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121 Aniversario del Nacimiento del Amauta Antenor Orrego Espinoza - (22-V-1892/22-V-2011)

Sin embargo, es importante mencionar que en algunas oportunidades Orrego utilizó el término indigenismo especialmente en su trabajo crítico literario. Al hacerlo le dio un contenido proyectista o futurista; es decir, de un indigenismo no anclado en el pasado. Estas excepciones respecto a su línea de pensamiento tienen quizás que ver con razones de orden propiamente subjetivo, como su amistad con César Vallejo, o ideológicas, como la militancia aprista de Ciro Alegría. Como se sabe, ambos estuvieron bajo su estela y recibieron su influencia: Vallejo durante su permanencia en la bohemia de Trujillo, y Alegría tanto en el grupo norte como en el Partido Aprista Peruano. Se puede decir lo mismo sobre el vate Alcides Spelucín
Tito Agüero Vidal
Antenor Orrego en una manifestación en 1947 en Lima

El Discurso Ideo-Político: Indigenismo-Hispanismo y Americanismo.–
Antenor Orrego Espinoza (Americanismo Social 1923-1946): antihispanismo,
antindigenismo y americanismo militante

Las ideas de Orrego, ya sean sobre filosofía, critica literaria o estética, deben ser estudiadas y analizadas teniendo muy presente el marco teórico del cual emergen y son tributarias. Por eso, sus reflexiones acerca de los diversos movimientos ideológicos que aparecieron en el Perú y en América Latina durante los años 20, años más años menos, y que se prolongaron hasta mediados de siglo –léase indigenismo, hispanismo y americanismo–, pueden muy bien ser consideradas como aplicación de lo que hemos denominado su Teoría del Espectro. Recordemos

Tito Livio Agüero Vidal - Egresado de la facultad de derecho y  licenciado en Sociología en la especialidad de política (Pontificia Universidad Católica del Perú), egresado de la Maestría de Ciencia Política (UPIGV-ICD), Miembro del Taller de Estudios Políticos ¨Antenor Orrego¨, Catedrático de la Escuela de Ciencia Política (Universidad Nacional Federico Villarreal). Directivo del Círculo de Estudios Vanguardia Aprista.

que para la filosofía orreguiana tanto lo indígena como lo hispano han devenido, por diversas razones, ya sea por el choque violento entre dos órbitas culturales totalmente antagónicas o por el desarraigo telúrico sufrido, en organismos que en la actualidad ya no tienen ninguna trascendencia y vitalidad, y por lo tanto, carecen de manifestaciones culturales propias dignas de destacarse. Lo que queda de ellos son sólo gérmenes o semillas; es decir, factores que sumados a otros –el occidental, el chino y el negro– darán nacimiento a lo propiamente americano.

Sus ideas sobre el indigenismo, el hispanismo y el americanismo, desarrolladas durante toda la década del 20, adquieren forma final y definitiva en los años 30 cuando publica Pueblo Continente (1), y se mantendrán con el correr de los años. Así, durante su último estadio, el americanismo humanista (1946-1960), sus puntos de vista sobre estos temas sólo sufrirán muy tenues retoques, pues en esencia serán los mismos que elaboró durante sus años juveniles en la ciudad de Trujillo.

En concordancia con lo anteriormente señalado, para Orrego, la pervivencia de indigenismo e hispanismo, como corrientes ideológicas y estéticas, derivan de la mentalidad colonial de las élites y las supuestas vanguardias peruanas y latinoamericanas, pues no sólo es el hecho de introducir en el debate político temas o asuntos que nos remiten a los años coloniales, sino que ambas posturas tienen en común la ausencia de una perspectiva que tenga como mira el futuro o porvenir (2).

En 1927, en un artículo para la revista Amauta, (“Americanismo y Peruanismo”) expone por primera vez sus ideas sobre el indigenismo. El no admitía bajo ningún punto de vista las diversas interpretaciones que se formulaban sobre la vigencia y continuidad de la cultura indígena en el Perú y en el continente. Mucho menos aceptaba la identificación simple y fácil que se hacía entre lo nacional y lo indígena. Por último, rechazaba tajantemente las tesis que pregonaban una resurrección del incanato o de una vuelta al pasado (3).

Al año siguiente, y nuevamente en un artículo para Amauta (“El gran destino de América. ¿Qué es América?”) repite sus objeciones y críticas al indigenismo pero también anuncia lo que años más tarde será su visión general de la cultura latinoamericana con la emergencia de lo americano (4). Su antindigenismo es de nuevo expuesto en Pueblo Continente (1939), donde el cuestionamiento es tanto al movimiento como a los mismos indigenistas, entendidos éstos como los escritores, artistas e intelectuales mestizos, en su mayoría provincianos, y limeños, que enarbolan la defensa y reivindicación absoluta y total de todo lo indio (5).

Distanciamiento y critica al indigenismo como a sus cultores más renombrados y destacados, aunque Orrego tiene mucho cuidado en no nombrarlos, seguramente por la cercanía ideológica con la mayoría de ellos en otras materias, comenzando por José Carlos Mariátegui, pero también a sus producciones culturales y literarias. Estas tendrían escaso valor estético, por no decir nulo, salvo algunas notables excepciones, y por consiguiente, efímera vida (6).

En resumen, “resucitar” una matriz cultural que prácticamente estaba muerta, le parecía a Orrego una postura que lindaba con lo reaccionario y que inclusive iba a contrapelo con las leyes mismas del desarrollo histórico. Es decir, era materialmente imposible que las sociedades y los pueblos puedan realizar semejantes retrocesos pues la historia ni pasa en vano ni se repite dos veces. La mirada del filósofo estaba puesta no en el pasado sino en el futuro (7). Por todo ello, es curioso que José Carlos Mariátegui, a raíz de la fundación del Grupo Resurgimiento del Cusco (1926), considerará que entre sus nuevos miembros tenía que estar Orrego, junto con otros políticos e intelectuales jóvenes (8).

