimiento aprista resulta finalmente identificándose totalmente con la figura de una sola persona, en este caso, con Víctor Raúl Haya de la Torre; 3. los temas específicos de investigación son siempre los mismos -la polémica con Mariátegui, la r. con el marxismo y comunismo, el por qué el PAP logró tener un mayor apoyo en los sectores populares organizados en los años 30 que el PCP, etc.; 4. por último, la carencia de una perspectiva histórica en muchos estudiosos ha sido la causa que muchas situaciones o imágenes del presente terminan imponiéndose y distorsionando el pasado.  

Sin embargo, paralelamente a todos estas publicaciones siempre existió un reducido sector de intelectuales que tuvo una actitud distinta, a pesar de sus militancias políticas, de su identificación con determinados paradigmas teóricos-ideológicos, de las motivaciones que los impulsaron o llevaron a investigar son en muchos casos totalmente diferentes y/o abordaron el estudio desde varias disciplinas, etc. Sólo para efectos expositivos podemos dividirlos en función de los siguientes ejes temáticos: 1. ideología-doctrina política (Harry Kantor, Francois Bouricaud, Jorge Nieto, Hugo Vallenas, Juan Reveco del Villar, Carlos Franco, Alfonso Ramos Alva, Josefina Huamán, Eugenio Chang-Rodríguez, Hugo Neira,  y Tito Agüero Vidal); 2. evolución ideológica (Mariano Valderrama, Raúl Haya de la Torre, Pedro Planas y Hugo Vallenas); 3. orígenes históricos (Peter Klarén,  Liisa North, Raúl Chanamé Orbe, María Teresa Quiroz  y Rolando Pereda); 4. regionalismo (Peter Klarén, Beatriz Gil, Demetrio Ramos Rau, Balsco Bazán Vera, Elmer Berrocal, Juvenal Ñique Ríos y Walter Ampuero); 5. Historia política (Francois Bourricaud, Carmen Rosa Balbi); 6. cultura, catolicismo y religiosidad (Jeffrey Klaiber, Luis Tejada  e Imelda Vega Centeno). Son ellos los que más han contribuido científicamente al estudio del aprismo. En los últimos años este grupo que se caracteriza por tener distintos enfoques teóricos, porque las motivaciones que los impulsaron a investigar son en muchos casos totalmente diferentes y/o abordan el estudio desde varias disciplinas, etc., ha aumentado notoriamente, de tal manera que hoy en día contamos con una nada despreciable número de monografías sobre el APRA y/o Haya de la Torre que nos permiten conocer muchas áreas y dimensiones que hasta hace pocos años eran totalmente ignoradas.

"DOCTRINA POLÍTICA: IMPERIALISMO”
                  
Todo estudio que aspire a presentar de manera objetiva y ordenada la Teoría del Imperialismo tiene que concluir en varios puntos. Para empezar, y a diferencia de lo que generalmente suele pensarse, no es exacto afirmar que existe propiamente una Teoría, como un todo orgánico y sistemático, lo correcto es decir que hay diversas y múltiples teorizaciones. Es más, salvo el caso excepcional de los planteamientos de Hobson, todas de una o de otra manera se reconocen deudoras de la denominada Teoría de la Crisis o del Derrumbe de Marx. Pero este acercamiento al final de cuentas ha tenido consecuencias funestas para su desarrollo, pues después de ser formulada fue objeto de intensos debates y diversos usos políticos. Desde una perspectiva analítica, dejaron de tener claros contenidos socio-económicos para adquirir tintes cada vez más políticos, para después dejar de ser utilizadas. Todo estos avatares hicieron mella en ellas pues finalmente llevaron a su abandono y reemplazo por las teorizaciones de Braudel y/o Wallerstein. Esto viraje teórico y/o ideológico fue algo que sucedió especialmente en los partidos socialistas europeos y en general en toda la II Internacional. Años más tarde, la caída del Muro de Berlín en 1989 y la "crisis" del paradigma marxista, parecieron confirmar lo acertado de esta decisión. Sin embargo, todo esto ha sido producto de una lectura sumamente mecanicista y/o determinista de la Teoría de la Crisis pues ha faltado la flexibilidad necesaria para su verdadera y exacta interpretación. Así, se olvido que la Ley de la Baja Tendencial de la Tasa de Ganancia, que es su sustento teórico, es efectivamente una Ley pero que debe ser entendida no en términos absolutos sino fundamentalmente tendenciales. Por estas razones, en estos momentos, las Teorías sobre el Imperialismo ya no se expresan propiamente en términos políticos y/o ideológicos, como era antes, sino que han adquirido un status mucho más académico y teórico, y se presentan implícitamente como parte de los estudios sobre los procesos económicos de oligopolización y monopolización de las industrias y las finanzas en las economías capitalistas centrales. En la actualidad en la Teoría Social del Imperialismo existen dos grandes corrientes. La primera, la del Capital Financiero, en la que es posible distinguir cuatro subcorrientes: los teóricos del Control Bancario, los de la Hegemonía Bancaria, los de la Dominación Bancaria e incluso los del Capital Financiero bajo control industrial. La segunda, la del Capital Monopólico, que tienen como sus principales exponentes a E. Herman, H. Sherman K. Cowling, W. Semmler, y A. K. Dutt. Además, estas dos Escuelas, después de múltiples polémicas, ya han comenzado a establecer vínculos pues están descubriendo que la polémica en que se enfrascaron sus fundadores -Hilferding versus Baran y  Sweezy- fue mucho más aparente que real porque siempre existió un amplio espacio de coincidencias.

