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Reportaje a Herbert Mujica publicado en Hildebrandt en sus 13
Cuando Herbert estudiaba en San Marcos ya era un joven con fuertes convicciones apristas. Visitaba el local del partido cuando podía y participaba en acaloradas discusiones con sus coetáneos. Pronto se ganó un lugar como asistente del legendario líder Andrés Townsend Ezcurra. “Townsend decía de Herbert que era ‘su segunda memoria’”, nos escribe desde México Eduardo Bueno León, uno de los compañeros que tenía Mujica entonces. “A Herbert le interesaba la historia, de hecho fue uno de los impulsores de la Historia Gráfica del Aprismo que editó Enrique Valenzuela […] Tengo entendido que Víctor Raúl lo ubicaba muy bien, y le gustaba conversar con él. En ese sentido él era privilegiado, pues Haya de la Torre también lo citaba a Villa Mercedes, a su biblioteca, a su comedor”, dice en otra parte Bueno. Después de la ruptura del partido entre los seguidores de Townsend y de Armando Villanueva, y el consecuente ascenso de Alan García, Mujica se alejó del partido de la estrella.
El último romántico
Herbert Mujica Rojas

Autor de la columna Señal de Alerta y responsable de Páginas Libres, periodista peruano, analista político y ensayista en temas geopolíticos, ambientales, seguridad documentaria y otros vibrantes acápites de su país y Latinoamérica. Escribió en el 2007 el libro ¡Estafa al Perú! ¡Cómo robarse aeropuertos y vivir sin problemas!
Es posible conectar con él al teléfono (+51) 1-9-9918-0913, o Nextel 812*0018.

Para Herbert Mujica Rojas el periodismo ha sido siempre una fuente de egresos. Entrevistas, viajes, libros, todo lo ha financiado solo y sin murmuraciones. Durante años ha ejercido el rol de sabueso de la corrupción publicando artículos sesudos en internet por los cuales no ha cobrado un solo centavo. Lo suyo es la entrega total y ad honórem. Mujica ha revelado, por ejemplo, los entuertos que hubo en la privatización del aeropuerto Jorge Chávez con la firma Lima Airport Partners (LAP). La denuncia completa la publicó en el libro ¡Estafa al Perú! ¡Cómo robarse aeropuertos y vivir sin problemas! (2007). Esta investigación le ha costado a Herbert un puñado de juicios por difamación agravada.

LAP le ha pedido a Herbert Mujica una indemnización por más de un millón de dólares en total. La verdad es que él no podría pagar ni una millonésima parte de este monto. Hace poco, para costear un trámite de apelación (ascendente a 3,500 soles), Herbert debió pasar el sombrero entre sus amigos y conocidos. De hecho, su abogado, Guillermo Olivera Díaz, lo ha patrocinado durante cuatro años por pura amistad. “A veces el honorario era comer un menú de cuatro soles cincuenta afuera del Palacio de Justicia”, cuenta el doctor Olivera recordando los primeros días de litigio. El esfuerzo ha dado buenos resultados: Herbert fue notificado hace pocos días de que había sido absuelto en uno de los juicios relacionados a LAP.

Mujica lleva varios meses viviendo en agudo déficit. El día que lo visitamos en su casa, el 7 de diciembre, acababa de pagar por fin el recibo de su celular de trabajo. Es un teléfono con línea abierta para llamar a todo el mundo y capaz de conectarse a internet desde cualquier lugar. Mujica estuvo ocho días sin el servicio. Todo cambió cuando un amigo empresario lo llamó buscando ayuda en un asunto de contabilidad. Así él logró agenciarse unos cuantos dólares. Como Herbert tiene cierta experiencia en administración de empresas (tuvo dos tiendas de productos informáticos en los noventa) puede eventualmente ofrecer asesorías de este tipo.

El repertorio de oficios que ha ejercido Herbert Mujica para solventar su pasión por el periodismo es nutrido: ha hecho de traductor, capacitador de vendedores, agente de imagen corporativa, asesor de jubilados y hasta de profesor de inglés. Incluso, en una ocasión ayudó a vender un departamento de lujo bajo la promesa de una buena comisión. Todo con tal de sobrevivir produciendo textos en los que pueda contar, con prosa combativa, lo que descubre y lo que piensa. Es el periodismo como maldición.