Vemos pues que la postura de Orrego es muy clara respecto al indigenismo, y como ya se adelantó, ésta se mantendrá durante los años 50 y 60, justamente cuando por las transformaciones mismas que sufre la sociedad peruana esta corriente literaria cada vez exprese menos el nuevo mapa social y cultural que emerge. Por supuesto, las excepciones, que a su vez confirman esta regla o afirmación, serian principalmente José María Arguedas (1911-1969) y Manuel Scorza (1928-1983) (9)

Sin embargo, es importante mencionar que en algunas oportunidades Orrego utilizó el término indigenismo especialmente en su trabajo crítico literario. Al hacerlo le dio un contenido proyectista o futurista; es decir, de un indigenismo no anclado en el pasado. Estas excepciones respecto a su línea de pensamiento tienen quizás que ver con razones de orden propiamente subjetivo, como su amistad con César Vallejo, o ideológicas, como la militancia aprista de Ciro Alegría. Como se sabe, ambos estuvieron bajo su estela y recibieron su influencia: Vallejo durante su permanencia en la bohemia de Trujillo, y Alegría tanto en el grupo norte como en el Partido Aprista Peruano. Se puede decir lo mismo sobre el vate Alcides Spelucín (10).

Antenor Orrego y La Bohemia de Trujillo tomada a mediados de 1916. De izquierda a derecha, sentados: José Eulogio Garrido, Juvenal Chávarri, Domingo Parra del Riego, César Vallejo, Santiago San Martín y Óscar Imaña. De pie: Luis Ferrer, Federico Esquerre, Antenor Orrego Espinoza, Alcides Spelucín y Gonzalo Zumarán. Uno de sus integrantes, Víctor Raúl Haya de la Torre, se encontraba en ese momento en Lima en calidad de representante del Centro de Estudiantes Universitarios de Trujillo. Los bohemios de Trujillo fueron los forjadores de los cimientos culturales y filosóficos del aprismo.

Algunos autores, especialmente Demetrio Ramos Rau, llegan equívocamente a calificar de indigenistas a la mayoría de los miembros de la famosa bohemia de Trujillo, que como ya se dijo fue el espacio intelectual donde las iniciales teorías del filósofo fueran expuestas y debatidas (11). Si bien es cierto Ramos Rau no alude específicamente a Orrego es necesario de todos modos hacer ciertas precisiones pues puede fácilmente pensarse que el filósofo es un caso aislado o singular de un antindigenista dentro de un circulo de esta filiación. Como se sostuvo en el capítulo II, Orrego como el resto de integrantes pasaron por un mismo filtro socio-cultural y atravesaron por experiencias diametralmente opuestas a las que tuvieron, por ejemplo, los cenáculos juveniles de Cusco y Puno, donde el indio si se convirtió en el eje central que determinó la orientación y dirección de su pensamiento y acción. Del mismo, modo también sería exagerado caracterizar a José Eulogio Garrido y a Macedonio de la Torre como indigenistas, cuando justamente sus producciones, tanto en la narrativa como en la pintura, desmienten categóricamente tal inclinación. Si bien es cierto que José Sabogal, de quien no se puede discutir que fue un pintor de clara factura indigenista, tuvo una cierta participación en la bohemia, ésta fue por corto tiempo y su presencia se debió al hecho de ser pariente de Garrido. Resumiendo, los jóvenes bohemios pueden quizás recibir las más variadas denominaciones y nombres, pero si hay uno que definitivamente no les corresponde es justamente la de indigenistas (12).

El hispanismo, como su contraparte el indigenismo, fue también objeto de dura crítica. Las razones que explican tal postura prácticamente son las mismas que se hallan en su argumentación antindigenista, pero existe una diferencia de grado que es necesario resaltar. El indigenismo era una corriente que convocaba básicamente a sectores juveniles, muchos de ellos de origen provinciano y andino, quienes estaban totalmente convencidos que la reivindicación del indio era un aspecto central de toda plataforma política que tuviera como norte la revolución (socialismo). El hispanismo, por el contrario, era una bandera levantada fundamentalmente por los núcleos conservadores, sea por la edad de sus panegiristas (adultos), de su procedencia social (clases altas), de su origen (limeños), o por su aversión a todo lo que signifique cambio social. Por ese motivo, Orrego le dedica al indigenismo muchas páginas en artículos o ensayos e inclusive en buena parte de su libro Pueblo Continente, sólo con el fin de explicar los fundamentos de su razonamiento. Cosa distinta sucede con el hispanismo sobre el cual no necesita explayarse in-extenso pues considera que su opinión será no sólo fácilmente entendida sino también compartida. Aún así el hispanismo, o mejor dicho sus apologistas, no se salvan de ser dura y acremente fustigados (13).

Pero tanto el indigenismo como el hispanismo solamente pueden ser entendidos cabalmente si se les vincula con el americanismo. Efectivamente, en su pensamiento, lo americano es apuesta y obsesión, como al mismo tiempo punto de llegada del desarrollo y desenvolvimiento que tienen los organismos –sociedades, pueblos o culturas– al interior de su esquema teórico (Teoría del Espectro). Su razonamiento filosófico lo lleva a decir que en estos momentos los latinoamericanos son una gran fraternidad, o para decirlo en sus propias palabras, un pueblo continente. Sin lugar a dudas, en este punto sigue las ideas expuestas por su maestro, el filósofo mexicano José Vasconcelos (1882-1959), quien inclusive sostuvo que en las tierras latinoamericanas estaba surgiendo una nueva raza: la raza cósmica. Aunque el pensador cajamarquino cree encontrar las causas no tanto en esta actitud de apertura a todas las razas y culturas del mundo del hombre indoamericano, tan cara en la visión vasconceliana, que habla a las claras de su superioridad sobre el europeo y el norteamericano sino más bien en factores propiamente de orden interno (culturales, psicológicos, históricos, etc.) y que son fáciles de detectar y observar (14).

Nuevamente recurrimos a su artículo “Americanismo y Peruanismo” (1927). Allí el autor escribió que como producto de la desintegración y descomposición de diversos componentes, tanto autóctonos como foráneos, la cultura americana había hecho ya su inicial aparición; una clara muestra de ello era el pensamiento y la acción que habían comenzado a desarrollar las nuevas generaciones indoamericanas (15).