Todo este proceso por el que han pasado las Teorías sobre el Imperialismo nos demuestra que en términos analíticos y teóricos todavía sigue manteniendo vigencia y que no solo es una mera y simple formulación ideológica desechable como se ha hecho creer interesadamente. En tal sentido, es importante tener en cuenta que esta Teoría se construye siempre a partir de dos elementos: uno, de carácter claramente constitutivo, el tránsito de una economía competitiva a otra monopólica en los sociedades capitalistas centrales, o para decirlo en términos propios de le economía convencional y/o positiva, actualmente en boga, el paso de un modelo económico de competencia perfecta a otro de competencia imperfecta; y dos, de naturaleza eminentemente relacional, entre el centro y la periferia, la apropiación, siempre por parte del centro, del excedente producido en la periferia.

Se hace necesario problematizar el fenómeno socio-económico llamado imperialismo a partir de la conceptualización teórica hecha por el mismo Haya de la Torre y sobre todo buscar indagar sobre su vigencia a la luz de las actuales teorizaciones sobre el imperialismo y especialmente sobre las novísimas formulaciones sobre la globalización. Este ejercicio intelectual adquiere también importancia porque de una o de otra manera proporcionaría elementos teóricos para enfrentar el uso excesivamente libre que se ha dado, se da y seguramente se seguirá dando a estos términos no sólo en las ciencias sociales, especialmente desde las décadas del 60 al 90, sino también, en el mundo político. Efectivamente, la falta de rigurosidad hace que muchas veces estos conceptos se confundan con otras categorías sociales como dominación, dependencia, colonialismo, explotación, mundialización, etc.; o lo que es mucho peor, que sean vistos, especialmente la noción de imperialismo, solos como meros y simples elementos del discurso ideológico, como sino tuvieran un sólido soporte teórico y analítico que los respalde, y por consiguiente, tendrían un carácter descartable u desechable.

Más allá de los diversos momentos que tuvo el pensamiento de Haya de la Torre es posible encontrar una especie de hilo conductor o común denominador. En otras palabras, existe una suerte de matriz analítica de naturaleza eminentemente teórica. Esta fue elaborada durante sus primeros años como creador de la doctrina aprista, y para ser más preciso fue en el extranjero y en los agitados años 20. Esta matriz, fue, tributaria de dos autores europeos: Hobson y Lenin. De Hobson, se tomará su concepto de imperialismo, como un fenómeno producido y desarrollado en las sociedades capitalistas centrales y, su denuncia sobre sus efectos negativos en la periferia. De Lenin, de su definición fáctica del imperialismo se rescatara su carácter generativo, producto que el capitalismo ha transitado del período competitivo al monopólico y/o oligopólico; y, la exportación de capitales del centro a la periferia.

Pero los componentes centrales que la estructuran y dan forma definitiva a esta matriz son cinco. Primero, el imperialismo es percibido no solo como una teoría general que tiene sus propias leyes sino también, y sobre todo, como una categoría histórica. Se parte de la idea que las sociedades capitalistas no son estáticas sino totalmente dinámicas y están en constante movimiento. En tal sentido, las estructuras sociales, económicas y políticas están en continuo y permanente cambio. Por consiguiente, el imperialismo, como fenómeno socio-económico, esta abierto no a una definición sino a todo un conjunto de definiciones fundamentalmente producto de su desenvolvimiento y/o desarrollo tanto en el espacio como en el tiempo, por lo que puede tener toda una serie de etapas.

Segundo, el imperialismo es una categoría socio-económica pero que también tiene dimensiones políticas y culturales. Siguiendo a Lenin más que al propio Hobson, se establece claramente el carácter y naturaleza del imperialismo como un fenómeno producto de la etapa monopólica del capitalismo y que se manifestará en la exportación de capitales del centro a la periferia más que propiamente de mercancías. Pero el imperialismo tendría también expresiones en otros campos. Dentro de éstos se valorara mucho el de la política internacional y el propiamente cultural.

Tercero, el carácter ambivalente del imperialismo. Siguiendo a Marx y Engels, quienes en algunos escritos señalaban que el capitalismo en sociedades tradicionales -no capitalistas- no sólo era sinónimo de explotación sino también de progreso, se considerara también que el imperialismo tiene tanto aspectos negativos como positivos. Esto lo diferenciara notablemente no sólo de Lenin y Mariátegui sino también de la casi totalidad de los teóricos de la dependencia quienes solo tomaban en cuenta lo primero y nunca lo segundo.

