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Grande Haya (II)

Comprendí clara y premonitoriamente que el partido sin Haya era como una ciudad sin luz, apenas alumbrada en tinieblas por espectros. No diré sus nombres por respeto, ni considero que sea culpa de ellos el que lo sean, Era la grandeza y la humanidad imperfecta de Haya lo que los había vuelto así. De estos espectros, el grupo que se encaramó en el poder partidario interpretó por sí y ante sí y de manera reductivista que el legado de Haya era y es el funcionalismo pragmático, individualista. A lo que ellos le aportaron con prisa y sin pausa la corrupción, que sienten como algo natural, y su visión patrimonialista del Estado. Ya en los ochenta, sin haya físicamente, a estos espectros, los jóvenes y los no tan jóvenes, se les unió gentuza sin linaje aprista y sin moral; con un amor a sí mismos tan grande como la grandeza de Víctor Raúl por el APRA. Pero en beneficio de la verdad, ellos no mataron al PAP; hay que decir que la esperpéntica organización mal llamada Partido Aprista Peruano desapareció como genuina expresión revolucionaria y democrática con la muerte de Haya.

Por: Juan Chacón P
Víctor Raúl enunció a la militancia y al pueblo peruano con claridad el derrotero de su Partido: la izquierda democrática.

En la anterior entrega, compartí cómo fue mi primer diálogo con el gran Víctor Raúl Haya de la Torre, en el añoso local central del PAP, en 1975, ocasión en que le pregunté en que al Viejo si creía en Dios.

De otro lado, le pregunté sobre El hombre unidimensional de Marcuse porque consideré que esa era la llave apropiada para abordar con Haya el tema de la trascendencia. Pensé que la idea de trascendencia en Haya me iba a dar la clave para responder algunas interrogantes:

¿Fue un móvil proteccionista (con la militancia) lo que hizo que VRHDLT se entendiera con adversarios (pradismo y odriismo), o se entendió con esas fuerzas antiapristas para que el PAP se vuelva competitivo en un escenario “demoliberal y burgués”, de cara a las elecciones de de 1962? ¿Es decir, hubo altruismo o un comportamiento meramente funcionalista y pragmático?

Por eso hablamos, en sucesivas reuniones, del cristianismo y la trascendencia espiritual; del sentido social de la trascendencia según Haya, que lo llevó a sacrificarse por los demás y por un ideal, el aprismo; a pensar en el otro y a actuar a favor del interés general; del humanismo radical de Fromm, aunque este punto nunca lo pude agotar. Quedará en el tintero la pregunta al líder aprista de si la desobediencia a la Redención cristiana inicia la historia de la evolución del ser humano hacia su humanidad. Yo pensaba y pienso que no. Porque, por ejemplo, la libertad política que en los ochenta irrumpió en la atea URSS no se debió a la desobediencia a la Redención del pueblo ruso; ni a esa desobediencia se debió la liberación de las fuerzas productivas en China comunista desde los setenta del siglo pasado. Al contrario, podríamos decir que la esencia del cristianismo es la libertad. Nos liberó a los creyentes de la Ley Mosaica a fin de darnos una libertad motivada en el amor al prójimo como a uno mismo. Pero la trascendencia cristiana y aprista es un tema para otra ocasión.

Vamos a lo nuestro. La Jefatura, 1978, un nuevo encuentro con Haya y las lecciones respectivas que saqué de ello:
—Cómo está Jefe, dijo Marco Antonio Rozas, un aprista “genealógico”.
—Qué novedades…, respondió el líder siguiendo la tónica que empleaba con todos los compañeros, amable y locuaz.

Marco Antonio era, y sospecho que lo es hasta hoy, un aprista irreductible, quien me había contado que sus padres, también militantes, a él y a su hermano siendo niños los habían llevado al local del partido para inscribirse, luego de lo cual lo pasaron por un ritual en el que los presentaban como una especie de ofrenda política viviente ante la presencia de Víctor Raúl. A consecuencia de ello, el compañero Marco Antonio desde los diez años  cumpliría con ir a visitar al Jefe una vez por semana por lo menos y asistiría a todos los mítines de la Fraternidad. Sin embargo, ni su linaje ni su lealtad a Haya lo salvó de una severa admonición del jefe.

—Jefe, mire como los comunistas están usando en su propaganda que reparten en todos lados nuestros conceptos de frente único de clases, lucha antiimperialista, alianza de clases productoras, decía el compañero Marco Antonio mientras mostraba un folleto del Sutep.

Y entonces cayó la “noche”. Haya como que se  retortijó, su rostro palideció, pero sobre todo evidenció amargura y no poco fastidió.

— ¡No sabes que esos son clisés!..., respondió el líder, implacable.