Este mesianismo continental de las juventudes tuvo su rotunda confirmación cuando en la ciudad argentina de Córdoba (1918) alzaron muy en alto su voz, con lo cual dieron inicio a la Reforma Universitaria en toda la América Latina. Dicho acontecimiento debió causar una gran impresión en el filósofo porque inmediatamente después de plantearse el petitorio de demandas estudiantiles y después de casi 100 años del intento unitivo frustrado de Simón Bolívar (1783-1830), los universitarios retomaban y hacían suyo el ideal por el cual luchó y vivió (16). El grito de Córdoba tuvo un tremendo impacto, que posiblemente hoy en día no sea muy fácil de aquilatar en su exacta y verdadera dimensión, pues prácticamente no hubo en todo el continente país en que no se haya difundido íntegramente su ideario. De inmediato comenzaron a aparecer por todas partes y en la mayoría de los países jóvenes entusiastas que editaban o publicaban revistas, semanarios, tabloides, periódicos; o constituían grupos de estudio, círculos literarios, talleres de debate, etc. En este contexto de ebullición juvenil no sorprende que en Latinoamérica, por primera vez en toda su historia, comiencen a formarse organizaciones políticas continentales. La primera fue la Unión Latinoamericana (ULA) en 1925, cuya sede estaba en Buenos Aires, bajo la dirección del Alfredo Palacios –Presidente– y de José Ingenieros, que llegó en algún momento en los años 20 a agrupar a la mayoría de los intelectuales y políticos izquierdistas de América Latina (17). Junto a la ULA apareció también La Liga Antimperialista, que era la coordinadora comunista latinoamericana, pero que por su excesiva subordinación política a la III Internacional no pudo percatarse del peculiar momento histórico que atravesaba Indoamérica (18)

Pero no solamente fueron la ULA y la Liga Antimperialista quienes expresaron esta nueva sensibilidad política de los jóvenes en la década del 20 sino también la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA). A diferencia de los otros movimientos, según arrogo, el APRA tiene muy presente que la revolución en nuestro continente no es sólo un cambio de un modelo social y político por otro más justo, como sería el planteamiento de los comunistas; y por supuesto, mucho menos todavía, conformarse con una acción meramente intelectual, de protesta o denuncia de los abusos e injusticias existentes en nuestros países, tal como acabó siendo la labor de la ULA, sino que la genuina y verdadera revolución en América será definitivamente en otra dirección y dimensión. Así, el APRA termina apareciendo como el principal vehículo político del continente, pues es el único organismo que ha tomado en cuenta esta emergencia de una nueva cultura en Indoamérica. Esta capacidad de pulsación y captación de los profundos latidos de la historia y la tierra, de parte de los líderes y teóricos apristas, los convierte en un movimiento de trascendencia histórica (19).

Años más tarde, Orrego limará las aristas más radicales de este discurso, especialmente en lo referente a que el APRA seria la materialización de este gran momento histórico, para pasar a hablar ya no de organizaciones ni movimientos políticos sino de personas determinadas como los auténticos adalides de esta nueva cultura americana. Así, el Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616), Simón Bolívar (1783-1830), José Martí (1835-1895) y César Vallejo (1892-1938) son mencionados por el filósofo en su libro Hacia un Humanismo Americano de 1966 (20).

A estas alturas del trabajo el lector atento habrá notado que Orrego usa indistintamente diversos términos para referirse al continente latinoamericano. De todos ellos, a nuestro entender, hay dos que ameritan comentario: Indoamérica y América. El primero, de clara raigambre hayista, es mencionado muy ocasionalmente por el autor. Es evidente que su postura, nada cercana al indigenismo, le hace tener muchas aprehensiones, pero nuevamente, razones de partido y lealtades personales, al igual que con el término indigenismo, lo “obligan” a no cuestionarla e inclusive a utilizarla muy de vez en cuando.

Cuando hace constantes alusiones a lo americano o al americanismo en ningún momento atraviesa por su mente la idea de incluir o considerar dentro de este rubro a los Estados Unidos. Este país no merece ser considerado como parte integrante de América, porque detrás de su aparente fortaleza y vigor juvenil se esconde la vieja civilización europea con sus valores positivistas y materialistas ya caducos y totalmente fenecidos (Oswald Spengler). Por consiguiente, esta “nación” es sólo una extensión de lo antiguo y no el gran preanuncio de lo nuevo, como muchos quisieran ver, fascinados por su esplendor (21).

En este desencuentro –y por qué no llamarlo confrontación– entre las dos Américas, entre la genuina y la falsa, encontramos las huellas del mensaje rodoniano con Ariel personificando al espíritu y Calibán a la materia. Los Estados Unidos, a decir de Orrego, es la Europa trasplantada al suelo americano, pero elevada a su máxima potencia. Allí, la técnica, la ciencia aplicada y la especialidad llegan a sus más altos grados de inhumanidad, lo que a fin de cuentas la convierte en un factor más dañino y negativo. La tragedia de esto es que Europa no quiere reconocerse en ella, quizás porque en el fondo de si es sumamente consciente de la decadencia de toda su cultura y filosofía. De esta manera expresaría un último deseo: el de pervivir en el tiempo, aunque para ello tenga que hacerlo en otro espacio geográfico (22).

Frente a este panorama los verdaderos y legítimos americanos, por su parte, deben urgentemente afirmar su propia identidad y constituirse en una verdadera y auténtica comunidad latinoamericana de naciones, fuertemente ligadas entre sí por la cultura pero fundamentalmente por la economía. Sólo así, podrán hacer frente a la amenaza del Calibán americano (imperialismo) y con ello asegurar que su mensaje, producto de la fusión o síntesis de casi todas las culturas, pueda ser escuchado en todo el mundo (23).

La tesis de Orrego sobre la emergencia de lo americano ha sido objeto de innumerables comentarios tanto por parte de la crítica peruana como por la latinoamericana. Mariátegui, por ejemplo, sostiene en 1924, en “La unidad de la América Indo-española”, que aún le parecía muy prematuro hablar de la constitución de una cultura genuinamente americana, aunque inmediatamente matizaba su juicio porque reconocía ya la existencia de una literatura que podría ser catalogada como tal, pero que –advierte– por el momento sólo refleja la existencia de un humor común entre los escritores y que todavía no se hace extensiva en los pueblos (24). Un año más tarde –1925–, a partir de una lectura muy personal que hace de la obra de Oswald Spengler y a la luz de la experiencia socialista rusa, en ese entonces todavía exitosa, su duda anterior se transforma en oposición. Ahora, para Mariátegui ya no es correcto hablar de la decadencia de Occidente, parafraseando el título del libro más importante de Spengler, porque lo que en realidad está en crisis no es la cultura europea sino el capitalismo europeo. Es por ese motivo que cuando se refiere nuevamente a lo americano utiliza un estilo irónico y al mismo tiempo caústico (25).