Cuarto, la relación teoría y praxis. La noción de imperialismo está ligado íntima e indisolublemente con la de antiimperialismo. En tal sentido la conceptualización sobre el imperialismo siempre ira de la mano de la conceptualización sobre la alternativa política a seguir. Aquí, nuevamente, encontramos diferencias sustanciales con algunos teóricos marxistas dogmáticos.
Quinto, la dimensión continental de su conceptualización sobre el imperialismo. Efectivamente, este fenómeno socio-económico es visto como el aspecto central de la problemática peruana y latinoamericana. Así, su repercusión en nuestra sociedad queda subsumida dentro de otra mayor, que la incluye y la comprende, la regional.

Como se ve esta matriz analítica hayatorreana, no es un sistema de ideas cerrado y que llegue a establecer un divorcio con la realidad social y con los cambios que ella se producen como ha sucedido muchas veces en la historia con muchos idearios que finalmente terminaron convirtiéndose en cárceles. 

Debemos tener siempre presente que toda Teoría Social tiene que cumplir con dos requisitos. Primero, tener una coherencia lógica interna, entre sus supuestos (hipótesis), categorías teóricas y las conceptualizaciones sobre la realidad y las alternativas político-sociales a seguir, si es que se formularan. Segundo, el tener una capacidad explicativa altamente satisfactoria acerca del fenómeno social estudiado. Así, las Teorías sobre el Imperialismo, a pesar de haber sido relegadas desde hace 20 años por el auge del neoliberalismo, hecho que, sin embargo, no acarreó su desaparición, pues éstas siguieron formulándose y sobre todo desarrollándose en algunos medios académicos y universitarios, no se ven cuestionadas por las novísimas teorizaciones sobre la globalización, en la medida que ni cuestionan ni no ponen en duda en ningún momento sus fundamentos. En ese contexto la matriz analítica hayatorreana, que, a su vez, se sustenta en las Teorías Sociales del Imperialismo, tampoco se ve impugnada, porque no es una teorización específica que busca explicar un fenómeno de manera totalmente rigurosa y exhaustiva sino sólo un marco interpretativo latinoamericano que debe servir como una pauta para la mejor comprensión de este mismo fenómeno y para la formulaciones de políticas de corte antiimperialista y/o antiglobalizantes.

“DOCTRINA POLÍTICA: LA UNIDAD POLÍTICA Y ECONOMICA DE AMERICA LATINA”

A principios del siglo pasado, un pequeño grupo de pensadores, políticos y escritores latinoamericanos -Francisco Miranda, Miguel Hidalgo y Costilla, Manuel Belgrano, Bernardo Monteagudo, etc.- comenzaron a diferenciarse nítidamente del resto de sus connacionales porque se atrevieron a alzar su mirada por encima de los intereses de sus respectivos países y se ubicaron en un horizonte mayor: el continental. Así, surge la utopía latinoamericana que en su primer estadio tiene un simple carácter enunciativo: proclamas, discursos, manifiestos, escritos, etc. Habrá que esperar a que en el escenario latinoamericano aparezca la figura de Simón Bolívar Palacios para que aquello que fue voz se convierta en acto. Efectivamente, la pasión unitaria de Bolívar lo llevó a convocar el Congreso Anfictiónico en el istmo de la Gran Colombia -hoy Panamá- en 1826.  Diversos factores, que no es el caso tratar, conspiraron para que este ideal no  se realizara .

Un tercer gran momento surge cuando las banderas unionistas e integracionistas que izó Bolívar fueron recogidas por varios movimientos políticos latinoamericanos -La Unión Latinoamericana o U.L.A. (1925), La Liga Antiimperialista y la Alianza Popular Revolucionaria Americana o A.P.R.A. (1924)-, pero de los tres, sólo el APRA alcanzó a tener una perdurabilidad y vigencia en el tiempo, en la medida que no se limitó a ser sólo movimiento intelectual, como fue desgraciadamente el caso de la U.L.A., y se esforzó por reivindicar una clara y nítida autonomía intelectual y especialmente una necesaria independencia política, que definitivamente lo distancio de las Ligas, que justamente se caracterizaban por su subordinación total a la III Internacional (comunista). Así, el mérito del APRA es que puso nuevamente a discusión la temática continental y lo hizo desde diversos planos: desde la filosofía de la historia, en el que sobresale Antenor Orrego Espinoza; desde la historia y crítica literarias, en donde resalta Luis Alberto Sánchez; y, finalmente, en el plano propiamente político, que tuvo como principal ideólogo a Víctor Raúl Haya de la Torre. Aunque, el economista Carlos Capuñay, reputado estudioso del pensamiento integracionista de Haya de la Torre, sostiene que existen dos etapas en el desarrollo de la propuesta aprista, lo cierto es que desde una estricta perspectiva histórica, nosotros encontramos tres estadios claramente delimitados en el tiempo: la primera, que abarca los años 20 y 30, donde la integración va íntimamente unida a una radical acción antiimperialista como respuesta a la agresiva política norteamericana en América Latina, en general, y en América Central y el Caribe, en particular; la segunda, que se ubica en la década del 40, donde se da más énfasis al aspecto político-militar, y en menor medida a los propiamente económicos, motivada básicamente por el temor a la peligrosa amenaza nazi-fascista y la tercera, desde fines de los años 50 hasta sus últimos años de vida, en donde a raíz de los esfuerzos europeos por constituirse en un sólo bloque económico y político, producto de haber vivido el horror de dos Guerras Mundiales y del temor al enorme y creciente poderío soviético, y de la constitución de una serie de organismos subregionales y regionales en toda América Latina, Haya de la Torre privilegia lo económico y postula el Mercado Común Latinoamericano "como un paso necesario hacia la Unión Económica de este Continente".

