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Elogio de Mario.
Crónica personal de mi encuentro con Mario Vargas Llosa
“Este es un dato menor, Mario –le dije. El Partido Comunista no fue fundado en 1928 sino en 1930. Lo que fundó Mariátegui en el 28 fue el Partido Socialista.”  Entonces Mario soltó una carcajada y me dijo: “Esa no te la paso, Ricardo. Tú tienes la versión aprista.” Y tenía razón, por supuesto. Lo importante es que la lección ya me la había dado él.
Por: Ricardo Ramos-Tremolada

Ricardo Ramos Tremolada pertenece a una generación creativa y productiva que cumple el apotegma "Quiero que vengan generaciones nuevas que nos superen y nos venzan" . Fue Secretario General de la JAP de San Miguel en 1979, luego formaria parte de Ateneo Claridad y a los 23 años Director de La Crónica.
(Ver: Escritor, periodista y analista político)

PRESENTACIÓN: Nuestro compatriota Ricardo Ramos Tremolada es doctor en Literatura, escritor y periodista. A los 23 años dirigió el diario LA CRÓNICA y luego partió a los Estados Unidos donde siguió sus estudios superiores. Es autor de la novela “En piedra viva”. Ha sido docente en las universidades de Princeton y Georgetown. En ésta última fue nombrado Asistente de Cátedra de Mario Vargas Llosa y esa es la experiencia que narra en las siguientes líneas, la cual fue publicada el domingo12 de diciembre en  EXPRESO.

Hacia el año 1994, en Washington, el azar tuvo a bien congraciarse conmigo y me concedió el privilegio de conocer a uno de los escritores que más admiro: Mario Vargas Llosa. La universidad de Georgetown, donde hacía yo mis estudios de doctorado, me había elegido para ser su Asistente de Investigación.
Mi habitual escepticismo me llevó a sospechar de inmediato. “Aquí debe haber gato encerrado”- me dije. ¿Yo? ¿Está usted seguro? –es lo primero que recuerdo haberle dicho al jefe del departamento. Después de todo, aunque yo era un apasionado lector de su obra y me había dejado contagiar por su total entrega a la literatura, también era consciente que ideológicamente teníamos, en ese momento, poco en común.
En los albores del movimiento Libertad, que Mario había fundado en 1987 a raíz del proyecto de nacionalización de la banca en el Perú, yo había sido, junto a otros jóvenes e imberbes radicales que ilusamente creíamos que estábamos haciendo la revolución, un feroz crítico de sus posiciones. Pese a ese poco atractivo prontuario político, y para grata sorpresa mía, Mario me aceptó como su asistente.

UNA LECCIÓN HUMANA
El Mario que conocí a partir de entonces devendría para mí en una lección humana permanente. Más allá de su notable y reconocido talento, descubriría en él a un hombre tolerante, generoso y sencillo que, no obstante, era capaz de incendiar Roma en defensa sus sólidos principios. Esa integridad, creo yo, lo define y lo engrandece como intelectual pero, fundamentalmente, como ser humano. Pero si hay algo específico que entonces aprendí de él, debo decir que fue el arte de saber escuchar, virtud poco usual en nuestros tiempos, lamentablemente. 
Una anécdota, en especial, fue para mí decisiva en mi relación con él. Mi tarea fundamental como asistente de investigación era ayudar a Mario a conseguir los documentos que él necesitaba para el libro que entonces estaba escribiendo: La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo. Un día nos fuimos a tomar un café y, como quien no quiere, sacó un manuscrito y me lo entregó: era el borrador de uno de los capítulos centrales de su libro. “Quería pedirte un favor, Ricardo –me dijo. Necesito tu opinión sobre este trabajo así que te agradecería que lo leas y luego me hagas las sugerencias que consideres necesarias”.
Me quedé mirándolo, sorprendido y sin palabras. Después de todo, ¡era Mario Vargas Llosa! ¿Qué podía importar la opinión de un simple estudiante graduado como yo? Sin embargo, lo que me pedía era un hecho y no me quedó más alternativa que tomarlo como un desafío. Esa tarde volví a mi casa de Adams Morgan y comencé mi inefable vía crucis. Leí el texto y fui anotando puntualmente mis observaciones. Llegué a trece, lo recuerdo. Claro, como estaba solo, ese listado aún no revelaba la enorme intimidación que habría de significar para mí al día siguiente, cuando me levanté y me dispuse a ir a mi encuentro con Mario.
Estaba muerto de miedo. ¿Y si mejor le digo que todo me parece muy bien? Me horrorizaba pensar en la posibilidad de que él se enojara por la osadía de mi crítica. Cuando me armé de valor y comencé a enumerar mis observaciones, constaté que me había equivocado en mis temores: Mario me escuchaba atentamente, asentía e iba tomando notas. Así llegué hasta la última sugerencia, intercambiando opiniones y recibiendo su total aprobación. “Este es un dato menor, Mario –le dije. El Partido Comunista no fue fundado en 1928 sino en 1930. Lo que fundó Mariátegui en el 28 fue el Partido Socialista.”  Entonces Mario soltó una carcajada y me dijo: “Esa no te la paso, Ricardo. Tú tienes la versión aprista.” Y tenía razón, por supuesto. Lo importante es que la lección ya me la había dado él.