A diferencia de Mariátegui el filósofo mexicano Leopoldo Zea, como Orrego, resalta la desintegración y descomposición que sufre la cultura y la filosofía del viejo continente en Latinoamérica. Según lea, la aparición del perspectivismo, el historicismo, el marxismo y el existencialismo no hacen otra cosa que confirmar este momento de indiscutible declive. Aunque seguidamente Zea hace una interpretación realmente equivocada del pensamiento de Orrego pues sostiene que el pensador cajamarquino creía que los latinoamericanos debían afirmar su capacidad prolongando la cultura europea; es decir, recreándola, dándole un nuevo sentido. Sin embargo, a pesar de esta lectura a todas luces errónea se puede afirmar que un discurso americanista del tipo orreguiano cuenta con su tácita aprobación y simpatía (26).

Es tiempo de realizar un balance final del tema analizado en estas páginas. Lo primero que habría que decir es que desde que abandona su estadio intuicionismo bergsoniano y esteticista en 1921 hasta su último paradero intelectual, americanismo humanista (1946-1960), Orrego mantiene incólume su discurso sobre el indigenismo, hispanismo y americanismo. Pero, lo que tal vez más llama la atención a todo aquel que se acerque a su obra filosófica, pero también a su estética y crítica literaria, es cómo un pensador peruano, ni siquiera residente en la capital de la República, sino en una ciudad de provincia, como Trujillo, haya podido lograr edificar un pensamiento propio fundamentado en sólidos postulados teóricos (Teoría del Espectro). En realidad pocas veces se ha visto en toda la historia de las ideas en el Perú y de toda Latinoamérica filósofos que edifiquen verdaderos sistemas de pensamientos, donde no es posible entender sus proposiciones, sean centrales o secundarias, sin tener en cuenta sus fundamentos. En cambio no es tan sorprendente su obsesión y énfasis por lo propiamente americano, más aún si tenemos presente la enorme difusión que tuvieron en los grupos juveniles latinoamericanos de los arios 20 y 30 los discursos americanistas de autores tan consagrados como José Enrique Rodó, José Vasconcelos, Alfredo Palacios, José Ingenieros, Manuel Ugarte, etc. Quizás, como demérito puede decirse que en algunos momentos o pasajes gana el ideólogo aprista al filósofo, pero dicha postura fue posteriormente corregida, especialmente en su última etapa intelectual –americanismo humanista–. Por último, y para incursionar en el terreno propiamente político, este marcado americanismo ayuda sin dudas a entender su apuesta por el APRA, que siempre hizo de la unión continental su bandera máxima (“por la unidad política y económica de América Latina”) (27) a pesar que dicho partido, y especialmente durante sus primeros anos, hizo una defensa tan cerrada del indio –especialmente Haya de la Torre, Manuel Seoane, Ciro Alegría, Magda Portal, Carlos Manuel Cox y Serafín Delmar– que prácticamente lo emparentaba bastante con el indigenismo, que como hemos visto fue una corriente literaria e ideológica que definitivamente no gozó de su simpatía. Seguramente al americanismo ya dicho habría que agregar otras razones que ayudan a entender su militancia en el APRA: amistad con la mayoría de sus integrantes, el antimperialismo como discurso político, etc.