Estos enunciados elaborados desde el discurso político y que alcanzan a tener un importante auditorio desde los años 20 en América Latina reciben un inesperado impulso a fines de la década del 50 cuando a raíz de la unión europea y de la divulgación y difusión, desde las ciencias económicas, de lo que hoy se denomina la Teoría de la Integración. Por ese entonces ya se contaba con la Organización de Estados Americanos (OEA) que nace el 30 de abril de 1948, en la IX Conferencia Internacional Americana celebrada en la ciudad de Bogotá (Colombia). Así, surgen toda una serie de organismos e instituciones internacionales: en 1950, aparece la Comisión Económica para la América Latina (CEPAL) que fue a no dudarlo el primer y gran instrumento dirigido a fusionar los débiles mercados nacionales, gracias a la actividad desplegada por el notable economista argentino Raúl Prebisch; en 1960, se crea la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), en virtud del Tratado de Montevideo, y se propone derribar las barreras al comercio intra-regional para estimular los sectores productivos y llegar a un mercado común; en 1960, surge el Tratado Multilateral Centroamericano de Libre Comercio, que fue modificado en 1993; en 1964, aparece el Parlamento Latinoamericano (PARLATINO) con el objetivo de impulsar, desde la esfera política el proceso de integración; en 1968, los países caribeños crearon la Asociación de Libre Comercio del Caribe o CARICOM; en 1969, se crea el Pacto Subregional Andino o Acuerdo de Cartagena; en 1980, aparece la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), en reemplazo de la ALALC que tropezó con muchos inconvenientes debido a que se trazó un programa muy ambicioso; en 1979, el Pacto Andino inaugura su flamante Parlamento Andino y, por último, en 1986 varios países suscriben el MERCOSUR (Grupo de la Cuenca de la Plata) que incluye, además de un mercado común, proyectos de integración física y cooperación económica. A todo ello, últimamente, habría que agregar la constitución de la Comunidad Sudamericana de Naciones y las Cumbres de Jefes de Gobierno y de Estado de la Unión Europea, Latinoamérica y el Caribe.

Hoy en día la integración económica -y, la posterior unidad política- es un objetivo no sólo deseable sino totalmente indispensable en el nuevo orden económico internacional. La integración regional y la integración global no son desde ningún punto de vista excluyentes. Es más, son dos instancias complementarias de una sola gran estrategia de inserción en la economía global. Pues la llamada globalización o imperialismo, como sabemos, no es sino una nueva forma de exclusión de grandes grupos sociales en la generación y distribución de riqueza en el planeta. Así, se  puede comprobar con un razonable y moderado optimismo, por los avances y retrocesos que el proceso ha tenido, todavía tiene y seguirá teniendo, sin duda, que los sueños de Simón Bolívar y Víctor Raúl Haya de la Torre como la de otros grandes visionarios de ver una América Latina unida y fuerte no solamente poco a poco se va forjando sino que se proyecta inevitablemente en este nuevo siglo.

“VIGENCIA TEORICA Y PRACTICA DEL FRENTE ÚNICO DE CLASES EXPLOTADAS”
                                  
I. Introducción.-

Frente a las tesis socio-políticas conservadoras contemporáneas que señalan el fin de las estructuraciones sociales de corte clasista y de postular inclusive el fin del capitalismo y su sustitución por otros modelos societales -sociedad postindustrial, postcapitalista, del conocimiento, de la información, etc.- se hace necesario afirmar la pervivencia de condiciones objetivas (materiales) que posibilitan la existencia de estructuras sociales clasistas y por consiguiente la vigencia de la tesis anarquista, anarcosindicalista y después aprista del denominado frente único (Arturo Sabroso, Demetrio Ramos Rau, Rolando Pereda, Luis Tejada y Piedad Pareja).

