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Carta a mis compañeros

La incapacidad para la renuncia y el desprendimiento, la voracidad por los cargos y la fatuidad de la figuración, han hundido al Partido del Pueblo en el descrédito, la desolación y la desorientación. Pero este triste y bochornoso espectáculo no se detuvo allí. En las vísperas de la elección, uno de los secretarios generales salió a anunciar el respaldo a un candidato presidencial, tan solo para ser desautorizado pocas horas después por el presidente de la Comisión Política y luego lanzar un comunicado apócrifo por el que se pretendió reiterar el apoyo anunciado horas antes, comedia de equivocaciones que culminó con una nueva desautorización de la Comisión Política. ¿Qué ejemplo damos con esto? ¿Qué lecciones recibe la ciudadanía y en especial la juventud? ¿Qué imagen habrán de formarse los jóvenes de nosotros? Un asunto grave si se tiene en cuenta que hemos dejado de lado la prédica entre ellos, otra tarea que debemos reiniciar inmediatamente.

Por Agustin Mantilla
Agustin Mantilla Campos Ex-Secretario General del PAP elegido en el XIX Congreso Nacional PAP de 1994

Va mi saludo a los apristas, a cada uno de mis compañeros, a quienes les consta que he guardado prudente y escrupuloso silencio, aprovechando este tiempo, tan prolongado como adverso, para reflexionar sobre la situación de nuestro gran partido, los riesgos que lo amenazan, las oportunidades que se le presentan y las tareas que nos corresponden emprender para reconstruirlo, reorganizarlo, renovarlo, relanzarlo y conducirlo nuevamente a la victoria.

Muchas son las dudas que me han aguijoneado antes de lanzar este mensaje, muchas las preocupaciones también. No ignoro que nuestros enemigos “aquellos que nos han acorralado con un cerco mediático que atemoriza a los pusilánimes" - pretenderán usarlo como arma arrojadiza contra mi y contra ustedes. Allá ellos. Tampoco se me escapa que quienes no me quieren de vuelta en el Partido del Pueblo aprovechen para fomentar una alharaca que les brinde material de ataque a los enemigos a que me he referido.

No obstante, evocando a Unamuno y ante la gravedad de la situación, debo decir: “a veces quedarse callado equivale a mentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia” Justamente es eso lo que no quiero que quede, justamente es eso lo que pretendo disipar. Debo eliminar hasta la más mínima posibilidad de que mi silencio se interprete como aceptación de la aciaga situación en que se ha sumido al Partido del Pueblo o, quien sabe, como resignación frente a declive de la colosal organización que fundó, guió y desde la muerte sigue impulsando la figura gigantesca de Víctor Raúl Haya de la Torre. Muy por el contrario, quiero que mi voz se alce para dar renovado testimonio de mi fe “de nuestra fe- en que el aprismo resurgirá poderoso e invicto de esta injusta circunstancia en la que nos han conducido los apetitos desmedidos, el egoísmo sin mengua y el olvido de nuestros valores aurorales.

Queda a la vista, entonces, el primer gran tema que quiero tratar: los valores morales. Esa poderosa argamasa que dio sustento a nuestra unión hasta convertirnos en una hermandad de hombres libres a quienes mueve un impulso ético contra la injusticia, como dijese el inolvidables Manuel “Cachorro” Seoane. Nuestros enemigos “y los míos en particular- pretenderán hacerle creer a todos que ambos vocablos “ valor y moral- deben quemarme en los dedos al momento de escribirlos. Pero ustedes saben que no es así, que nunca fue así.

Nosotros -cito a Haya de la Torre-, los que en el Aprismo hemos sabido resistir sin atemorizarnos, sin pedir favores, sin quejarnos, somos los únicos que mantenemos el desmentido valeroso a quienes sostienen que los peruanos somos incapaces de una actitud tenaz de rebeldía y de firmeza. Y ya desde la persecución o en la cárcel -en cualquier circunstancia, por adversa que sea-, los Apristas hemos tenido siempre una tribuna y una cátedra desde las cuales podemos adoctrinar acerca de cómo se debe sufrir por la causa que se defiende y como se debe ejemplarizar con ella.