1957 - Trujillo - Orrego,VRHT, Priale

Notas

1. ORREGO ESPINOZA, Antenor (1939). Pueblo Continente: Ensayos para una Interpretación de América Latina. Tercera edición. Lima: CDI, 1983.
2. “Era lógico que la pugna de dos razas y de dos culturas consumada con tanta distensión explosiva, engendrara, también dos maneras friccionantes en el sentimiento y en el pensamiento de los latinoamericanos. De allí, las dos tesis opuestas y en abierta beligerancia que se plantean desde el coloniaje y que aún hoy contienden en airado palenque ideológico y estético: la atesis indigenista y la atesis europeizante.
El hecho de que esa pugna aún se produzca en los planos intelectual y estético cuando ya se ha extinguido casi su vigencia histórica, nos revela hasta qué punto los intelectuales y artistas latinoamericanos están impregnados todavía de una mentalidad colonial, regresiva y desactualizada (ORREGO ESPINOZA, Antenor (1939). Ob., cit., pp. 35)”.
3. “Gentes han habido y las hay aún, que piensan que el secreto de un arte nacional se encuentra en las huacas y huacos de la civilización indígena. Tácita o expresamente se propugna la vuelta regresiva hacia edades definitivamente muertas. Se olvida que hemos avanzado algunos siglos y sobre todo, que hemos pasado por la cultura occidental. El arte no desentierra momias, ni se alimenta en los hipogeos o lozas funerarias; procrea formas y realidades nuevas. El arte incaico, así como todas las antiguas culturas americanas puede ser fermento, pero nunca un factor exclusivo y determinante de la nueva cultura. Se pretende el absurdo de resucitar el pasado remoto para realizar el porvenir. La vida ascendente y superior no es una repetición o regresión, es siempre una continuidad. Del pleonasmo europeo, queremos pasar al calco regresivo y barbarizante del espíritu incaico (ORREGO ESPINOZA, Antenor (1927). “Americanismo y peruanismo”, En: Amauta. Lima, Año II # 9, mayo de 1927. Reproducido en La Polémica del Indigenismo de José Carlos Mariátegui y Luis Alberto Sánchez (Segunda edición. Lima: Mosca Azul, 1987, pp. 173-174)”.
4. ORREGO ESPINOZA, Antenor (1928). “El gran destino de América. ¿Qué es América?”. En: Amauta. Lima, Año III, # 13, marzo de 1928, pp. 13-14.
5. “Hay escritores y artistas indigenistas que preconizan el advenimiento de una América indígena en el sentido regresivo de la resurrección de las culturas pasadas. En esta tendencia interviene cierto sentimiento nostálgico que busca una evasión o escape de la visión presente. Los sostenedores de dicha tesis esgrimen aparentes y superficiales buenas razones. Dicen que en cada país –en Bolivia, Perú, Ecuador y México, principalmente– la raza blanca alcanza apenas a unos millones y que, a la larga, esta inmensa mayoría indígena habría de ahogar a la Europa.
Olvidan que no es la masa cuantitativa la que determina el futuro de una raza, sino los elementos síquicos que están transformando, día a día, la contextura mental, espiritual y física de los pueblos. La piel, blanca o cobriza, no tiene, en realidad, importancia, sino lo que está actuando por detrás, por debajo o por encima de esa piel, y que es lo que, en realidad, determina las transformaciones decisivas (ORREGO ESPINOZA, Antenor (1939). Ob., cit., pp. 35-36)”.
6. “Gran parte del arte indigenista latinoamericano de hoy carece de valores estéticos esenciales, salvo excepciones aisladas y geniales que no cuentan en una perspectiva de conjunto. Carece de un gran estilo estético, vivo y de amplia trayectoria humana. Arte decorativo, de copia y de estilización al detalle, en el que faltaba aquel soplo creador que insufla potencia vital a una cultura. Arte que no acierta a rebasar los límites mezquinos de lo pintoresco, que carece de vibración cósmica verdadera, y que sirve de material exótico de exportación para los snobs de Europa, como los chulos, las majas, los toreros y el barrio de Triana en lo que se refiere a los españoles. América no está allí, como no lo está Espada en la literatura chulesca y desgarrada de Teófilo Gautier. Se trata de una falsificación de cromo, de una simple baratija de bazar para uso del turismo cosmopolita (ORREGO ESPINOZA, Antenor (1939). Ob., cit., pp. 35-36-37)“.
7. “Se olvida, igualmente, que la historia nunca da pasos atrás, aunque haya sedicentes teorías que lo sostengan, y que si América Latina ha de expresar un mensaje original para el mundo, tiene que ser hacia el porvenir y hacia adelante; obra de creación y no de copia regresiva; tarea epigenética y no de mimetismo automático. El estudio y la comprensión del pasado ha de servir únicamente como alumbramiento del porvenir, como basamento del futuro (ORREGO ESPINOZA, Antenor (1939). Ob., cit., pp. 37)”.
8. “Acaba de nacer en el Cuzco una asociación de trabajadores intelectuales y manuales –profesores, escritores, artistas, profesionales, obreros, campesinos– que se propone realizar una gran cruzada por el indio. Se llama Grupo Resurgimiento. Figuran en el elenco de sus fundadores los hombres representativos del indigenismo cuzqueño: Luis E. Valcárcel, J. Uriel García, Luis F. Paredes, Casimiro Rado, Roberto La Torre, etc. Y en las primeras sesiones del grupo han quedado incorporados otros fundadores del renacimiento indígena: Francisco Choquehuanca Ayulo, Dora Mayer de Zulén, Manuel Quiroga, Julio C. Tallo, Rebeca Carrión, Francisco Mostajo y nuestro gran pintor José Sabogal. Faltan aún varios más, entre otros César Vallejo, Antenor Orrego, Enrique López Albújar, Víctor R. Haya de la Torre, Julián Palacios, Gamaliel Churata, Alejandro Peralta, Jorge Basadre, J. Eulogio Garrido (MARIATEGUI, José Carlos (1927). “La nueva cruzada Pro-Indígena. En: El Proceso del Gamonalismo. Boletín de defensa indígena. Amauta. Lima, # 5, enero de 1927, pp. 1. Reproducido en La Polémica del Indigenismo de José Carlos Mariátegui y Luis Alberto Sánchez (Segunda edición. Lima: Mosca Azul, 1987, pp. 52-53)”.
9. “En el Perú, de modo especial, cada vez que se pronuncia o se escribe esa palabra, en relación con el arte y la literatura, se hace referencia, casi siempre, a las glorias culturales del incario, a la espléndida civilización y a los valores creados por el Tahuantinsuyo. También, y de modo tangencial, al costumbrismo pintoresco y a los rezagos folklóricos del indio antiguo y del colonial que aún perviven en algunas regiones peruanas. La llamada poesía indigenista está plagada de voces quechuas, de expresiones localistas pretéritas, de descripciones y transcripciones literales, de reminiscencias nostálgicas de un pasado que ya no existe sino en ruinas. Como se ve, se trata de un indigenismo y de un folklore sepulcrales, convencionales, funerarios, arqueológicos. De un indigenismo evanescente y añorante de las tumbas (ORREGO ESPINOZA, Antenor (1954). “César Vallejo el poeta del solecismo”. En: Mi Encuentro con César Vallejo de Antenor Orrego (Bogotá: Tercer Mundo Editores, 1989, pp. 107-108)”.