II. Sociedad Peruana: El tránsito de lo tradicional a lo moderno.-

Durante siglos, hasta por lo menos mediados de la década del 40 o 50 del siglo XX, la sociedad peruana en su conjunto, como totalidad social, tenía una configuración social dominante de naturaleza y/o carácter tradicional. Como bien lo señala  Julio Cotler, retomando un término de Stanley y Barbara Stein -la herencia colonial-, dos eran las características centrales: por un lado, la marginación y discriminación del indio producto de la persistencia de relaciones coloniales de explotación y de la dominación social y cultural sobre el mundo indígena, y por otro, el carácter dependiente de toda la sociedad respecto al desarrollo de las sociedades del hemisferio norte. Cuando Haya de la Torre redactó El Antiimperialismo y el APRA las clases sociales en estricto sentido solo existían en algunas zonas, como en la regiones norte (costa) y central (sierra y costa), donde gracias la presencia del capital extranjero imperialista, posibilitó la emergencia de relaciones sociales capitalistas, lo que a su vez permitió la constitución de una economía moderna -primaria: extractiva y exportadora-.

Pero en los últimos 80 o 90 años poco a poco tiene lugar un fenómeno que Joseph Schumpeter llamó destrucción creadora en el sentido que el capitalismo previo a su emergencia realizaba una suerte de destrucción de la economía tradicional. Sin embargo en el Perú el capitalismo si bien cumplió esta primera tarea, la segunda, la creación de un modo de producción capitalista en toda su extensión y profundidad, todavía sigue siendo algo por realizar. En un inicio el relativo desarrollo, articulación y enraizamiento de fenómenos socio-económicos capitalistas estaban en constante y permanente contradicción con los lazos serviles de reciprocidad y relaciones de valor no desarrolladas, con señoríos y lealtades claramente estamentales. Es decir, el capitalismo se desarrolló sobre un suelo "feudal" y por eso fue fragmentario y desigual. Ocurrió primero a través de las exportaciones de materias primas (década del) 20 que a su vez permitió un inicial crecimiento urbano, después por la ISI (década del 50), y que a su vez se vio limitada por las divisas que la exportaciones podían proporcionar y por la misma estrechez del mercado interno. En este caso la expansión capitalista en sus distintas modalidades amplió la desigualdad entre sus fuerzas productivas y las del mundo rural, especialmente del agro andino. El resultado final fue una relación campo-ciudad que erosionaba las actividades económicas de un agro arcaico y estancado, convirtiendo a estos espacios en un incremento marginal del mercado capitalista, pero imposibilitado un desarrollo en profundidad de éste. En tal sentido, las reformas velasquistas estiraron los mercados, pero fracasaron en los intentos de profundizarlos al dejar inalteradas las relaciones productivas entre el campo y la ciudad. Así, la fuerza de trabajo de la población en su conjunto pasa a reproducirse crecientemente en contacto con dicho capitalismo, pero no creciendo como fuerza de trabajo productiva. Para decirlo en otras palabras ha habido una urbanización sin industrialización. La actual ola transnacionalizadora, iniciada con los programas de estabilización económica pero sobre toda por las políticas de ajuste estructural de los años 90, que es la tercera en toda la historia del Perú, y que se caracteriza por un fuerte inversión de capitales españoles, canadienses, norteamericanos, ingleses, chilenos, etc., en los sectores terciarios y primarios -banca, financieras, seguros, minería, telecomunicaciones, electricidad, etc.-, no modifican en lo más mínimo este cuadro socioeconómico.

III. Estructura Social Clasista.-

En el Perú de hoy ya podemos hablar de la existencia de una estructuración clasista mínima en la medida que la anterior -estamental- ya no existe más o por lo menos ya no es la hegemónica. Lo que  permite afirmar todo esto es que la constitución de la sociedad, y su reproducción misma, descansan cada vez más en las formas sociales que toma del producto económico -excedente- y sobre todo en las relaciones sociales con las que dicho producto y su forma son producidos y hacen parte del metabolismo social. De esta manera, las clases sociales son vistas desde el campo del trabajo, para ser más precisos de la producción misma, y no desde lo esfuerzos de supervivencia o de la circulación donde los individuos y grupos sociales se enfrentan básicamente a circunstancias. No está demás decir que toda esta estructuración, como muy bien lo señala Guillermo Rochabrún, debe verse no como un sistema acabado y definido, donde las diversas clases sociales y las relaciones que se establecen entre ellas están totalmente constituidas sino como un campo de relaciones y posibilidades y donde si bien es cierto se pone el sesgo en el capital y en su dominación intrínseca no se puede soslayar de ningún modo las contradicciones que provoca y enfrenta. Así, siendo consecuentes con todo esto se puede afirmar que el elemento rector que define toda esta estructuración en estos momentos es la participación de todos aquellos individuos, grupos y clases sociales en la generación, control y sobre todo en la repartición del grueso del excedente social que se produce en el país.