“Por razón misteriosa, decenas de personas me envían fotos, denuncias, textos y me instan a investigar más allá de los barruntos que remiten, a profundizar en entresijos procelosos y hasta peligrosos. Suscribo no pocas veces sus indignaciones, pero no puedo ir más allá”, confesó Herbert hace poco en un artículo publicado en la web Voltairenet, que lo acoge desde hace ya varios años. Y continuó con su típico tono reverberantemente culterano: “Lo antedicho demanda tiempo, combustible, dedicación, compulsa y cotejo de fuentes, horas de horas para ver y leer o descubrir legajos o archivos. Ciertamente a muchas personas no se les ha ocurrido pensar que eso debiera considerarse como un trabajo remunerado”.

Pero también hay lectores agradecidos que no escatiman esfuerzos a la hora de premiar su periodismo contracorriente. Hace unos días él recibió en su casa a una señora sudorosa y palpitante que puso entre sus manos 25 soles. La dama, proveniente de una zona marginal de Lima, le dijo que apreciaba su afán fiscalizador y que quería contribuir con su causa. Otro día Herbert recibió la llamada de un señor que se presentó como un supuesto coronel de aviación retirado. El interlocutor le pidió urgentemente una cita. “Yo no lo conozco”, dijo el periodista. “Voy a ir pero con alguien a mi costado. Y le quiero advertir que estoy armado”, añadió. El hombre, al otro lado del teléfono, rió de buena gana. Luego, sentados los dos en el café Haití, protagonizaron un neto gesto de solidaridad. El coronel, luego de algunos circunloquios, dijo: “Su enfoque crítico es letal para los poderes”, y puso sobre la mesa una moneda de oro de 1957 que había heredado de su padre. El periodista rechazó primero el obsequio, pero terminó aceptándolo con la advertencia de que, por siacaso, esto “no lo comprometía en ningún sentido”. La venta de este objeto alivió sus bolsillos con 800 dólares. Mujica paga mensualmente unos 500 soles por concepto de servicios telefónicos y entre 250 y 270 soles por concepto de electricidad. Esto sin contar la alimentación y el transporte. Por eso Herbert trabaja en asuntos diversos, para asegurarse de que la maquinaria de sus artículos siga rodando. Unos empresarios cercanos le ofrecieron en setiembre pasado contratos para hacer campañas de diversa índole. Y hasta ahora nada de eso se ha concretado.

“Denme chamba. Hago las cosas con calidad. Manejo el idioma. Fraseo”, invoca Herbert Mujica acomodado en su sofá. Cuando habla tiene la voz de un orador aprista: cantante, elocuente, sentimental. Hoy se ha levantado, como todos los días, a las cuatro de la mañana y ha salido a trotar 10 kilómetros en penumbras. Y su artículo del día lo ha colgado en internet a las 6 de la mañana. Es, ya está claro, un kamikaze de la anticipación. Él quiere trabajo para seguir reporteando y difundiendo sus hallazgos. “El periodista es una de las armas con las que se defiende un país”, reflexiona.
¿Cómo llegó Herbert Mujica a esta conclusión? ¿Qué pasó en su vida para que decidiera convertirse en un fiscalizador impenitente de la cosa pública?

Herbert nació el 24 de agosto de 1957 en el Callao. Desde los primeros años de vida tuvo un modelo vivo de rebeldía: su padre, que era traductor y trabajaba en el Ministerio de Guerra. Allí animó a sus compañeros a organizar un sindicato para defender sus derechos. “Era un revoltoso”, admite su hijo con una sonrisa pícara. De hecho, el gobierno de Velasco suspendió al papá de Herbert Mujica de su trabajo durante un año. Herbert, el mayor de seis hermanos, decidió ayudarlo consiguiendo un ‘cachuelo’ como vendedor de periódicos. Anunciaba a gritos las portadas de Extra y Expreso, casualmente los medios que lo albergarían después como redactor y colaborador.