10. “Con Vallejo, con Alcides Spelucín, acaso con Valdelomar, pese a sus veleidades danunzianas, con López Albújar y con Ciro Alegría, en el Perú se asoma por primera vez, con universal categoría estética, al vivo, orgánico y vigente indigenismo de América. No por el camino nostálgico de la tumba, que es la falsificación y la escapatoria del presente en el Coloniaje y en el Incario, rezumó de la antigua España y de la antigua América, sino por el campo de la vida inmediata, próxima, intimista, contemporánea. Hasta entonces –en el mejor de los casos– con Chocano y, a veces con Ricardo Palma, el indigenismo no es sino anecdotario criollo, biografismo alegórico o simple alusión histórica y geográfica. Cuando Chocano se acuerda de que es americano, a pesar de sus dotes extraordinarias, no acierta sino a cantar, en quintanesco too mayor, a Cahuide, a los Virreyes, al Cotopaxi, al Amazonas, a la selva virgen, a los caballos de los conquistadores, a Guatemoc, que más que motivaciones intimas y emocionales, eran tópicos o temas retóricos. Otros, los que vinieron después hicieron, del Ande y del vocabulario quechua una nueva confección esnobista... Hay, sin duda, excepciones que revelan una gran fuerza artística, pero por lo general, no se trata sino de mero pinturerismo que no va más allá de las palabras y del colorín detonante. Don Manuel González Prada, gran figura señera, inteligencia y sensibilidad poderosas, es el único precursor de la nueva vida peruana en todos sus aspectos. Política, ética y estéticamente, es el gran maestro de las últimas generaciones, y de él arranca también, en ciertos aspectos, el rico venero de nuestro americanismo. Pero, en Vallejo, técnica, atuendo retórico, lenguaje, estilo, imágenes, sensibilidad, dintorno emocional, intimismo lírico son ahincada y acendradamente americana. Zahonda su realidad como una clava incisiva. En los senos de su obra, no sólo entrevemos sino que palpamos la yema naciente de una América que brota entre dos túmulos: el Coloniaje y el Incario. Rica posibilidad universal que viene con su impronta vernácula y que tiene una efigie inconfundible y contemporánea, sin el regusto arqueológico del sepulcro. El poeta ha roto el complejo de Edipo: ora de la madre india, y se ha hecho, todo él, porvenir y creación viviente (ORREGO ESPINOZA, Antenor (1938). “Ha muerto el poeta César Vallejo”. En: Mi Encuentro con César Vallejo de Antenor Orrego (Bogotá: Tercer Mundo Editores, 1989, pp. 122)”.
11. “Una manifestación del sentimiento plástico de los trujillanos de las primeras décadas de 1900, es el arte nativista o indigenista. José Eulogio Garrido, con su profundo amor por lo peruano, difundió y apoyó toda expresión peruanista. José Sabogal, oriundo de Cajabamba y con residencia en el valle de Chicama, hacia 1904, será uno de sus más ilustres colaboradores. En el Grupo Norte, destaca la presencia de Macedonio de la Torre, a través de la captación nativista (RAMOS RAU, Demetrio (1987). Mensaje de Trujillo: del Anarquismo al Aprismo. Trujillo: INDES, pp. 103)”.
12. Ciro Alegría es un caso especial pero que no contradice en lo más mínimo lo anteriormente afirmado. Alegría tuvo todas las características de miembro de este círculo juvenil. Durante su militancia, el indio, como en el mismo Orrego, su maestro, fue motivo de gran interés y preocupación pero difícilmente puede ser etiquetado como un escritor propiamente indigenista. Es más, el indio como tema o motivo de inspiración no aparece en su producción literaria de esos apios. Sólo a raíz de su estadía en Chile, de su adscripción al aprismo, o mejor dicho, de su identificación con su doctrina, y de la enfermedad que contrajo en las cárceles de Trujillo y Lima, es que se producirá en el autor lo que hemos venido en llamar el redescubrimiento de lo indígena.
13. “Los escritores nacionales cuando más directos eran, es decir, cuando más directamente se acercaban a la realidad del ambiente, han reflejado la colonia, remedo de España, mal remedo de España. Cuando no, reflejaban, desvitalizados, el arte y el pensamiento europeos que en sus manos se aldeanizaban y se deformaban. El Perú era y ha sido siempre una sucursal ultramarina de Castilla. Una sucursal que era un pudridero, un osario hispánico.
Da grima ver cómo se rebaja el ejercicio intelectual, los valores más finos de la cultura europea o peninsular en manos del criollismo dicharachero y zandungero, para usar uno de los vocablos populares que mejor lo definen. El colonialismo se denuncia y transciende sin remedio. Se trata de una versión de segunda mano, ad literam del estilo y la manera de los clásicos y de la chulería y majeza españolas...(ORREGO ESPINOZA, Antenor (1927). Ob., cit., pp. 174)”.
14. “Las diferencias entre los pueblos de Indoamérica son tan mínimas y tenues que no logran constituir individualidades separadas, como en el Viejo Mundo. De norte a sur los hombres tienen el mismo pulso y la misma acentuación vitales. Constituyen, en realidad, un solo pueblo unitario de carácter típico, específico, general y ecuménico..Somos, pues, los indoamericanos el primer Pueblo Continente de la historia y nuestro patriotismo y nacionalismo tienen que ser un patriotismo y nacionalismo continentales. Todo nos impulsa, visiblemente, hasta los ojos menos zahoríes, a crear y constituir una cultura más universal que la europea. El mismo standar del hombre latinoamericano, que tiene una misma pulsación cósmica, determina su destino histórico. Europa nos ha educado y tiene aún que educarnos, pero, nosotros tenemos la responsabilidad de rebasar sus limitaciones inherentes, alumbrando y clarificando y definiendo nuestra misión histórica…No queremos hacer de augures con respecto al destino de América Latina. No se trata de una profecía o de un rapto adivinatorio, extraídos del curso de los astros o de las entrañas de las víctimas. Se trata, ciertamente, de un imperativo y gravitante proceso dialéctico que surge, con limpia transparencia, de un análisis racional, verificando con todo rigor científico…La contextura de nuestros pueblos, el sentido interno y profundo de la vida continental, el carácter unitario y ecuménico de nuestra alma colectiva, la compulsión dialéctica de nuestra estructura histórica, nuestros grandes intereses políticos y económicos nos llaman a la solidaridad, a la mancomunidad y la unión. Pero, no una solidaridad romántica y discursiva, tema adocenado y vulgar de las cancillerías entre copa y copa de champagne, sino a la constitución de un vasto organismo concreto y tangible, de un organismo que rija en carne la realidad política, económica y cultural, nuestros destinos superiores  (ORREGO ESFINOZA, Antenor (1939). Ob., cit., pp. 70-71-72)”.