IV. Conclusiones.-

Paralelamente todas a estas determinaciones en el terreno social existe el otro espacio, el teórico, y aquí es necesario hablar del funcionalismo y de la teoría de la elección racional. El primero porque representó un duro ataque a la categoría misma de clase social, dando lugar a explicaciones de aproximaciones multidimensionales en los que el análisis clasista quedaba totalmente sustituido por diversos y múltiples ejercicios empiristas de estratificación social mediante escalas de status, carentes en la mayoría de los casos de fundamentación teórica. Mientras que la segunda porque produjo una fisura teórica y metodológica en el seno mismo del marxismo, tanto que Stewart Clegg sostuvo que "es un caballo de Troya para los defensores de un análisis de clase de influencia marxista". Finalmente todo esto llevó a que se transitara de un paradigma que ponía el acento en las clases sociales y la producción a otro donde la preocupación se centraba en una diversidad de actores sociales, en el consumo y las innovaciones tecnológicas, con lo que pasaba a un primer plano el estudio de la relación Estado-sociedad civil y la naturaleza de las grandes organizaciones encargadas de articular los intereses en el seno de la sociedad civil.

Hoy sin embargo estamos asistiendo a una vuelta a los clásicos esquemas interpretativos clasistas pero no a partir, como antaño, de la separación, oposición y polémica entre las dos más importantes escuelas -la weberiana y la marxista- sino de una confluencia entre ambas y en donde las líneas de separación y diferenciación ya no son nítidas. Efectivamente, autores de indiscutible formación neoweberiana como Lockwood, Goldthorpe, Parkin y Van Parijs se mezclan con neomarxistas de la talla de Wright, Roimer y Gouldner.

Por último, la precarización laboral -trabajos a tiempo parcial, a domicilio, a corto plazo, temporal u ocasional, independiente, subcontratación, etc.- que la globalización imperialista ha difundido tanto en las sociedades capitalistas centrales como en las periféricas de acuerdo con una política que busca reducir los costos productivos y sociales (Organización Internacional del Trabajo y Oskar Lafontaine y Christa Müller) terminan por reforzar la tesis de que los trabajadores(as), hoy como ayer, se deben organizar en frentes únicos para defender sus derechos y mejor aún si teóricamente el partido político es el mismo frente único, como es el caso del aprismo.

"ESPACIO-TIEMPO-HISTÓRICO: HISTORICISMO MULTUCLTURALISMO Y POST
MODERNIDAD"

I. Introducción.

Hace años Augusto Salazar Bondy (Historia de las ideas en el Perú contemporáneo. El proceso del pensamiento filosófico. Lima: Francisco Moncloa, 1965, T. II, pp. 351), a propósito de Toynbee frente a los Panoramas de la Historia, se preguntaba si la tesis central del libro, la emergencia de una nueva civilización americana, era  realmente una "¿afirmación de los valores de América Latina o la aceptación de una dependencia, de una alienación insuperable? Recordemos que en dicho libro Haya de la Torre buscaba mostrar la compatibilidad, en lo sustantivo, de su doctrina del Espacio-Tiempo-Histórico con las tesis del gran historiador inglés. De tal manera que responder a esta interrogante nos lleva indefectiblemente a problematizar su mismo discurso filosófico y que mejor que hacerlo a partir de las dos matrices más importantes en la discusión filosófica contemporánea, es decir, desde el esquema opositor historicismo o multiculturalismo versus universalismo o globalismo y modernidad versus postmodernidad.

II. Historicismo y Multiculturalismo.-

El universalismo junto con el historicismo constituyen los dos grandes centros que han producido tensiones hacia una u otra dirección durante toda la historia de la filosofía. Ya desde los albores de la filosofía en la antigua Grecia, sobre todo con Tales de Mileto, y en menor medida con Anaximandro y Anaxímenes, encontramos ya consideraciones de carácter y naturaleza universalistas. Así, Tales es el primer gran universalista de la historia, pues fue el primer filósofo que demostró un teorema matemático.

A diferencia del universalismo que es antiguo, el historicismo es relativamente nuevo. Se inicia aproximadamente a mediados del siglo XVII, con un libro poco leído titulado Principios de una Ciencia Nueva en torno a la Naturaleza Común de las Naciones y cuyo autor es el italiano Giambattista Vico que es el que da nacimiento a esta nueva forma de pensar la filosofía. Incluso su mismo libro podría parecer un anticipo del joven Hegel -Fenomenología del Espíritu-. A pesar de que Karl Popper sostiene en su Miseria del Historicismo que el fundador de esta corriente es Wilhelm Dilthey, Vico esta considerado como el primer relativista y escéptico, porque su historicismo no se reduce únicamente a enunciar que la historia es necesaria para comprender la acción humana, sino porque también considera que las sociedades atraviesan diversos estadios. Es más, algunos estudiosos ven en su obra una anticipación de Hume, Hegel, Marx, y Sorel, con lo que lo terminan ubicando a la cabeza de la moderna filosofía de la historia.

