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Murió el maestro de Alan García
Alan García quiso hacer lo mismo en 1985, pero con las reservas internacionales de divisas, no pagando la deuda externa y confiando estúpidamente en las “reinversiones” empresariales, cuando el capitalismo global acumulaba en los intercambios financieros y no en la producción. García Pérez nombró padrino de su primer hijo varón a Carlos Andrés, y lo llamó Alan Simón, en homenaje al libertador y su admiración por la Venezuela petrolera. Cuentan que recomendó a Alan García, cuando este se hundía hasta el fango con la hiperinflación, que “hiciera rápidamente dinero” pues lo iban a perseguir.  Hubiese bastado que Alan García se reconociera en Haya de la Torre y en sus orígenes. Otra hubiese sido su historia, mientras tanto arrastrará la corrupción, la prescripción, la impunidad, la claudicación, la traición, y su enorme capacidad para envilecer la política peruana…
Por Eduardo Bueno León (México)
La política exterior de Carlos Andrés es lo más rescatable de sus gobiernos, pero es lo que menos le reconocen los venezolanos. Pudo industrializar Venezuela, pero prefirió navegar en la abundancia de su primer gobierno, y cuando quiso corregir rumbos se pasó al neoliberalismo y eso produjo al chavismo.

Carlos Andrés Pérez ya enfermo y semi invalido, acaba de morir víctima de un infarto. Tenemos sentimientos contradictorios, pues Carlos Andrés fue para las generaciones apristas   de los años setenta un símbolo de la Venezuela democrática y progresista en medio de un mar de regímenes dictatoriales. Pero Carlos Andrés también fue uno de los exponentes de la cleptocracia que hundió a Venezuela en los años ochenta y noventa.

Fue un hombre de extraordinario carisma y oratoria fluida y estentórea, colaborador del gran Rómulo Betancourt y uno de los líderes de Acción Democrática, partido que recibió la influencia ideológica del Aprismo, aunque sería más preciso señalar  que el Programa Máximo de Haya de la Torre orientó a Betancourt, cuando el ex Presidente Venezolano se alejó de sus originales radicalismos de izquierda.

Carlos Andrés nacionalizó el petróleo y el hierro en su país e intentó una vía de desarrollo basada en la industria energética y pesada, como lo hizo Brasil en los años cincuenta con Kubitchek. Frente al fracaso de la vía chilena al socialismo tras el golpe de estado de Pinochet y el naufragio del populismo nacionalista del Presidente Echevarría en México, Carlos Andrés, emergió como una alternativa racional de izquierda democrática. Y pudo sostener su proyecto gracias al aumento de los precios del petróleo tras la guerra del Yom Kipur y el embargo petrolero de los países árabes a occidente en 1973. En un solo año, gracias a la OPEP, Venezuela triplicó su presupuesto nacional. Comenzaron los días de gloria de Carlos Andrés.
Es un misterio las razones por las cuales un país que navegó en la abundancia petrolera, no pudo sostener su modelo de desarrollo, industrializándose y lanzándose a lo que Víctor Raúl llamó la “revolución de la producción”. Al concluir su mandato Carlos Andrés dejó una bomba de tiempo con la deuda externa y sucesivas devaluaciones, con una fuerte sospecha de corrupción y despilfarro que le trajeron consigo un juicio político que casi lo lleva a la cárcel.

Toma de posesión de la presidencia de la República de Venezuela por Carlos Andrés Pérez para el período 1974-1979, el 12 de marzo de 1974. El presidente saliente, Rafael Cladera, aún con la banda presidencial (Archivo/El Universal)