15. “Creo sí en un americanismo como reflejo de la nueva América que está naciendo. Creo en una nueva cultura con valores propios y universales, valores que comienzan a vislumbrarse y que servirán de integración al espíritu humano. Creo en una visión y en una emoción cósmica iniciales que son privativas de la nueva raza y que han principiado a articularse estética y filosóficamente…Los pueblos americanos están llamados a formar un vasto bloque racial, con una cultura y un pensamiento de conjunto y nunca con artes exclusivos y nacionales…Lo americano sustancial está e irá expresándose en la literatura, en el arte, en pensamientos nuevos. La crítica habrá de revelarlos y definirlos a medida que se produzcan. La tarea es inmensa cómo es inmensa toda tarea inicial en una nueva cultura. Pero es evidente que comienza a realizarse un fuerte americanismo en la obra de las nuevas generaciones. La descomposición de Europa en América ha terminado o está por terminarse y comienza a surgir una estructuración mental y emocional auténtica americanas. No creo pecar de optimista o de iluso porque los indicios son harto evidentes...La juventud de América comienza realmente hoy, que está dando un nuevo hombre, producto transfundido de la raza autóctona y de todas las razas del mundo que vinieron a sus tierras acrisoladas a fundirse en un amplio abrazo humano. La raza primitiva y las invasoras han muerto o están agónicas y se está generando la progenie americana que no es ninguna de ellas sino que es un tipo o producto nuevo. Así se explica que las vidas del nuevo continente haya estado en suspenso y que su historia no haya sido una vejez que se eclipsa, un lento morir secular de las otras razas. Por eso no han sido posibles un arte, un pensamiento, una ciencia, una industria, una política americanos (ORREGO ESPINOZA, Antenor (1927). Ob., cit., pp. 174-176-177)”.
16. “Este proceso de desintegración y descomposición está en América, finalizando. Se encuentra en sus últimos estadios, y ha comenzado, también el proceso correlativo de integración, de recomposición, de síntesis. América está encontrando, otra vez, su virginidad y su juventud, está encontrando su porvenir y su mañana porque el pasado autóctono y europeo está abismándose en las entrañas remotas del tiempo. El pretérito ha perdido su virtualidad y su fascinación. Se ha desvanecido para siempre el mágico hechizo. La comprobación más efectiva de este aserto es el hervor, el dinamismo galopante de que ahora es escenario el Nuevo Continente. Esa beligerancia encendida, esa disconformidad pugnaz de las juventudes latinoamericanas lo revelan con definida claridad. No se trata de movimientos anárquicos que desarrollan una acción incongruente y atomizada, sino de un inmenso constructivo, de una luz fulgurante y creadora que busca, en afanosa y dilacerante brega, el punto focal de su expresión histórica y humana (ORREGO ESPINOZA, Antenor (1939). Ob., cit., pp. 42-43)”.
17. La ULA contó con el aporte directo de un joven político peruano, Manuel Seoane Corrales (1900-1963), a la sazón Presidente de la Federación de Estudiantes del Perú (FEP) y deportado a la Argentina por el gobierno de Augusto B. Leguía (1919-1930); Seoane llegó a ocupar el cargo de Secretario General y de Director de Renovación, órgano informativo de la ULA, además de tener responsabilidades de corte propiamente organizativo como la dirección el Ciclo de Conferencias Radiotelefónicas.
18. “Es preciso conocer América y ser un latinoamericano, consciente y pensante de sus realidades, para comprender con la necesaria diafanidad que en América la tarea revolucionaria no es sólo, como en Europa, destrucción de un régimen político, social y económico para reemplazarlo con otro más adaptable y más flexible a las nuevas condiciones del hombre contemporáneo. Quien plantee la cuestión, como en este último extremo, con ese simplismo mental que busca generalizar a costa de realidades concretas, no habrá comprendido en su esencia la amplitud y significación del problema, y por consiguiente, estará incapacitado para orientar y conducir un movimiento tan rico, frondoso y sorpresivo. De este simplismo adolecen todos los partidos comunistas y socialistas de América y, de allí, su fracaso irremediable, como lo han reconocido importantes publicistas.
Necesario es comprender que el proceso revolucionario latinoamericano es, sobre todo, el surgimiento, desde el caos, de un mundo nuevo; el nacimiento de una modalidad política, social y económica que, por primera vez, debe darse en la historia del mundo y que, sin embargo, se cifre de una manera maravillosa a la genial sistematización científica de Marx (ORREGO ESPINOZA, Antenor (1939). Ob., cit., pp. 92-93)”.
19. “Llega el movimiento aprista en circunstancias en que la nacionalidad peruana estaba sazonada, grávida para su nacimiento. Las condiciones económicas, sociales, morales y políticas lo habían engendrado en las entrañas mismas del pueblo, en los senos profundos de la intrahistoria latinoamericana. El aprismo no es una teoría intemporal que haya surgido de la imaginación abstracta de un ideólogo; no es una teoría o un sistema académico que haya brotado, por obra de conjuro, como el fiat lux de la nada. La inteligencia no ha hecho sino constatar la realidad trágica y sangrante que urgía su expresión inmediata. Por ser un movimiento histórico, condicionado por un determinismo económico, social y moral, se nos aparece como una inexorable necesidad o fatalidad biológica. Movimiento profundamente vital que engendra, igualmente, sus propios movimientos de realización y expresión, como producto de su pueblo, de su raza y de su épocas (ORREGO ESPINOZA, Antenor (1939). Ob., cit., pp. 100-101)”.
20. “La poesía de Vallejo no pertenece a la zona del mestizaje en América, a esa zona de aguda tensión histórica en que se debate la discordia de dos mundos antagónicos. No pertenece a esa zona de snobismos, zona hechizada con la última moda literaria o filosófica del Viejo Mundo. Vallejo pertenece anímica y espiritualmente a la zona que comienza el alumbramiento de la nueva conciencia americana, la iluminación de una realidad espiritual, que ya no es la antigua América ni tampoco la Europa invasora. Ambas comenzaron a morir y desintegrarse en estas tierras a consecuencia del formidable choque entre dos orbes fundamentales distintos. Vallejo pertenece a la zona de fusión, de la unidad o, si se quiere, de la síntesis vital, la zona que ya no es una mezcla, ni una superposición de estratos sino una realidad, una estructura espiritual diferente. Esta es la única zona viviente de la nueva América sobre cuyo telón de fondo se está bordando todo el porvenir social del Continentes (ORREGO ESPINOZA, Antenor (1966). Hacia un Humanismo Americano. En: Obras Completas de Antenor Orrego. Lima: CYDES, 1995, T. II pp. 61-62)”.
21. “Y es que en América hay dos Américas: la América que ha asimilado la cultura occidental y que es el pudridero de ella, y la América americana que comienza a revelarse en fuertes y claros temperamentos. Entre ambas hay una incomprensión absoluta, un abismo insalvable y trágico” (ORREGO ESPINOZA, Antenor (1928). “¿Cuál es la cultura que creará América?” En; Amauta. Lima, Año II, # 14, abril de 1928, pp. 4)”.