Hoy la filosofía de la historia tiene un nuevo impulso gracias Alexander Kojéve, Paul Kennedy, Samuel P. Huntington, Francis Fukuyama, Alvin Toffler, etc.  A los que habría que agregar los actuales filósofos comunitaristas y multiculturalistas como Robert Bellah, Michael Walzer, Charles Taylor, Richard Rorty,  Will Kymilca, Alasdair MacIntyre, Michael Sandel, etc  Todos ellos de una o de otra manera se inspiran en Hegel, Spengler y Toynbee y, por tanto, en Vico. Por consiguiente, la filosofía de la historia, más allá de las preferencias ideo-políticas de los propios autores (izquierda-centro-derecha), es una corriente que forma parte y de manera muy activa de la filosofía mundial, y más aún los diversos autores mencionados y sus respectivos discursos filosóficos se basan y fundamentan en los de los que muy bien podríamos llamar clásicos historicistas. De tal manera que el Espacio-Tiempo-Histórico hoy en día no es una formulación filosófica fuera de espacio y de tiempo.

III. Post-Modernidad.-

Otro eje del debate filosófico contemporáneo es el que enfrenta a los filósofos modernos (Descartes, Locke, Kant, Habermas, etc.) con los postmodernos (Federico Nietzsche, Walter Benjamin, Jacques Francois Lyotard, Charles Baudelaire, Michael Foucoult, etc.) La llamada modernidad, como alguna vez lo dijo Octavio Paz tiene un carácter indiscutiblemente europeo, y se define a partir de una noción específica de racionalidad (instrumental) y que echó por tierras las visiones religiosas del mundo, como también las construcciones filosóficas basadas en una concepción abstracta del hombre y de las cosas. Todo ello llevó a la emergencia del mundo de la ciencia y de la técnica pero también de los diversos proyectos liberadores y/o emancipadores (socialismo burocrático, liberalismo, etc.).

La Postmodernidad, que es en el fondo una respuesta a la Modernidad y/o una etapa superior de la Modernidad, por el contrario, implica una nueva actitud. Hay una dura crítica a la tesis de la existencia de una razón universal, que en el fondo era o es una simple y mera razón europea, y por consiguiente, se postula la no existencia de razones o en todo caso la existencia de varias razones. Además, todas las categorías teóricas tan caras a la modernidad son no sólo cuestionadas sino dejadas de lado (totalidad, estructura, sistema, sistémico, etc.). Señalan que los proyectos liberadores modernos o para hablar en términos propiamente postmodernos los metarelatos han demostrado no ser la solución para liberar al hombre y a la mujer. Por último su "propuesta" todavía en construcción consiste en la reivindicación de lo fragmentario, heterogéneo, etc.

La crítica explícita al etnocentrismo y más que eso al eurocentrismo hace que el postmodernismo se ligue con la tesis del Espacio-Tiempo-Histórico, pues ambos coinciden en la existencia de varias razones históricas y que las mismas sociedades no tendrían un solo desarrollo sino múltiples desarrollos, pues como bien lo señala Francois Bourricaud Haya de la Torre "...no rechaza tanto la concepción unilineal como la idea de una evolución a partir de un solo centro" (BOURRICAUD, Francois: 1967).

IV. Conclusiones.-

En el caso específico del Espacio-Tiempo-Histórico habrá que decir que el relativismo en Haya de la Torre, de origen eisnteniano,  no tiene un carácter absoluto y terminante, pues se plantea el entrecruzamiento de las diversas sociedades y es esta interrelación la que explica no sólo las relaciones sociales y económicas entre los países sino la existencia del fenómeno mismo de la hoy llamada asépticamente globalización (leáse y entiéndase imperialismo moderno) y la elaboración de la misma doctrina aprista como la respuesta latinoamericana a esta dominación y dependencia. Por lo que la pregunta que se planteó Salazar Bondy en 1965 tiene un respuesta clara: Haya de la Torre no plantea una aceptación de la dependencia o de una alienación insuperable sino la reinvindicación de los valores propios y genuinos de Indoamérica.

"DOCTRINA POLÍTICA: VIGENCIA Y ACTUALIDAD DEL PENSAMIENTO DE VICTOR RAUL HAYA DE LA TORRE"

Existen determinados momentos en los que los hombres y mujeres de toda Indoamérica obligatoriamente tienen que efectuar un cambio de mirada, esta ya no puede estar centrada en el presente y/o futuro sino que tiene y debe trasladarse al pasado, especialmente a aquellas coyunturas que el continente deja, parafraseando a Luis Alberto Sánchez, su adolescencia existencial y/o ontológica; a ese tiempo histórico que Leopoldo Zea dice que comienza cuando José Enrique Rodó redactó "El que vendrá", ensayo que ya preanunciaba sus libros más importantes: Ariel, Motivos de Proteo y Mirador de Próspero; sin embargo, se podría sostener que la emergencia de un pensamiento propiamente latinoamericano no puede partir sólo del siglo XX sino que comienza a estructurarse desde mucho años atrás, incluso desde el período de la lucha por la independencia del dominio español. Así, junto a los Rodó, Darío, Vasconcelos, Orrego, Haya de la Torre, Sánchez, Salazar Bondy, Zea, Dussel, etc., habría que tomar en cuenta a los Viscardo y Guzmán, Miranda, Bolívar, Martí e inclusive, y a pesar de su marcado filoeuropeísmo, a los Bello y Sarmiento. Entonces aquí estaríamos frente a lo que alguna vez Elizabeth Palmer llamó los constructores americanos, en el sentido de que su obra rebasa largamente los cauces de lo meramente literario para desbordarse, noble y ejemplarmente, por la conciencia colectiva en formación de sus países respectivos y de toda Indoamérica.