Alan García quiso hacer lo mismo en 1985, pero con las reservas internacionales de divisas, no pagando la deuda externa y confiando estúpidamente en las “reinversiones” empresariales, cuando el capitalismo global acumulaba en los intercambios financieros y no en la producción.
García Pérez nombró padrino de su primer hijo varón a Carlos Andrés, y lo llamó Alan Simón, en homenaje al libertador y su admiración por la Venezuela petrolera. Su amistad nunca se debilitó.
Carlos Andrés, fue uno de los actores regionales que en los años setenta más trabajó  por la democratización de América Latina. Codo a codo con el Presidente Jimmy Carter operó en los conflictos regionales y negoció abiertamente para evitar guerras como la que estuvo a punto de estallar entre Argentina y Chile en 1978 por el canal de Beagle.
No tuvo reparos en apoyar la revolución sandinista en Nicaragua junto al Gral. Omar Torrijos entonces líder nacionalista de Panamá, enviando armas a la corriente tercerista del FSLN encabezada por los hermanos Ortega y Eden Pastora. Relanzó a la socialdemocracia europea en América Latina aliándose a Willy Brandt, pero reconociendo el magisterio de Haya de la Torre en el célebre encuentro de Caracas de 1976, e incluso apoyó económicamente a los socialistas españoles liderados por Felipe Gonzales durante la transición democrática tras la muerte del dictador Franco.
Fueron acciones suficientes para que la historia de América Latina en los años setenta recordara en lugar de honor a Carlos Andrés.
Pero el poder seduce a los más lúcidos estadistas. La oposición venezolana de izquierda y derecha descubrieron desbalances patrimoniales y desfalcos. Por un voto de diferencia en el Congreso Venezolano, Carlos Andrés se salvó de un juicio  por la adquisición de un barco llamado “Sierra Nevada”. No fugó de Venezuela, dio la cara y enfrentó a sus enemigos en su propio terreno. Alan García prefirió la fuga y el “exilio” para acogerse posteriormente a la prescripción.
El modelo de crecimiento Venezolano hizo crisis en los años ochenta con Jaime Lusinchi, la deuda externa ahogó al país Bolivariano y la clase media comenzó su paulatino y sistemático empobrecimiento. Carlos Andrés entonces, consideró que había llegado el momento de la revancha, aunque ello implicase enfrentarse al Betancourismo en Acción Democrática (antes de morir el gran Rómulo Betancourt rompió con Carlos Andrés), pero las bases adecas estaban con él.

Fue ungido presidente en 1989 bajo la aureola que Venezuela regresaría a la prosperidad que Carlos Andrés había logrado impulsar en su primer gobierno. Ilusión que traería graves consecuencias y cambiaría el curso de la historia venezolana, pues Carlos Andrés no era ya el nacionalista antimperialista de antaño, sino un devoto seguidor de los programas de ajuste del FMI y creyente ingenuo del “libre mercado”.  El trató de justificar su conversión criticando las políticas que impulsó en su primer gobierno y que estaban en la génesis de la decadencia venezolana: controles de precios, controles cambiarios, subsidios indiscriminados, etc.
La experiencia del primer gobierno de García convenció a varios líderes de izquierda democrática que el modelo de desarrollo debía cambiar. Alan García demoliendo la economía peruana, sembró el camino para el ajuste brutal regional, paso previo al famoso “consenso de Washington” que incorporó la región al neoliberalismo y al nuevo modo de producción global. El problema era que dicho ajuste se hacía sobre la base de congelar salarios y  liberalizar precios, sobre todo de alimentos. El objetivo del FMI y el BM fue asegurar los pagos de deuda externa y la privatización de las industrias estratégicas creadas durante la etapa de la sustitución de importaciones.

De izquierda a derecha, Simón Alberto Consalvi, Gonzalo Barrios, Carlos Andrés Pérez, el presidente de Perú en su primer mandato, Alan García y el ex presidente Jaime Lusinchi, en uno de los salones protocolares del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, durante un almuerzo el 31 de enero de 1987 (Archivo/El Universal)

El ajuste de Carlos Andrés, sin consensos previos, sin consultar a su partido, sin preparar a la gente y sociedad civil fue pavoroso. En febrero de 1989, los precios del transporte y alimentos subieron 30% y tres meses después 100%. Días después los barrios pobres de Caracas se levantaron a punta de pedradas, palos y bloquearon calles y avenidas, asaltaron comercios (más de tres mil) e incendiaron todo lo que estuvo al alcance de la mano. Se disolvió el orden social y bandas de delincuentes aprovecharon para hacer de las suyas. A esto se le llamó “El Caracazo”, una nueva forma de protesta social urbana contra los ajustes neoliberales (el antecedente más inmediato fue Santo Domingo).