Se hizo el silencio, una pausa prolongada, que los presentes aprovechamos pasar saliva. El pobre compañero Rozas no había caído en cuenta de que esos clisés tenían otra significación en el contexto marxista leninista maoísta. Pienso que Haya se molestó no tanto por la inopia de Marco Antonio, como sí por la recordación de la omnipresencia del comunismo en la mentes juveniles por esos años, que había significado que en las universidades sea la fuerza más importante, ahí, donde Víctor Raúl empezó tu trayectoria de luchador social, en el mismo escenario donde los cuadros apristas tenían que liderar al movimiento estudiantil para sentar las bases de la estado escuela que propugna el aprismo. Las verdades duelen.   

Al cabo de un par de minutos de lo acontecido, Carlos Roca entró en la jefatura, ignorante de lo que había ocurrido.

—Qué pasa, ¿me perdí de algo?, le preguntaba en voz baja al compañero Félix Rodríguez, el popular “Gordo”, líder de la Universidad Villarreal en los setenta, ya fallecido. Félix sólo atinó a encoger los hombros, evidenciar nerviosismo y mirar a Haya, que alegre no estaba.

Carlos desde la noche anterior conversaba con Víctor Raúl sobre un artículo aparecido en Life, la entonces emblemática revista norteamericana. La nota era  sobre el debate suscitado en una ciudad de los Estados Unidos respecto de una decisión federal de expropiar la casa de un solitario septuagenario para facilitar el paso de un nuevo ramal de la vía férrea. El dirigente de la Juventud Aprista defendía el interés del Estado, mientras que Haya hasta ese preciso momento sólo había escuchado su posición aparentemente dubitativo. Pero otro sería el desenlace ahora.

—Jefe, sobre los derechos del Estado (para expropiar) acá tengo un libro que compagina la idea de liberalismo político y Estado fuerte…, alcanzó a decir Roca, hasta que Haya lo cortó en seco, no sin espetarle:

— ¡¡No sigas diciendo esas cosas, tú eres un comunista!!

Luego Haya le lanzó una catilinaria sobre el valor despreciado de la sagrada libertad individual, la cual era soslayada por Roca, según el Jefe. Y después vino, de nuevo,  el silencio total de los presentes.
Nunca pude saber si la respuesta fue coyuntural y la expresión de una convicción ideológica. Lo cierto es que Víctor Raúl era humano, y como tal podía estar sujeto a vaivenes y hasta cambios en su visión enfocada en el tema de la libertad, el Estado y hasta del carácter de la revolución aprista. Incluso yo admitía como algo legítimo el que Haya tenga  enojos o turbaciones que en su madurez lo desubicaban de su pensamiento, en algunos acasos sobre aspectos esenciales de la ideología.

Sea como fuere, esto ocurrió en 1977; lo recuerdo bien porque ése fue el año de en que decidí cambiar la tertulia en la Jefatura por la comunicación más pasiva y menos personalizada de los Coloquios del Aula Magna de los jueves o del Parlamento Universitario en la Sala de La Libertad, los martes.

Poco después, vino la ausencia de Haya, el dirigente partidario iniciaría el camino para llegar a la presidencia de la Asamblea Constituyente, con la campaña electoral como prioridad. Y llegaría para mí la hora de incursionar en la vida partidaria, aunque efímeramente.

Comprendí clara y premonitoriamente que el partido sin Haya era como una ciudad sin luz, apenas alumbrada en tinieblas por espectros. No diré sus nombres por respeto, ni considero que sea culpa de ellos el que lo sean, Era la grandeza y la humanidad imperfecta de Haya lo que los había vuelto así.

De estos espectros, el grupo que se encaramó en el poder partidario interpretó por sí y ante sí y de manera reductivista que el legado de Haya era y es el funcionalismo pragmático, individualista. A lo que ellos le aportaron con prisa y sin pausa la corrupción, que sienten como algo natural, y su visión patrimonialista del Estado.

Ya en los ochenta, sin haya físicamente, a estos espectros, los jóvenes y los no tan jóvenes, se les unió gentuza sin linaje aprista y sin moral; con un amor a sí mismos tan grande como la grandeza de Víctor Raúl por el APRA. Pero en beneficio de la verdad, ellos no mataron al PAP; hay que decir que la esperpéntica organización mal llamada Partido Aprista Peruano desapareció como genuina expresión revolucionaria y democrática con la muerte de Haya.

La grandeza de Haya fue irradiar la luz vital durante décadas al partido más importante del Perú y uno de los más trascendentes de América Latina. Grande la conciencia social de Haya, porque nos dejó su legado de ideas progresistas con mengua de sus tentaciones conservadoras y anticomunistas, y de las sombras de su humanidad.

Uso la Presidencia de la Asamblea Constituyente para divulgar su genuina posición de avanzada, oyendo a Hugo Blanco, dándole la mano a Jorge del Prado, entendiéndose con los representantes maoístas, coordinando con Bedoya Reyes el perfil de la Constitución de 1979. Pero sobre todo, lo que importa más a los apristas verdaderos, (no a los rufianes crápulas que dirigen el PAP ahora), es que Haya, en la década final de su existencia, en los años setenta, enunció a la militancia y al pueblo peruano con claridad el derrotero de su Partido: la izquierda democrática.
     

Grande Victor Raul (I) Por Juan Chacon

 
 
   

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