Muy bien, si el pensar propiamente latinoamericano tiene como inicio el siglo XVIII y abarca un período que va desde que se escribió la "Carta a los españoles americanos" (1791) a la Indoamérica de hoy, estamos hablando en realidad de 212 años, las preguntas a plantearse serían ¿cuáles serían aquellos momentos que debemos siempre recordar para hacer un balance o una suerte de terapia psicoanalítica de lo que ha sido y de lo que debió ser el desarrollo societal latinoamericano?, en otras palabras ¿cuáles son aquellos acontecimientos fundacionales del pensamiento latinoamericano? Pensamos que básicamente serían dos: la convocatoria (circular del 7-XII-1824) y la realización misma del Congreso Anfictiónico de Panamá (1826) por Simón Bolívar y la redacción de El antiimperialismo y el Apra (1928) por Víctor Raúl Haya de la Torre.

Sobre el pensamiento de Haya de la Torre, al igual que sobre el Libertador, se ha escrito mucho, sin embargo pensamos que la mejor conceptualización sobre su carácter y/o naturaleza nos la da el mismo y no las decenas de estudiosos peruanos y extranjeros que se han acercado a estudiar su obra. Efectivamente, en una oportunidad el definió sus ideas como semillas magníficas que fecundaron, enraizaron formando tronco, frutos y sombra, pero que evolucionaron sobre un terreno y un clima poco propicio tanto así que el aprismo "es un árbol solitario en medio del páramo sitibundo y azotado por todos los embates, cuyo suelo se estremece y cambia, se agrieta y transforma, pero el árbol permanece". Si esto es así el corpus teórico y la acción política aprista pueden ser vistos hegelianamente como una teoría y una praxis que constantemente se niegan a si mismas, en la medida que el gran peligro o la gran amenaza a nuestro Pueblo Continente, el imperialismo, es un fenómeno socioeconómico que está en constante desarrollo y que, por consiguiente, es una categoría teórica de naturaleza histórica, y que hoy se presenta con el membrete ascéptico de globalización y se expresa en la precarización laboral, deslocalización productiva, profundización financiera, en las políticas de ajuste estructural, en una loca competencia de los países centrales y periféricos para reducir los costos productivos pero que se disfraza bajo la forma de la novísima teoría de la competitividad (Porter, Drucker, Reich, Thurow, etc.), cambios en los procesos productivos, etc. Así, cuando hoy vemos que la globalización imperialista comienza a ser duramente cuestionada tanto en las sociedades capitalistas centrales como en las periféricas tanto en el plano intelectual -Foros Antiglobalización, estudios, investigaciones, ensayos, etc.- como en la práctica política -protestas en las reuniones del FMI, OMC, Banco Mundial, BID, etc.- podemos tener la certeza que el ideario de Haya de la Torre no es algo obsoleto y descartable como el sentido común neoliberal interesadamente nos podría hacer creer.

Ahora bien, si se revisa con detenimiento la historia de las ideas políticas de América Latina pero sobre todo su materialización concreta y real, se puede afirmar que el desarrollo que ha tenido Indoamérica desde la independencia hasta nuestros días, puede muy bien ser vista metafórica y/o figurativamente como la marcha de los peregrinos(as) descalzos(as) que avanzan hacia su santuario dando solo unos cuantos pasos adelante cada vez, y después retrocediendo o saltando a un lado para volver a avanzar y desviarse o retroceder; así zigzagueando todo el tiempo, se acercan penosamente a su punto de llegada (utopía). Pensamos que Víctor Raúl Haya de la Torre, al igual que Simón Bolívar y otros pensadores, muy bien pudo pensar que su misión era no sólo la de señalar la meta, la unidad política y económica de Indoamérica en un solo y gran Pueblo Continente, sino y sobre todo la de incitar a los peregrinos(as) a seguir avanzando. Sin embargo, los hombres y mujeres cuando al cabo de cierto progreso sucumben a una desbandada, permiten que aquellos que lo instaron y todavía lo instan a continuar su avance sean injuriados, difamados e incluso en algunos casos atropellados hasta morir. Sólo cuando han reanudado su marcha hacia adelante rinden un triste homenaje a esta suerte de profetas y/o visionarios del futuro, atesoran su memoria, recogen y hacen suyo devotamente sus ideas, y en las fechas de su natalicio -mes de la Fraternidad aprista- les agradecen todo su esfuerzo y sacrificio, pues saben perfectamente que con todo ello nutrieron y nutrirán la semilla del futuro.

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