Digo, por ello, que debemos revisar las bases de nuestra unión para rescatar de entre todas ellas la fuerza magnética de nuestra fraternidad, de nuestros lazos de hermandad, perdidos en el carnaval de ambiciones que descarnadamente han exhibido las figuras y figurones que lejos de ser instrumentos del aprismo, lo han convertido en el juguete de las pasiones inferiores. Los Apristas debemos encontrarnos en la posibilidad de volver a mirarnos a los ojos para reconocernos en la lucha por un nuevo Perú, recordar que quienes se integran al cuerpo místico de Haya de la Torre lo hace para dar y no para recibir. Es necesario recrear y robustecer muy rápidamente nuestros vínculos de fraternidad, impidiendo que se debiliten más aún los nexos cordiales que entre nosotros deben existir. Es más, debemos hacerlos cada vez más fuertes y más elevados.

Al renacimiento de nuestra fraternidad debe sumarse el rescate de nuestra fe. El Aprismo es -como lo repetimos al cantar nuestro himno-, La Marsellesa Aprista una religión civil. El Aprismo le enseñó al pueblo que no ha nacido para vivir egoístamente en medio de placeres inferiores y llegar a la muerte sin haber cumplido obra superior alguna. Nosotros -como nos lo recordaba Víctor Raúl- aspiramos a que el pueblo se dignifique y se culturice; por eso es que el Aprismo es una obra de apostolado, una escuela que busca convertir a un pueblo de oprimidos en una nación de hombres libres.

Evoco, así, el imperativo categórico impuesto por Víctor Raúl, en el sentido de que solo los grandes ideales, las causas eminentes pueden convertir la adversidad en foco de entusiasmo y en escuela de fe y de optimismo. Únicamente por esa vía es que los Apristas conseguimos convertir en tribuna, trinchera y crisol cada circunstancia y cada lugar en que nos hallamos, por adversos o difíciles que sean. La soledad de un refugio, la cima de una montaña, el exilio, el trabajo, la vida toda y la muerte misma -advertía el viejo- deben ser para nosotros sitios y momentos para ejemplarizar, autoeducarnos y fortalecernos. Fue verdad entre nosotros y debe volver a serlo por le bien de todos.

La pérdida de nuestros valores morales, el decaimiento de nuestros lazos de fraternidad y el abandono de nuestra fe encontraron un peligroso catalizador en el descuido de nuestra organización. Ningún Aprista olvida -o debe olvidar- con que orgullo se jactaba Haya de la Torre de ser el jefe del “Partido más grande y organizado de América Latina”, un orgullo que se transmitía a todos nosotros porque teníamos la seguridad de contar con un movimiento fuerte, ágil y flexible, capaz de responder a las más duras pruebas y superarlas. Múltiples experimentos, cada uno más descabellado que el otro, han ocasionado la pérdida de esas cualidades, situación que exige acción inmediata.

El Partido Aprista Peruano no puede ni debe seguir bajo la conducción de hombres que no piensan, no hablan ni actúan como Apristas, exige ser restituido a sus verdaderos dueños, todos los Apristas, que son a quienes Haya de la Torre les legó su obra máxima y en quienes confió al momento de su partida. Hasta que no se diseñe una nueva organización que sea más eficiente para el logro de los fines que persigue el Aprismo, debemos retornar al viejo modelo de nuestra organización partidaria. Es hora de soluciones inmediatas, inteligentes y eficaces, pero también de renunciaciones y de asunción de responsabilidades.

Sin fe, unión, disciplina ni acción era previsible que el Partido del Pueblo afrontase un revés y lo ha experimentado. Empolvados sus símbolos y despreciada su ideología “a pesar de que el tiempo se encargó de darle la razón a Víctor Raúl acerca de que la justicia debe alcanzarse en libertad, que solo los pueblos continentes alcanzan el grado de potencias y que la lucha de clases no es le motor de la sociedad sino una de las muchas fuerzas que la mueven-, la fuerza de la fe se enervó y el impulso de la organización se detuvo. La torpeza, el capricho, el egoísmo, la vanidad y la soberbia hicieron sobreponer el interés personal a los intereses de todos nosotros, los Apristas, despojándonos del derecho de tener un candidato presidencial, cuando las condiciones se daban” como ha sido visible. Para repetir la victoria de 2006.