La represión fue brutal y se calcula entre 300 y 500 muertos en manos de la policía y el ejército. Sin embargo, para los barrios populares de Caracas, la represión fue más salvaje. Carlos Andrés desconcertado, le echó la culpa al FMI, pero siguió aplicando la receta.
El caracazo fue el comienzo del fin no solo del gobierno de Carlos Andrés, sino de la IV República del punto fijo instaurada en 1958, y mediante la cual se estabilizó la democracia venezolana, bajo la condición que los partidos políticos se repartieran el presupuesto nacional y la burocracia estatal.
Contra viento y marea Carlos Andrés siguió con el ajuste, y su popularidad se derrumbó, comenzó a crecer el odio social y una sensación de fraude contra alguien que había ofrecido hacer otra cosa. Y surgió un nuevo enemigo: La partidocracia.

Carlos Andrés fue muy amigo de los líderes históricos del Aprismo peruano, de Villanueva, de Townsend, de Luis Alberto Sánchez. Apoyó económicamente al APRA, trató en diversas oportunidades de mediar para que Townsend se reintegrara al PAP, pero la obstinación de la burocracia Armandista y el liderazgo emergente de Alan García, lo impidieron.
Ayudó a financiar una impresora para el partido, luego de la derrota de Armando en 1980. El destino del dinero y la imprenta se pierde en los recovecos de la desmemoria colectiva de los apristas de esa época. Al igual que el financiamiento de Carlos Lamberg a la campaña de Armando y los cuantiosos equipos de grabación  y filmación, apetecidos por Hugo Otero, sobrino de Armando. “Don Carlos” resultó ser un narcotraficante de alto vuelo.
Para los jóvenes de los años setenta, Carlos Andrés fue un símbolo democrático. Su asistencia en 1974 a los 150 años de la conmemoración de la batalla de Ayacucho, con un Gral. Velasco ya enfermo, fue un auténtico chorro de renovación y frescura. En su discurso, Carlos Andrés defendió la democracia y rememoró los sueños del libertador. Y por supuesto, contactó con Haya de la Torre. Por donde se presentara, en esos días, era ovacionado. Dejó un gran recuerdo y se consolidó el vínculo del Aprismo peruano con Carlos Andrés, aunque con un perfil bajo por razones de estado.

Felipe González, ex presidente del Gobierno español, junto al ex presidente Pérez el 1 de marzo de 1990, durante una visita de González a Venezuela (Archivo El Universal)

Fuera del gobierno, Carlos Andrés se convirtió en un activista de la socialdemocracia, al lado de Felipe Gonzales formaron una dupla política y frívola que operó en toda la región y entre algunos países europeos. Sin embargo, la frivolidad, hija del hedonismo y vanidad, mellaron su imagen. Hacer “turismo socialista” en hoteles de cinco estrellas y entre los círculos de la Jet set internacional, no era lo más aconsejable cuando en Centroamérica estallaban conflictos y una dura confrontación entre la izquierda y la derecha con su secuela de violaciones a los DDHH y guerras civiles.
Carlos Andrés luego del caracazo, se derrumbó en picada. Buscó nuevos aliados ante la creciente crítica de su partido, y trató también de corregir algunas de sus decisiones de los años setenta. Comenzó a apoyar por ejemplo a la derecha nicaragüense que se enfrentaba a los sandinistas y también envió dinero a un sector de la contra antisandinista asentada en Costa Rica con Edén Pastora.

Aislado de su partido, con una creciente descomposición social, con un odio a la partidocracia de la IV república, era cuestión de tiempo, para que algo surgiera en Venezuela contra el gobierno de los partidos. En febrero de 1992, se dio el intento de golpe de estado liderado por círculos bolivarianos organizados por un grupo de comandantes del ejército venezolano, entre los cuales sobresalía Hugo Chávez.