22. “Estados Unidos es un equívoco de la americanidad. Europa no quiere reconocerse en él y, sin embargo, nunca se definieron con mayor nitidez los valores occidentales. Bajo una juventud y vigor, coexisten todos los valores europeos, así positivos como negativos. Contemplar Estados Unidos es contemplar la defunción de Europa. Todos los males que han herido de muerte al Occidente se reconocen al escudriñar profundamente la vida norteamericana. El industrialismo, el maquinismo, el capitalismo, las técnicas económicas y financieras, la actividad febril de los negocios han alcanzado su máxima tensión. Es la muestra de todo lo que ha podido dar el Occidente. No hay ya mucho que forzar para que reviente la cuerda. Es una civilización que ha entregado toda su elasticidad. Como el Imperio Romano fue la máxima y maravillosa floración enfermiza del mundo antiguo antes de extinguirse, Estados Unidos es, a su vez, el postrer esplendor maravilloso de Occidente, antes de hundirse carcomido por los disolventes de su propia fermentación colosal…Europa no quiere reconocerse en su hija de carne y hueso. No solamente los hombres sino también las razas y los pueblos suelen estar ciegos para reconocer los signos evidentes de su propia desintegración. Europa reniega de los Estados Unidos, tanto como éste es la constatación de su decadencia y ruina final.
Si a algo puede llamarse pleonasmo en la historia. Estados Unidos es el pleonasmo de Europa, bajo una piel o superficial todavía aparentemente progresiva y brillante. No es el caso que Lindbergh, un norteamericano, sea el primer aviador que cruza el Atlántico en vuelo directo hacia Europa. Una civilización esencialmente hazañosa, tenía que señalarse por una máxima y desorbitada hazaña mecánica. Estados Unidos aplica en grande, lo que Europa inventó e hizo en pequeño. Civilización de raids, y de récords, acabará de morirse en el país supremo de raids y de récords (ORREGO ESPINOZA, Antenor (1928). Ob., cit., pp. 14)”.
23. “Y como presencia compulsiva de la Europa hacia la eclosión del característico espíritu de América, el destino puso a la cabeza del Continente a los Estados Unidos que amenazan devorarlo con sus desmesuradas fauces si a tiempo la raza del sur no toma conciencia de su grandioso destino histórico, confederándose en una potente comunidad mental, moral y económica. Acaso esta resistencia amenazadora del norte ha servido y servirá de incentivo para que América alcance su razón y vigor definitivos. Estados Unidos es a la vez para nuestros pueblos el campo de experimentación de la banalidad de una prepotencia fundada sobre los valores más deleznables y efímeros de una civilización decadente y la constatación del castigo que aguarda a las razas que hicieron la renuncia a su ser más esencial y profundo por una copia o calco servil (ORREGO ESPINOZA, Antenor (1928). “¿Cuál es la cultura que creará América? Mexicanización y Argentinización” En: Amauta. Lima, Año III, # 18, octubre de 1928, pp. 9)”.
24. MARIATEGUI, José Carlos (1924). “La unidad de la América Indo-Española”. En: Variedades. Lima, 6-XII-1924. Reproducido en Temas de Nuestra América de José Carlos Mariátegui (Lima: Amauta, 1975, pp. 17).
25. “La fe de América en su porvenir no necesita alimentarse de una artificiosa y retórica exageración del presente. Está bien que en América se crea predestinada a la creación de la futura civilización. Está bien que se diga: Por mi raza hablará el espíritu. Está bien que se considere elegida para enseñar al mundo una verdad nueva. Pero que no se suponga en vísperas de reemplazar a Europa ni que declare ya fenecida y tramontada la hegemonía intelectual de la gente europea.
La civilización occidental se encuentra en crisis; pero ningún indicio existe aún de que resulte próxima a caer en definitivo colapso. Europa no está como absurdamente se dice, agotada y paralítica. Malgrado la guerra y la post-guerra conserva su poder de creación. Nuestra América continúa importando de Europa ideas, libros, máquinas, modas. Lo que acaba, lo que declina, es el ciclo de la civilización capitalista. La nueva forma social, el nuevo espíritu político, se están plasmando en el seno de Europa. La teoría de la decadencia de Occidente, producto del laboratorio occidental, no preveé la muerte de Europa sino de la cultura que ahí tiene sede. Esta cultura europea, que Spengler juzga en decadencia, sin pronosticarle por esto un deceso inmediato, sucedió a la cultura greco-romana, europea también. Nadie descarta, nadie excluye la posibilidad de que Europa se renueve y se transforme una vez más. En el panorama histórico que nuestra mirada domina, Europa se presenta como el continente de las máximas palingenesias. ¿Los mayores artistas, los mayores pensadores contemporáneos, no son todavía europeos? Europa se nutre de la savia universal. El pensamiento europeo se sumerge en los más lejanos misterios, en las más viejas civilizaciones. Pero esto mismo demuestra su posibilidad de convalecer y renacer” (MARIATEGUI, José Carlos (1925). “¿Existe un pensamiento hispano-americano?”. En: Mundial, 1-V-1925. Reproducido en Temas de Nuestra América de José Carlos Mariátegui (Lima: Amauta, 1975, pp. 23-24)”.
26. “De esta manera lo propio, lo nacional, queda afirmado, se transforma en punto de partida para una nueva recreación. Con Orrego se acepta, por un lado, la tesis de que Latinoamérica es la continuidad de la cultura europea; y se acepta, también la tesis europea respecto a la distorsión que esa cultura sufre en esta América, distorsión que puede parecer el caos; una asimilación que, lejos de repetir el modelo europeo, lo transforma hasta hacerlo irreconocible. Lo que era orden en Europa y el mundo occidental, se transforma en Latinoamérica en algo que para la misma pudiera ser su antítesis, el caos. Pero es de la asimilación, de este supuesto caos, que saldrá una nueva expresión de la cultura asimilada; una expresión que acabará superando el modelo, prolongándolo en nuevas y extraordinarias formas. Inversión de valores para sacar otros nuevos y recrear los que parecían aniquilados. Se aceptan las críticas europeas respecto a la madurez de esta América para sacar de las mismas afirmaciones para una cultura que acaba por trascender, por ir más allá de la que parecía haber asimilado errónea y negativamente” (ZEA, Leopoldo (19761. El Pensamiento Latinoamericano. Tercera edición. México: Ariel, pp. 441)”.
27. HAYA DE LA TORRE, Víctor Raúl (1926). “What is the APRA?” In: The Labour Monthly. A Magazine of International Labour. Londres, Vol. 8, December of 1926, # 12, pp. 756. Reproducido en Por la Emancipación de América Latina y en El Antimperialismo y el APRA de Víctor Raúl Haya de la Torre (Cuarta edición. En: Obras Completas. Lima: Mejía Baca, 1985, T. I-1V).

Prision 1932 Real Felipe sentado al centro Antenor Orrego de pie camisa a cuadros Ramiro Priale izq Belisario Spelucin
 
 
 
 

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