La incapacidad para la renuncia y el desprendimiento, la voracidad por los cargos y la fatuidad de la figuración, han hundido al Partido del Pueblo en el descrédito, la desolación y la desorientación. Pero este triste y bochornoso espectáculo no se detuvo allí. En las vísperas de la elección, uno de los secretarios generales salió a anunciar el respaldo a un candidato presidencial, tan solo para ser desautorizado pocas horas después por el presidente de la Comisión Política y luego lanzar un comunicado apócrifo por el que se pretendió reiterar el apoyo anunciado horas antes, comedia de equivocaciones que culminó con una nueva desautorización de la Comisión Política.

¿Qué ejemplo damos con esto? ¿Qué lecciones recibe la ciudadanía y en especial la juventud? ¿Qué imagen habrán de formarse los jóvenes de nosotros? Un asunto grave si se tiene en cuenta que hemos dejado de lado la prédica entre ellos, otra tarea que debemos reiniciar inmediatamente. El jefe siempre supo que la obra del Aprismo era difícil y no de pronta culminación, que muchos de los de la “vieja guardia” caerían en la lucha. Por ello consideró indispensable la labor de la juventud y, sobre todo, entre los más jóvenes de los jóvenes.

Hoy, nos urgen nuevos contingentes, preparados y fuertes, consientes y responsables de su misión de continuadores de la gesta Aprista. Pero no vendrán jamás si no recuperamos el Partido Escuela, recobrando conciencia acerca de que cada Aprista forma la vanguardia, la docencia del partido, siendo cada uno de nosotros líderes en potencia o en acción, capaces de captar, dirigir, educar y organizar a quienes se integran a nuestras filas. Solo así, ¡solo así! “advertía Víctor Raúl- comprendiendo y haciendo comprender esto; sumando la fe en nuestros padres fundadores y la fe en nosotros mismos como parte integrante de ese todo armónico que es el Aprismo, en el que cada uno debe cooperar, superándose mental y físicamente, desde el punto de vista individual y superando diariamente su labor de contribución, dando más y más a la causa común, sintiéndose responsable y capaz de poder dar siempre más, es que cada uno de nosotros volverá a ser un buen Aprista.

Todo esto, queridos compañeros, no puede continuar. Es preciso ponerle fin inmediatamente. Al igual que a la cobarde práctica de abandonar a nuestros compañeros, desprendiéndose de ellos como si fueran objetos indeseables, negándoles el beneficio de la duda. Hemos olvidado que el antiaprismo mantiene la práctica perversa de desprestigiar al Aprismo y a los Apristas,  mientras el Partido del Pueblo sus dirigentes, en realidad- pierde los reflejos propios del instinto de conservación, simplemente para tratar de hacer lo políticamente correcto. Un grave error, además de un acto de rechazable deslealtad.

Algunos, no muchos, -estoy seguro- objetarán estos comentarios aduciendo que me encuentro fuera del padrón del partido. Tendré que recordarles que para ser Aprista no se necesita un carné. Que basta con haber abrazado la fe y haberse abrasado en ella. El espacio para las reconciliaciones y la renovación debe abrirse por la via de una amnistía general de preceda al próximo Congreso Nacional del PAP, en el cual habrán de adoptarse las decisiones necesarias para garantizar la sagrada perennidad de nuestra causa. Entre tanto, espero que cada uno de nosotros cumpla su deber de Aprista en el sitio en que las contingencias de la vida nos ha colocado, preservando fortaleza corporal y espiritual, para que podamos repetir con Haya de la Torre: Juré dedicar mi vida al servicio de mi pueblo, y lo estoy cumpliendo.

Juré ser leal, ser puro, ser siempre un desinteresado defensor de lo que yo creo, que son los ideales salvadores del Perú, y he cumplido. Ningún halago, ninguna promesa, ninguna amenaza me han doblegado. Mi lucha es y ha sido dura porque soy pobre y he mantenido limpia la dignidad de la juventud peruanos que si es posible salvar a nuestra patria por un camino de auténtica renovación moral, en el más elevado y constructivo sentido del concepto.

                                  
¡Solo el Aprismo salvará al Perú!

Pueblo Libre, abril de 2011

Agustín Mantilla Campos

 
 
 

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