El problema fue que las encuestas señalaron que el 80% de los venezolanos apoyaron la asonada. Don Rafael Caldera, uno de los artífices de la IV república, fundador del COPEI socialcristiano y enemigo de Carlos Andrés, desde su curul en el senado venezolano, alertó sobre la creciente fosa que comenzaba a separar a la clase política de la mayoría social venezolana. Allí comenzó su andadura hasta ser electo presidente en 1994, en un movimiento amplio de masas que rechazaba a los partidos políticos y exigía sanción para Carlos Andrés.
En mayo de 1993, la suprema corte de Justicia de Venezuela ordenó su enjuiciamiento por uso indebido de la partida secreta presidencial. En agosto del mismo año el Congreso Venezolano destituyó a Carlos Andrés y al año siguiente la justicia ordenó su detención e ingreso a prisión. Acción Democrática lo expulsó de sus filas. Carlos Andrés usó la partida presidencial secreta para apoyar a Violeta Barrios de Chamorro contra los sandinistas en Nicaragua. Ello indignó a los venezolanos, sometidos un ajuste económico brutal. Destituyéndolo, enjuiciándolo y sentenciándolo, la democracia venezolana esperaba volver a legitimarse con los ciudadanos y demostrar que no habría impunidad. 
El Dr. Caldera para ser candidato renunció al partido que había fundado y señaló que su gobierno sería “populista y neoliberal” o sea una suma contradictoria de todo. La clase política venezolana no daba para más.
Es en este contexto donde surge el chavismo, como respuesta al régimen político y al modelo económico que hundió en la pobreza al 70% de los venezolanos, luego de haber sido el país petrolero más rico de América Latina.
Carlos Andrés luego de una temporada en prisión, se acogió a beneficios penitenciarios y pasó a régimen de arresto domiciliario. Se convirtió en un político desacreditado con imagen de ineptitud, blanco de todas las críticas ante el crecimiento del chavismo. En 1997 fundó un nuevo partido, Carlos Andrés seguía siendo popular en el Estado de Táchira y en algunos sectores urbanos de procedencia adeca, pero surgieron nuevos cargos por enriquecimiento ilícito, y fue acusado junto a su esposa  Cecilia Matos de ocultar dinero público en cuentas secretas de Nueva York.
El ex Presidente tuvo que salir de Venezuela y vivió como prófugo de la justicia, domiciliándose principalmente en Miami, desde donde hizo oposición al Chavismo, llamando en varias oportunidades al levantamiento de los militares contra Chávez, “aunque sea derramando sangre”. Su aislamiento, y su creciente decrepitud, dieron una imagen patética del que fuera uno de los líderes latinoamericanistas más importantes de su época.
Para concluir esta semblanza, surgen dos cuestiones de fondo. Lo que hunde a Carlos Andrés es la corrupción de sus gobiernos, y su incapacidad para entender los nuevos tiempos de los movimientos sociales, y ese movimiento perverso pero amplio llamado “antipolitica” que encarnó durante algunos años el chavismo. Posteriormente el Chavismo evolucionó al llamado “socialismo del siglo XXI” y beneficiado  por los altos precios petroleros mundiales distribuyó los excedentes entre las clases populares venezolanas, clave de su larga hegemonía social.
La política exterior de Carlos Andrés es lo más rescatable de sus gobiernos, pero es lo que menos le reconocen los venezolanos. Pudo industrializar Venezuela, pero prefirió navegar en la abundancia de su primer gobierno, y cuando quiso corregir rumbos se pasó al neoliberalismo y eso produjo al chavismo.
La realidad fue mucho más compleja que las nostalgias, las fórmulas facilistas, los aparatos políticos cautivos, el carisma y la oratoria de masas. Cuentan que recomendó a Alan García, cuando este se hundía hasta el fango con la hiperinflación, que “hiciera rápidamente dinero” pues lo iban a perseguir. 
Hubiese bastado que Alan García se reconociera en Haya de la Torre y en sus orígenes. Otra hubiese sido su historia, mientras tanto arrastrará la corrupción, la prescripción, la impunidad, la claudicación, la traición, y su enorme capacidad para envilecer la política peruana… si los peruanos lo permiten.  

Eduardo Bueno León

El ex presidente Pérez y su hoy viuda Cecilia Matos de Pérez (Archivo/El Universal)
De izquierda a derecha, la primera esposa del presidente Pérez, Blanca Rodríguez, el rey Juan Carlos, Carlos Andrés Pérez y la reina Sofia, en una visita que la pareja real realizara al pais en 1978 (Archivo/El Universal)

 

 
 
 

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