El segundo elemento que forjó el carácter combativo de Mujica fueron sus estudios en el colegio América del Callao. Esta escuela, fundada en 1891, estaba dirigida por personas con conciencia social que no tenían reparos en dar a los alumnos permiso para participar en manifestaciones públicas. A los 13 años Herbert fue detenido en una comisaría por primera vez. “Te arrimaban, te metían cachetadas”, recordaría tiempo después. En 1973 participó en una marcha multitudinaria contra el golpe de Estado de Augusto Pinochet.

Al acabar el colegio Herbert Mujica empezó a estudiar antropología en San Marcos. Fueron tiempos difíciles. Venía de un colegio particular, tenía casi un metro ochenta de estatura y, por razones de trabajo, iba con saco y corbata. “En San Marcos aprendí lo que era racismo. Dependía de cómo te apellidabas, dónde vivías, cómo te vestías y cómo hablabas. Había mucha amargura. Fueron épocas en que se cuajó mucho un odio racial al revés”, diría años después. Para muchos compañeros Herbert no era sino un burgués más. Como la universidad estaba tomada por grupos de izquierda radical, lo aislaron sistemáticamente. Hicieron, por ejemplo, que no calificaran los exámenes que rindió durante medio año. Acaso sea este el germen de la severidad con la que Mujica ha cuestionado a algunos sectores progresistas que no creen verdaderamente en lo que pregonan. No olvidemos que fue él quien introdujo la palabra ‘caviar’ en el país, a inicios de la década pasada.

Cuando Herbert estudiaba en San Marcos ya era un joven con fuertes convicciones apristas. Visitaba el local del partido cuando podía y participaba en acaloradas discusiones con sus coetáneos. Pronto se ganó un lugar como asistente del legendario líder Andrés Townsend Ezcurra. “Townsend decía de Herbert que era ‘su segunda memoria’”, nos escribe desde México Eduardo Bueno León, uno de los compañeros que tenía Mujica entonces. “A Herbert le interesaba la historia, de hecho fue uno de los impulsores de la Historia Gráfica del Aprismo que editó Enrique Valenzuela […] Tengo entendido que Víctor Raúl lo ubicaba muy bien, y le gustaba conversar con él. En ese sentido él era privilegiado, pues Haya de la Torre también lo citaba a Villa Mercedes, a su biblioteca, a su comedor”, dice en otra parte Bueno. Después de la ruptura del partido entre los seguidores de Townsend y de Armando Villanueva, y el consecuente ascenso de Alan García, Mujica se alejó del partido de la estrella.

“Herbert es un rara avis”, dice su amigo Raúl Wiener. “No es un personaje influyente, sino temido”. Ambos son compañeros de lucha desde los tiempos del diario Liberación, a fines de los 90. Allí los dos dispararon proyectiles contra la corrupción fujimorista. Luego, juntos, ayudaron a fundar el diario Dignidad en el 2002, un experimento de oposición que sólo duró cuatro meses. “Fue muy indigno hacia adentro porque nunca nos pagaron el sueldo”, cuenta Wiener con sarcasmo. Y agrega un dato que ayuda a explicar el presente de Mujica: “Herbert ponía de su bolsillo para las movilidades de los redactores”.

Por aquel tiempo Herbert ya era conocido como un prosista de tendencia incendiaria, exaltado, obsesionado por la desmesura. Claro, pasaba de este tono a registros tiernos o melancólicos con facilidad. Es conocida además su predilección por los cultismos. “Herbert es el último discípulo de Manuel González Prada”, aventura Eduardo Bueno León. Lo cierto es que Herbert remata todos sus artículos con consignas del tipo “¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!”. Una filiación gonzalezpradiana convicta y confesa.

“Carezco de patrones, regulo mis tiempos, río por la mañana, la tarde, las noches y en la madrugada”, escribió hace poco Mujica sobre su quiebra económica. Trata de tomar con buen humor este momento, a pesar de que a veces se le venzan las facturas. En un país en que la mayor parte de la prensa está mercantilizada y acostumbrada a la medianía, so pena de excomunión del credo publicitario, las agallas de este hombre resultan ejemplares. “A los románticos nos pasa eso”, dice Herbert con melancolía. “No sé cobrar”.

 

 
 
 

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