PATRICIA Y LA COCINA
Recuerdo con especial cariño nuestras largas caminatas, llenas de anécdotas y de risas, nuestras charlas de café o nuestras escapadas por librerías de viejo. Imposible olvidar sus magistrales clases sobre Cortázar y, especialmente, las veces que le entregaba mis hallazgos y recibía su agradecido gesto de sorpresa, la alegría en su mirada, cuando no sus efusivas y generosas palabras. ¡Cómo has podido encontrar esto, Ricardo! Eran los días en que estábamos recopilando los documentos de la polémica entre Cortázar y Arguedas. Sin embargo, una de las anécdotas que mejor me mostrarían la sensibilidad de Mario fue esta: un compañero de estudios había caído en una terrible crisis depresiva, al extremo de tomar la decisión de suicidarse. Estaba yo en la oficina de Mario cuando me avisaron para que fuera a buscarlo e intentara disuadirlo. Antes de salir, le conté lo que ocurría. Su reacción fue inmediata: “Vamos, Ricardo. Déjame hablar con él”. Así lo hicimos y el incidente quedó superado, gracias a su presencia, estoy seguro.
Ese semestre fue excepcional para mí por lo mucho que aprendí de Mario, sin duda, pero también gracias a Patricia, quien generosamente me abrió las puertas de su casa y me ofreció su amistad. Gracias a ella, esos días en Georgetown no fueron sólo de hallazgos intelectuales y discusiones académicas, sino también de calor humano y amistad, especialmente cuando alborotábamos su casa y me ponía a cocinar. Mario desaparecía de la escena y se instalaba en su ático mientras Patricia y yo nos dedicábamos a preparar algunos manjares que luego compartíamos con los amigos de entonces. De vez en cuando, Mario bajaba de su torre –mi memoria quiere creer que lo hacía atraído por los aromas de mis experimentos culinarios-, entraba a la cocina y decía: ¡Qué barbaridad, Ricardo, qué barbaridad, cómo puedes pasarte tantas horas cocinando! Patricia, tiernamente cómplice, lo echaba entonces de la cocina, acaso diciéndole en voz baja lo que hace apenas unos días Mario recordaba en Estocolmo, en su discurso del Nobel: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.
En los años que siguieron a ese semestre en Georgetown he tenido muchas ocasiones de confirmar la calidad humana y la generosidad de Mario. Bastará una anécdota para demostrarlo. Hacia fines de los 90 me atreví a enviarle el manuscrito de mi primera novela: jamás olvidaré su llamada desde Londres y esa fructífera charla de cerca de una hora, durante la cual hizo él puntuales observaciones a mi texto, que había leído con evidente interés y cariño. Era su forma de alcanzarme un abrazo, al igual que ahora lo hago yo, con esta nota.

Gracias, querido Mario.

En su última visita a Lima con Jesús Guzmán, Tito Agüero, Ricardo Ramos y Hugo Sánchez

 

 
 
 

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